¿Cuando acaba el otoño? Si el mundo fuese justo, terminaría hoy. Otro ciclo más cumplido.
No me pasa a menudo, pero no encuentro las palabras exactas. El corazón sigue desbocado. Ya me estoy acostumbrado a la sensación. Es como si me hubiesen robado algo… Sólo que no era mío.
Tengo a Adita aplastada contra el pecho. Tiene poco más de cinco meses. Va metida en la bolsa. Yo soy mama kanguro y ella es mi cría. Recorremos el Palacio Do Pena con mucha tranquilidad. De vez en cuando noto como se hinchan sus pulmones. Es como si suspirase. La miro. Tiene cara de alucinada y me dan ganas de comérmela entera.
Es como una corona de espinas que se te clava en el llanto.
No sé si no me ve o si simplemente hace que no me ve. Sea lo que sea, me parece correcto. Él no deja de abrazarla y darle besos. Todavía no ha llegado a sus labios, pero lo hará. Parece que ella intenta resistirse. Terminará cediendo. Observo, buscando respuestas. Si no me ha visto tampoco es tan raro, tiene cosas mejores que mirar. Todas mis predicciones terminan cumpliéndose. Me siento como un acechador. Sé que debería marcharme y no entrometerme en su intimidad, pero no puedo apartar la vista.
Como una corona de espinas que te araña la retina.
No tengo las palabras ni el ritmo. Escribo sólo porque necesito hacerlo. Guillermo me regañaría, no tengo objetivo. Bueno sí, busco en las letras el consuelo que no consigo encontrar en ninguna otra parte. Me gustaría sentir ira, pero no hay nada de eso. Simplemente miro. No puedo dejar de mirar y descubro que cuando el corazón se vuelve loco no sigue ningún ritmo. Sólo late, como en caída libre. La paradoja universal la cierra mi media sonrisa.
En esta ocasión no hay demasiadas cosas que contar. No hay señales del cielo ni nada de eso. Sólo otro cuarto de año que ha quemado toda la tierra a su paso.
Es como una diadema de sueños que estalla antes de llegar la mañana.
A la parte más mezquina de mi propio yo le da envidia que ella sea capaz de volver al mundo real más rápido. Yo sigo perdido en el universo de los sueños. Me pueden las malditas costumbres. A veces tiro la mano derecha al bolsillo del pantalón en busca del paquete de tabaco. Otras saco el móvil para ver si me ha enviado un mensaje.
Tengo grabado el suspiro de Adita en mi pecho. Es profundo, sosegado, tranquilizador.
Recuerdo el consejo de Rafa. “No escribas sobre tu vida. Aprende a disfrazarla de poseía”. Y con todo el dolor de mi corazón lo ignoro. Tiene razón, pero necesito saber que estoy haciendo algo que es verdad. Estoy cansado de un mundo en el que los sentimientos y las palabras se pierden con demasiada rapidez en medio de una bruma de circunstancias. Necesito llorar, pero las lágrimas se me quedan encerradas en el pecho. Ya que siento que no puedo hablar con nadie, le escribo a todo el mundo. A alguien tiene que importarle que haya gente con la necesidad de tener sentimientos. ¿Por qué hemos dejado que nos roben los sentimientos? ¿Por qué tengo la sensación de que para ser más fuerte debo sentir menos?
El otoño cumplió su palabra. Fue triste. Ahora el invierno promete ser frío.
Tiene más de 90 años. “Ésta es la tercera Navidad que paso en el hospital”, me comenta sonriendo. Demasiada lucidez para tanta edad. A su lado, una mujer con las piernas gangrenadas extiende el brazo como queriendo tocar un ángel que flotase por encima de ella. No me atrevo a mirarla demasiado. Sus ojos parecen perdidos. “Tampoco tiene bien la cabeza. Está mayor”. La compañera de habitación de mi abuela supera por poco los 80. La ironía me hace sonreír. Ella se da cuenta y sonríe también. “Por lo menos está callada. Así puedo dormir”. Mi visita apenas dura los 25 minutos que marcan la fecha del día. Según salgo veo un desfile de octogenarios atados a sus camas. En algunos casos están acompañados, pero son pocos. ¿Cuál es el sentido de todo esto? Me encantaría fumarme un cigarro, pero lo he dejado. Hay tantas cosas que me gustaría hacer y que he dejado que me da pereza pensar en ello. Soy un nieto cojonudo. Tres días ingresada y no le dedico más de 25 minutos… Creo que me lo merezco todo.
Y deslumbrando a la noche, brilla su corona de plata, mientras le regala a otros ojos, las mismas sonrisas que me encendían el alma.
Por fortuna no estoy solo. Dos pares de manos amigas me arrancan de la tortura en la que tan alegremente me he sumergido. Supongo que éste es un buen motivo para buscar compañía… Podría perderme en la oscuridad, en los sueños, si no fuera porque de vez en cuando hay un par de manos amigas que me llevan de paseo por un mundo un poquito más amable, si no fuera por los suspiros de Adita o por la pícara sonrisa de Miguelón. Los seres diminutos es lo que tienen, puedes mirarles y beberte su paz con pequeños y sosegados tragos.
Sigo sin encontrar frases que puedan expresar algo. Sigo sin dar con el ritmo adecuado, con el sentimiento que me permita pintar las palabras con los colores que he elegido para ellas. Quiero volver a dormirme y soñar, pero no puedo. No me atrevo a dejar los sueños en manos de mi subconsciente. Tampoco consigo dormir. Hay muchas teorías que podrían explicar mi falta de sueño. Son todas una mierda.
Acaso no nos queda nada más que dejar pasar el tiempo. Y fingir, seguir fingiendo. Sonreír, seguir sonriendo. Tiene gracia, la Navidad es como el reverso tenebroso del verano. Necesito un sol que me caliente los huesos. Me he prometido que dejaré de ir solo por los bares con el mismo cinismo con el que me prometí cualquier cosa de esas que no llegué a cumplir jamás.
Es como una corona de plata. Como una diadema de sueños. Como una cadena de espinas. La princesa de un delirio nocturno. Y aunque ya me he ido sigo mirando. Y aunque ya no es ayer, el corazón sigue desbocado, sin ritmo, como las palabras. Ambos están heridos, pero me juran que seguirán luchando. Les creo. Son ciclos. Hoy puedo dejar que sufran. Necesito pensar que algo real habita en el universo de los sueños en el que estoy constantemente perdido.
Ser fuerte no es sentir menos, es aceptar los sentimientos y vivir con ellos. Negarlos es dejarse matar por una vida que cada vez tiene más miedo de sí misma… Es un hecho, cualquiera que haya estado vacío lo sabe. Guillermo va a regalarme un nórdico para que no tenga frío por las noches. David me ha dado su gorro de lana. Creo que voy a comprarme un abrigo nuevo. Estoy listo para el invierno. Lo único que se me podrían congelar son las lágrimas, pero eso da igual, porque yo no puedo llorar. Duele hijo de puta, duele. Ni siquiera te imaginas cuánto podemos soportar. Besa a otro, yo no duermo y suspira Ada. El mundo sigue estando en orden, pero no siempre respira al gusto de todos. Prometo volver a buscar mi reflejo… quien sabe, puede que esta vez intente encontrarlo en un charco.
El viento no ha dejado de soplar.