Eu chorei, chorei o domingo á tarde (I de II)

Publicado en fragmentos de historias jamás escritas con etiquetas , el Diciembre 9, 2009 por silvio11

- Acabo de encontrar las palabras que quería decirte ayer.

- Vaya, pues parece que llegan tarde.

- Así son las palabras, siempre llegan tarde.

- Por lo menos las importantes.

- Sí, por lo menos las importantes.

- ¿Y cuáles eran?

- Da igual.

- Entonces no importarían tanto.

- Sí… pero eso era ayer… Probablemente mañana sabré qué es lo que debería haberte dicho hoy.

- Pues no tiene demasiado sentido que mantengamos esta conversación ahora.

- Ni ahora ni nunca.

- No hombre, sólo hay que esperar hasta mañana, así tendremos más tiempo para buscar las palabras correctas.

- Si hay que buscar las palabras correctas quiere decir que ya no podemos decirnos cualquier cosa.

- Y eso qué tiene de malo.

- Que las palabras no son tan importantes. No deberíamos prestarles tanta atención, al menos tú y yo, al hablar entre nosotros, no deberíamos hacerlo… Claro, que a lo mejor es que hemos cambiado más de lo que pensábamos.

- ¿Todavía no te habías dado cuenta de eso?

- No hasta ayer, hasta que encontré las palabras que te quería decir.

- Venga, ¿cuáles eran?

- Quería decirte que me pasé toda la tarde del domingo llorando.

-…

-…

- Tienes razón, eso es algo que hoy ya no importa.

Si me lo pidieses, le sacaría los ojos al mundo para que no pudiera espiarnos. Le arrancaría el cerebro para que su implacable lógica no nos hiciese pensar que cometemos un error al querernos. Cortaría su lengua para que no pudiera decirnos qué piensa de nosotros. Serraría sus pies para que no pudiera seguirnos cuando nos escapásemos juntos. Y le rompería las manos para que no pudiera separarnos cada vez que intentamos abrazarnos. Si me lo pidieses podría enfrentarme al mundo entero y ganar la batalla… Pero no lo haces… Y tú eres el único enemigo al que no puedo derrotar.

Siete días (domingo de amarga esperanza)

Publicado en cosas que podrían haber rimado con etiquetas el Diciembre 4, 2009 por silvio11

Una sombra que se cruza por la mente de la nada. Quizás un recuerdo ahogado por litros y litros de segundos o un sueño que se pierde entre los pliegues de la almohada. A veces es suficiente con intuirte, con pensar que camino hacia ti, aunque no sepa dónde me estoy dirigiendo. Las calles se convierten en un cúmulo de posibilidades, de imposibles posibilidades inciertas, de ilusas certezas en busca de sí mismas, de mí, de tu sombra perdida en la nada, de los sueños extraviados en mi almohada, de los recuerdos que lograron aprender a navegar.

La ausencia de una verdad que me sirva de guía me deja flotando en un universo de incertidubre; un universo de ojos verdes, azules, marrones; una rosaleda de labios entreabiertos; un océano de muslos sudorosos en el que las similitudes de las distancias cortas no empañan la ilusión de dar con un brillo único, con la emoción perdida de un sueño jamás recordado, con el secreto mejor guardado del fondo del mar. Con el color de tus ojos, los rasgos de tu cara, el sabor de tus labios.

Quedamos en el infinito, en ese punto indeterminado en el que la intuición se funde en un abrazo con el valor necesario para volver a llorar.

Un vals bien vale una boda

Publicado en Historias del terruño (Guadalajara) con etiquetas el Noviembre 30, 2009 por silvio11

Me daba igual ir a la boda de mi primo “El Perfecto”. He pasado toda una vida mirándole desde abajo. Los dos tenemos la misma edad y de pequeños éramos los mellizos. A nadie se le habría ocurrido llamarnos gemelos. Parecíamos nacidos de un mismo parto, pero no éramos iguales. Alto, fuerte, inteligente y con don de gentes creo que sólo le ganaba la partida en el tema de la imaginación. También aguanto mejor el alcohol que él, pero claro, es que mi primo “El Perfecto” no bebe alcohol, al menos que yo sepa. No me extrañaría que ahora, que ya se ha casado, se convierta en un experto catador de vinos.

Creí que ya me daba igual todo lo referente a su vida, hasta que le vi bailar un vals el día de su boda. No sé mucho de baile, pero me pareció que lo hacía bien. Momentos antes de empezar a dar vueltas conversaba en voz baja con su mujer, Ana. Todo el mundo les estaba mirando y ella parecía nerviosa. Tenía miedo de pisarse el vestido, creo. Él intentaba tranquilizarla. Justo antes de dar el primer paso, alargó su mano derecha y le sujetó la barbilla suavemente para besarla con dulzura. Después deslizó la mano por la espalda de ella, que se dejó caer delicadamente hacia atrás, sonriendo. Un segundo, puede que dos; una ovación, no recuerdo si mental o física; y volvió a erguir su cuerpo. Empezaron a bailar. Él lo hacía bien, tan perfecto como siempre, pero por ese mismo exceso de perfección parecía un poco antinatural. Ese es otro de sus pocos defectos. El exceso de perfección hace que uno pierda parte de su humanidad.

Recuerdo el último verano que compartimos. Yo mismo me extrañé de que todavía quisiese venir a Guadalajara a pasar unos días conmigo. De pequeños estábamos deseando que llegarán las vacaciones para vernos, al menos yo. Inventaba juegos y él los seguía. En alguna ocasión llegué a pensar que era mi imaginación la que le estaba convirtiendo en una especie de héroe de película, uno de esos que siempre intentaba hacer lo correcto. Por desgracia, al final nos hicimos mayores y tuvimos que dejar nuestros juegos a parte. Está mal visto jugar cuando uno es mayor. Supongo que por eso empecé a escribir. Por eso espero a estar solo en casa para fingir que soy un policía que va registrando las habitaciones. Y por eso me cuesta poco quedarme callado en los bares, pensando finales felices para historias tristes.

En aquel último viaje quedó patente que éramos dos polos opuestos. Yo había empezado mi camino nocturno, el de lo bares y el calimocho. Él no quería entrar en las discotecas para no dañarse los oídos. Estaba pensando hacerse piloto y no quería perder audición… la verdad, no me lo creí del todo. Un sábado que le propuse salir con mis amigos decidió quedarse en casa, con mis padres y hermanos. Fui incapaz de arrastrarle a la calle y en pleno berrinche me largue sin él. Supongo que empezaba a poner en práctica esa facilidad que tengo para ignorar a la gente que quiero, para aprender a vivir sin ella. Dos o tres días después se iba de casa sin despedirse. Ni si quiera me di cuenta de que ya se había marchado al autobús que le devolvería a Madrid.

El día de su boda realizó un discurso de agradecimiento a todas las personas que les habían acompañado a lo largo de su vida tanto a él como a Ana. Me fastidia decirlo, pero le quedó bien. Antinatural, pero bonito. Excesivamente ensayado, pero efectivo. Demasiado afectado, pero creo que hasta mi padre lloró. También se le da bien escribir. Recordó a sus amigos, a sus hermanos, a sus primos y al resto de la familia. Me noté muy alejado de él, de todos. Y no era sólo yo. También mis hermanos parecían pertenecer a otro mundo. Después de todo lo que habíamos vivido durante tantos años y simplemente el tiempo, en la mayor parte de los casos, nos había terminado separando. El tiempo, la gente que nos rodea, los mundos que habitamos y nuestra propia perfección. Quizás una noche de un lejano fin de semana y unos cuantos decibelios. O quizás la imposición de vivir, de terminar con los juegos… Quién sabe.

Le vi bailar el vals y me sentí orgulloso cuando depositó aquel beso tranquilizador en los labios de Ana. Apenas hablé con él durante la celebración. Fui casi de los primeros de abandonar la boda, pero puede imaginar cómo le decía a su esposa un “no te preocupes” justo antes de besarla. Sonreí. Sinceramente, sonreí. Mientras les veía deslizarse por la pista de baile seguí sonriendo y sentí un par de escalofríos en la espalda, en los brazos. Noté que me picaba la punta de los dedos, como cuando necesito escribir, que el corazón se me iba a una parte del pecho a la que sólo viaja cuando quiere ver la realidad con otros hijos. Noté que mi primo, “El Perfecto”, me estaba inspirado. En ese mismo instante juré que me tomaría unas cuantas copas a su salud esa noche y me alegré por mí mismo, porque todavía soy capaz de sentirme feliz por otras personas, aunque sienta que ya no tengo nada que ver con ellas, que habitamos mundos distintos, puedo alegrarme por su felicidad.

Felicidades primo. Espero que seas feliz, que todo te vaya bien, aunque la mayor parte del tiempo no me importe, espero que seas muy feliz… Creo que lo digo en serio.

Eres genial (Amor a quemarropa)

Publicado en Cuando el séptimo arte sólo es cine con etiquetas el Noviembre 25, 2009 por silvio11

True Romance (1993).

Director: Tony Scott.

Guión: Quentin Tarantino y Roger Avary (no acreditado).

Intérpretes: Christian Slater; Patricia Arquette, Dennis Hopper, Val Kilmer, Christopher Walken, Gary Oldman, Samuel L. Jackson, Michael Rappaport, Brad Pitt, Bronson Pinchot, James Gandolfini, Chris Penn  y Tom Sizemore.

Clarence empieza su vida en un bar de mala muerte, intentando ligar gracias a Elvis. Pero que friki eres Clarence. Ella, una veterana de los tugurios, es incapaz de captar su pasión por El Rey. ¿Cuánto años tendrá Clarecence? Demasiados para ser dependiente de una tienda de cómics. Demasiados para seguir viendo un ciclo de películas de Kung-Fu el día de su cumpleaños. Solos él y Sonny Chiba. Al margen del mundo… Pero que friki eres Clarence.

Alabama se cruza en su vida como por accidente. Le tira encima un paquete de palomitas. Le da conversación. Ve con él sus películas. Es guapa. Hablan de las estupideces de las que es divertido hablar. Comen pastel en una cafetería de madrugada. Le acompaña a ver la tienda de tebeos en la que trabaja. Escucha fascinada las historias que le cuenta. Hacen el amor y ella se escapa de la cama. Sentada en el quicio de la ventana le confiesa que es puta, un regalo de cumpleaños de su jefe. Resulta que se ha enamorado de él en sólo una noche y le jura que en una relación siempre es “cien por cien monógama”. Él sonríe. Es el mejor regalo de cumpleaños que le han hecho en su vida. Todavía se me pone la carne de gallina cuando pienso en esos 10 minutos.

Que me perdonen sus fieles. Tarantino jamás ha vuelto a escribir nada con tanta magia como ese comienzo. Y dudo que él mismo hubiese sido capaz de rodarlo mejor. Un bar fluorescente. Un cine oscuro, con humo de tabaco, de barrio. Una cafetería tirando a azul, como toda la noche, azul ciudad. Una tienda de cómic de neón. Una ventana, un gigantesco cartel de tabaco. Dos mantas y un vestido rojo. El hermano pobre de los Scott, Tony, sabe crear el clima. Christian Slater jamás encontró un papel que se ajustase tan suavemente a su eterno despiste vital, a su chulería pasada de moda. Patricia Arquette representa a la perfección el mito de la prostituta de buen corazón. Estaba  destinada a que el mundo le diese de ostias, pero ahora le ha salido un protector. Ella le da el amor que él nunca debería haber encontrado. Él será el escudo que la defienda de toda la mierda del mundo. No es un pacto. Es mucho más natural. Es una simbiosis.

Clarence y Alabama sólo pueden vivir de una forma: con los ojos cerrados, sin pararse a pensar. Todo es demasiado raro como para que pueda salir bien. Pisan el acelerador a fondo y Clarence, héroe de cómic trasplantado a la vida real, decide recuperar las pertenencias de su amada, retenidas en la casa de su antiguo chulo. Drexl, menudo cabrón. Las cosas se complican. “Es mejor tener una pistola y no necesitarla que necesitarla y no tenerla”. Hay muertos y un error con la maleta. No está la ropa de ella, pero sí un montón de droga. De esa que se puede vender de una sola tacada para comprar la paz, que no la felicidad. Pisan más a fondo el acelerador, cierran aun más fuerte los ojos. Hacen el amor en una cabina de teléfonos y Scott sigue grabando todo su romance con frenesí, con música rock, con la alargada sombra de Elvis guiando al friki de Clarence.

A Tarantino le cuesta escribir guiones en los que las partes no se acaben imponiendo al conjunto. Le pasó en Pulp Fiction; volvió a pecar en Kill Bill y Death Prof; y la costumbre es mucho más evidente en Malditos Bastardos. Aquí, esas estrellas fugaces tienen nombres propios. Dennis Hopper, Christopher Walken y James Galdonfini. Tres secundarios que podrían justificar por sí mismos la existencia de una película. Dos momentos únicos que convierten en una obligación el visionado de Amor a quemarropa. Frente a la desesperación de la maltratada Alabama, frente a justa ira de su venganza, visceral y cruel, una imagen, la del bueno de Dennis limpiándose la sangre del labio; dejando de sonreír sólo un segundo, cuando sabe que ya ha ganado, que tiene su pasaporte a la muerte.

No le gustó nada a Tarantino que le cambiasen el final de la historia. Clarence es un friki y los frikis no ganan ni son los más listos de la función. Sin embargo, quizás el productor o el mismo director decidieron hacer que le sonriera la suerte al bueno de Clarence. Le sacaron vivo del Apocalipsis desatado en una lujosa habitación de hotel. La sangría le gustó tanto a Tony que decidió recuperar la idea años después en Enemigo Público, pero no fue igual, le faltaba la visceralidad de esta propuesta, la sangre, las ganas de vivir de estos personajes y su miedo a la muerte. El nervio en el montaje y la agilidad de la cámara son lo único que emparenta ambos desenlaces.

Y Clarence. Y Alabama. En la playa. Si él llega a morir, ella habría querido irse detrás, pero el niño se lo habría impedido. Porque no hay historia de amor si no hay un niño. Y la playas siempre son más bonitas al atardecer. Y por cierto, “eres genial”.

Sin pecado concebido

Publicado en extensos microrrelatos con etiquetas el Noviembre 24, 2009 por silvio11

Los feligreses del padre Damián apenas podían creerlo cuando le vieron salir del confesionario hecho una mala bestia. Un hombre tan reflexivo como él… Se salía de toda lógica.

- Don José, salga ahora mismo de ahí.- Gritó completamente rojo por la ira.- Que salga le he dicho.

A don José le costaba un poco arrancarse y seguía encerrado en el pequeño confesionario, mudo.

- No me haga entrar a buscarle don José.- Amenazó el padre Damián entre dientes.- Mire que no se lo repito más.

Del cubículo brotó una tímida voz: Noooo.

- Como no salga de inmediato le excomulgo, le juro que le excomulgo.

Los feligreses no estaban muy seguros de cómo debían reaccionar ante todo aquello. La mayor parte de ellos esperaba para confesarse, pero claro, con aquel panorama… Los menos habituales comenzaron a retirarse sigilosamente. Los de toda la vida, por curiosidad más que por cualquier otra cosa, se resistían a abandonar el lugar.

- Pero padre, no se ponga así.- Pidió don José desde el interior del confesionario.

Los ojos del padre Damián se abrieron como plato.

- ¿Que no me ponga así? –Preguntó apunto de comenzar a gritar- ¿Que no me ponga así? Pero si será… – Realizó una profunda inspiración de aire que le infló el pecho hasta límites insospechados. – Vamos a ver, cuántas veces le he perdonado por llamar gorda a su mujer. ¿Cuántas?

Silencio.

- ¿Cuántas?

Más silencio.

- Muchas, han sido muchas. Y usted sigue erre que erre… Es que no se me arrepiente de corazón don José, no se me arrepiente de corazón. –Le regañaba el padre Damián indignado.

Alguien no lo pudo evitar y, ante el ridículo de la situación, soltó una pequeña risita. Fue en uno de esos momentos en los que, por algún extraño motivo, el habitual ruido de fondo que acompaña al mundo decide guardar unos segundos de silencio. La ‘risita’ resonó por todo la iglesia. El labio superior del padre Damián, su lado izquierdo concretamente, empezó a temblar visiblemente. Era como si estuviese a punto de darle un ataque. Se giró lentamente hasta encarar a todos los fieles que se mantenían firmes al pie del cañón… Bueno, quien dice fieles dice feligresas. Casi todas eran mujeres de uno 50 años y tres cuartas partes llevaban el rosario preparado para empezar a deshojar cuentas.

- ¿Nos hace gracia? – Preguntó con voz hueca, grave, a punto de estallar. – ¿Es que pensáis que sois mejores..? – Nadie se atrevió a contestar. – Claaaaro… – Más silencio culpable. Como pille a la humorista lo desmigajo, pensó doña Rosita, una beata de 100 kilos, 55 años, buen corazón y propensa a dar pescozones a su hijo de 30.- Porque no lo sois. Resulta que todos somos igual de cínicos señoras mías.- Tuvo que aflojarse el alzacuellos porque sentía que se le estaba hinchando demasiado el gaznate y le faltaba el aire.- Estamos tan acostumbrados a que nos perdonen…- Intentaba decir mientras seguía dándole tirones a la dichosa cinta blanca-… que ha dejado de preocuparnos ser unos pecadores. –Por fin consiguió soltárselo.- La madre que les parió.- Explotó en un auténtico grito de liberación.- Estoy cansado de oír siempre las mismas disculpas por los mismo errores.- Volvió a inspirar aire con todas sus fuerzas, como si quisiese robarles el aire a todas las personas que le rodeaban. Por fin pareció calmarse un poco y les miró a todos a los ojos, uno a uno.- Díganme la verdad, ¿alguna vez hacen propósito de enmienda?

Seguían allí callados, mirándole fijamente. Los segundos pasaban tranquilamente, echándose un pitillo algunos de ellos y balanceando ligeramente los pies al andar otros.

- Yo sí que me arrepiento e intento hacer propósito de mejora y enmienda padre.- Aventuró doña Encarnación. Si es que estamos abocados al cinismo desde que nos bautizan, se lamentó el padre Damián en un fugaz momento de iluminación nominal… Y no le faltaba razón, su mismo progenitor pensó en lo bien que sonaba “padre Damián” en el mismo momento de poner nombre a su vástago. Claro, que entonces no se dio cuenta de dónde la venía la inspiración: El Exorcista, la película. Menudas risas se habían corrido en el Seminario a la salud del pobre Damián.

- Sí, doña Encarnación, sí, me consta que usted hace propósito de enmienda.

El padre miró hacia la puerta de la iglesia y su mirada se atrevió a escapar del recinto, a recorrer las calles de la ciudad, a mezclarse con otros seres humanos. Se preguntó dónde estaban las buenas personas ¿En la maldad calculada de quienes dirigen el mundo? ¿En la inocente y peligrosa devoción de sus parroquianos? Dispuestos a seguirle siempre y cuando les pidiera una compasión fácil de demostrar, de tres monedas en el cestillo de la colecta. ¿O en las buenas intenciones de una legión de hippies egoístas que lavan sus conciencias luchando por conceptos etéreos e ideales inalcanzables mientras temen dar un cambio radical y real a sus vidas? Una pandilla de hedonistas con mil argumentos válidos para justificar su propio libertinaje, para vaciarse de valores complejos y apostar por la simplicidad de la belleza. Soy yo, o la espiritualidad del ser humano se va por el retrete. Bajó la mirada de la calle al suelo, de donde nunca debió levantarla. ¿Y qué hay de las personas?

- Si en el fondo la culpa es mía, que no sé quién carajo me creo que soy… – Su boca, la misma que antes temblaba de ira, ahora hizo una mueca de fastidio.- Doña Encarnación, la absuelvo de todos sus pecados por ayudarme a ver la luz, pero hágame un favor querida -le pidió mientras volvía al interior del confesionario-. ¿Le importa ir a la sacristía y traerme el vino de consagrar? 

Como doña Encarnación se quedase francamente asombrada ante la petición del pater, fue doña Rosita la que finalmente se arrancó a cumplir con su encargo, quizás porque era la única realmente consciente de lo mucho que necesitaba aquel buen hombre el trago que le iba a pegar a la botella en cuanto la tuviese en sus manos. Hay que tener coraje para soportar día tras día a un puñado de personas empeñadas en ganarse la salvación eterna con palabras en vez de actos… y encima con mentiras.

El padre Damián se acomodó en el interior del confesionario. Apenas veía la cara de don José, que no se había movido del interior durante toda la pataleta. Mientras volvía a ponerse el alzacuellos, empezó a hablarle de tú a tú.

- ¿Sabes José? Este sitio, todo este ceremonial, debería ayudarnos a ser mejores personas, no hacernos perder el tiempo. – Dos golpecitos en la puerta llamaron la atención del sacerdote, que la abrió levemente y cogió la botella que se le ofrecía sin apenas darle importancia al hecho en sí mismo.- Gracias Rosita, eres una santa. – Quitó el tapón y le pegó una trago de unos siete segundos, de esos en los que uno tiene que tragar mientras bebe para poder ir haciendo sitio al líquido.- Y tu mujer está como una puta vaca, pero claro, eso tú ya lo sabes ¿no?- Le comentó sonriendo.

Sin rumbo

Publicado en cosas que podrían haber rimado con etiquetas el Noviembre 23, 2009 por silvio11

Existe algo peor que no tener voz cuando se desea gritar,

poder hacerlo y no saber qué decir.

Sentir que las palabras vienen, van

y confunden su propia identidad

incapaces de saber si están furiosas,

tristes, nostálgicas o enamoradas.

-

No ser capaz de distinguir la dirección

que necesitan seguir los propios pasos,

aunque las piernas estén deseando echar a andar.

-

Tener las fuerzas necesarias para derribar todas las barreras

y no saber diferenciar las paredes de las barricadas…

quizás porque no existe diferencia alguna entre ellas.

-

Querer mirar más allá de las nubes,

del bosque, de la niebla

y no saber por dónde sale el sol.

-

Desear escuchar la voz de quien está a tu lado

y oír únicamente la confusión heredada

de un millar de voces que luchan por imponerse al resto del mundo.

-

Existe algo peor que saberse derrotado,

notar la violenta calma que te inunda

cuando aceptas la incetidumbre como única certeza.

Canciones (Siete días: viernes)

Publicado en cosas que podrían haber rimado con etiquetas el Noviembre 17, 2009 por silvio11

Canciones que me recuerdan a ti, que me calientan el alma con una alegre tristeza, como los besos que te endulzan el amanecer mientras te amargan el corazón.

Canciones que te dejan clavado en una silla, mirando hacia la nada, mientras llevas el ritmo con un leve movimiento de la pierna derecha, tan leve como el dulce sonido que produce cada una de las exhalaciones nasales que acompañan a tu sonrisa, la misma que me deja clavado a la silla, mientras estudio cómo se curva la comisura de tus labios.

Canciones que empiezan, que acaban, que mezclan, que enredan y desenredan, como nuestros brazos y abrazos, que siempre mueren maldiciendo el mismo instante de su nacimiento y soñando con renacer convertidos en un beso.

Canciones de las que nunca consigo aprenderme la letra porque prefiero sentirlas antes que memorizarlas, como cada uno de los rincones de tu cuerpo.

Canciones que despiertan la melancolía y dan ganas de vivir, como las noches de luna llena que vigilo solo desde mi tejado mientras imagino que nos cruzamos un día cualquiera por la calle… y me sonríes.

Ada y Miguel contra la ardiente oscuridad (parte II de II)

Publicado en extensos microrrelatos con etiquetas el Noviembre 16, 2009 por silvio11

Mientras avanzaba, Miguel no sabía dónde mirar. Allí donde se le ocurría plantar los ojos había alguna sombra esperándole, sonriendo amenazante con sus largos dientes negros. El oso verde se acercó un poco más a ellos y  rezó porque ese ruido que escuchaba no fuera el castañeo de sus dientes. Buen socio se había buscado, pero claro, qué otra cosa se podía esperar de un oso verde que se pasaba la mayor parte del tiempo dando vueltas sobre sí mismo. Ada seguía callada. Para ella todo era mucho más fácil porque sólo tenía dos opciones. O abría los ojos y miraba hacia el techo o los cerraba. Hiciese lo que hiciese, todo estaba negro. Decidió seguir mirando con cara de sorpresa las sombras que desfilaban sobre ella. Como el oso era un amigo imaginario de Miguel, no podía escuchar sus dientes. Únicamente oía el ruido que producía la manta sobre la que viajaba al arrastrarse por el suelo… Salía perdiendo con el cambio.

 

Miguel esperaba que el pomo de la puerta situada al final del pasillo fuese los largos y estrechos, no de los redondos, que eran mucho más difíciles de abrir. Además, estaba seguro de que no hacían falta muchos obstáculos más para hacerle desistir de la operación… claro, que eso también implicaría una segunda derrota, algo totalmente inaceptable para un niño que todavía no tenía dos años y contaba con una imaginación con la fuerza necesaria para plegar la realidad a su gusto. Estiró la mano despacito, aliviado al ver que el pomo era de los fáciles, con miedo de despertar a alguien si hacía mucho ruido, y abrió la puerta. Casi no tuvo que empujar para que se deslizara suavemente. Era como sí la misma oscuridad les estuviese franqueando el paso. Si antes aún podían distinguirse formas, aquí se acababa la tregua. Miguel se giró sólo para comprobar lo lejos que quedaba la escasa luz que todavía iluminaba el mundo al final del pasillo. Después miro a Ada y ella le señaló el bolsillo del pantalón. Había llegado el momento de recurrir a su socio el motorista.

 

Mientras Miguel le arrastraba por el suelo para que pudiese coger carrerilla, el motorista le fue regalando palabras de aliento. “No te preocupes”, le comentaba, “será algo rápido. Entrar y salir. Antes de que te des cuenta ya estaré de vuelta”. A Miguel le costaba creerle. Sabía por experiencia que el motorista, en eso, se parecía a muchos de los adultos que conocía. Después de coger carrerilla para intentar llegar lejos, le costaba muchísimo dar la vuelta y regresar al punto de partido. Cuando el motorista ya hubo cogido toda la fuerza posible, Miguel dudó un instante antes de abrir la mano y dejarle marchar… ¿Y si no volvía? “Venga Miguelón, dame vía libre, tengo una misión que cumplir”. Miguel abrió los dedos y le dejo marchar. “Ta huego”.

 

La moto salió disparada hacia la oscuridad de la habitación. Todavía no había recorrido un metro cuando su figura se perdió entre las sombras. Tres segundos más tardes ni siquiera se escuchaba el sonido de los engranajes de su moto. Ada y Miguel permanecieron en silencio, mirando al quicio de la puerta que, ahora sí, ninguno de los dos se atrevía a cruzar. “¿Torista?” Preguntó Miguel asustado a la nada… No hubo respuesta. “¿Torista?”, volvió a inquirir con un hilillo de voz… Nada.

 

Algo le había pasado al motorista. Miguel notó la presión del miedo en su pecho.

 

La oscuridad permanecía erguida ante él.

 

Algo había atrapado al motorista. Miguel se giró para mirar a Ada, para saber si ella también sentía algo más fuerte que el miedo en su interior.

 

Ada devolvió la mirada a Miguel y estuvo seguro de que los dos estaban en la misma onda.

 

 

Algo tenía al motorista… y eso era completamente inaceptable. Hasta el oso verde puso cara de poco amigos. Aquello había dejado de ser un juego.

 

Miguel agarró los extremos de la manta de Ada. El oso verde dio un paso adelante mientras se multiplicaba el número de mariposas que surgía de sus orejas.

 

Al entrar en la habitación, la oscuridad se abalanzó sobre Miguel. Sin embargo, pudo esquivarla con una finta de cabeza. Las sombras saltaban de la pared. Tenían la forma de manos con largos dedos y afiladas uñas. Ada era incapaz de ver un palmo más allá de su propia nariz. Miguel seguía avanzando, como iluminado por una extraña luz. El oso verde aguantó la respiración y mandó todo el aire de su cuerpo hacia la orejas. Las mariposas salían cada vez más rápido y se lanzaban contra las garras de la oscuridad.

 

¿Torista? –Preguntó Miguel.

 

Una de las garras le cogió del tobillo, haciéndole perder el equilibrio. Al caer no pudo evitar soltar los extremos de la manta. Cuando consiguió recuperar el equilibrio y girar la cabeza descubrió que un muro de color negro se interponía entre él y Ada. Era incapaz de verla. Decenas de manos oscuras empezaron a rodearle. Ya no podía ver sus propias rodillas y la oscuridad iba subiéndolo por los muslos. Si no podía ver sus piernas, tampoco podía moverlas. Las garras afiladas también se hicieron con sus brazos. Y con el pecho. La tristeza comenzó a invadirle. Todo estaba perdido.

 

O no.

 

-Lalalarííííííííííííííííííííí.

 

Un ejército de mariposas azules, rojas y amarillas comenzó a revolotear alrededor de Miguel combatiendo la oscuridad con sus propias alas de colores.

 

-Lalalarííííííííííííííííííííí

 

El oso verde no sabía rugir. Por eso empleaba sonidos ridículos como gritos de guerra. Y cuanto más los pronunciaba, más fosforescente se volvía su color verde. Miguel consiguió ponerse en pie. Tenían que encontrar a Ada.

 

Al quedarse sola en la en medio de la oscuridad Ada supo que estaba en franca inferioridad. Maldición, pensó, un par de meses más y sabría gatear con soltura, pero ahora… la huida física estaba muy complicada. Vista la situación decidió apostar por el recogimiento interior. Ada cerró fuerte los ojos e interpuso su tranquila oscuridad personal entre ella y la violenta oscuridad exterior que la rodeaba. Sentía como las garras la aferraban, como se colaban por debajo de su ropa, pero no podían pasar de ahí. Ada apretó más fuerte los ojos. Pensó en cosas luminosas, en cosas coloridas, hasta que consiguió que del negro oscuro de su propia mente brotasen todo tipo de seres imaginarios y divertidos. Antes de darse cuenta, dos pequeñas manitas volvían a aferrar los extremos de su manta. Al abrir los ojos incluso ella era capaz de ver el verde fosforescente del oso de Miguel. Entonces fue cuando encontró el arma secreta que les iba a permitir ganar aquella batalla: un interruptor de la luz. Un grito sirvió para llamar la atención de Miguel y un simple gesto fue suficiente para que supiese lo que debía hacer.

 

Click.

 

Cuando luz inundó la habitación escucharon una especie de rugido cavernario, un grito lastimoso y lastimero. Era el tío.

 

Miguel frunció el ceño un poco enfadado. Debía haberlo imaginado antes. Otra vez los malos pensamientos de su tío habían vuelto a hacer de las suyas. No era la primera vez que ocurría, pero ahora casi les había costado un disgusto.

 

- Miguelón, Ada, ¿qué hacéis aquí?- Les preguntó con la voz rota, ronca, como si se hubiese pasado toda la noche gritando.

 

Miguel negó reprobadoramente con la cabeza. También Ada parecía molesta ahora que habían desvelado el misterio.

 

- ¿Qué hora es?

 

No hubo tiempo para mucho más. Localizaron al motorista bajo la cama de su tío y se marcharon convencidos de que los únicos demonios que existen son los que habitan dentro de los seres humanos, en esos rincones oscuros en los que no hay nada más que noche. Por fortuna, allí estaban ellos para plantarles cara. “Te juro que no sé lo que me ha pasado Miguelón. Yo quería dar la vuelta, pero es que la moto no giraba”, se iba disculpando el motorista durante el camino de vuelta  al salón.

Cuento de la paloma y el anillo

Publicado en fragmentos de historias jamás escritas con etiquetas el Noviembre 13, 2009 por silvio11

Volaba, porque volar era lo único que sabía hacer. Ella nunca llegó a conocer a Fernando, ni a María. Sólo recogió un pedazo de su amor. Un trocito de amor convertido en oro; en un simple anillo que pocas novias habrían envidiado. Volaba, porque volar era la única forma de sentir que estaba haciendo lo que debía hacer. Era algo muy parecido a lo que Fernando había sentido el día que le compró aquel anillo a Maria. Se dejó llevar por la imaginación, por los sueños, por la felicidad que inundaba su pecho mientras lo hacía. Porque el también sentía que eran las corrientes de aire las que le arrastraban hacia su destino. Volaba, porque volar era la única forma que tenía de sentirse libre. Igual que María pensó que la única forma de volver a sentirse dueña de su propia vida era abandonar a Fernando. Volaba, porque volar es una buena forma de alejarse de los gritos y silencios que se dedican los amantes que han decidido dejar de amarse.

Una paloma no es una urraca. Son las ratas del aire, pero no les atraen los objetos brillantes. Al menos, no les atraen tanto como a las urracas. El día que un reflejo deslumbró a la paloma fue casi un milagro que se decidiese a bajar para inspeccionar de cerca aquel objeto. Poco tuvo que ver el color dorado con la fascinación que sintió la paloma por aquel pequeño y vulgar anillo. Fernando lo había colocado sobre la palma de su mano. Primero lo miró con tristeza. Después recordó las palabras de María, su dolorosa necesidad de alejarse de él, y fue entonces cuando cerró el puño con fuerza. La paloma sabía que aquel anillo tenía algo extraño. Del ojo izquierdo de Fernando brotó una lágrima. Una única y solitaria lágrima. La lágrima de quienes se juran que ya no volverán a llorar más porque ni siquiera tienen previsto empezar a hacerlo. La sangre que bombeaba su corazón corría veloz hacia los nudillos de la mano que apresaba el anillo, como intentando reducirlo a cenizas. La paloma acercó su pico al dorado metal y se atrevió a tanteralo con él. La sangre llegada desde el corazón de Fernando rodeó el anillo, lo inundó a través de la piel de su propio cuerpo y la magia muda del rencor obró el resto del hechizo. Cuando la paloma aferró el anillo con su tímido pico, descubrió que un corazón latía dentro de él. Cuando la paloma apresó el anillo corazón con su pico, Fernando sintió un pequeño escozor en una parte indeterminada de su pecho. No se preocupó. Llevaba años sin preocuparse por nada. Ni siquiera por María. Y ella vivía relativamente feliz en un mundo que controlaba, que era suyo. Había pasado casi una vida desde que Fernando arrojase el anillo lo más lejos posible de sí mismo.

La paloma seguía volando por el cielo, dejándose arrastrar por las corrientes de aire que la meneaban a un lado y a otro. El corazón latía en su pico y cada latido era un recuerdo, un pedazo de amor perdido que nadie excepto una pequeña paloma, una rata del cielo, podía escuchar. Con cada latido aumentaba la intensidad del recuerdo que sentía, así que mordía con más fuerza el corazón esperando que cada descarga fuera mejor que la anterior, temiendo que le hiciera perder el equilibrio en medio del aire que la transportaba. Con cada latido Fernando sentía menos. Con cada latido María era más dueña de su vida. Con cada latido los dos eran más felices o estaban más en paz, porque habían desterrado de su vida todo aquello que les hacía sentirse mal.

Un día la paloma, guiada por los recuerdos y por el mismo viento, llego al mar, a la playa en la que Fernando sacó aquella foto de María que tanto le gustaba a todo el mundo. Ese primer plano, casi a contraluz, con el pelo de ella tapándole la cara y esa sonrisa tan suya, tan poco preparada. Fernando hacía años que había olvidado la foto. Y a María ya nadie le decía dónde ir de vacaciones, o cómo posar, o qué playas eran bonitas.

Otro día la paloma llegó a la montaña, a la misma montaña en la que los dos pasaron todo un fin de semana encerrados en una pequeña tienda de campaña. Era tan poco el espacio que tenían que el calor de su sudor casi podía darles de beber. Fernando no habría llorado al recordar la pasión de los ojos de María. Ella nunca dejó que nadie se acercase lo suficiente como para volver a sentir con la misma intensidad. La paloma lloró por ambos, porque había terminado perdiendo la cabeza y lo único que tenía sentido para ella eran los latidos. Y Fernando siguió viviendo sin añorar el pasado. Y María siguió viviendo sin más futuro que el que ella misma se imponía. Y la paloma aprendió a vagar perdida por un bosque de latidos y emociones que poco sabían del olvido o la razón, que sólo entendían de bosques y playas.

Pequeña reflexión mañanera

Publicado en fragmentos de historias jamás escritas con etiquetas el Noviembre 12, 2009 por silvio11
 
El mundo sigue girando, siempre. El viento sigue soplando. La esperanza y el temor que produce el cambio son dos constantes contrapuestas, pero no excluyentes. Es lo único que nos puede animar a seguir cuando todo parece perdido. La esperanza de dar un vuelco a nuestra situación. El miedo a perder aquello que ni siquiera sabíamos que era nuestro