Adiós verano, adiós

Estoy quieto. Me ha enseñado a ver mi reflejo debajo del agua. Estaba acostumbrado a verlo desde el otro lado, desde la superficie, con el Sol iluminando a mi espalda. Ahora lo tengo en frente de mí, arriba. Deslumbra un poco. Estoy sumergido, en medio de un todo tan absoluto, el agua, que es igual de nada que el mismo aire que nos rodea. Por primera vez en mucho tiempo, allí, sumergido, respiro.

Abre los ojos. Es pequeña, está indefensa. Acaba de nacer. Le ha costado, pero ha nacido. Es casi la hora de la cerveza, del almuerzo. Comemos y bebemos. Ella llora. Está arrugada, fea. Supongo que tiene miedo, aunque todavía no conozca la palabra. Su madre la abraza.

 

Voy escuchando a Anhony and The Johnsons en el coche. Es de noche. El disco suena mejor en la oscuridad de una carretera solitaria. No recuerdo la canción concreta. Quizás es Atrocities. Voy un poco triste. Es lunes. No ha sido un buen día. Los lunes casi nunca son buenos días. De repente veo por el rabillo del ojo una estrella fugaz. Creo que nunca había visto una. Lo primero que pienso es que se trata de un ovni. Va dejando una estela verde tras de sí. ¿Es eso posible?

 

Está tumbada en mi cama, desnuda. La observo. Estoy tan cerca que soy incapaz de abarcar sus ojos en una sola mirada. Tengo que ponerme bizco, mirar dos veces. No sé qué hacer. Intento alejarme un poco de ella para que no note mi aliento, aunque respiro por la nariz. Intento no hacer ruido al tragar saliva. Me falta aire, me sobra saliva.

 

Van corriendo por una calle atestada de gente. No les veo, les imagino. Es una ciudad del sur. Son dos hermanos. No sé lo que piensa ella, pero, una vez más, imagino que piensa él. Quiere que ella lo haga bien. Creo que es lo mismo que queremos todos, ayudar a alguien a ser feliz. Lo que pasa es que muy pocas veces nos atrevemos a hacer realidad ese sueño. Está mal visto.

 

Ando por un pasillo. Estoy hablando en voz alta. Cuando llego a la habitación él, con su poco más de año y medio, está acurrucado contra su madre. Dice mi nombre. Me ha reconocido por la voz. Que tontería. Le preguntan si quiere decirme algo o prefiere seguir con el cuento. “Uento”. Le doy un beso en la frente y me marcho. Me ha reconocido sólo por la voz… Que guay.

 

Sigo debajo del agua, en medio de la nada, en medio de todo, intentando ver mi reflejo.

 

Estoy sentado en el borde la piscina, viéndole nadar. Tiene pensado hacerse 3.000 metros con su nuevo traje de neopreno. La madre que le pario… que espíritu. Casi sin darse cuenta se hace con toda la calle. Es verano, el calor quema, mi cuerpo quema. No tengo nada mejor que hacer que mirarle. Es relajante, pienso en mis cosas. ¿Cuántos largos de 50 metros son 3.000 metros?

 

La estrella fugaz sigue cayendo.

 

Son las nueve de la mañana. Espero que venga a entrenar. Corremos, sudamos un poco y, lo más importante, hablamos. Me la imagino corriendo con su hermano, devorando rivales, una tras otra. No sé si me la imagino entonces o me la imagino después. Todo el tiempo se fusiona en un solo latido.

 

Sonríe, se ríe y me hace nadar demasiado. No sé nadar. Hace falta mucha paciencia para enseñarme a nadar. Ella la tiene. Después hablamos, otra vez la conversación, y nunca recuerdo muy bien de qué hemos hablado. Quizás nuestras palabras se han perdido. Por eso un día decidimos empezar a buscarlas.

 

Sigue desnuda encima de mi cama. Tapada con una manta. Tiritando de frío. Me pide que la abrace.

 

Torija, un concierto. No sé si es el principio del verano o no, pero no me importa. Ese día me fijo en las estrellas. Me quedan tantas estrellas por ver. Días después me paro a pensar, a respirar. El verano huele a estrellas.

 

Ella va cogiendo kilos y ya no parece tan indefensa. Él cada vez habla mejor. A los dos les veo poco, me lo dicen… Tienen razón, pero es que hay demasiadas cosas que ver. Ella siempre parece sorprendida, con los ojos abiertos como platos. Él ya está en esa edad en la que, más que sorprenderse, es capaz de sorprendernos a nosotros.

 

El verano huele a estrellas.

 

Un estrella fugaz cae del cielo dejando un rastro verde tras de sí.

 

Ya no se ven estrellas en las ciudades.

 

Tengo una estrella metida en mi cama. Cuando ciego la ventana, brilla.

 

Estoy en Praga, rodeado de amigos, borracho. Cada vez son más los que me piden que beba menos, pero siempre acaban rellenándome el vaso cuando ven que se me está terminando la copa. Nos reímos. Saco fotos. Conozco otra ciudad, otro país y me siento libre para decidir si me gusta o no por razones estrictamente personales.

 

En medio de todo y en medio de la nada. Buscando mi propio reflejo.

 

El mundo gira demasiado rápido y 90 días parecen una vida. El verano va terminando. Quemo etapas con la misma facilidad con la que los hermanos queman kilómetros. Me siento mal, como siempre, pero en paz, como nunca. Me da miedo, como los padres temen por sus hijos. A veces nado a contracorriente, pero ahora se me da mejor porque ella me ha enseñado a no ahogarme. Mis amigos me siguen tolerando y, lo que es mejor, me acompañan y me dejan acompañarles.

 

Estoy sentado a los pies de la cama mientras estoy tumbado con ella, abrazándola, temiendo que todo termine. Ahora mismo, con todos los triunfos endulzándome la vida, pienso que sería mejor desaparecer, salir por la puerta grande, en alto. Eso no vale. Con todos los esfuerzos que he tenido que hacer para no salir corriendo en busca de una nueva vida, resulta que ahora la tengo y que no es mía, que es de todos.

 

Me tomo una cerveza, el imbécil me da un codazo y me pregunta si vemos un capítulo de Perdidos. Le miro, me hago el duro. Es como un niño y un padre a la vez. Que putada tener que hacernos mayores. Mejor seguir siendo niños, así, en la estricta intimidad. Creo que es la única persona que podría soportar vivir conmigo.

 

Estoy en medio de todo y en medio de nada. Tengo ganas de llorar, de alegría, porque me siento vivo, porque se acaba el verano, porque habrá que hacer frente a otra estación, más fría, más triste.

 

Ella me dice que le gustan los días nublados, aunque no todos. A mí me pasa lo mismo. Hola otoño

 

Si es verdad que la vida es un ciclo, volveré a estar triste y volveré a estar feliz. Sonrío.

 

Cierro un poco los ojos y por fin consigo ver mi propio reflejo.

2 comentarios to “Adiós verano, adiós”

  1. Cuando ya no me quede nada que enseñarte, ni reflejos ni huesos, tendré que recurrir a la invención.
    Fin del verano. Por fin otoño, con un montón de bonitos días nublados para compartir, myFjav

  2. Por fín he tenido un ratito para despedirme del verano!

    He tardado mucho, pero la espera ha merecido la pena.

    Es muy bonito apreciar que alguien se ha tomado su tiempo para reflexionar sobre las personas y los momentos importantes en su verano.

    Las estrellas son preciosas; brillan, son lejanas, inalcanzables… a lo mejor reside ahí su belleza, en que no se pueden poseer.

    Soy muy feliz porque tengas la oportunidad de disfrutar de una. Y me consta que, pase lo que pase, pondrás todos tus esfuerzos en que nunca deje de brillar.

    No me gusta que termine el verano, me deprime el otoño.

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