Archivos para Miguel y Ada

Ada y Miguel contra la ardiente oscuridad (parte II de II)

Publicado en extensos microrrelatos con etiquetas el Noviembre 16, 2009 por silvio11

Mientras avanzaba, Miguel no sabía dónde mirar. Allí donde se le ocurría plantar los ojos había alguna sombra esperándole, sonriendo amenazante con sus largos dientes negros. El oso verde se acercó un poco más a ellos y  rezó porque ese ruido que escuchaba no fuera el castañeo de sus dientes. Buen socio se había buscado, pero claro, qué otra cosa se podía esperar de un oso verde que se pasaba la mayor parte del tiempo dando vueltas sobre sí mismo. Ada seguía callada. Para ella todo era mucho más fácil porque sólo tenía dos opciones. O abría los ojos y miraba hacia el techo o los cerraba. Hiciese lo que hiciese, todo estaba negro. Decidió seguir mirando con cara de sorpresa las sombras que desfilaban sobre ella. Como el oso era un amigo imaginario de Miguel, no podía escuchar sus dientes. Únicamente oía el ruido que producía la manta sobre la que viajaba al arrastrarse por el suelo… Salía perdiendo con el cambio.

 

Miguel esperaba que el pomo de la puerta situada al final del pasillo fuese los largos y estrechos, no de los redondos, que eran mucho más difíciles de abrir. Además, estaba seguro de que no hacían falta muchos obstáculos más para hacerle desistir de la operación… claro, que eso también implicaría una segunda derrota, algo totalmente inaceptable para un niño que todavía no tenía dos años y contaba con una imaginación con la fuerza necesaria para plegar la realidad a su gusto. Estiró la mano despacito, aliviado al ver que el pomo era de los fáciles, con miedo de despertar a alguien si hacía mucho ruido, y abrió la puerta. Casi no tuvo que empujar para que se deslizara suavemente. Era como sí la misma oscuridad les estuviese franqueando el paso. Si antes aún podían distinguirse formas, aquí se acababa la tregua. Miguel se giró sólo para comprobar lo lejos que quedaba la escasa luz que todavía iluminaba el mundo al final del pasillo. Después miro a Ada y ella le señaló el bolsillo del pantalón. Había llegado el momento de recurrir a su socio el motorista.

 

Mientras Miguel le arrastraba por el suelo para que pudiese coger carrerilla, el motorista le fue regalando palabras de aliento. “No te preocupes”, le comentaba, “será algo rápido. Entrar y salir. Antes de que te des cuenta ya estaré de vuelta”. A Miguel le costaba creerle. Sabía por experiencia que el motorista, en eso, se parecía a muchos de los adultos que conocía. Después de coger carrerilla para intentar llegar lejos, le costaba muchísimo dar la vuelta y regresar al punto de partido. Cuando el motorista ya hubo cogido toda la fuerza posible, Miguel dudó un instante antes de abrir la mano y dejarle marchar… ¿Y si no volvía? “Venga Miguelón, dame vía libre, tengo una misión que cumplir”. Miguel abrió los dedos y le dejo marchar. “Ta huego”.

 

La moto salió disparada hacia la oscuridad de la habitación. Todavía no había recorrido un metro cuando su figura se perdió entre las sombras. Tres segundos más tardes ni siquiera se escuchaba el sonido de los engranajes de su moto. Ada y Miguel permanecieron en silencio, mirando al quicio de la puerta que, ahora sí, ninguno de los dos se atrevía a cruzar. “¿Torista?” Preguntó Miguel asustado a la nada… No hubo respuesta. “¿Torista?”, volvió a inquirir con un hilillo de voz… Nada.

 

Algo le había pasado al motorista. Miguel notó la presión del miedo en su pecho.

 

La oscuridad permanecía erguida ante él.

 

Algo había atrapado al motorista. Miguel se giró para mirar a Ada, para saber si ella también sentía algo más fuerte que el miedo en su interior.

 

Ada devolvió la mirada a Miguel y estuvo seguro de que los dos estaban en la misma onda.

 

 

Algo tenía al motorista… y eso era completamente inaceptable. Hasta el oso verde puso cara de poco amigos. Aquello había dejado de ser un juego.

 

Miguel agarró los extremos de la manta de Ada. El oso verde dio un paso adelante mientras se multiplicaba el número de mariposas que surgía de sus orejas.

 

Al entrar en la habitación, la oscuridad se abalanzó sobre Miguel. Sin embargo, pudo esquivarla con una finta de cabeza. Las sombras saltaban de la pared. Tenían la forma de manos con largos dedos y afiladas uñas. Ada era incapaz de ver un palmo más allá de su propia nariz. Miguel seguía avanzando, como iluminado por una extraña luz. El oso verde aguantó la respiración y mandó todo el aire de su cuerpo hacia la orejas. Las mariposas salían cada vez más rápido y se lanzaban contra las garras de la oscuridad.

 

¿Torista? –Preguntó Miguel.

 

Una de las garras le cogió del tobillo, haciéndole perder el equilibrio. Al caer no pudo evitar soltar los extremos de la manta. Cuando consiguió recuperar el equilibrio y girar la cabeza descubrió que un muro de color negro se interponía entre él y Ada. Era incapaz de verla. Decenas de manos oscuras empezaron a rodearle. Ya no podía ver sus propias rodillas y la oscuridad iba subiéndolo por los muslos. Si no podía ver sus piernas, tampoco podía moverlas. Las garras afiladas también se hicieron con sus brazos. Y con el pecho. La tristeza comenzó a invadirle. Todo estaba perdido.

 

O no.

 

-Lalalarííííííííííííííííííííí.

 

Un ejército de mariposas azules, rojas y amarillas comenzó a revolotear alrededor de Miguel combatiendo la oscuridad con sus propias alas de colores.

 

-Lalalarííííííííííííííííííííí

 

El oso verde no sabía rugir. Por eso empleaba sonidos ridículos como gritos de guerra. Y cuanto más los pronunciaba, más fosforescente se volvía su color verde. Miguel consiguió ponerse en pie. Tenían que encontrar a Ada.

 

Al quedarse sola en la en medio de la oscuridad Ada supo que estaba en franca inferioridad. Maldición, pensó, un par de meses más y sabría gatear con soltura, pero ahora… la huida física estaba muy complicada. Vista la situación decidió apostar por el recogimiento interior. Ada cerró fuerte los ojos e interpuso su tranquila oscuridad personal entre ella y la violenta oscuridad exterior que la rodeaba. Sentía como las garras la aferraban, como se colaban por debajo de su ropa, pero no podían pasar de ahí. Ada apretó más fuerte los ojos. Pensó en cosas luminosas, en cosas coloridas, hasta que consiguió que del negro oscuro de su propia mente brotasen todo tipo de seres imaginarios y divertidos. Antes de darse cuenta, dos pequeñas manitas volvían a aferrar los extremos de su manta. Al abrir los ojos incluso ella era capaz de ver el verde fosforescente del oso de Miguel. Entonces fue cuando encontró el arma secreta que les iba a permitir ganar aquella batalla: un interruptor de la luz. Un grito sirvió para llamar la atención de Miguel y un simple gesto fue suficiente para que supiese lo que debía hacer.

 

Click.

 

Cuando luz inundó la habitación escucharon una especie de rugido cavernario, un grito lastimoso y lastimero. Era el tío.

 

Miguel frunció el ceño un poco enfadado. Debía haberlo imaginado antes. Otra vez los malos pensamientos de su tío habían vuelto a hacer de las suyas. No era la primera vez que ocurría, pero ahora casi les había costado un disgusto.

 

- Miguelón, Ada, ¿qué hacéis aquí?- Les preguntó con la voz rota, ronca, como si se hubiese pasado toda la noche gritando.

 

Miguel negó reprobadoramente con la cabeza. También Ada parecía molesta ahora que habían desvelado el misterio.

 

- ¿Qué hora es?

 

No hubo tiempo para mucho más. Localizaron al motorista bajo la cama de su tío y se marcharon convencidos de que los únicos demonios que existen son los que habitan dentro de los seres humanos, en esos rincones oscuros en los que no hay nada más que noche. Por fortuna, allí estaban ellos para plantarles cara. “Te juro que no sé lo que me ha pasado Miguelón. Yo quería dar la vuelta, pero es que la moto no giraba”, se iba disculpando el motorista durante el camino de vuelta  al salón.

Ada y Miguel contra la ardiente oscuridad (parte I de II)

Publicado en extensos microrrelatos con etiquetas el Noviembre 7, 2009 por silvio11

Miguel caminaba por los pasillos de su casa con la sensación de que todo le quedaba grande… y tenía razón. Lo bueno de ser un niño, pensaba a menudo, es que el mundo todavía es demasiado grande. Cada paso le parecía emocionante y el mero hecho de caminar solo por la calle, con papa a un par de metros de él, semiencogido, con los brazos completamente estirados y listo para esprintar en caso de que fuera necesario hacerlo, le hacía sentir como un explorador. Le entristecía pensar que algún día el mundo se le podía quedar pequeño o, peor aún, que el mismo podía llegar a creer que sabía el lugar exacto al que conducían todos los caminos.

Aquella tarde había aprovechado un descuido paterno para salir a recorrer los gigantescos pasillos del palacio en el que vivía toda su familia, tíos, abuelos y prima incluida. Durante los últimos días había notado que las sombras se extendían cada vez más por las paredes. Era como si le estuviesen ganando una partida de damas a la luz; y quería saber dónde se estaba jugando esa partida.

Era fácil seguir el rastro de la oscuridad. Cuanto más se acercaba a la fuente, más densa se volvía, más pared acaparaba y, seamos sinceros, más miedito daba. Para colmo de males, Miguel notaba como con cada paso que daba se le metía un poco más dentro del cuerpo. Sentía como la tristeza y otras cosas malas se volvían más fuertes. Al final, antes de llegar al punto de no retorno que, imaginó, representaba una puerta cerrada al final de un largo pasillo, justo como en las películas, decidió ir a buscar refuerzos.

El regreso al salón estuvo teñido de un poquito de amargura, pero los ronquidos acompasados de mama, papa y los abuelos consiguieron tranquilizarle. Miguel diseñó mentalmente la composición de su fuerza de asalto. En primer lugar necesitaría velocidad, eso estaba claro, así que reclutó al motorista, que era una de esas figuras pequeñas, de apenas 20 centímetros, a las que se les da cuerda arrastrándolas hacia atrás. Era cierto que necesitaría espacio para retroceder antes de avanzar y de que cabía la posibilidad que no pudiese llevarles a todos, porque la moto era pequeña, pero también podía funcionar como explorador. Era un tipo duro y, si caía prisionero, seguro que sería capaz de aguantar hasta que le rescatasen.

En cuanto al músculo, lo pondría su amigo imaginario, un oso verde de dos metros al que le salían mariposas de las orejas. No era muy espabilado, todo hay que decirlo, porque lo que más le gustaba era dar vueltas al rededor de la habitación y que le rascasen detrás de las orejas, pero si se enfadaba, si es que existía la posibilidad de que llegase a enfadarse, seguro que podía hacer algo temible, como gruñir… un poquito y en voz no demasiado alta, que tampoco era cuestión de que el propio Miguel empezara a cogerle miedo.

Por último, necesitaría a alguien capaz de ver el problema desde todos los ángulos posibles y encontrar soluciones rápidas y efectivas: la prima Ada. Sin duda, la necesitaba. No sabía hablar y todavía chupaba directamente del pezón de su mama, pero tenía un vivo ingenio militar que expresaba con fluidez a través de pucheros y ruiditos tiernos y muy graciosos. Lo malo era que tampoco sabía andar, así que sería necesario construirle algún tipo de transporte.

Cuando fue a buscar a Ada, su prima estaba en la cuna, con la misma cara de sorpresa de siempre, los ojos muy abiertos y la boca en forma de “O”, aunque estaba mirando el gotelé del techo. Aquella era la última prueba que Miguel necesitaba para saber que había acertado al recurrir a ella. Hay que ser muy listo para conseguir que hasta las cosas más insignificantes de este mundo te parezcan sorprendentes. Aprovechando que tampoco estaba cerca ninguno de sus padres, Miguel le explicó detenidamente la situación a su prima y cuáles eran los planes que tenía para solucionarla. Básicamente pasaban por entrar en la habitación de la que salía la no luz y apagar la no lámpara que estaba generando tanta oscuridad. Como su prima no se puso a llorar de inmediato, si no que se quedó mirándole con cara de sorpresa y emitió un pequeño gorjeo, Miguel supuso que se estaba inscribiendo voluntariamente en el equipo antes incluso de que él se lo pidiese.

Miguel colocó una manta en el suelo y puso sobre ella a su prima que, al estar siempre tumbada, tenía el centro de gravedad muy bajo, así que era fácilmente arrastrable. Después le pidió a su amigo imaginario que le echase una mano a la hora de tirar de la manta, pero él le recordó que era incorpóreo y, por lo tanto, no podía agarrar cosas reales… La verdad es que era una excusa bastante buena para no ayudar. Pese a ello, le miró con reprobación y empezó a tirar él mismo de la manta para ir arrastrándola lentamente por el suelo. Con el primer tirón, Ada emitió una risita de placer.

Los dos niños comenzaron a avanzar lentamente por los pasillos del gigantesco edificio en dirección a las sombras. Miguel abría la expedición, con el motorista metido en una de los bolsillos de su pantalón. Con sus manos tiraba de la manta en la que llevaba a Ada. En último lugar, un oso verde de dos metros con mariposas en la orejas cerraba la marcha. Conforme iban avanzando, aumentaba la densidad de sombras que se extendían por el suelo y las paredes. Miguel apenas escuchaba ya los ronquidos de sus padres y abuelos. La oscuridad comenzaba a ser demasiado envolvente. Al final, tras girar una esquina, encaró el pasillo de seis metros que conducía directamente a la puerta tras la que se escondía el origen de la tristeza que estaba invadiendo la casa. Miguel tragó saliva antes de que, con un nuevo gorjeo, Ada le ordenase seguir adelante.

Continuará.

ESPACIO (Ludovico II de…)

Publicado en extensos microrrelatos con etiquetas , el Octubre 28, 2009 por silvio11

Miguel estaba a punto de cumplir los dos años y esperaba con ilusión el momento en el que todos dejasen de contar su edad en meses. Se había quedado sólo en el tejado de casa con su prima Ada, que contaba siete meses. Sus padres se habían tenido que ir a asaltar un barco pirata y le habían dejado a él al mando. Miguel había aceptado la misión de inmediato, aunque con una condición. De noche las casas dan miedo, pero la calle no. Es imposible tener miedo cuando sobre la cabeza de uno hay un montón de estrellas. Aquella noche era clara y las estrellas se reunían a cientos en el firmamento. Le costó convencerles de que, con tanta oscuridad, en cada rincón de la casa bien podía esconderse un monstruo con el que él no pudiera enfrentarse. Sin embargo, en un tejado no había rincones oscuros ni sombras amenazantes, sólo aire, cielo, estrellas y luna… Y algún que otro gato, pero los gatos no suponían un problema demasiado grave o, al menos, no tan grave como podía ser un monstruo. Al final sus padres le dieron la razón y les subieron a la azotea.

Después de ajustarse las espadas y ponerse las placas de policía, los papis de Ada y Miguel se marcharon. El deber era el deber. Ada parecía un gusano apunto de convertirse en una mariposa, allí, metidita en su capullo de ropa. Miguel, con su poco más de 90 centímetros de altura se estiró todo lo que pudo y cogió una gran bocanada de aire frío… Bueno, tampoco tan frío. El otoño había echo un par de amagos, pero las noches todavía eran agradables. No corría peligro de coger un constipado ni nada de eso. Además, era un incordio eso de las medicinas y los aerosoles… Lo pensó mejor y devolvió la bocanada de aire frío, no fuese a sentarle mal. Acto seguido se metió las manos en los bolsillos, no por miedo al resfriado, si no porque es lo que solían hacer los mayores cuando no sabían demasiado bien qué hacer. También daban pequeños paseos dando pequeñas zancadas con los pies rígidos, como si no tuviesen rodillas. Si más adelanta el tiempo empeoraba tenía planeado dar un par de palmadas, juntar las manos, ahuecar el interior y soplar dentro de ellas.

Aunque por fortuna el tiempo no empeoró, Miguel comenzaba a aburrirse y Ada tampoco le daba demasiada conversación. Ella era más de dormir y chuparle los pezones a su madre. De hecho, sus padres tenían menos de dos horas para derrotar a los piratas y volver con ellos. Pufff… No sabía que vigilar fuese tan… reflexivo, se comentó Miguel a sí mismo. Aquello prometía ser… arduo, aunque por lo menos ya habían pasado… Miguel le echó un vistazo al reloj de Mickey Mouse que llevaba en la muñeca: ¡Diez minutos! Dios Santo, me voy a morir de viejo de tanto esperar a que pase el tiempo. La situación era complicada. Si el tiempo mental continuaba pasando tan lentamente respecto al físico, estaba claro que su cuerpo y su mente acabarían sufriendo un desfase. Sus manos, sus pies, su pelo y todos los demás seguirían una evolución natural, acorde con la realidad física, pero su mente comenzaría a desarrollarse y razonar el ritmo del paso espiritual de los segundos. Vamos, que corría el riesgo de convertirse en un señor maduro de 30 años dentro del cuerpo de un niño pequeño que no llegaba a los dos años… Típico de los padres, pensó. Siempre alertando sobre los peligros reales de la vida, como los ladrones o los coches, y nunca prestando atención a los riesgos etéreos que le amenazan a uno. Vista la gravedad de la situación no le quedaba más remedio que despertar a Ada.

Ada dormía plácidamente. Ni ella misma sabía con qué soñaba, pero le gustaba poner caras mientras en su mente veía cosas para las que todavía no tenía ningún nombre. En algunos casos se arriesgaba a inventárselo con la esperanza de que, al despertar, coincidiese con el real. Por ejemplo, le encantaría que el sitio en el que dormía todas las noches se llamase nube, algodón o dafur… Los dos primeros los había escuchado en alguna parte, pero el tercero era completamente suyo. Sería genial que fuese un dafur. Cuando Miguel la despertó estaba poniendo cara de susto porque se veía en medio de una reunión familiar. No estaba segura, pero creía que era un miedo natural a los actos sociales que bien podía ser una herencia genética de sus padres, ambos buscadores de perlas en la inmensidad del océano… Es normal que los buscadores de perlas oceánicas no estén acostumbrados al ruido ni al bullicio. Después de tanto tiempo metidos en lo más profundo del agua, quién no le cogería manía a las grandes aglomeraciones de personas… y de aire.

Cuando Miguel despertó a Ada, ella decidió dejar puesta su cara de susto para que él se sintiera un poquito culpable. Después hizo un par de gemiditos de alegría para que supiese que se alegraba de verle. Miguel saludó con la mano y se le quedó mirando fijamente, como esperando que ella hiciera algo. Ada miró a la luna, llena como estaba, y le entraron ganas de aullar, pero todavía no dominaba demasiado bien todo aquellos de las cuerdas vocales. Lo que mejor se le daba era llorar y, teniendo en cuenta que no veía al surtidor viviente por ninguna parte, decidió que era poco práctico gastar energías. Estaba fascinada por la luna, así que estiró su pequeña manita y la señaló. Miguel siguió la dirección del dedo y, tras comprobar mentalmente con escuadra y cartabón la trayectoria marcada por el índice de su prima, asintió con la cabeza.

Los niños de apenas dos años cuentan con ventajas y desventajas en esta vida. Una de sus principales ventajas es no saber qué es imposible. Miguel se dirigió hacía una escalera que tenían sus padres en la azotea para cambiar la bombilla del sol cada vez que se fundía y ahí quedó patente una de sus desventajas, la coordinación. Como todavía no dominaba demasiado bien eso de correr –a él lo que realmente se le daba bien era dejarse caer hacia un punto concreto en el que esperaba sujetarse antes de darse de morros con el suelo- , se dio un trompazo antes de llegar a la escalera. Iba a echarse a llorar, pero al levantar un poco la cabeza vio el brazito de Ada y su dedo meñique, todavía extendidos hacia la luna, así que se sorbió las lágrimas y se puso de pié. Cogió la escalera, la puso en pie con ayuda de su amigo imaginario y buscó una estrella en la que apoyarla. Cuando la operación hubo concluido, miró a Ada y dijo “Ra elvo”. Miguel empezó a trepar.

Resultó que la luna estaba más lejos de lo que parecía en un primer momento, así que tardó unos dos minutos en llegar hasta ella. A punto estuvo de quedarse sin escalera, pero fue suficiente. Claro, papa llega bien al sol porque es alto. Miguel echó un vistazo por detrás de la luna para ver por dónde estaba colgada del cielo. Primero la separó un poco, después tiró para arriba y el enganche salió con suavidad de la alcayata a la que estaba sujeto. Se colocó la luna debajo del brazo, como si de una barra de pan se tratase y, haciendo auténticas malabares, sacó un trozo de tiza del bolsillo derecho del pantalón. Más de una vez le habían preguntado por qué llevaba una tiza en el bolsillo y el había respondido con un encogimiento de hombros. Para tomar algunas decisiones no siempre hace falta tener razones lógicas. Algunas veces es suficiente con tener pálpitos poderosos. Haciendo grandes esfuerzos, Miguel fue capaz de pintar una luna llena bastante parecida a la que acababa de robar. Sonrió satisfecho y volvió junto a su prima.

Miguel bajó por la escalera pacientemente y cuando se reunión con su Ada le entregó solemnemente la luna. Ella sonrió y la agarró con fuerza, como si se tratase de un osito de peluche, sólo que éste tenía la capacidad de reflejar la luz del sol y de otras estrellas, así que era como una linternita. Ada volvió a quedarse dormida y Miguel miró su reloj. Ya había pasado más de una hora y media. Había sido un buena idea despertar a la prima. Satisfecho por la ejecución de su turno de guardia, Miguel vigiló durante unos segundos el sueño de Ada, se metió las manos en los bolsillos y dio un par de pequeños pasos con las piernas completamente estiradas.

Por desgracia, había algo que fallaba en todo aquel plan, algo de lo que Miguel no se había dado cuenta debido al exceso de inocencia que caracteriza a los niños de su edad. La luna siempre cambia, gira sobre sí misma, se pliega y vuelve a desplegarse. Si nada lo remediaba, el engaño estaba destinado a fracasar. Sin embargo, las estrellas, testigo mudo de todo lo acontecido, y los gatos, que a diferencia de los perros no son soplones de la policía, como buenos seres nocturnos que son, se pusieron a favor de los dos niños. Si ellos querían la luna, que se la quedasen. Fueron los gatos, astutos y cabritos como ellos solos, los que planearon construir un satélite que sustituyese a la luna. Las estrellas, auténticas amas del universo más allá de la perezosa hegemonía del sol, se encargaron de construirlo. Que idiotas, pensaron los gatos al ver el entusiasmo del ser humano con su nuevo divertimento, sólo los seres racionales les piden a las mentiras que sean lógicas y a las verdades que sean maduras.