Arístides (II)

ARISTIDES (II)

 

–         ¿Sabes por qué aúllan los lobos?

 

Cecilia se quedó pensando unos segundos.

 

–         No.

–         Es normal. Casi nadie lo sabe con certeza… Bueno, a lo mejor si que hay alguien que lo sabe, pero yo ya no sé que creer.

 

Cecilia trató de hacer memoria. Lobos, aullidos…

 

–         ¿No decían que era por la luna?

 

Arístides hizo un gesto de fastidio.

 

–         Eso es más místico que humano.

 

Cecilia le miró como si fuese imbécil.

 

–         Claro, y los lobos deberían tener razones humanas para aullar.- Comentó con suavidad.

 

Ahora fue Arístides quien se quedo mirándola fijamente. Estaba sentado detrás de una mesa de cristal. Hablaba tan bajito como siempre. En su mano derecha tenía una copa de un extraño líquido morado. En la izquierda sostenía un cigarro. El traje era negro, la camisa púrpura y la corbata blanca… Ella no sabía mucho de moda, pero le parecía que iba hecho un hortera. El local al que la había llevado tampoco era demasiado común. Para ser un pub tenía la música muy baja y también era morado, aquella parecía la dichosa tonalidad cromática de la noche. Lo de que hubiese poca luz le importaba menos, así le costaría más a Arístides darse cuenta de los bostezos que se le pudieran ir escapando.

 

–         Entonces, si un hombre aúlla, ¿debería tener razones animales para hacerlo?- Continuó Arístides.

–         Supongo que si un hombre aúlla lo hará por razones irracionales… No me acabo de imaginar a ningún hombre aullando por la calle.

–         Pues lo hacen, constantemente. Lo que pasa es que estamos un poco más sordos que los lobos y no somos capaces de escuchar los aullidos de nuestra propia especie… -se le escapó una risilla aguda, enervante- Razones irracionales, que graciosa.  

 

Simplemente quería romperle el cenicero en la cabeza. En vez de eso, sonrió y levantó levemente las cejas. Deseó que Pedro regresase cuanto antes, porque ella se sentía incapaz de aguantar a aquel payaso un minuto más.

 

–         Hay una cosa que sí me creo, que los aullidos atraen a la manada. Que aúllan antes de salir de caza, igual que los lobeznos cuando se sienten solos. Aúllan cuando quieren compañía de los suyos y sabes qué, si alguno les escucha siempre responde. Sin embargo nosotros… aullamos en medio de nuestra manada y no es que nadie nos responda, es que nadie escucha el aullido. Eso es lo más triste. Aullamos hasta perder la voz, pero lo hacemos en silencio. Aullamos como seres humanos, no como animales… ¿Te imaginas lo liberador que debe ser aullar como un lobo o gruñir como un tigre? Pero por desgracia no podemos… Ni tenemos razones racionales para hacerlo –la risa estridente, “jijijijijijijjijijijjiji”, se le volvió a escapar por la comisura de los labios”.

 

La mano de Cecilia acarició el cenicero.

2 comentarios to “Arístides (II)”

  1. Mantenido Says:

    Los Bebes aullan, se les oye y se les obedece.
    Esperemos que esto no cambie nunca, si no…

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