Mi primer accidente mortal

Sigo vivo. Es sólo una forma de hablar, no de estar, pero sigo vivo. Miro hacia un cielo que está repleto de nubes blancas, grises, negras… Un cielo taciturno que esconde el sol. Un cielo que no sabe si es hora de reír o de llorar. Hijo de puta cobarde. Al final dejará que sea la meteorología la que decida, como siempre. Él nunca se moja. Si acaso, hace que sean los demás quienes se empapen. Odio el cielo por las múltiples implicaciones poéticas que tiene y porque todas son una sucia mentira. Sé que es absurdo odiar algo que no hace o dice nada, que sólo sirve de inspiración, pero también odio la inspiración y, como no, la esperanza. Preferiría asumir de entrada que todo será una mierda. Si puedes hacer eso y seguir levantándote cada día, tienes mucho ganado, pero tener fe… Es una trampa. Puto cielo. Es una engañifa, la zanahoria que ponen delante del burro para que siga arreando. Pobre animal, no le queda nada más que un carro agarrado a su espalda. Las nubes se dejan mecer por el viento. Se mueven con paz y sosiego. Putas nubes. Puto viento. Puta esperanza. Putos burros y sus putas zanahorias. En este preciso instante veo a un hombre muerto junto a la cabina de su camión porque no consideró apropiado ponerse el cinturón de seguridad. Tuvo un accidente en una carretera secundaria y salió despedido por la ventanilla. Eso le mató, salir despedido por la ventanilla… Ni siquiera sé si llegó a salir despedido, simplemente salió por ella. No soy capaz de imaginar el resto. No sé cómo ocurrió; no sé cómo llegó a estar muerto. Sólo sé que observo desde un lado de la carretera mientras mi fotógrafa estudia el cadáver. Lo han tapado con una manta, pero una de sus manos escapa de la cálida protección de la sábana. ¿Por qué siempre ocurre eso? ¿Por qué siempre hay una mano que se sale de madre? Se lleva la cámara fotográfica a la cara y duda unos instantes. La miro como quien toma notas sobre un experimento. No está segura, pero se siente espoleada por un sentido del deber que ninguno comprendemos demasiado bien. Es lo que hay que hacer, pero no seríamos capaces de explicar por qué hay que hacerlo… No es sentido del deber, es miedo a ser débil, a no tener la foto que atraerá a más morbosos. No me apetece entrar en discusiones filosóficas. Sólo quiero mirar. A mi lado, otra periodista hace bromas, excitada, y me cuenta los pormenores del accidente. No la hago demasiado caso. Es mi primer muerto y no quiero olvidar su mano. Ella ha visto más y sigue hablando. Intenta aparentar normalidad. Meses después se irá, cambiará las letras por un bar de copa. “Estaba un poco zumbada”, me comentan, y yo me pregunto si siempre lo estuvo o si fue mirar al cielo, a las nubes y sentir el soplo del viento lo que le volvió loca.

Al final el cielo se decide y apuesta por dejar despejado el camino. Adiós nubes, hola astro rey. Antes notaba un bochorno húmedo. Ahora me cago directamente en la madre que le parió y empiezo a sudar mientras sigo mirando al camionero muerto. Tenía casi sesenta años, me ha parecido escuchar. Están a punto de levantar el cadáver y la Guardia Civil pide a los fotógrafos que se estén quietos un ratito. Ellos hacen todo el caso que pueden. Uno baja la cámara con aplomo. Él no será quien violente ese supremo instante de recogimiento, parece querer transmitir con su excesiva solemnidad. Otra continúa mirando por el objetivo y repite una y otra vez que no está haciendo fotos, que sólo está enfocando. No entiendo su postura. Mi reportera gráfica continúa dudando. Su cámara oscila arriba y abajo. Luego me confiesa que ha pasado un rato terrible. Las dudas internas… Bueno, hay gente que no sabe si debe fotografiar muertos y otros que tienen que despedir empleados. Lo que pasa es que nosotros no somos jefes de nadie y a los dos nos supera la situación.

Cuando le veo la cara al fallecido busco rastros de sangre. Nada. ¿Cómo ha muerto? Todos los miembros del cuerpo siguen en su sitio. No hay grandes rastros de sangre. Joder, ni siquiera rompió la ventanilla. Estaba abierta y él se deslizó por ella. El otro coche implicado en el accidente, un Fiat Punto, está hecho un cisco, pero el conductor no tiene nada grave. Dormirá en su casa. Iba sólo y su lado estaba intacto. Si hubiese llevado a un copiloto… Bueno, eso sí que habría sido desagradable. Le ha ido por unos centímetros, pero sigue vivo, aunque eso sólo sea una forma de hablar. Cuando le vi junto a la ambulancia parecía completamente ido.

El muerto tiene rostro, pero no tiene heridas. Mi compañera de profesión me dice que todo apunta a que se rompió el cuello. Tomo unas notas rápidas en el cuaderno y noto una gota de sudor resbalando por mi torso desde la axila. Levanto la mirada al cielo y llego a la conclusión de que hubiese sido mucho más apropiada una violenta tormenta de verano, así no habría tantas moscas dando por culo. Intento no sentirme sobrecogido; no pensar en eso de que el cuerpo de un muerto parece un muñeco sin vida; no pensar en si el fallecido tenía familia o no; no pensar en cuál de los dos vehículos implicados en el accidente tuvo la culpa de lo ocurrido y, sobre todo, intento no decir aquello de “no somos nadie”.

– Pobrecito…

– Ya… no somos nadie.- Me cago en la puta. Lo que más me jode es que encima pongo cara de circunstancias, me la noto. Miro a la periodista y me da la impresión de que está apunto de acercarse hasta el muerto para acunarle en sus brazos. Ahora me pregunto cómo no me di cuenta antes de lo zumbada que esta… Bueno, sí que me di cuenta. Me pone cachondo, pero ese carácter tan inestable suyo siempre me echó para atrás. No es que si hubiese sido más equilibrada me la hubiese llevado a la cama, sobre todo porque no sé si habría querido acompañarme, pero le quitaba atractivo tanto extremo emocional. Aun así nunca sopesé la posibilidad de que estuviese de psiquiatra.

Se llevan al muerto metido en una bolsa. El sol continúa brillando y mi fotógrafa ya está haciendo su trabajo. Al día siguiente saldrá una imagen de la cabina del camión con el otro coche destrozado de fondo. Ni un sólo cadáver; ni una bolsa; ni una mano. Ni una nube; ni un cielo azul; ni el viento, que siempre sale movido en las fotos. Ni esperanza ni más ganas que las de volver a la redacción para escribir todo esto cuanto antes y poder salir escopetado hacia casa. Cuando me marcho, ella aún sigue mirando el lugar en el que se encontraba el muerto. Trato de imaginar que estará pensando. No lo consigo. El tipo está muerto y somos conscientes de que las cosas no tienen porque salirnos bien a ninguno, por mucho que brille el sol. Me monto en el coche. Al rato llega mi fotógrafa y comienza a hablar sobre las emociones que le ha provocado toda esta situación. Yo me encuentro vacío.

2 comentarios to “Mi primer accidente mortal”

  1. Cada día que pasa veo barbaridades en las carreteras por la temeridad de los conductores. Sobre todo en las secundarias porque “se las conocen bien”. No entiendo como la gente conduce sin cinturón de seguridad.

  2. Mantenido Says:

    Es posible que la muerte de ese camionero sirva para que todos los que estabais alli ya os pongáis el cinturón de seguridad siempre.
    La mayor pandemia de la era moderna, sin duda, es el tráfico. Prefiero no saber cuanta gente ha muerto en los últimos 30 años. Igual ya no volvía a coger el cohe nunca más.

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