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Otoño triste, invierno frío (Lisboa story V de V)

Publicado en Historias del terruño (Guadalajara) con etiquetas , el Diciembre 27, 2009 por silvio11

¿Cuando acaba el otoño? Si el mundo fuese justo, terminaría hoy. Otro ciclo más cumplido.

No me pasa a menudo, pero no encuentro las palabras exactas. El corazón sigue desbocado. Ya me estoy acostumbrado a la sensación. Es como si me hubiesen robado algo… Sólo que no era mío.

Tengo a Adita aplastada contra el pecho. Tiene poco más de cinco meses. Va metida en la bolsa. Yo soy mama kanguro y ella es mi cría. Recorremos el Palacio Do Pena con mucha tranquilidad. De vez en cuando noto como se hinchan sus pulmones. Es como si suspirase. La miro. Tiene cara de alucinada y me dan ganas de comérmela entera.

Es como una corona de espinas que se te clava en el llanto.

No sé si no me ve o si simplemente hace que no me ve. Sea lo que sea, me parece correcto. Él no deja de abrazarla y darle besos. Todavía no ha llegado a sus labios, pero lo hará. Parece que ella intenta resistirse. Terminará cediendo. Observo, buscando respuestas. Si no me ha visto tampoco es tan raro, tiene cosas mejores que mirar. Todas mis predicciones terminan cumpliéndose. Me siento como un acechador. Sé que debería marcharme y no entrometerme en su intimidad, pero no puedo apartar la vista.

Como una corona de espinas que te araña la retina.

No tengo las palabras ni el ritmo. Escribo sólo porque necesito hacerlo. Guillermo me regañaría, no tengo objetivo. Bueno sí, busco en las letras el consuelo que no consigo encontrar en ninguna otra parte. Me gustaría sentir ira, pero no hay nada de eso. Simplemente miro. No puedo dejar de mirar y descubro que cuando el corazón se vuelve loco no sigue ningún ritmo. Sólo late, como en caída libre. La paradoja universal la cierra mi media sonrisa.

En esta ocasión no hay demasiadas cosas que contar. No hay señales del cielo ni nada de eso. Sólo otro cuarto de año que ha quemado toda la tierra a su paso.

Es como una diadema de sueños que estalla antes de llegar la mañana.

A la parte más mezquina de mi propio yo le da envidia que ella sea capaz de volver al mundo real más rápido. Yo sigo perdido en el universo de los sueños. Me pueden las malditas costumbres. A veces tiro la mano derecha al bolsillo del pantalón en busca del paquete de tabaco. Otras saco el móvil para ver si me ha enviado un mensaje.

Tengo grabado el suspiro de Adita en mi pecho. Es profundo, sosegado, tranquilizador.

Recuerdo el consejo de Rafa. “No escribas sobre tu vida. Aprende a disfrazarla de poseía”. Y con todo el dolor de mi corazón lo ignoro. Tiene razón, pero necesito saber que estoy haciendo algo que es verdad. Estoy cansado de un mundo en el que los sentimientos y las palabras se pierden con demasiada rapidez en medio de una bruma de circunstancias. Necesito llorar, pero las lágrimas se me quedan encerradas en el pecho. Ya que siento que no puedo hablar con nadie, le escribo a todo el mundo. A alguien tiene que importarle que haya gente con la necesidad de tener sentimientos. ¿Por qué hemos dejado que nos roben los sentimientos? ¿Por qué tengo la sensación de que para ser más fuerte debo sentir menos?

El otoño cumplió su palabra. Fue triste. Ahora el invierno promete ser frío.

Tiene más de 90 años. “Ésta es la tercera Navidad que paso en el hospital”, me comenta sonriendo. Demasiada lucidez para tanta edad. A su lado, una mujer con las piernas gangrenadas extiende el brazo como queriendo tocar un ángel que flotase por encima de ella. No me atrevo a mirarla demasiado. Sus ojos parecen perdidos. “Tampoco tiene bien la cabeza. Está mayor”. La compañera de habitación de mi abuela supera por poco los 80. La ironía me hace sonreír. Ella se da cuenta y sonríe también. “Por lo menos está callada. Así puedo dormir”. Mi visita apenas dura los 25 minutos que marcan la fecha del día. Según salgo veo un desfile de octogenarios atados a sus camas. En algunos casos están acompañados, pero son pocos. ¿Cuál es el sentido de todo esto? Me encantaría fumarme un cigarro, pero lo he dejado. Hay tantas cosas que me gustaría hacer y que he dejado que me da pereza pensar en ello. Soy un nieto cojonudo. Tres días ingresada y no le dedico más de 25 minutos… Creo que me lo merezco todo.

Y deslumbrando a la noche, brilla su corona de plata, mientras le regala a otros ojos, las mismas sonrisas que me encendían el alma.

Por fortuna no estoy solo. Dos pares de manos amigas me arrancan de la tortura en la que tan alegremente me he sumergido. Supongo que éste es un buen motivo para buscar compañía… Podría perderme en la oscuridad, en los sueños, si no fuera porque de vez en cuando hay un par de manos amigas que me llevan de paseo por un mundo un poquito más amable, si no fuera por los suspiros de Adita o por la pícara sonrisa de Miguelón. Los seres diminutos es lo que tienen, puedes mirarles y beberte su paz con pequeños y sosegados tragos.

Sigo sin encontrar frases que puedan expresar algo. Sigo sin dar con el ritmo adecuado, con el sentimiento que me permita pintar las palabras con los colores que he elegido para ellas. Quiero volver a dormirme y soñar, pero no puedo. No me atrevo a dejar los sueños en manos de mi subconsciente. Tampoco consigo dormir. Hay muchas teorías que podrían explicar mi falta de sueño. Son todas una mierda.

Acaso no nos queda nada más que dejar pasar el tiempo. Y fingir, seguir fingiendo. Sonreír, seguir sonriendo. Tiene gracia, la Navidad es como el reverso tenebroso del verano. Necesito un sol que me caliente los huesos. Me he prometido que dejaré de ir solo por los bares con el mismo cinismo con el que me prometí cualquier cosa de esas que no llegué a cumplir jamás.

Es como una corona de plata. Como una diadema de sueños. Como una cadena de espinas. La princesa de un delirio nocturno. Y aunque ya me he ido sigo mirando. Y aunque ya no es ayer, el corazón sigue desbocado, sin ritmo, como las palabras. Ambos están heridos, pero me juran que seguirán luchando. Les creo. Son ciclos. Hoy puedo dejar que sufran. Necesito pensar que algo real habita en el universo de los sueños en el que estoy constantemente perdido.

Ser fuerte no es sentir menos, es aceptar los sentimientos y vivir con ellos. Negarlos es dejarse matar por una vida que cada vez tiene más miedo de sí misma… Es un hecho, cualquiera que haya estado vacío lo sabe. Guillermo va a regalarme un nórdico para que no tenga frío por las noches. David me ha dado su gorro de lana. Creo que voy a comprarme un abrigo nuevo. Estoy listo para el invierno. Lo único que se me podrían congelar son las lágrimas, pero eso da igual, porque yo no puedo llorar. Duele hijo de puta, duele. Ni siquiera te imaginas cuánto podemos soportar. Besa a otro, yo no duermo y suspira Ada. El mundo sigue estando en orden, pero no siempre respira al gusto de todos. Prometo volver a buscar mi reflejo… quien sabe, puede que esta vez intente encontrarlo en un charco.

El viento no ha dejado de soplar.

Reflejos (Lisboa Story IV de V)

Publicado en fragmentos de historias jamás escritas con etiquetas , el Diciembre 20, 2009 por silvio11

Tenía cara de cansado, allí, plantado delante del espejo del cuarto de baño. Miraba su reflejo con detenimiento, preguntándose cómo pueden cambiar tanto las cosas en tan poquito tiempo. Lo de los ojos rojos y somnolientos no le extrañó demasiado. Eran más de las seis de la mañana. También se alegró de no poder oler su propio aliento y una sombra manchaba el mentón afeitado hacía poco más de un día. Casi sin darse cuenta, comenzó a pensar en todas las primeras veces que había vivido con ella, porque lo de aquella noche también había sido una primera vez, aunque nadie fuera a acordarse de ella en el futuro.

La primera vez que se vieron fue casi accidental… Bueno, fue trabajo. Apenas se fijó en ella… La verdad, no recordaba el momento exacto en el que se la presentaron. Tampoco la situación. Estaba casi seguro de que no le llamó especialmente la atención.

La primera vez que se vieron fuera del trabajo fue en una noche de verano. El calor tampoco apretaba demasiado. Iba con un amigo. Un saludo fugaz. El alcohol y el anhelo de poseer un cuerpo, no necesariamente el de ella, antes de que acabara el fin de semana le llevaron a ser más simpático de lo normal… Que mezquino es el deseo, le comentó a su reflejo.

Tampoco recordaba la primera vez que hablaron con fluidez. Esos momentos se habían hecho hueco en su memoria a base de risas. No se había reído tanto nunca… Mentira, hubo otra chica que… Por eso le dio miedo sentirse libre para reír, para hablar, para decir en voz alta todos los pensamientos que se le cruzaban por la cabeza, lo que ya era mucho decir. Las ideas circulaban demasiado rápido por su cerebro. No eran mejores que las del resto del mundo. Sólo eran más rápidas y, por lo tanto, algo más desquiciadas… Siempre se había sentido avergonzado de eso.

Instintivamente bajo la mirada hacia sus manos. Los dedos se restregaban unos contra otros, nerviosos. Tenían ganas de acariciar, pero sólo podía ofrecerles su propia piel. En cierta forma era como un acto de masturbación, aunque no había posibilidad alguna de alcanzar el orgasmo.

No le costó recordar la primera vez que intentó quedar con ella fuera del encorsetado ambiente laboral. Una cerveza al finalizar la jornada. Ella acepto. Él no se lo creía. Al final le pudo la cobardía y se marchó sin formalizar ni cumplir el compromiso. En aquella ocasión, al valor le faltaron el deseo y el alcohol. Quería estar con ella y ese era un sentimiento que no se sentía capaz de aceptar. Al menos no de entrada.

Su mirada no era la de una persona cansada, era la de un tipo triste. Decidió quitarse el gorro de lana que todavía llevaba puesto encima de la cabeza, pero no lo hizo.

Al final, la primera cita extra laboral llegó. Estuvo llena de deseo reprimido, al menos por su parte… Le costaba tan poco desear. También hubo conversaciones nerviosas. Fuera del trabajo no era tan fácil hablar. Quizás porque ya no lo hacían como una forma de escapar al tedio del día a día. Querían conocerse mejor. A él siempre le había dado miedo que le conocieran mejor y, por eso mismo, siempre le ponía nervioso conocer mejor a otras personas. Una cerveza, dos, puede que tres, y cada mochuelo a su olivo. Agradable. La emoción se intuía, pero estaba atada. No le gustaba llevar sus sentimientos con correa.

La primera vez que dejó de verla no le importó demasiado. Simplemente se alejaron. Cuando dos personas dejan de verse es porque ninguna tiene suficiente interés en seguir viendo a la otra. Todo aquello era inoportuno, inapropiado. Había hecho bien en protegerse. Tenía tendencia a la desconfianza. La gente no es consciente del daño que puede hacer a las personas que deciden ponerse en sus manos. Por eso prefería no dar esa responsabilidad a nadie. El problema es que a veces lo hacía sin darse cuenta, sin pretenderlo. De repente alguien externo a él se convertía en su patrón, en su razón para estar triste o feliz. Anhelaba sentir el vacío en su interior… No, eso era mentira. Mejor el dolor que la nada… Que injusto debe ser que un tipo con gorro de lana te nombre luz de su vida sin ni siquiera pedir tu opinión.

Tampoco se había quitado el abrigo. Seguía plantado de pie delante del espejo.

El primer día del reencuentro no fue nada especial. Otra vez trabajo. No había nada que perdonar porque no había existido nada más que amistad entre ellos. Las intuiciones son tan irrelevantes como los rumores, y entre ellos sólo habían existido intuiciones. Pese a todo, un estúpido nerviosismo infantil recorrió su cuerpo durante todo el día. Saber que ella estaría cerca de él a diario le permitía respirar mejor.

La historia se repitió. Hubo otros encuentros fuera del trabajo. Hubo más intuiciones brutalmente silenciadas y las correas se terminaron convirtiendo en cadenas. Hasta el primer día en el que decidieron romperlas todas. Sudor, alcohol y calor. Mucho calor. No quería recordar la primera vez que se quedó dormido abrazado a ella. A cambio, le asalto otra primera vez, aquella en la que fue consciente de que estaba en paz con el mundo. Era como si hubiese llenado el último espacio vacío. Se sentía tranquilo… No, ella le hacía sentir traquilo. Tenía la sensación de que estaba allí, junto a él, porque quería estar. Por eso mismo no tenía miedo de que se marchara… Quería que ella se sintiese igual que él.

Por fin se quitó el dichoso gorro. Sus ojos pasaron de observar su propio reflejo a estudiar con detenimiento la forma en que sus cuerpos se habían entrelazado bajo las sábanas durante aquella primera noche que no quería recordar. Los dedos se acariciaron con mayor intensidad, como si esperaran hacer saltar una chispa que prendiera fuego a su memoria.

La primera vez que ella dio un paso atrás fue como si alguien le degollara lentamente. Sus palabras le resultaron tan familiares. Otra vez la primera vez. Ya las había oído antes. Existía algo, la razón, que amordazaba, otra vez, los sentimientos. Las explicaciones estaban ahí, como las buenas intenciones. Y sin embargo él no se creía nada. Era la primera mentira, aunque todo fuese verdad. Formas de enmascarar la realidad con excusas. Palabras. Palabras. Palabras. Palabras. Todas las palabras tapando la verdad. Lo intuía. Eran rumores, sí, hipótesis, pero desde entonces no volvió a confiar en ella. Así de cabrón era. Empezó a decir adiós sin abrir la boca. Odiaba las palabras y más aún los anuncios de despedida. Desde aquel momento todo se volvió feo. Las cadenas querían regresar, pero cómo devolver un animal salvaje al cautiverio sin matarle en el intento. Para bien o para mal, él era un animal. También se avergonzaba de eso, pero gruñía, era egoista y le costaba pensar. Un animal.

Tenía demasiado calor. Se quitó el abrigo sin apartarse del espejo.

Aquella noche, en un bar, la vio de refilón. Hablaba con un chico. Sonreía, como si todo estuviese bien, en orden. Por primera vez le pareció que lo más apropiado era no hablar con ella, dejar que siguiera sonriendo. Por primera vez sintió que su presencia allí podía ser perjudicial para los dos. Y se marchó intentando no imaginar. Intentando ignorar el grito que había dado alguien dentro de su pecho. Intentando que por fin el dolor pusiera los dos pies dentro de su alma y que la verdad destrozase todas las mentiras que se había contado a sí mismo. Por desgracia, lo consiguió.

Se apoyó contra la pared del cuarto de baño y dejó que su cuerpo se deslizara lentamente por ella, hasta quedar sentado en el suelo. Todavía tenía el gorro de lana en la mano. Se lo puso, como si con ello pudiera conseguir que los pensamientos dejaran de circular por su cabeza tan rápido como siempre.

Lisboa story (I de V)

Publicado en étranger con etiquetas , el Diciembre 16, 2009 por silvio11

Me da miedo casi todo. Estar lejos. Estar sólo. Estar acompañado. Estar cerca. No estar contento donde y como estoy. No saber si estaría contento en otra parte o de una forma distinta… Sigo pensando que todos los lugares son el mismo lugar. Todas las ciudades, la misma ciudad. Lo único que cambia es la perspectiva desde la que se mira lo que hay fuera, más allá del universo conocido. Las emociones que puede despertar el retorno al hogar: tristeza, esperanza, desilusión, alegría…

Punto 1: ¿No cabe la posibilidad de que romper las barreras geográficas sea una forma física de romper las barreras mentales a las que tememos hacer frente? A fin de cuentas, en los dos casos se busca abandonar el mundo en el que nos sentimos seguros para ver si somos capaces de vivir experiencias, afrontar riesgos, adquirir nuevos conocimientos…

Punto 2: Hace dos años, durante un viaje por Escocia, aproveché unos minutos de soledad para escribirle un mensaje a un amigo. “Me gustaría que estuvieses aquí”. Llevo casi un año sin hablar con él. Hace unos meses hice algo similar desde Praga. Incluso intenté llamar a orillas del Moldava… El resultado, a la larga, no fue mejor. Palabras perdidas, sin sentido. Ahora me da miedo utilizar el móvil para decirle a alguien que le echo de menos. No sé quién está maldito, si el aparato o yo. Me da miedo la caducidad de los sentimientos propios y ajenos. A lo mejor es que soy demasiado voluble.

Viajar es una forma de ponerse a prueba a uno mismo, de autodescubrirse… Estoy deseando volver a casa para poder emborracharme en la tranquilidad del hogar. Mañana me estreno en la noche lisboeta, pero, al margen de los resultados que pueda tener la experiencia, en una primera aproximación al famoso Barrio Alto he descubierto que las zonas de bares de las grandes capitales también me dan miedo.

PD: Lisboa me gusta, pero es pronto para escribir. Por ahora os adelanto que creo que mi mirada más efectiva sobre ella la estoy haciendo a través de los ojos de otros seres humanos. Me alegro de no haber venido solo.

FRANCISCO CATALINA (II de II) CASA DE EMPRESA

Publicado en Historias del terruño (Guadalajara) con etiquetas el Octubre 26, 2009 por silvio11

El sueldo era de seis reales al día. “Comprar un pan nos costaba tres, aunque era un pan de un kilo y medio”, recuerda Francisco. Puede que el salario no fuese demasiado esplendido, pero al menos el trabajo sí que presentaba un beneficio: la casa la ponía la empresa, que en este caso era el Estado. Y si bien era cierto que al menos tenían un hogar, no lo era menos que éste tampoco reunía las mejores condiciones de habitabilidad. “Eran viviendas situadas al borde justo de las carreteras que no tenían agua, calefacción ni luz en las que vivían ellos con sus familias”, indica el jefe del Servicio de Conservación de Carreteras de la Diputación provincial, Félix Herranz. En algunos casos, la suerte sonreía al peón, que tenía su residencia cerca de una localidad a la que podía ir a diario. Sin embargo, los había con menos fortuna. “Algunas estaban lejos de los pueblos y se podía dar el caso de que tuvieran que recorrer unos cinco kilómetros para conseguir agua”.

En el caso de Francisco Catalina, las duras condiciones que imponían el oficio y los tiempos se juntaron el día que nació uno de sus hijos. Al llegar a su hogar se encontró con su mujer, pariendo sola, a la puerta de la casa. Ella misma se ató el cordón umbilical y acostó al recién nacido antes de irse a descansar. Él, que estuvo ofreciendo toda la ayuda que posible durante el parto, recorrió varios kilómetros para buscar al médico más cercano. “En aquellas casilla han nacido todos mis hijos”.

Aunque el enfrentamiento entre hermanos había terminado, la provincia de Guadalajara no se salvó de los rencores. Tanto Francisco como su padre, que llevaba trabajando toda la vida como alguacil en Gualda, habían estado en el bando republicano y eso había gente que no estaba dispuesta a olvidarlo con facilidad. “Nos querían quitar el trabajo”. En el caso de su padre lo consiguieron. En el suyo no. Francisco buscó el respaldo de las instituciones y dio con él. “En el Ministerio de Obras Públicas me conocían bien y dijeron que respondían por mí”, relata. Había salvado el envite, aunque por los pelos.

El año que se ‘ahogó’ la casa

Además de su trabajo en la carretera, Francisco conseguía unos ingresos adicionales cuidando una “colmena modelo” que había situado en las inmediaciones de su residencia. “Tenía un cristal puesto que te permitía ver trabajar a las abejas”. Cosas de la vida, la colmena, su casa y la carretera que cuidó durante tantos años, la que iba desde Durón hasta Gárgoles de Arriba, acabaron debajo del agua, en el fondo del pantano de Sacedón.

La construcción del pantano no estuvo exenta de polémica, ya que algunos vecinos del pueblo se oponían a él. “Hubo muchas personas que perdieron sus fincas”. Sin embargo, por lo que recuerda Francisco, no era tanta la preocupación por la pérdida como por el dinero que les daban a cambio de ella. “Ya sabes cómo funciona esto; cuando te dan cinco resulta que tú querías diez”. ¿Y se enriqueció alguien del pueblo con todo esto? Sonrisa. “Las perras se van rápido”.

En aquel entonces parecía que nunca más volvería a saberse de aquella casa, de aquella colmena modelo y de la carretera. Él se fue a un bloque de vivienda en Cifuentes, con otros peones caminantes, desde donde controlaban varios tramos de carreteras. Sin embargo, el paso de los años y la sequía han dado un giro a los acontecimientos y hace poco tiempo algunos turistas volvían a preguntar por la colmena. También la carretera y la antigua residencia de Francisco han abandonado la tumba de agua bajo la que habían sido sepultadas.

No ha sido el pantano la única infraestructura que se cruzó en el camino de Francisco. En su memoria, peor que lo de Sacedón fue lo de la nuclear de Trillo. “Al principio estaba proyectada en Gualda”, explica, pero la diferencia de precios se la llevó a la localidad vecina. “Allí tenían los terrenos más baratos”. Al final, se quedaron con la central a unos 15 kilómetros y con bastante menos dinero del que les podía haber correspondido, una sensación que tienen muchos de los vecinos de esta provincia que conviven con una nuclear en el pueblo de al lado. ¿Y si ahora les dijesen de poner otra central nuclear en Gualda? “Que la pongan y que a nosotros nos den una casa en Guadalajara”.

Además de limpiar las carreteras, el trabajo de peón caminero también implicaba reforestar determinados tramo de las vías, en los que se plantaban acacias. “Siempre eran acacias… Nunca preguntamos por qué. El capataz nos lo decía y nosotros las plantábamos”. Su intuición le dice que este tipo de árboles agarran mejor el terreno de la provincia, pero reconoce que era difícil que saliesen adelante. Además, años después se prohibió continuar con esta práctica, aunque no se quitaron los árboles que ya habían plantado. “La mayor parte mis árboles se quedaron en el pantano, pero todavía quedan algunos en la carretera de Cifuentes”. Además, gracias a aquellos trabajos entró en contacto con los ingenieros forestales. “Decían que eran los malos porque denunciaban a la gente que talaba árboles para coger leña y hacer fuego… No sé, cumplían con su trabajo”, reflexiona Francisco.

Con el paso de los años, fue ganando galones en su trabajo. “Yo hacía de capataz interno. Mandaba una cuadrilla”, pero nunca ejerció el cargo de manera oficial. “No me interesaba. A mí no se me dan demasiado bien las cuentas… Ya sabes, no aprendimos mucho en el colegio”. Al final, aquel trabajo sirvió para sacar adelante una familia de tres hijos e incluso para dar de comer a sus hermanos. Cuando él dejó el oficio, pasó unos 40 años vigilando carreteras, su puesto de trabajo todavía dependía del Estado, pero años más tarde el traspaso de competencias haría que muchos de estos peones camineros terminasen trabajando para la Diputación provincial o para la Junta de Comunidades.

Fue en la institución provincial donde Félix Herranz, en su primer año de trabajo, conoció a uno de estos peones camineros que estaba a punto de jubilarse. “Creo que estaba en la carretera de Villel de Mesa”, recuerda. El oficio comenzó a morir en los años 60, con la llegada de la máquinas. “Entonces se formaron las brigadas, que se establecieron en los parques de maquinaria de Molina de Aragón, Sigüenza, Cogolludo, Pastrana y Cifuentes”. Compuestas por entre cinco y diez operarios, disponían de camiones y retroexcavadoras. “De todas formas, esto no fue lo que acabó con los peones camineros; el asfaltado fue lo más determinante”. Con él, las carreteras dejaron de ser tan débiles y ya no era necesario que un hombre estuviese reparándolas constantemente. Francisco Catalina también recuerda la llegada del alquitrán, aunque sin ningún tipo de rencor. “Menudo descanso supuso”. Sin embargo, tal y como explica Félix Herranz, no todos los operarios se tomaron el fin de su oficio bien. “Hubo gente que se reveló. Algunos tenían una vida hecha en un pueblo y no querían mudarse a los municipios en los que estaban los parques de maquinaria”. En otros casos, era una cuestión más… organizativa. “Muchos estaban acostumbrados a organizarse su propio trabajo. Sí, había inspecciones y todo eso, pero funcionaban de una forma más anárquica. Aquel cambio suponía tener que adaptarse a una disciplina”.

Actualmente, Francisco Catalina vive en Guadalajara capital, con su familia. Cuando le preguntan si se queda con el pueblo o con la ciudad, es inevitable pensar que a él también le caló hondo un poquito de toda esa anarquía. “En los pueblos parece que siempre hay más libertad… o libertinaje”, comenta entre sonrisas.

FRANCISCO CATALINA (I de II) DE LA ESCUELA A LA CARRETERA

Publicado en 1, Historias del terruño (Guadalajara) con etiquetas el Octubre 26, 2009 por silvio11

Con más de 90 años de vida a sus espaldas, Francisco Catalina ha visto con sus propios ojos como ocurrían los acontecimientos más importantes de la provincia. Desde la Guerra Civil, en la que participó como miembro de la Quinta del Chupete, hasta la construcción de una central nuclear a pocos kilómetros de su Gualda natal. Este hombre, que se dedicó profesionalmente al cuidado de las carreteras al convertirse en peón caminero, es también el recuerdo vivo de una profesión ya olvidada que durante años le llevó a recorrer diariamente un tramo de carretera destinado a hundirse bajo las aguas del pantano de Sacedón.

En 1908 se promulgó el reglamento que regía el trabajo de los peones camineros. En él se estipulaban los deberes que tenían sus trabajadores, a los que no se otorgaba casi ningún derecho. Entre sus obligaciones, como si de una condena se tratase, regía la siguiente máxima: “Permanecer en el camino todos los días del año, desde que salga el sol hasta que se ponga”. Casi diez años después de la creación de este reglamento nacía en la localidad de Gualda (Guadalajara) Francisco Catalina. Él mismo reconoce que durante su infancia no prestó mucha atención a las explicaciones de un maestro que tenía demasiada facilidad para quedarse dormido. “En cuanto empezaba a roncar, nosotros ya nos poníamos a correr de un sitio para otro”, recuerda. “Así era difícil aprender a hacer la o con un canuto”. A aquel niño le quedaban muchas experiencias por vivir, pero sobre todo tenía por delante un futuro profesional que terminaría convirtiéndose en una forma de vida: peón caminero.

Monarquía, IIª República y Guerra Civil. Los disparos cogieron a Francisco Catalina en zona republicana, algo que a la larga le acabaría pasando factura. Sin embargo, tuvo suerte. Una coz mal dada por un burro le originó un problema de salud que mantuvo alejado de las trincheras a este miembro de la conocida Quinta del Chupete. Después, una vez se hizo con el poder en el país el bando nacional, le tocó volver a hacer el servicio militar. Aquellos años le sirvieron para recuperarse plenamente del golpe propinado por el malencarado animal y para regresar al pueblo. Allí llegaba el momento de afrontar otro problema: había que conseguir un trabajo. Un hermano de su madre era capataz de carreteras y se ofreció a introducirle en este campo. “Como éramos pobres se interesó por nosotros”.

Félix Herranz lleva 27 años trabajando en la Diputación. Ingeniero de caminos, actualmente ocupa el puesto de jefe del Servicio de Conservación de Carreteras. Cuando llegó a la institución provincial, allá por 1982, conoció a algunos de los últimos trabajadores que habían ejercido como peones camineros. En el Palacio provincial pasa por ser una de las personas que mejor conocen las carreteras que surcan Guadalajara y su historia. “Fundamentalmente los peones camineros se dedicaban al mantenimiento de los caminos”. Según explica, limpiaban la vegetación que pudiese entorpecer las carreteras y las reparaban. Entonces no eran como las de ahora. Había un elemento esencial que las diferenciaba: no estaban asfaltadas, si no que estaban hechas con piedra machacada, lo que les deba un color blanquecino. “Eran competencia del Ministerio de Obras Públicas y había uno cada 4 o 5 kilómetros”.

Francisco Catalina relata que fue aquel tío que le dio el trabajo el mismo que le enseñó a hacerlo. “En teoría teníamos un tramo de carretera de unos 6 u 8 kilómetros”. Sin embargo, eso no siempre era así. Cuando algún compañero, por enfermedad o cualquier otro motivo, no podía hacerse cargo de su tramo, le tocaba controlarlo a alguno de los trabajadores que lindaban con él. “Yo he llegado a tener hasta 17 kilómetros a mi cargo”.

Catalina recuerda la rutina de cada día. Se levantaba y recorría el tramo que tenía asignado en busca de posibles desperfectos. “Cuando los encontraba daba aviso a mi capataz, que estaba en Durón”, y terminaba arreglándolo. La mayor parte de las veces, el “desperfecto” era un hoyo originado cuando, al paso de una carreta o un coche, saltaban las piedra del camino, dejando así el socavón. “Buscábamos cantos rodados para llenarlo y después lo completábamos con arena”, explica. “Lo que pasa es que en cuento pasaba otro coche por allí volvía a saltar”. El jefe del Servicio de Conservación de Carreteras de la Diputación especifica que entonces no disponían de ninguna máquina para hacer estos trabajos. “Básicamente tenían un pico, una azada y un cesto de mimbre para hacer las tareas de mantenimiento”.

De cómo sir William El Justo se enfrentó con la infame Cámara de Comercio

Publicado en Historias del terruño (Guadalajara) con etiquetas el Octubre 1, 2009 por silvio11

Nota del autor: todo lo que a continuación se relata es, por desgracia para nuestra sociedad, mucho más cierto de lo que el lector podría imaginar al leer tan tedioso relato.

 

Año 2009 de nuestro señor Jesucristo. Diez de septiembre. En un tiempo en el que España, la Comunidad Autónoma de Castilla-La Mancha y la provincia de Guadalajara estaban dirigidas por fuertes familias que traspasaban su poder de generación en generación, estas humildes tierras alumbraron el tipo de héroe que sus habitantes necesitaban y merecían: William El Justo.

- Carismático y encantador.- Se anunciaba a sí mismo mientras que con su mano derecha atildaba el finísimo bigote que adornaba su cara.

- Caradura y cobarde.- Tendía a corregir su leal escribano y sirviente, a quien nunca le impidieron ver las virtudes y el amor que sentía hacia su amo los defectos de los que éste hacía gala.

Muchos fueron los enfrentamientos que William, a lo largo de su vida afortunadamente aún inconclusa, mantuvo con los poderes fácticos, con los ocultos manipuladores de la ciudadanía y con todos aquellos seres que, haciendo gala de su posición social, ignoran que pedir un libro de reclamaciones puede ser el arma más mortal en un combate a cara de perro contra el dinero. Encontrábase una noche nuestro noble William en su hogar, disfrutando de una agradable y ligera lectura, cuando desde la calle llegó un ruido atroz a sus aposentos. Tras renegar contra el diablo en un par de ocasiones recordó la cercanía de las fiestas capitalinas y, en un alarde de generosidad muy propio de su persona, decidió transigir y dar carta blanca a los alegres festejantes. ¿Acaso no era el mismo un joven lleno de vitalidad que en breve disfrutaría de esas mismas risas y excesos etílicos?

En esas estaba cuando apareció en la morada su fiel sirviente, un poetastro venido a menos que, en sus horas más bajas, tendía a aferrarse con inusitada fiereza a la primera botella que tenía la mala fortuna de cruzarse en su camino.

- Malandrín, de dónde vendrás a estas horas y en qué te habrás andado gastando los dineros con los que tan alegremente compenso tus servicios. – Le pregunto William con una sonrisa socarrona en la cara.

Siendo como era una persona de mal vivir, un cuentista y metomentodo, conocía aquel sirviente trapos sucios de la ciudad que callaba a cambio de la limosna de los poderosos (era periodista). Sin embargo, aprovechando que en aquella ocasión todavía no había acudido nadie a cerrarle la boca con las mismas monedas de plata con las que fue satisfecha la ambición del propio Judas, traía aquella noche, ya cerrada y profunda, interesantes noticias destinadas a producir honda conmoción en su amo.

- Mi señor, apenas pudo creer vuestra alegría. ¿Es que no escucháis el bullicio que nos asalta desde la calle? Creía yo, conociendo vuestro gusto por la paz y la vida ordenada entre semana, que os estarían llevando los demonios.

- Pero qué dices -le respondió sorprendido de que su propio vasallo le conociera tan poco-. Son fiestas y el alboroto no es si no una más de sus múltiples manifestaciones amigo mío. ¿Qué clase de persona sería yo si no fuera capaz de comprender la diversión de mis semejantes?

- Mi señor –replicó su sirviente con una mirada de incredulidad en la cara-, no es esto el resultado de una fiesta en la que esté participando el vulgo, si no que es un evento privado el que, con tanto estruendo, impide dormir a los alcarreños a tan altas horas de la noche.

Ofendido por la noticia, por el atrevimiento de quienes osaban enfrentar la obligación del sueño con el egoísmo de la juerga irresponsable, William sintió en su rostro el rubor de la ira.

- No puede ser eso cierto. ¿Es que acaso no hay nadie que avise a las autoridades para que pongan fin a tan terrible tropelía? Por Dios y todos los arcángeles, no puedo creer que una sola persona tenga el valor de anteponer su propia diversión al bienestar de sus vecinos.

- Acaso ha dado aviso usted mi señor.

William calló, herido en lo más profundo de su orgullo. En verdad, la responsabilidad de enmendar lo torcido bien podía corresponderle a él que, por lo que parecía, era uno de los pocos habitantes de la ciudad que conocía toda la verdad del asunto.

- Ven mi fiel escudero. Busquemos el lugar concreto en el que están refugiado los vellacos que, hasta ahora, tan impunemente nos afrentaban.

Tras sopesar durante unos segundo pros y contras, y consciente de que cuando se carece por absoluto de nobleza lo único que se puede hacer es ser fiel a los lazos de la amistad, salió el vasallo de sir William tras los pasos de su amo. Juntos, siguiendo el origen de la música, alcanzaron un corral que parecía salido de la nada. En su interior, había dispuestas varias meses y todo parecía dibujar un escenario de fiesta y alegría que, como en tantas ocasiones, parecía reservado a los poderosos.

Avanzó un par de pasos sir William, mientras su mano volaba veloz a la empuñadura de su espada, dispuesto a dar los estoques que fueran necesarios para descubrir que era lo que allí estaba ocurriendo.

Alertado por la impulsividad de su señor, el vasallo corrió tras él y, viendo a otros compañeros del gremio más ruin que existe (los periodistas), le pidió paciencia.

- Aguardad un momento sir William. Veo allí a un par de compañeros que, sin duda, habrán encontrado alguna excusa imaginativa para colarse en esta fiesta y poder degustar las viandas que tan profusamente se sirven en ellas.

Le costó a William el justo contener su impulso, pero sabiendo que era mejor afrontar aquel reto con la mayor cantidad posible de información, dejo que obrase su sirviente. Éste se acercó con paso seguro a sus compañeros y les habló en la jerga que tan sólo estos seres conocen.

- ¿Y esto qué es lo que es?

- Un sitio ande dan papeo gratis.

- ¿Y a santo de qué sus habéis colado en el lugar?

- Por el carnete de prensa.

- Manda huevos. ¿Quién monta el pollo?

- La Cámara de Comercio. ¿No sabes? Que esta es su fiesta tradicional de ferias.

- Manda huevos, otra vez.

Llegados a este punto, y cuando acababa de regresar el sirviente a informar a sir William, apareció de la nada uno de los miembros del partido dominante en la localidad, Don Mario González Samoano, que a su vez ejercía como portavoz del Partido Popular en la Diputación provincial. Amplio conocedor del vasallo de Sir William, por aquellas ocasiones en las que ambos dos habían coincidido con motivo de alguna gran mentira que fuera necesario transmitir a la sociedad, acudió solícito a estrecharles la mano.

- ¿Cómo va eso?- Pregunto González Samoano con una sonrisa en su cara.

- Bien mi señor, os presento a mi patrono, sir William el Justo. – Habló desenfadado el vasallo.

- Carismático y encantador. – Se anunció sir William con la mandíbula desencajada y los ojos inyectados en sangre.

Ante aquel espectáculo, no pudo menos Don Mario, que hacer mutis por el foro, y a fe mía que eligió un buen momento, porque la situación estaba a punto de empeorar.

Atraídos por el olor de la ira, los dos periodistas, cual buitres sin capacidad de autocontrol alguna, acudieron a presenciar lo que prometía ser un temible enfrentamiento.

- ¿A qué se debe el elevado volumen de la música? –Inquirió sir William con voz rotunda.

- Es una fiesta.- Explicó una de las dos aves de rapiña.

- ¿Y con quién es menester hablar para que la bajen de inmediato?- Pregunto con la misma seguridad en sus propias capacidades.

- Pues no sé…- Mezquino, el manipulador de la información atisbo por el rabillo del ojo a la responsable de seguridad del mismo municipio, la concejala María José Agudo.- A ella. ¿Edil, no existe acaso una ordenanza aprobada por su propio partido para evitar que se desarrollen este tipo de acontecimientos, a tan altas horas de la noche, casi madrugada, y con un volumen musical tan elevado?

Como si la sacasen de un profundo sueño, la inquirida miró a sus interlocutores y, tras sopesar si merecía la pena dirigir la palabra a tan viles seres, decidió responder.

- Si os molesta, llamar a la policía.

Aquel nuevo gesto de desprecio, llegado desde un cargo público democráticamente elegido en el que se reunía la responsabilidad de representar al pueblo y el trato con los cuerpos y fuerzas de seguridad locales, terminó de crispar a sir William que, vista la situación, comprendió que allí había demasiados rivales con los que batirse. Los ricos comerciantes habían decidido agasajarse a sí mismos y los políticos con una bacanal a la que el pueblo no estaba invitado. Y lo que es peor, lo hacían con todo tipo de ostentación, molestando sin pudor a sus conciudadanos. ¿Qué podía hacer sir William ante tan evidente abuso de poder?

En contra de lo esperado por su fiel sirviente, que deslizaba con toda la tranquilidad del mundo la siniestra hacia la daga que escondía en el cinto, sir William hizo un gesto de despedida lleno de caballerosidad y gallardía para, acto seguido, marchar de allí. Desconcertado por la actitud de su amo, el vil poetastro tuvo que recomponer la figura y salir corriendo tras él con sus cortas piernas.

- Mi señor, debo reconocer que estoy atónito por vuestra reacción. Creí que era inevitable el conflicto. Sir William se detuvo, le miró y esbozó una sonrisa antes de sacar del interior de sus ropajes su lustroso teléfono móvil, extender el dedo índice y, con toda la paciencia del mundo, marcar un número de teléfono. Después se lo llevó a la oreja hasta que, al otro lado de la línea, alguien descolgó.

- ¿Policía? Buenas noches. Verá, le llamo desde la calle Mayor. Estoy intentando dormir, pero unos vecinos tienen la música a un nivel indecente y no me dejan hacerlo. Sí, mi nombre es… -Y dicho esto, Sir William dejó constancia de todas aquellas informaciones que le fueron requeridas.

Minutos más tarde, escuchaba complacido el paso de un coche de policía bajo su ventana. A los pocos minutos la música, si bien no desaparecía, reducía notablemente su volumen y el teléfono de sir William recibía una llamada de las autoridades. Cuando colgó, miró a su vasallo con seriedad y después procedió a explicarle.

- Resulta que es un acto de ferias. Tienen permiso para poner música hasta las tres y media de la mañana. Más, no se puede hacer.

Se quedó el poetastro rumiando las injusticias del mundo. ¿Acaso podía él incluir una celebración privada en el programa de Ferias y Fiestas porque sí, o por haber invitado al alcalde? Sin duda, estaba dispuesto a hacerlo si eso le permitía poder armar todo el jaleo que le viniese en gana, pero claro, estaba bastante convencido de que eso no sería posible. En este mundo había clases y él no pertenecía a la de quienes podían hacer de su capa un sayo. Se sentía derrotado y así se lo comunicó a su amo y protector.

- No mi fiel escudero. ¿Acaso no te diste cuenta de que todos aquellos que representan el poder estaban allí reunidos? Era imposible la victoria. Sin embargo, como buenos castellanos nobles, tenemos una obligación sagrada que debe imponerse a cualquier otra. Allí donde se violen los derechos de la ciudadanía, donde los gobernantes, ricos y mercenarios se consideren a salvo de la acción popular, nos corresponde el deber, que no el derecho, de obligarles a hacer lo justo, que no lo legal, y, en aquellos casos en los que esto sea imposible, al menos estamos obligados a tocarles los cojones en la medida de lo posible.

Y así fue como sir William El Justo volvió a sus aposentos, si bien no como un triunfador, al menos sí como un no vencido, que en estos tiempos que corren ya es mucho.

Adiós verano, adiós

Publicado en fragmentos de historias jamás escritas con etiquetas el Septiembre 24, 2009 por silvio11

Estoy quieto. Me ha enseñado a ver mi reflejo debajo del agua. Estaba acostumbrado a verlo desde el otro lado, desde la superficie, con el Sol iluminando a mi espalda. Ahora lo tengo en frente de mí, arriba. Deslumbra un poco. Estoy sumergido, en medio de un todo tan absoluto, el agua, que es igual de nada que el mismo aire que nos rodea. Por primera vez en mucho tiempo, allí, sumergido, respiro.

 

Abre los ojos. Es pequeña, está indefensa. Acaba de nacer. Le ha costado, pero ha nacido. Es casi la hora de la cerveza, del almuerzo. Comemos y bebemos. Ella llora. Está arrugada, fea. Supongo que tiene miedo, aunque todavía no conozca la palabra. Su madre la abraza.

 

Voy escuchando a Anhony and The Johnsons en el coche. Es de noche. El disco suena mejor en la oscuridad de una carretera solitaria. No recuerdo la canción concreta. Quizás es Atrocities. Voy un poco triste. Es lunes. No ha sido un buen día. Los lunes casi nunca son buenos días. De repente veo por el rabillo del ojo una estrella fugaz. Creo que nunca había visto una. Lo primero que pienso es que se trata de un ovni. Va dejando una estela verde tras de sí. ¿Es eso posible?

 

Está tumbada en mi cama, desnuda. La observo. Estoy tan cerca que soy incapaz de abarcar sus ojos en una sola mirada. Tengo que ponerme bizco, mirar dos veces. No sé qué hacer. Intento alejarme un poco de ella para que no note mi aliento, aunque respiro por la nariz. Intento no hacer ruido al tragar saliva. Me falta aire, me sobra saliva.

 

Van corriendo por una calle atestada de gente. No les veo, les imagino. Es una ciudad del sur. Son dos hermanos. No sé lo que piensa ella, pero, una vez más, imagino que piensa él. Quiere que ella lo haga bien. Creo que es lo mismo que queremos todos, ayudar a alguien a ser feliz. Lo que pasa es que muy pocas veces nos atrevemos a hacer realidad ese sueño. Está mal visto.

 

Ando por un pasillo. Estoy hablando en voz alta. Cuando llego a la habitación él, con su poco más de año y medio, está acurrucado contra su madre. Dice mi nombre. Me ha reconocido por la voz. Que tontería. Le preguntan si quiere decirme algo o prefiere seguir con el cuento. “Uento”. Le doy un beso en la frente y me marcho. Me ha reconocido sólo por la voz… Que guay.

 

Sigo debajo del agua, en medio de la nada, en medio de todo, intentando ver mi reflejo.

 

Estoy sentado en el borde la piscina, viéndole nadar. Tiene pensado hacerse 3.000 metros con su nuevo traje de neopreno. La madre que le pario… que espíritu. Casi sin darse cuenta se hace con toda la calle. Es verano, el calor quema, mi cuerpo quema. No tengo nada mejor que hacer que mirarle. Es relajante, pienso en mis cosas. ¿Cuántos largos de 50 metros son 3.000 metros?

 

La estrella fugaz sigue cayendo.

 

Son las nueve de la mañana. Espero que venga a entrenar. Corremos, sudamos un poco y, lo más importante, hablamos. Me la imagino corriendo con su hermano, devorando rivales, una tras otra. No sé si me la imagino entonces o me la imagino después. Todo el tiempo se fusiona en un solo latido.

 

Sonríe, se ríe y me hace nadar demasiado. No sé nadar. Hace falta mucha paciencia para enseñarme a nadar. Ella la tiene. Después hablamos, otra vez la conversación, y nunca recuerdo muy bien de qué hemos hablado. Quizás nuestras palabras se han perdido. Por eso un día decidimos empezar a buscarlas.

 

Sigue desnuda encima de mi cama. Tapada con una manta. Tiritando de frío. Me pide que la abrace.

 

Torija, un concierto. No sé si es el principio del verano o no, pero no me importa. Ese día me fijo en las estrellas. Me quedan tantas estrellas por ver. Días después me paro a pensar, a respirar. El verano huele a estrellas.

 

Ella va cogiendo kilos y ya no parece tan indefensa. Él cada vez habla mejor. A los dos les veo poco, me lo dicen… Tienen razón, pero es que hay demasiadas cosas que ver. Ella siempre parece sorprendida, con los ojos abiertos como platos. Él ya está en esa edad en la que, más que sorprenderse, es capaz de sorprendernos a nosotros.

 

El verano huele a estrellas.

 

Un estrella fugaz cae del cielo dejando un rastro verde tras de sí.

 

Ya no se ven estrellas en las ciudades.

 

Tengo una estrella metida en mi cama. Cuando ciego la ventana, brilla.

 

Estoy en Praga, rodeado de amigos, borracho. Cada vez son más los que me piden que beba menos, pero siempre acaban rellenándome el vaso cuando ven que se me está terminando la copa. Nos reímos. Saco fotos. Conozco otra ciudad, otro país y me siento libre para decidir si me gusta o no por razones estrictamente personales.

 

En medio de todo y en medio de la nada. Buscando mi propio reflejo.

 

El mundo gira demasiado rápido y 90 días parecen una vida. El verano va terminando. Quemo etapas con la misma facilidad con la que los hermanos queman kilómetros. Me siento mal, como siempre, pero en paz, como nunca. Me da miedo, como los padres temen por sus hijos. A veces nado a contracorriente, pero ahora se me da mejor porque ella me ha enseñado a no ahogarme. Mis amigos me siguen tolerando y, lo que es mejor, me acompañan y me dejan acompañarles.

 

Estoy sentado a los pies de la cama mientras estoy tumbado con ella, abrazándola, temiendo que todo termine. Ahora mismo, con todos los triunfos endulzándome la vida, pienso que sería mejor desaparecer, salir por la puerta grande, en alto. Eso no vale. Con todos los esfuerzos que he tenido que hacer para no salir corriendo en busca de una nueva vida, resulta que ahora la tengo y que no es mía, que es de todos.

 

Me tomo una cerveza, el imbécil me da un codazo y me pregunta si vemos un capítulo de Perdidos. Le miro, me hago el duro. Es como un niño y un padre a la vez. Que putada tener que hacernos mayores. Mejor seguir siendo niños, así, en la estricta intimidad. Creo que es la única persona que podría soportar vivir conmigo.

 

Estoy en medio de todo y en medio de nada. Tengo ganas de llorar, de alegría, porque me siento vivo, porque se acaba el verano, porque habrá que hacer frente a otra estación, más fría, más triste.

 

Ella me dice que le gustan los días nublados, aunque no todos. A mí me pasa lo mismo. Hola otoño

 

Si es verdad que la vida es un ciclo, volveré a estar triste y volveré a estar feliz. Sonrío.

 

Cierro un poco los ojos y por fin consigo ver mi propio reflejo.

Praga

Publicado en étranger con etiquetas el Septiembre 10, 2009 por silvio11

Lunes. Deben ser casi las ocho de la tarde. Dentro de poco más de una hora Serbia dejará en entre dicho el supuesto favoritismo de España en el Europeo de baloncesto. Manudo y yo todavía no sabemos el mazazo que nos supondrá ver un partido que esperamos con ilusión. Guerra tampoco, pero a él a penas le importa el baloncesto. Por el momento disfrutamos de nuestra estancia en Praga. Es nuestro último día en la ciudad y en la República Checa, y la primera vez que nos sentamos en una terraza situada a orillas del Moldava. Empieza a anochecer y un hippie descalzo va destrozando grandes clásicos de la música desde un pequeño escenario. Guerra y yo tenemos una cerveza con Sprite. Manudo una Coca-Cola. Mañana me voy y todavía no he conseguido contactar con Praga ni una sola vez. No me he quedado absorto ni he tenido grandes o profundos pensamientos… Mejor… o no. El hippie toca los primeros acordes de Stairway to heaven y me echo una mano a la cara. Pienso que es completamente innecesario reventar también esta canción. Guerra, Manudo y yo nos caracterizamos por ser capaces de hablar o discutir durante media hora de cualquier tontería, aunque también podemos quedarnos callados y no abrir la boca durante varios minutos. Ahora toca silencio, aunque con breves comentarios. Man se pregunta si esta versión de Led Zeppelin también durará once minutazos. Guerra ve una zona del río en la que el agua hace más ondas de lo normal y se pregunta en voz alta qué estará pasando allí abajo.

El hippie sigue tocando la introducción con su guitarra acústica y me quedo mirando las ondas del agua. Me recuerda a la playa. Pienso que este verano debería haber ido a la playa con más de una persona, incluso con alguna que no me ha pedido que vaya con ella. Recuerdo los comentarios que me han hecho sobre el mar por la noche. Asusta, dicen, da miedo. No sabes dónde estás, dónde empieza todo ni dónde acaba. El hippie comienza a cantar. No puede hacer los alardes vocales de Robert Plant, pero le imprime un ritmo sosegado a la canción. Me prometo escapar a la playa, quizás en octubre o noviembre, cuando su aspecto está más en consonancia con mi rollito autocompasivo. Levanto los ojos del agua y veo la catedral de Praga devolviéndome la mirada desde lo alto de la ciudad. No sé si hay más catedrales en Praga. No sé si es una catedral. No podría asegurarlo y, la verdad, me la suda. Comprendo que no he venido aquí para conocer, he venido aquí para huir. And she´s buying a stairway to heaven. Puede que yo también me haya comprado una escalera al cielo.

Antes de empezar un viaje siempre estoy triste. Creo que es porque no me gusta irme, pero cabe la posibilidad de que estuviera equivocado. Durante los cinco días que ha durado el viaje he mantenido una relación idílica con el resto del mundo. Casi toda la gente a la que quiero o que me quiere ha seguido estando presente en mi vida a través de un mensaje de móvil, un correo electrónico o incluso, en el caso de los más osados, una breve llamada. Los otros, los problemas, se han quedado lejos de mí. Durante estos cinco días les he tenido completamente controlados. No podían sorprenderme al girar una esquina. Soy consciente de que la distancia puede apagar incluso el dolor que provoca la ausencia. Aquí podría olvidar. No quiero volver a Guadalajara. Cuando lo haga, los problemas volverán a llamar a mi puerta, al teléfono, a mi conciencia o volverán a mandarme mensajes. Estamos en un lugar tranquilo, pero imagino el bullicio que en estos momentos debe gobernar la Plaza de los Turistas. Es la que tiene el reloj astronómico y seguro que tiene un nombre propio, pero que se lo aprendan los de las guías. Yo soy el guiri tonto, el que no aprende nada. Quiero sentir las ciudades y por fin empiezo a sentir a Praga.

Es un poco melancólica, un poco triste. Digna, pero teñida de pasado y eso no siempre es bueno. Como todas las grandes ciudades es un poco puta. Lleva el comercio a sus partes aparentemente más nobles, como la plaza de los turistas, y por las noches cierra su corazón, la catedral, el Palacio, para que nadie pueda hacerla daño. Praga podría darme refugio durante unas cuantas noches, meterme en su cama y darme dulces y falsos besos de buenas noches, pero al final terminaríamos revolcándonos en nuestro propio cinismo y en nuestro odio al pasado. En su caso, su odio más inmediato es a los comunistas. Un general del ejército rojo en posición poco honorable con dos mujeres es el protagonista de un cartel en el que se anuncia una exposición sobre el Comunismo.

Praga ya no es el destino en vías de desarrollo que era hace unos diez años. Ahora todo el mundo chapurrea inglés. Los precios oscilan de forma criminal en un radio de apenas un kilómetro. Los vendedores de lo que sea han desarrollado un instinto casi infalible para detectar la nacionalidad de los potenciales compradores y así poder ajustar mejor sus técnicas de venta. El turismo snob sale caro, 200 coronas sin consumición por entrar en un local en el que hay un concierto de jazz en directo. En el pub debe haber unas quince personas, contándonos a nosotros, y a las otras doce les daría gustoso una paliza para bajarlas de su nube, pero no soy quien para quejarme, la idea de entrar allí ha sido mía. A diez minutos del centro, por 100 coronas, te tomas un plato de gulash, una sopa y una cerveza. Y al lado de nuestro cuartel general, por 26, te dan otro medio litro de la rubia más suave y delicada que he probado en mi vida. Se te mete en los pantalones, en la vejiga, sin darte ningún problema. En los bares del centro, un tercio de Coronita te arranca del alma unas 125 coronas. Y cuanto más alto es el precio, más europea es la gente, más fría, más seca. En el bar de las 26 coronas, un tipo que ha tenido suerte esa noche y parece que va a mojar me da una palmadita amistosa en el hombro justo antes de perderse tras los pasos de una rubia mucho más física, voluptuosa y experimentada que mi cerveza. Esa es otra de las cosas que llaman la atención de esta ciudad, tiene las madres más follables que he visto en toda mi vida. Todas liberadas, todas sexis, todas seguras de sí mismas… No he hablado con ninguna, pero se sabe sólo con verlas. Los hombres somos aún más pusilánimes comparados con ellas. Pero esos son pensamientos de noche.

El calvo hippie arranca con el sólo de guitarra. Como ocurría con la voz de Robert Plant, el tipo cumple, aunque salvando las distancias. Cuando vuelva a Guadalajara volveré a estar demasiado cerca, físicamente hablando, de mis problemas como para poder olvidarme de ellos. Me imagino marchando de ciudad puta en ciudad puta con paso firme y decidido. Lo primero que haría al llegar a cada sitio sería ver sus cementerios. Los cementerios son una fuente de emoción, de arte, de vidas apagadas. Los cementerios son la demostración de que no somos iguales ni en la muerte. Las estatuas adornan las tumbas de los más ricos, no de los mejores. No puedo evitar empuñar la cámara y empezar a sacar fotos como un loco. En Praga me he obsesionado con las estatuas, sólo a través de ellas consigo ver el resto de la ciudad. Tenía miedo de no ser capaz de mirar a Praga, como me ocurrió con Londres, pero al final me he refugiado en los primeros planos, en los fondos desenfocados y en los contrastes de luz. Creo que, si fuera un poquito mejor con mi Nikon FM-10, podría haber sacado un material decente de allí. Sin embargo, sólo me llevo un puñado de recuerdos que nadie más que yo puede descifrar. Entre ellos, una escultura que adorna la cajita en la que descansa el cuerpo de un recién nacido. Miro la fecha de la tumba. 1808, si no me fallan la memoria o la visión. Al lado del angelito de bronce, creo, hay un peluche. Está completamente nuevo. ¿Quién lleva 200 años encargándose de renovar ese peluche?

Praga también es cínica y ¿un poco racista? Rafa nos acompaña durante nuestro segundo día en la ciudad. Ya lleva un par por ahí y se conoce el percal mejor. Además, es mucho más observador que yo. “No sé por qué, pero aquí a todos los negros les visten de marineritos”. Le río la broma, pero no tardo en descubrir que es una verdad como un templo. Durante el día, todos los negros que veo van de marineritos y te ofrecen viajes en barca por el río. Por la noche van de gente normal y te ofrecen drogas. Durante la noche del lunes, esa en la que me escapo de mis acompañantes para recorrer todos los lugares conocidos con una luz diferente, la de la luna en vez de la del sol, respiro aliviado al ver un grupo de negros normales. Yo mismo me siento un poco racista al tener todos estos pensamientos. ¿Tan políticamente correcto me he vuelto que tengo miedo de contar lo que veo? Sigo mirando el agua. Pienso en lo fría, lejana, que me resulta toda la gente de Praga; en los turistas a los que les falta tiempo para comprar una lata de cerveza gigante, de esas que no tenemos en España; en los bares en los que te clavan por pedir una cerveza; en los tipos que te asaltan por la calle para llevarte a tal o cual bar; en los alemanes, americanos e ingleses borrachos, iguales en cualquier parte del mundo. Comprendo que si yo viviese en una ciudad como aquella, si tuviese un buen trabajo, es probable que no estuviera andando por la parte turística de Praga un sábado por la mañana, ni que me fuera a un bar en el que te cobran 200 coronas por entrar para escuchar un concierto. Yo soy el equivocado. Estoy en el mundo del turismo, ese que sí es racista, que sí clasifica a las personas y que las engaña. Estoy en un mundo en el que el famoso puente de Carlos está hasta los huevos de personas, vayas a la hora que vayas, sólo porque tiene un montón de estatuas que ninguno entendemos. Me imagino a mí mismo andando solo por el dichoso puente, en plan romántico, y me da la risa. Lo más cercano que noto a un momento íntimo en él se produce a las doce de la noche. Sigue hasta arriba, pero la gente se distribuye según sus intereses. Los amigos y grupos amplios de personas se colocan bajo las farolas para mirar al río. Las parejas recurren a los tramos oscuros para decirse cuanto se quieren junto a otra pareja que está haciendo exactamente lo mismo. Yo estoy solo, así que no sé dónde ponerme. A unos 300 metros de allí hay otro puente, con menos estatuas. Un inglés solitario, como yo, está mirando el río. “Éste es el nuestro”, me digo. Son las doce y media de la noche, aproximadamente. Cuando llego yo, él se marcha. A lo mejor se ha pensado que le iba a robar, o simplemente le he roto su momento íntimo. Sonrío al pensar en los 200 tipos que hay en estos momentos en el puente que tiene nombre. Lo único que sé de éste es que sólo cuenta con unas diez estatuas y que el río que pasa por debajo es el mismo.

La conexión con Praga se me acaba casi a la par que la versión que hace el hippie del Stairway to heaven. Escucho a Manudo decir “que lástima” y pregunto qué pasa. Resulta que detrás de nosotros hay dos alemanes borrachos de unos 200 kilos cada uno. Uno de ellos ha decidido que no quiere dormir solo y ha puesto en marcha las escasas dotes de seducción que tiene un alemán borracho de unos 200 kilos. Aprovechando que había una mujer sola en una mesa, ha ido a sentarse junto a ella. Aguanta el tipo. Al final, cansado de que le ignore, el alemán ataca. Ella, que no se amilana, le manda a la mierda. El alemán vuelve dando tumbos a su sitio. Esto me enseña dos cosas. La primera, que cuando voy al extranjero y veo un borracho rubio de más de 80 kilos y sin pecas siempre pienso que es alemán. Si son morenos, tienen pecas, o pesan menos de 80 kilos, son ingleses; y siempre es mejor el alemán que el inglés, porque este último además es un pesado gritón. La segunda, que los problemas te persiguen por todo el mundo, pero que si eres una madre follable de Praga, entonces es probable que los problemas tengan más razones para tener miedo que tú… Ojalá yo fuera una madre follable de Praga.

Mi primer accidente mortal

Publicado en Historias del terruño (Guadalajara) con etiquetas el Septiembre 3, 2009 por silvio11

Sigo vivo. Es sólo una forma de hablar, no de estar, pero sigo vivo. Miro hacia un cielo que está repleto de nubes blancas, grises, negras… Un cielo taciturno que esconde el sol. Un cielo que no sabe si es hora de reír o de llorar. Hijo de puta cobarde. Al final dejará que sea la meteorología la que decida, como siempre. Él nunca se moja. Si acaso, hace que sean los demás quienes se empapen. Odio el cielo por las múltiples implicaciones poéticas que tiene y porque todas son una sucia mentira. Sé que es absurdo odiar algo que no hace o dice nada, que sólo sirve de inspiración, pero también odio la inspiración y, como no, la esperanza. Preferiría asumir de entrada que todo será una mierda. Si puedes hacer eso y seguir levantándote cada día, tienes mucho ganado, pero tener fe… Es una trampa. Puto cielo. Es una engañifa, la zanahoria que ponen delante del burro para que siga arreando. Pobre animal, no le queda nada más que un carro agarrado a su espalda. Las nubes se dejan mecer por el viento. Se mueven con paz y sosiego. Putas nubes. Puto viento. Puta esperanza. Putos burros y sus putas zanahorias. En este preciso instante veo a un hombre muerto junto a la cabina de su camión porque no consideró apropiado ponerse el cinturón de seguridad. Tuvo un accidente en una carretera secundaria y salió despedido por la ventanilla. Eso le mató, salir despedido por la ventanilla… Ni siquiera sé si llegó a salir despedido, simplemente salió por ella. No soy capaz de imaginar el resto. No sé cómo ocurrió; no sé cómo llegó a estar muerto. Sólo sé que observo desde un lado de la carretera mientras mi fotógrafa estudia el cadáver. Lo han tapado con una manta, pero una de sus manos escapa de la cálida protección de la sábana. ¿Por qué siempre ocurre eso? ¿Por qué siempre hay una mano que se sale de madre? Se lleva la cámara fotográfica a la cara y duda unos instantes. La miro como quien toma notas sobre un experimento. No está segura, pero se siente espoleada por un sentido del deber que ninguno comprendemos demasiado bien. Es lo que hay que hacer, pero no seríamos capaces de explicar por qué hay que hacerlo… No es sentido del deber, es miedo a ser débil, a no tener la foto que atraerá a más morbosos. No me apetece entrar en discusiones filosóficas. Sólo quiero mirar. A mi lado, otra periodista hace bromas, excitada, y me cuenta los pormenores del accidente. No la hago demasiado caso. Es mi primer muerto y no quiero olvidar su mano. Ella ha visto más y sigue hablando. Intenta aparentar normalidad. Meses después se irá, cambiará las letras por un bar de copa. “Estaba un poco zumbada”, me comentan, y yo me pregunto si siempre lo estuvo o si fue mirar al cielo, a las nubes y sentir el soplo del viento lo que le volvió loca.

-

Al final el cielo se decide y apuesta por dejar despejado el camino. Adiós nubes, hola astro rey. Antes notaba un bochorno húmedo. Ahora me cago directamente en la madre que le parió y empiezo a sudar mientras sigo mirando al camionero muerto. Tenía casi sesenta años, me ha parecido escuchar. Están a punto de levantar el cadáver y la Guardia Civil pide a los fotógrafos que se estén quietos un ratito. Ellos hacen todo el caso que pueden. Uno baja la cámara con aplomo. Él no será quien violente ese supremo instante de recogimiento, parece querer transmitir con su excesiva solemnidad. Otra continúa mirando por el objetivo y repite una y otra vez que no está haciendo fotos, que sólo está enfocando. No entiendo su postura. Mi reportera gráfica continúa dudando. Su cámara oscila arriba y abajo. Luego me confiesa que ha pasado un rato terrible. Las dudas internas… Bueno, hay gente que no sabe si debe fotografiar muertos y otros que tienen que despedir empleados. Lo que pasa es que nosotros no somos jefes de nadie y a los dos nos supera la situación.

-

Cuando le veo la cara al fallecido busco rastros de sangre. Nada. ¿Cómo ha muerto? Todos los miembros del cuerpo siguen en su sitio. No hay grandes rastros de sangre. Joder, ni siquiera rompió la ventanilla. Estaba abierta y él se deslizó por ella. El otro coche implicado en el accidente, un Fiat Punto, está hecho un cisco, pero el conductor no tiene nada grave. Dormirá en su casa. Iba sólo y su lado estaba intacto. Si hubiese llevado a un copiloto… Bueno, eso sí que habría sido desagradable. Le ha ido por unos centímetros, pero sigue vivo, aunque eso sólo sea una forma de hablar. Cuando le vi junto a la ambulancia parecía completamente ido.

-

El muerto tiene rostro, pero no tiene heridas. Mi compañera de profesión me dice que todo apunta a que se rompió el cuello. Tomo unas notas rápidas en el cuaderno y noto una gota de sudor resbalando por mi torso desde la axila. Levanto la mirada al cielo y llego a la conclusión de que hubiese sido mucho más apropiada una violenta tormenta de verano, así no habría tantas moscas dando por culo. Intento no sentirme sobrecogido; no pensar en eso de que el cuerpo de un muerto parece un muñeco sin vida; no pensar en si el fallecido tenía familia o no; no pensar en cuál de los dos vehículos implicados en el accidente tuvo la culpa de lo ocurrido y, sobre todo, intento no decir aquello de “no somos nadie”.

- Pobrecito…

- Ya… no somos nadie.- Me cago en la puta. Lo que más me jode es que encima pongo cara de circunstancias, me la noto. Miro a la periodista y me da la impresión de que está apunto de acercarse hasta el muerto para acunarle en sus brazos. Ahora me pregunto cómo no me di cuenta antes de lo zumbada que esta… Bueno, sí que me di cuenta. Me pone cachondo, pero ese carácter tan inestable suyo siempre me echó para atrás. No es que si hubiese sido más equilibrada me la hubiese llevado a la cama, sobre todo porque no sé si habría querido acompañarme, pero le quitaba atractivo tanto extremo emocional. Aun así nunca sopesé la posibilidad de que estuviese de psiquiatra.

Se llevan al muerto metido en una bolsa. El sol continúa brillando y mi fotógrafa ya está haciendo su trabajo. Al día siguiente saldrá una imagen de la cabina del camión con el otro coche destrozado de fondo. Ni un sólo cadáver; ni una bolsa; ni una mano. Ni una nube; ni un cielo azul; ni el viento, que siempre sale movido en las fotos. Ni esperanza ni más ganas que las de volver a la redacción para escribir todo esto cuanto antes y poder salir escopetado hacia casa. Cuando me marcho, ella aún sigue mirando el lugar en el que se encontraba el muerto. Trato de imaginar que estará pensando. No lo consigo. El tipo está muerto y somos conscientes de que las cosas no tienen porque salirnos bien a ninguno, por mucho que brille el sol. Me monto en el coche. Al rato llega mi fotógrafa y comienza a hablar sobre las emociones que le ha provocado toda esta situación. Yo me encuentro vacío.

¿Arde Membrillera?

Publicado en Historias del terruño (Guadalajara) con etiquetas el Agosto 9, 2009 por silvio11

Más de un centenar de vecinos de Membrillera se reúnen en La Palma, un local de Jadraque, para celebrar la fiesta de los Jubilados y el día de la Virgen de la Blanca. Son poco más de las cuatro de la tarde del miércoles y Julián Astanza se encuentra entre los comensales. Entonces le llega la noticia: Membrillera está ardiendo. “No hace falta decir que no he terminado la comida”, explica. Sale disparado hacia su pueblo y su casa. “Sabía exactamente dónde estaba el peligro. Tengo la casa forradita de ondulina y eso arde mucho”. Llega a su vivienda justo a tiempo de evitar que el fuego se propagase por ella. “Lo hemos cortado, pero si llegamos a tardar un poco más, se me quema todo”.

Las llamas han cogido a buena parte de los vecinos en medio de la celebración, pero a otros les ha pillado en el mismo pueblo. “Pues el fuego debe haber empezado en torno a las tres y media de la tarde, pero nosotros no nos hemos enterado hasta las cuatro”, recuerda uno de los habitantes que más cerca reside del punto crítico. No lo dudaron, vecinos como Julián y Miguel Ángel se subieron a las cubiertas para trata de frenar el avance de las llamas. “Yo les gritaba que se bajasen, que ellos no podían hacer nada allí arriba, pero nada”, asegura una de las mujeres.

El fuego se inició en el paraje conocido como Las Herillas, cercano al casco urbano. Por desgracia, el viento soplaba en dirección al pueblo y llevó algunas de las pavesas hasta los tejados, provocando incendios con distintos focos. El Infocam mandó a parte de sus dotaciones, entre ellas tres helicópteros y un avión de carga en tierra. Por su parte, el Consorcio Provincial de Bomberos echó el resto y mando hasta el lugar a las cinco dotaciones del parque de Azuqueca de Henares, las dos del de Molina de Aragón y las otras dos que se encuentran en el parque de Sigüenza. Incluso llegó algún agente que estaba librando ese mismo día, como Rubén, que es natural de la misma localidad de Membrillera. Se encontraba en Madrid cuando sus amigos del pueblo llamaron para informarle de lo que estaba ocurriendo en el municipio. Al poco tiempo se encontraba enfundado en un traje hecho con retazos de los de los compañeros; en la chaqueta había bordado un nombre y en el pantalón otro. Ninguno de los dos coincidía con el real

En torno a las seis y media de la tarde, Membrillera recuerda a una zona de guerra. Los helicópteros y el avión hacen pasadas a baja altura para ir echando agua en los puntos más calientes del incendio, con todo el estruendo que eso implica. Los bomberos luchan contra las llamas desde los mismos tejados que antes ocupasen los vecinos. Ya ha pasado lo peor y del fuego queda, sobre todo, el humo, aunque no conviene bajar la guardia.

Por todas las esquina del pueblo hay agrupadas bombonas de butano. “Lo primero que hay que hacer es sacarlas de las casas, porque son como pequeñas bombar”. La Guardia Civil, por su parte, se esfuerza por hacer efectiva la orden de desalojo que se ha dictado para la localidad. Los agentes se lo van comunicando a las personas que encuentran por las calles y unas se lo toman mejor que otras. “Con diez como éste”, dice uno de los vecinos señalando a otro que tiene pies y manos manchados de hollín, “aquí no había fuego ni había nada”. Los agentes, por su parte, tratan de explicarle la situación. “Sabemos que si no hubiese sido por ustedes, esto se habría extendido mucho más”, pero con los bomberos presentes, la actuación se ciñe a unos protocolos de actuación que, una vez más, han permitido que un incendio ocurrido en un casco urbano se salde sin herido alguno. “Lo más, hablar con la gente para tranquilizarla”, indican desde los servicios sanitarios. Es una de las muchas paradojas de los incendios. La acción ciudadana puede ser fundamental en un principio para evitar que se descontrolen las llamas, pero cuando llegan los bomberos, lo más fácil es que se convierta en una molestia. “Es que así no se puede trabajar, no nos hacen ningún caso”, reconoce uno de los profesionales. La presidenta la Diputació provincial, María Antonia Pérez León, colabora con el desalojo, aunque comprende la resistencia planteada por los habitantes de Membrillera. “Cuesta mucho irse cuando es tu casa la que está ardiendo”

Pasadas las siete de la tarde, Pérez León y los responsables de la Guardia Civil y del Cuerpo de Bomberos se reúnen en medio de la calle para analizar brevemente la situación antes de la llegada en helicóptero del consejero de Agricultura y Desarrollo Rural, José Luis Martínez Guijarro. Diputación ha habilitado un polideportivo en Jadraque para alojar a la gente que no pueda quedarse en sus casas, pero están dispuestos a poner a su disposición camas de la residencia de estudiantes. “No creo que haga falta”, considera la alcaldesa de Membrillera, Leopoldina Peinado, “aquí todo el mundo tiene alguna casa de un familiar o alguien cerca en la que puede ir a alojarse”. Al final, una vez el consejero inspecciona el lugar y habla con los técnicos, se decide instalar un perímetro de seguridad en torno a las instalaciones afectadas y devolver la electricidad a buena parte del municipio.

La normalidad va recuperándose poco a poco. A los que todavía les queda una larga noche por delante es a los bomberos. Una vez terminan de descargar los medios aéreos, se dedican a ir casa por casa asegurándose de que no quedan restos peligrosos. En Jodra del Pinar fueron 36 horas, aquí… “Están teniendo mucho trabajo y un excelente rendimiento”, asegura Pérez León. “Es indudable que tenemos que felicitarles por su entrega”.

El saldo final es de catorce edificios afectados, ocho de ellos derruidos, aunque en ningún caso eran viviendas habituales. El resto son corrales e instalaciones semejantes, en su mayoría antiguas y de madera, lo que ha facilitado que se incendiasen. Josefa Castilla todavía se encuentra un poco asustada por lo sucedido. Su casa no estaba tan lejos de las llamas y no guarda buen recuerdo de la última vez que el fuego se acercó al casco urbano de Membrillera. “No lo he olvidado, fue el 28 de enero del año 68”. Entonces no disponían de los medios que hay en la actualidad. “Nos juntamos una fila de personas y tuvimos que apagarlo con cubos de agua”. Recuerda que fue más pequeño que éste, aunque perdieron un buen número de animales domésticos.

Durante el jueves, continúan refrescando la zona y se devuelve la luz y el teléfono a toda la localidad. El viernes ya se ha dado por extinguido el fuego y todos los efectivos han abandonado el lugar. El Gobierno regional anuncia que se ha lanzado una propuesta al Estado que permita incrementar las ayudas que se dan a los afectados en los incendios urbanos. Desde Diputación explican que, al tratarse de segundas residencias, no se pueden aportar demasiados fondos. Según indican los investigadores del incidente, todo parece indicar que el fuego se originó de manera fortuita.