Hipocroesía
- Últimamente leo demasiada poesía… y creo que ya no sirve para nada.
Aquellas fueron las últimas palabras que Marcos escuchó decir a su hermano. Unas horas después la Guardia Civil se veía obligada a cortar el tráfico en la Nacional II. Ismael permanecía sentado, con las piernas cruzadas, en una pequeña porción de tierra que servía de mediana entre los cuatro carriles de la carretera. Había sido un milagro que llegase hasta allí sin que le atropellaran. Una ambulancia fue a recogerle y él siguió mansamente a los médicos que se lo llevaron. Tenía una bobalicona expresión de paz en su cara.
Cuando Marcos se enteró de la noticia estaba en casa, viendo la televisión. Fue a través de una llamada de la Policía Local. Colgó el teléfono, se puso en pie e instintivamente salió disparado a la habitación de Ismael. Tenía la certeza de que se había producido un error, de que cuando abriese la puerta se lo encontraría tirado en la cama, leyendo, escuchando música o viendo en el ordenador el capítulo de alguna serie que acababa de descargar de e-mule. Se equivocaba. La habitación estaba vacía. La cama desecha. Los libros desperdigados por el suelo, como los cd´s, y el ordenador apagado. Fue entonces cuando escuchó las sirenas por primera vez. Al asomarse a la ventana pudo ver como, a apenas cien metros, su hermano subía una ambulancia. También a él le pareció que Ismael desprendía una estúpida sensación de paz. Marcos simplemente se dejó caer en el suelo. Sabía que tenía que avisar a sus padres, pero no tenía ni idea de cómo contarles todo aquello. Su mirada comenzó a pasear por el suelo de la habitación. Todos los libros eran de poesía.
La herencia que Ismael le dejó a su hermano fueron aquellos libros. Apenas se llevaban un par de años, 22 y 24, y lo que más había sorprendido siempre a sus padres es que no fueran opuestos ni complementarios. Simplemente eran hermanos. Coincidían en algunos gustos y en otros no. Los dos leían mucho, pero no apostaban por los mismos géneros. Quizás por eso no les sorprendió que Marcos decidiese zambullirse en los libros de Ismael, que no volvió a abrir la boca nunca más. Durante los meses posteriores al “incidente” -nadie en la familia sabía como calificar todo lo sucedido aquel día- fue recogiéndolos del suelo y llevándolos a su propia habitación.
Como lector, Ismael hacía gala de sus propias manías. En primer lugar, sólo tenía poesía escrita en castellano. Marcos conocía lo suficiente a su hermano como para saber que no le gustaban las traducciones. Le gustaba leer las cosas en su lengua original. Creía ciegamente que la fusión entre forma y fondo era vital en el mundo de las artes. Desde su punto de vista, traducir una poesía era como volver a pintar un cuadro intentando respetar su esencia o como volver a montar una clásico del cine sin alterar el ritmo de la narración. Segundo punto, no tenía ninguna época preferida. Jesús Lizano era igual de válido que Becquer. Y para acabar, tomaba notas en los márgenes.
Fue precisamente junto a uno de los versos de Bequer donde Marcos encontró una de las primeras pistas que le llevaron a entender la locura de su hermano. Allí estaba aquella famosa frase que él nunca conseguía recordar al pie de la letra: “Mientras clavas en mi pupila tu pupila azul”, o algo así. Y justo al lado, otra escrita a lápiz. “Ya no queda nada real”. Incluso la caligrafía que había empleado Ismael parecía triste. De repente Marcos tuvo una idea. Cerró el libro y se acercó hasta la estantería en la que iba colocando los que ya se había leído. En todos había notas en los márgenes, pero la intensidad con la que estaban escritas era distintas. Al principio creyó que la variación respondía únicamente a la manifestación de distintos estados de ánimo puntuales, pero al leer aquel “Ya no queda nada real” se dio cuenta de que quizás había cometido un error. Quizás todas esas notas correspondían a un proceso reflexivo… Quizás. Todo el mundo coincidía en una cosa, la locura de su hermano se había ido manifestando poco a poco. ¿No cabía la posibilidad de que los márgenes de aquellos libros fuesen una especie de diario mental?
Tendría que volver a empezar de cero; tomar notas; eliminar comentarios aleatorios; ser capaz de discernir lo emocional de lo racional y, en aquellos casos en los que ambos conceptos viajasen juntos, discriminar las notas que le pudiesen ser de alguna utilidad. Quería encontrar el proceso mental de la locura.
A Marcos se le veía cada vez menos por la calle. Pasaba la mayor parte del tiempo metido en su cuarto. El primer paso fue clasificar los comentarios por orden de optimismo. Si Ismael leía poesía porque estaba enamorado o para encontrar un reflejo escrito de sus propias emociones, lo normal habría sido que sus acotaciones fueran parecida en aquellos poemas que tuviesen características similares, o que fuesen más intensas en los libros de aquellos poetas con los que se sintiese más identificado, pero terminó descartando ambas posibilidades. Su hermano no se había enamorado de un poeta ni de una mujer. No buscaba versos que copiar en una carta de amor. Buscaba otra cosa.
La segunda pista la encontró en el epílogo de un libro sobre Antonio Machado. Cuando murió, entre las pertenencias del poeta encontraron los primeros versos de una composición que jamás llegó a terminar. “Estos días azules y este sol de la infancia”. Allí Ismael había escrito “sólo permanecen puras las palabras que jamás llegaron a existir”. Su significado parecía evidente. Igualmente significativo fue ver el tratamiento que había recibido la famosa Canción del Pirata de Espronceda, completamente tachada de principio a fin en un minucioso proceso de eliminación ejecutado letra a letra. “La poesía no debería juzgarse por su calidad como traducción del pensamiento, sino por su capacidad para expresar el sentimiento. La estética no puede carecer de alma”. Las acotaciones hechas sobre la obra Jesús Lizano y Luis García Montero aportaron los primeros granos de optimismo al estudio que Marcos estaba llevando a cabo. “Por fin dos o tres secretos en un mundo lleno de mentiras”. Era justo lo opuesto que se podía leer junto a Rubén Darío. “Los hipocroetas nos han robado las palabras”.
¿Hipocroetas?
Al final dio con la pauta. Cuanto más conocido era el poeta, más indignados parecían los comentarios de Marcos. Era como sí le sacase de sus casillas el hecho de que alguien hubiese conseguido trascender al paso del tiempo. Como si sólo le interesase la obra de los nuevos poetas o de los más desconocidos. Marcos sabía con certeza que su hermano podía ser muchas cosas, pero no era un snob ni un pseudo intelectual. Detrás de todo aquello debía ocultarse algo más que un simple capricho. Tampoco era Ismael una de esas personas que incrementan su aura de misterio pretendiendo conocer a quien nadie más conoce.
La respuesta final la encontró junto a un poema de Jesús Lizano, Mamíferos. “También a nosotros acabarán robándonos las palabras”.
Marcos tardó una semana en comprender aquella frase. Fue en la universidad, justo antes de entrar en una clase. Estaba sentado en el suelo, frente a la puerta del aula. Sus amigos hablaban de fútbol y él había empezado a divagar por sus propios pensamientos. Entonces vio a una pareja de muchachos hablando muy cerca el uno del otro. Él llevaba un pañuelo palestino enrollado al cuello. Ella una camiseta del Che. Siguió mirando. Marcos había roto hace ya… casi dos años con una novia a la que no conseguía olvidar y estaba en una fase extraña en la que le tranquilizaba ver a parejas enamoradas, aunque ellas todavía no supiesen que iban a enamorarse. Ella llevaba una carpeta rosa con sus apuntes y un ejemplar de Relato de un náufrago que casi seguro acababa de sacar de la biblioteca. Él llevaba una mochila vieja, un poco rota. Marcos estudiaba fijamente la mochila cuando él echó mano de ella. La abrió y sacó un libro del interior. A Marcos no le costó nada indentificarlo, la edición que tenía su hermano era exactamente igual: Pablo Neruda. El muchacho empezó a leer. Apenas le vio mover los labios, Marcos supo exactamente qué estaba leyendo, aunque tampoco era capaz de recordar con exactitud las palabras. “Podría escribir los versos más tristes esta noche”. Ella se reía. Él también. Entonces Marcos se puso es pie y avanzó hacia la joven pareja sin pensarlo tan siquiera.
- ¿Por qué?
El chico le miró extrañado, como si no supiese de que iba todo aquello, que era exactamente lo que estaba pasando.
- ¿Perdona?
- ¿Por qué este poema?
- Es que yo nunca lo había oído entero.- Explicó la muchacha un poco nerviosa.
Marcos le arrebató el ejemplar con rapidez y brusquedad y lo dejó caer sobre el regazo de ella.
- ¿Pero de qué vas? – Protestó el muchacho bastante más alterado.
- Léelo para ti, en voz baja, cuando estés triste, cuando quieras llorar porque realmente sientas que podrías escribir los versos más tristes… Esto no es un libro de texto, ni un chiste.
El muchacho acababa de ponerse en pie y le dio un empujón a Marcos, el resto de compañeros de clase llegaron rápidamente junto a ellos y formaron una pared entre los dos chicos. Marcos entró en la clase, cogió sus cosas y salio disparado de allí. “También a nosotros acabarán robándonos las palabras”. Por fin lo entendía. Tantas personas recitando los mismos versos. Tantas voces repitiendo las mismas frases. Tanta verdad convertida en hipocresía, en herramienta, en mentira. El mundo, las personas, el tiempo habían terminado por mancharlo todo. Por cada lector que entendía o sentía lo que se escondía detrás de las palabras había miles, millones empeñados en desacreditarlas.
Hipocroetas.
“También a nosotros acabarán robándonos las palabras”.
Al llegar a casa, Marcos entró directamente en la habitación de su hermano. Sólo le faltaba una pieza para completar el puzzle, pero debía encontrarla antes de poder ponerla en su sitio. La habitación de Ismael seguía siendo un completo desastre. Todo estaba manga por hombro. A parte de libros de poesía, nadie se había atrevido a tocar nada… o mejor dicho, nadie tenía ganas de tocar nada. Lo puso todo patas arribas, volcó cajones e incluso levantó el colchón de la cama para asegurarse de que no había nada debajo. Al final apareció su madre, atraída por el ruido. Le preguntó qué estaba haciendo con un poco de miedo y él se lo explico. A los pocos minutos los dos continuaban el registro de la habitación. Marcos encendió el ordenador y buceó por todos los archivos habidos y por haber. Su madre fue revisando los libros uno a uno para asegurarse de que no había papeles sueltos entre sus hojas. Abrieron la funda de la almohada. Movieron muebles y al final, poco antes de darse por vencidos se dieron cuenta de que no habían registrado los cd´s. Abrieron tres y cuatro sin fortuna alguna, pero en el quinto había un folio doblado cuidadosamente. Marcos retuvo la respiración. Era poesía con rima libre, sin título. Empezó a leerla y antes de terminar ya estaba llorando. Era maravillosa, o al menos eso le parecía a él, pero no encontró nada más.
“También a nosotros acabarán robándonos las palabras”.
Marcos se sentía angustiado. Entonces miró por la ventana y vio aquel pedazo de tierra situado en medio de la Nacional II. Sólo servía para separar cuatro carriles de carretera. Parecía un agujero negro en medio del universo… No se le ocurría ningún sitio mejor en el que esconder un tesoro.
Los coches pitaron. Su madre gritó y alguien terminó llamando a la Policía cuando otro joven decidió cruzar la Nacional II corriendo. Cuando Marcos consiguió alcanzar la mediana empezó a golpear la tierra con el pie. Esperaba encontrar algún punto en el que estuviera un poco más suelta, alguna pista, pero nada. Fue entonces cuando escuchó las primeras sirenas. Por fin su pie dio con una porción de terreno más blanda de lo normal. Se puso de rodillas y empezó a cavar con sus propias manos. Ismael tampoco había tenido mucho tiempo. Un coche de la Guardia Civil frenó frente a él y un agente comenzó a gritarle algo. Las uñas de Marcos tocaron metal. Era una caja, cuadrada, sin cerradura ni nada. La sacó. El guardia se acercaba lentamente, como si no quisiera asustarle. Marcos abrió la caja. Había un cuaderno en su interior. Lo ojeó. Algunas poesías rimaban, otras no, y estaba casi seguro de que Ismael se había pasado la métrica por el arco del triunfo en la gran mayoría. Sonrió. Un suspiro le sirvió para darse cuenta de que apenas le llegaba aire a los pulmones.
“También a nosotros acabarán robándonos las palabras”.
Marcos miró al agente y volvió a depositar la caja en el agujero.
- Por favor, haga como que no la ha visto. – Pidió mientras sus manos volvían a colocar la tierra sobre el manuscrito.- Es importante, ¿sabe?
El agente asintió con la cabeza.
- Ya sé que son importantes.
Marcos le miró fijamente.
Dario había sido el primer en llegar junto a Ismael el día que se volvió loco, justo unos segundos antes de que terminase de enterrar la caja. Por la noche fue a la mediana y la desenterró. Leyó todos los poemas de principio a fin. En la última página había un pequeño texto:
“También a nosotros nos robarán las palabras. Dejarán sin sentido nuestros pensamientos y sin corazón nuestras emociones. Todo aquello que alguna vez pensamos que fue bello, que fue sincero, terminarán siendo pensamientos vacíos. Hipocroesía para el consumo de una sociedad que ya no tiene tiempo ni para escribir sus propias cartas de amor. Utilizarán nuestras emociones porque son parecidas a las suyas. Nos robarán nuestros pequeños momentos de iluminación en vez de atreverse a crecer a partir de ellos. Nuestros sueños pasarán a ser emociones prefabricadas que se podrán consumir después de ser calentadas un par de minutos en el microondas… Sólo las palabras que nunca llegaron a existir conservarán su pureza”.
Dario nunca había leido poesía. Sólo sabía lo que le habían enseñado en el colegio. Aquella noche, al terminar de leer las composiciones de Ismael, volvió a enterrarlas en el mismo lugar del que las había sacado.
- No te preocupes.
Como única respuesta Marcos le regaló una sonrisa bobalicona.
Julio 14, 2009 a 10:09
PUF! Ni siquiera sé que decir… Me ha encantado y me parece precioso que te hayas decidido a compartir todas las cosas que tienes dentro con el resto del mundo.
Mucho ánimo y sigue así, que queremos disfrutarte con historias como ésta.
Julio 14, 2009 a 11:38
Gracias por los ánimos Tricia, pero ya sabes que un 50 por ciento del merito de este cuento lo tiene el rastudo ese con el que compartes colchón. Y es que las conversaciones a pie de Chinas dan para mucho.
Julio 14, 2009 a 16:48
Esto es el inicio de un género poético-quijotesco, me ha parecido maravillosa la defensa de la poesía pura, sin adulterar, todo sentimiento, eso es la poesía, belleza sin más, métrica, consuelo qué se yo…
Todos los poetas que has mencionado son ejemplos de vidas dedicadas a la poesía, es más ,ellos son la poesía.
Sigue con el blog que merece la pena que podamos disfrutar de tus locuras!!
Julio 15, 2009 a 16:07
Quizás no sea tan importante el robo de las palabras. De las grandes palabras. No importan las anotaciones al margen, ni esas copias literales, porque puede que solo sean producto de la frustración. La frustración de no ser capaces de escribir nada parecido, totalmente diferente. Sigue sin importar hacer nuestras esas palabras, porque ningún ojo las mira parecido, tampoco nadie las siente igual.
Sólo hai una cárcel peor que la de las palabras. Y no depende de su (im)pureza.
kao
Julio 16, 2009 a 10:36
Cuando vi el Planeta de los simios fui plenamente consciente de que su final jamás tendría la misma fuerza que la que tuvo en su tiempo. Todo el mundo sabe que eso es la tierra, igual que en Psicosis todo el mundo sabe que Norman Bates es su propia madre. Salvando la diferencia que supone el hecho de que ambos ejemplos se basen en un giro final sorpresivo, hay casos en los que conocer las cosas antes de tiempo, en malas circunstancias o através de maestros que se centran en el aspecto académico en vez de en el emocional, nos roban la posibilidad de poder descubrirlas por nosotros mismos. Creo que tienes razón en que no hay dos miradas iguales sobre una misma poesía, pero sólo cuando quien la lee siente algún tipo de lazo emocional con esas palabras. Cuando se leen como si fuesen el periódico, lo único que provocan es una indeferencia que puede inutilizarlas. Creo que quien las siente es probable que se sienta más inclinado a intentar crear sus propias palabras que a reproducir otras que le sirven de inspiración o consuelo. Es ahí donde aparece la frustración por no ser capaz de crear algo que iguale la belleza de lo que otros han escrito, pero es que la poesía, como cualquier arte creativo, también debería entenderse como un acto de liberación personal, de comunicación de sentimientos o pensamientos. Es como si a un corredor amateur se le pide que iguale la marca de un profesional. No merece la pena frustarse por no ser capaz de igualar nada, hay que sentirse orgulloso de ser capaz de terminar una carrera y el resto del mundo debería ser capaz de valorar ese esfuerzo en su justa medida, no?
En el fondo la culpa es de los grandes, que fueron demasiado buenos escrbiendo y han hecho que los demás seamos conscientes de nuestra propia mediocridad, jeje.
Gracias por la reflexión y por leer el cuento.
Julio 17, 2009 a 10:34
En realidad creo que eso depende. Debería ser un acto de liberación personal como bien dices, sirviendo esas grandes palabras como inspiración. No es tan fácil. Tú escribes. Escribes bien, escribes alto. De ahí que tu inclinación sea crear, supongo. Otros utlizarán palabras ajenas, crearán otras cosas, lo expresarán por otra vía. Pero no con rimas bonitas.
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kao
Julio 17, 2009 a 17:24
Bueno, entonces creo que estamos, al menos, parcialmente de acuerdo. Todo el mundo debería tener algún cauce para expresar sus emociones o pensamientos, ya sea poesía, pintura o narrativa, independientemente de su calidad artística.
Un saludo (joder, la primera vez que lo he escrito me he equivocado y he puesto “un salido”… Mmmmmm, me gusta como despedida).