Darío (I)

Todas las noches me pregunto cuantas noches más seré capaz de seguir queriéndote. Me imagino todos los ojos que has tenido. Todas las miradas con las que me has mirado y las miles de sonrisas que me has dedicado en los días de fiesta, pero… ¿dónde estabas cuando necesité que me secaras las lágrimas?
 
Es como si cada día fuese una nueva prueba. Como si quisieses descubrir dónde están mis límites, cuándo acabará la tensión conmigo, cuándo estallaré… Y yo no quiero estallar.
 
Creo que nunca tendrás el valor necesario para dejarme.
 
¿Cómo huir cuando no quieres marcharte?
 
Me pregunto cuántas noches más seré capaz de seguir amándote antes de empezar a odiarte y descubro que tengo que irme tan lejos como lleven las piernas. Espero que lo comprendas, que disfrutes la libertad que te dejo. Espero tener el valor necesario para no volver jamás.
 
Lo más triste de todo es que ni siquiera puedo despedirme dicíéndote lo mucho que te quiero. Al final sólo me han quedado un montón de reproches en el corazón y la angustia del fracaso… Que curioso, hay tantas ocasiones en las que hablar de amor no es hablar de felicidad que da miedo pensarlo.
 
Te amo, aunque ya no te quiera.
 
Un beso, Darío.

Dejo la carta encima de la mesa del salón. Puede que Javier no la viese hasta la mañana siguiente, cuando descubriese que no había pasado la noche en casa. Cogió lo justo, un par de uniformes y su pistola. El traslado ya era oficial. Nunca tendría que volver a pisar a Guadalajara.

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