Viernes, 10 de junio. 2.28

Posted in Sin categoría on junio 10, 2017 by silvio11

 

Tengo un huracán en la palma de mi mano,

una espiral psicótica que intenta descubrir la verdad dentro,

donde sólo hay dudas, prepotente,

egoísta.

 

Qué humano, pensar que el universo descansa en nuestro epicentro,

al margen de todo lo que ocurre fuera,

del mundo que palpita en cada brizna de hierba,

egoísta.

 

Somos como pequeños insectos llenos de soberbia,

queriendo explicar el universo desde nuestra diminuta parcela de tierra,

ignorando todo lo que no amamos,

egoístas.

 

Max mueve el rabo a mi lado.

Me lame la pierna.

Esta nervioso.

Creo quiere que vayamos al sofá, a estar juntos sin más respuestas que la                                                                                                               respiración.

El pequeño zorro que quiso ser lobo,

seguro desde su egoísmo compartido.

No tiene expectativas internas si no necesidades fundadas en hechos externos.

Desea en función de lo que le rodea y conoce, de lo que ama.

 

Quiero aprendes a escuchar al universo para poder armonizar mis necesidades internas con él,

como hace mi perro

II

Posted in Sin categoría on junio 6, 2017 by silvio11

¿Quién va a venir a salvarme cuando sea yo?

Cuando ya no sea un niño indefenso,

cuando adulto mire al mundo frente a frente,

a los ojos,

como se mira al enemigo y no a la aventura.

 

¿Quién querrá?

Cuando ya sea autosuficiente, cuando no me deje,

cuando el silencio ya no sea un lugar donde encontrarme.

Cuando tenga miedo y sepa qué debo hacer en cada momento.

 

Acaso entonces ni siquiera merezca la pena ser salvado.

Seré uno más, otro de tantos.

Y puede que eso tampoco sea tan malo.

I

Posted in cosas que podrían haber rimado on abril 8, 2014 by silvio11

Nuestro secreto es el del velo rasgado.
El del susurro de la seda
y el deseo de unos dientes afilados que estremecen de placer el corazón de la luna mientras lo devoran.

El de las ondas que nacen cuando el rayo de luz pasea sobre las aguas en calma de un río salvaje,
dormido,
llevando hasta el infinito el cosquilleo que siente la oscuridad cuando el calor besa la nada…
y ambos sonríen.

El de la pluma que se desliza sobre el suelo,
casi sin tocarlo,
pero sin separarse nunca de él,
impulsada por un viento caprichoso.
Inmortal.
Narcótica.
Efímera y Eterna.

 

Caricia.

El dilema de las magdalenas

Posted in fragmentos de historias jamás escritas with tags on enero 24, 2012 by silvio11

Por las noches le gusta sentarse junto a la ventana y pensar en asteriscos… Bueno, no siempre, sólo los días en los que se siente al margen de todo. Y si tuviera que describir la cara que pone al comer sopa, diría que es como si estuviera pensando en castillos de arena, entre soñadora y melancólica… Era cuestión de tiempo que se le comieran sus propios pensamientos.

 

– Sí, sí, ese está bien –farfulla ensimismado mientras trata de localizar el barquillo perfecto entre cientos de ellos.-  Sí, sí y ese también.- Y ríe, inocente y desquiciado.

 

Al final coge uno y comienza a examinarlo de cerca.

 

– ¿Sabes? Hasta las magdalenas deben morir en el momento apropiado.

 

 

La magdalena estaba rellena de unas maravillosas pepitas de chocolate y recubierta por un delicado papel blanco con topitos morados. La habían dejado en la segunda repisa del armario de la cocina y Adelaida llevaba cosa de cinco minutos mirándola fijamente. El destino es simple, se dijo la magdalena. Tenía miedo de la oscuridad, pero conocía tantos y tantos bollitos que se habían ido secando con los años que… ¿Es un suicido cumplir con la vida? Nací para ser devorada. A nadie le gusta morir, ¿pero no es peor descubrir en el lecho de muerte que tu vida no ha servido para nada?

 

 

– Sí, sí, es bueno. – Y piensa en asteriscos de puntas redondeadas, en asteriscos a los que les faltan brazos y pasan por la vida como signos de multiplicar y en asteriscos que al llegar a casa descubren que un número pequeñito les ha robado la frase.

 

Un acto más… Sólo un acto más de diversión, locura y… ¿vida o superficialidad? Puede que sea lo mismo. Se pregunta cuál será el significado real de su próximo beso. ¿Un arrebato exultante de vitalidad o un remedio que se administra periódicamente para ahuyentar la soledad? El suicida obedece a sus impulsos, convencido de ser una magdalena.

 

Por cierto, más allá de los labios de Adelaida, la magdalena solo ve oscuridad.

 

A veces la noche protege… A veces la nada protege… A veces la muerte es acogedora.

 

 

Y pasa el resto de sus días buscando el barquillo perfecto, pensando en asteriscos y encerrado en sus propias ilusiones, incapaz de saber si tenía razón o no, pero soñando maravillosos castillo de arena que derriba el viento y lanzándose de cabeza dentro de los labios de una niñita con coletas y sonrisa infantil, como la magdalena que siempre ha sido.

Osito y Martín

Posted in extensos microrrelatos with tags on enero 9, 2012 by silvio11

Fue la única nevada de todo el invierno. La capa de nieve tenía casi tres dedos de grosor y crujía cada vez que Martín la aplastaba con sus pequeñas botitas de plástico azul. Un grueso abrigo del mismo color y su gorro de lana blanco, a juego con los guantes, le protegían del frío. Era poco más que un par de ojos jugetones asomando sobre la bufanda. Apenas habría notado la mano de mama si no hubiera sido porque ella le agarraba con fuerza, obligándole a avanzar y avanzar. El callejón era estrecho y silencioso, aunque podía escuchar el bullicio que le esperaba unos metros más adelante, en la calle Mayor. Incluso el resplandor de las luces navideñas que la decoraban les urgía a abandonar cuanto antes la oscuridad de aquel lúgubre atajo.

Fue entonces cuando Martín se dio cuenta de que Osito se había perdido.

En realidad fue a él a quien se le escapó. Giró la cabeza, asustado, para saber dónde estaba. Intentó empujar de mama para que se detuviera e incluso gritar, pero el ruido de la Navidad se impuso a sus gritos. Lo último que vio antes de abandonar el callejón fue a Osito, medio enterrado en la nieve, tan silencioso como siempre y con sus grandes ojos marrones abiertos. Los copos seguían cayendo sobre su pelaje, dándole una tonalidad aún más oscura al convertirse en agua. Osito no dijo nada. Sólo mantuvo su patita derecha extendida, como esperando que Martín volviera a  buscarle.

Martín lloró, lloró y lloró hasta olvidarle. Se convirtió en una anécdota, en unas risas para las comidas familiares cuando el niño se hizo mayor y en una mirada melancólica sin nombre concreto, porque Martín nunca llegó a conocerse lo suficiente como para descubrir a qué se debía la tristeza que le asaltaba con la llegada de las solitarias nevadas invernales.

Osito debió morir de frío o pulmonía, sin hogar alguno en el que poder calentarse junto al radiador. Nadie se preguntó nunca qué habría sido de él ni volvió a buscarle, por si hubiera sobrevivido a las bajas temperaturas. Su corazón de peluche quedó en manos de la luna, perdido en el callejón más oscuro de la ciudad.

Osito quería a Martín y sólo la fragilidad de su patas de poliester le impidieron ponerse en píe y salir corriendo detrás de él. Habría llorado, pero sus ojos eran dos botones de plástico sin glándulas lacrimales, y tampoco era capaz de hablar. Solo podía querer y ¿acaso no era aquella una habilidad inútil para un peluche perdido?

“Nunca fuimos soñadores, ilusos ni afortunados”, se dijeron Raquel y Marcos poco antes de separar sus caminos. Ella rompió a llorar. Él no. Cosas de los tópicos. A él le entraron ganas de echar a correr, pero no sabía donde dirigir sus pasos, así que se quedó en casa. Ella quiso tumbarse en la cama y dormir hasta que llegara un mañana en el que todo brillara más, pero las paredes gritaban y gritaban. Al final se vio obligada a huir de su vida y de sí misma solo para dar esquinazo al dolor.

Osito les vio pasar a ambos, cabizbajos y temblorosos, pero ninguno si fijó en él. Estaban demasiado ocupados mirándose a sí mismos. Le hubiera gustado dejarse abrazar por ellos para que se sintieran mejor, aunque sabía que ahora no olía demasiado bien ni tenía buen aspecto. Ya no caía nieve, pero el agua se iba mezclando con la suciedad y él mismo había terminado por convertirse en una rata más de la calle.

Natalia veía pasear a su amiga Jimena arriba y abajo, como un sonámbulo condenado a no despertar jamás, solo que Natalia no conocía el significado de la palabra sonámbulo. Estaba triste por sus padres y echaba de menos todo de ellos. Las caricias, los abrazos, los besos, el olor del pelo de mama y las cosquillas que le hacía la barba de papa. Natalia quería decirle algo a Jimena que la hiciera volver a sonreír, pero aquella Navidad los sentimientos andaban algo faltos de palabras.

En la calle, las luces volvían a brillar una noche más. Los niños y sus padres reían tanto y tan fuerte que ahogaban los sollozos de quienes se acurrucaban en los rincones ocultos de la tristeza.

A Carlos le gustaba una niña de clase. Era el más rápido de todo su curso, pero aquello no fue suficiente para llamar su atención. Ella era más… Otra cosa. No se fijaba en las carreras. Carlos la veía mirar el aire de una forma extraña. “Es por la música”, le explicó ella. Su padre era músico, bailarín y le había enseñado que cada personas era como una canción. Así que ella, cuando miraba a sus compañeros, distinguía claramente las notas flotando alrededor de ellos. Les veía bailar su propia canción y, por el ritmo o la armonía con que lo hacían, podía saber cómo estaban.

El papa de Carlos no era bailarín ni músico, ni sabía nada de las personas canción.

Poco antes del desfile de reyes, todos los barrenderos salieron a la calle para limpiar la ciudad. Uno de ellos se dio de bruces con Osito y a punto estuvo de meterlo en un cubo con el resto de basura. Desastrado, como estaba, no parecía nada especial, pero el barrendero llevaba muchos años en el oficio. No sabía nada de magia, de cuentos, de aventuras ni de risas, o al menos no era un especialista en nada de eso. Él, de lo que sabía, era de basura y aquel Osito no lo era. Nada que fuera basura podía tener tanto amor encerrado en unos ojitos de plástico. Si acaso, había tenido un mal día.

El basurero rescató a Osito y decidió darle un lavado de cara. Le puso un par de botones en el pecho, como si llevara un traje, y limpió sus patitas con esmero. También saco brillo a sus ojos para que se le viera mejor el amor y peinó cuidadosamente su pelaje para que volviera a estar suave.

Un día después, se lo regaló a su hijo Carlitos, que corrió muy rápido por la calle para poder llevárselo lo antes posible a Natalia. Quería demostrarle que su papa también sabía hacer magia. En cuanto lo vio, Natalia pudo ver con claridad la música de Osito, que era capaz de abrazar siendo abrazado, y se lo cambió a Carlos por un beso en la mejilla. Jimena no dijo nada, pero sonrió a Natalia cuando ella le regaló el peluche y ya siempre fueron amigas. Cuando Marcos fue a buscar a su hija a casa de los abuelos, les preguntó por aquel extraño osito de peluche que se empeñaba en llevar de un lado a otro. Ellos intentaron contarle la historia, pero ni siquiera la conocían entera. Aquella noche, Jimena abrazó a su padre y le regaló a Osito. Él lloró y por fin tuvo fuerzas para asumir su propia debilidad.

Martín respira profundamente mientras observa los copos de nieve caer al otro lado de la ventana, con los ojos repasando cada palmo de suelo en busca de algo. Su mujer le besa en la mejilla. Se enamoró de él un día de nieve. “A veces tu mirada es la de un niño perdido”, le explicó ella una noche después de hacer el amor. Se quedó pensativo un rato y la abrazó muy fuerte para asegurarse de que seguía con él. “Creo que no es exactamente eso”.

De pieles habitables y mentirijillas: el buen narrador

Posted in Cuando el séptimo arte sólo es cine with tags , on septiembre 26, 2011 by silvio11

Nota: Fin de vacaciones. Hemos vuelto después de 15 días de asueto y espero que un poco más relajado. Siento lo abandonado que tengo esto. Lo siento sobre todo por mí, que necesito desparramar por alguna parte, aunque ahora el cuerpo me pida sobre todo cine… Pues eso, que hola y espero que el verano haya sido agradable y bondadoso con todos.

 

LA PIEL QUE HABITO

 

Un narrador hábil puede hacer digerible casi cualquier cosa. Por eso a veces es un error juzgar una obra artística como un todo en sí mismo. Es necesario distinguir qué y cómo. Es el caso de Almodóvar, que cada vez va siendo mejor narrador, aunque ya no sepa qué decir. Quizás por miedo a repetirse a sí mismo, el manchego ha intentado dar un giro de 180 grados con su último largometraje. La piel que habito trata un tema habitual en su filmografía, el del transformismo y la transexualidad, pero desde una perspectiva completamente diferente. Si antes sus transexuales eran personajes liberados, ahora el cambio de sexo se convierte en una probable cárcel. Probable, porque una de las grandes preguntas que parece querer lanzar la película es si el cuerpo puede ser capaz de construir a la persona. Por desgracia, ni el mismo director profundiza en ese camino.

 

La piel que habito tiene ritmo y tiene truco. El truco es la fragmentación del relato. Almodóvar rompe la unidad temporal para tratar de sorprender al espectador y, sobre todo, de despistarle. Después de un primer tercio flojo en el que personajes e historia no muestran más que carencias, mención especial merece el crispante Roberto Álamo, Almodóvar empieza su juego de manos. La idea es tratar de vender una historia imposible, aséptica y fría. No es mala, pero su ejecución sí. No por culpa del Almodóvar realizador, si no del guionista. Curioso. El hombre que tanto y tan torpemente contaba cosas en sus inicios, se ha reconvertido en un funcionario del celuloide. Los planos made in Pedro siguen ahí, como ese lametón de Álamo al televisor, la escena de los consoladores o una maniatada Marisa Paredes, pero parecen tan forzados que bien podría ser obra de un imitador. La riqueza del mundo interior del personaje de Elena Anaya no pasa de la sugerencia y las extremas interpretaciones de los actores, ya sea la frialdad de Banderas o el exceso de Álamo, no logran crear la fábula grotesca que persigue el director.

 

Intrascendente; entretenida; provocadora en el origen de la idea, pero no sobre la pantalla; onanística en la aparición del hermano del director, aunque sea de lo mejor de la película; y aún así superior a tanto y tanto largometraje sin intención. Almodóvar falla, pierde energía y no logra encontrar sus herramientas, pero aún así busca algo. Ese es uno de sus pocos méritos.

 

PEQUEÑAS MENTIRAS SIN IMPORTANCIA

 

Tan hábil tras las cámaras como Almodóvar podríamos decir que es Guilleme Canet. Actor durante el grueso de su carrera, los tres largometrajes que ha llevado a la gran pantalla han servido para convertirle en un respetado director. En esta ocasión, arropado por un elenco de solvente actores, ha decidido apostar por una comedia dramática coral. Comedia, por pasajes puntuales, y dramática, por el fondo de la historia. Su mayor mérito: hacer que dos horas y media de película pasen de puntillas por la retina del espectador. Canet consigue un equilibrio preciso entre todas las historias que se desarrollan dentro de este grupo de amigos que, con uno de ellos gravemente herido en el hospital, parte a la playa para cumplir con sus tradicionales vacaciones veraniegas.

 

Canet, aunque intente ser profundo, no va más allá de los temas ya tratados por tantos otros. Dispara contra la debilidad de las relaciones humanas, del amor y la amistad, uno de los enemigos preferidos del cine, el teatro y la literatura. No es original, pero una vez más el cómo sirve para camuflar el qué. En un mundo lleno de largos planos y silencios incómodos, Canet prefiere golpear con rapidez y retirar la mano. En algunos casos incluso se le podría acusar de cobardía, ya que leva anclas antes de que puedan apreciarse las reacciones del estallido emocional. Sin embargo, la estrategia le funciona. Pequeñas mentiras sin importancia no habla con crudeza al espectador, pero tampoco le incomoda. Le lleva de la mano por un camino en el que la acción sustituye a la reflexión. El optimismo del director contrasta con el pesimismo de la historia y por eso los momentos puntuales en los que apuesta por la confrontación resultan más efectivos.

 

Inteligente y mediterráneo (no en todos los países comprenden que los hombres puedan saludarse con dos besos en las mejillas), Canet no pasará a la historia como un brillante analista de las relaciones humanas, pero sí como un hábil director capaz de hacer que los clichés que representan sus personajes encajen con suavidad en un engranaje global. Y que narices, pocos son capaces de hacer una película de dos horas y media que no dé ganas al espectador de cortarse las venas.

Super 8

Posted in Cuando el séptimo arte sólo es cine with tags on septiembre 11, 2011 by silvio11

Mejor que la pornografía siempre será el buen erotismo, siempre. El erotismo capaz de sugerir situaciones que al espectador le parezcan reales, por imposibles que sean; el erotismo morboso que provoca espiar a otro; y el erotismo que capaz de meter al espectador en la piel de uno de los amantes. Spielberg en sus  E.T., Encuentros en la tercera fase y el Diablo sobre ruedas era un maestro del erotismo. J.J. Abrahams no es más que un pornógrafo.

 

Super 8 llega a las pantallas abalada por la nostalgia. El referente más cercano eran esos Goonies aventureros en los que Spielberg puso la mano de escritor y el olfato de productor. Referente y meta inalcanzable, porque Super 8 no logra darles alcance. No lo consigue, en primer lugar, por el tiempo y la ambientación. Los Goonies es una carrera contrarreloj que dura poco más de una noche y comienza en un día de tormenta para, después, dejarse arrastrar hasta un laberinto fantástico. Super 8 abarca varios días y personajes. Pierde la emoción de la aventura infantil que se encuentra sin buscarse, de la descarga adrenalínica casi constante. Además, pierde de vista otro factor importante: el minimalismo. La construcción de un microuniverso poblado por personajes entrañables.

 

Los Goonies sigue a un grupo de chicos. Las relaciones entre los amigos se refuerzan y crecen durante las aventuras. El espectador los conoce a todos por sus nombres y la historia navega tranquilamente entre la quimera infantil y el mundo real. El diablo sobre ruedas presenta el cara a ¿cara? entre dos personajes, uno real y el otro forzadamente demoníaco. En Tiburón, los momentos más memorables llegan cuando el reducido grupo de caza tiburones se echa al mar y no hay nada más atractivo en Encuentros en la tercera fase que la mística búsqueda de un aparentemente desquiciado Richard Dreyfuss. Todo está reducido a pequeños espacios, a una conexión íntima con los protagonistas.

 

En Super 8, pretendida heredera de esta época de oro, no hay nada de eso. Abrahams no profundiza lo suficiente en la relación del grupo de amigos. No deja que lleguemos a ellos hasta el último tercio de la película, cuando la propia acción comienza a darles auténtica personalidad. Todo lo demás es producto de esa otra película que el director tenía en mente, la de los amigos rodando una película en Super 8 que, efectivamente, no habría llegado a funcionar por sí misma. El resto de personajes, los padres de los dos jóvenes protagonistas y el profesor de ciencias y sus Lostianas películas, no eran necesarios. En cuanto al villano, no el alienígena, está pobremente dibujado y apenas tiene encanto. Un buen villano, sobre todo en estas películas de género, es tan necesario como respirar, ya sea un invisible conductor de camiones, un escualo gigante o unos fríos agentes del gobierno tan ajenos y aterradores como podrían serlo los propios alienígenas invasores. ¿Alguien ha olvidado la conquista de la casa de Elliot que hacen los federales en E.T. el extraterrestre? Ellos sí que eran “otra cosa”.

 

Después está el ordenador. Abrahams no necesitaba un monstruo gigante, pero parece creer que para impresionar a alguien hay que meterle un bicho gigante. Lo suyo, por desproporcionado, impide crear con el necesario clima de magia, misterio y terror infantil. Super 8 requería algo más de sutilidad. A veces, con esto de los efectos especiales, a uno le pasa como con la censura. Antes, cuando no se podía hacer todo, los creadores tenían que romperse la cabeza para sugerir. Ahora todo es mostrar, mostrar y mostrar, aunque no haya emoción por ninguna parte y todo sea tan vulgar como la pornográfica.