FRANCISCO CATALINA (I de II) DE LA ESCUELA A LA CARRETERA

Con más de 90 años de vida a sus espaldas, Francisco Catalina ha visto con sus propios ojos como ocurrían los acontecimientos más importantes de la provincia. Desde la Guerra Civil, en la que participó como miembro de la Quinta del Chupete, hasta la construcción de una central nuclear a pocos kilómetros de su Gualda natal. Este hombre, que se dedicó profesionalmente al cuidado de las carreteras al convertirse en peón caminero, es también el recuerdo vivo de una profesión ya olvidada que durante años le llevó a recorrer diariamente un tramo de carretera destinado a hundirse bajo las aguas del pantano de Sacedón.

En 1908 se promulgó el reglamento que regía el trabajo de los peones camineros. En él se estipulaban los deberes que tenían sus trabajadores, a los que no se otorgaba casi ningún derecho. Entre sus obligaciones, como si de una condena se tratase, regía la siguiente máxima: “Permanecer en el camino todos los días del año, desde que salga el sol hasta que se ponga”. Casi diez años después de la creación de este reglamento nacía en la localidad de Gualda (Guadalajara) Francisco Catalina. Él mismo reconoce que durante su infancia no prestó mucha atención a las explicaciones de un maestro que tenía demasiada facilidad para quedarse dormido. “En cuanto empezaba a roncar, nosotros ya nos poníamos a correr de un sitio para otro”, recuerda. “Así era difícil aprender a hacer la o con un canuto”. A aquel niño le quedaban muchas experiencias por vivir, pero sobre todo tenía por delante un futuro profesional que terminaría convirtiéndose en una forma de vida: peón caminero.

Monarquía, IIª República y Guerra Civil. Los disparos cogieron a Francisco Catalina en zona republicana, algo que a la larga le acabaría pasando factura. Sin embargo, tuvo suerte. Una coz mal dada por un burro le originó un problema de salud que mantuvo alejado de las trincheras a este miembro de la conocida Quinta del Chupete. Después, una vez se hizo con el poder en el país el bando nacional, le tocó volver a hacer el servicio militar. Aquellos años le sirvieron para recuperarse plenamente del golpe propinado por el malencarado animal y para regresar al pueblo. Allí llegaba el momento de afrontar otro problema: había que conseguir un trabajo. Un hermano de su madre era capataz de carreteras y se ofreció a introducirle en este campo. “Como éramos pobres se interesó por nosotros”.

Félix Herranz lleva 27 años trabajando en la Diputación. Ingeniero de caminos, actualmente ocupa el puesto de jefe del Servicio de Conservación de Carreteras. Cuando llegó a la institución provincial, allá por 1982, conoció a algunos de los últimos trabajadores que habían ejercido como peones camineros. En el Palacio provincial pasa por ser una de las personas que mejor conocen las carreteras que surcan Guadalajara y su historia. “Fundamentalmente los peones camineros se dedicaban al mantenimiento de los caminos”. Según explica, limpiaban la vegetación que pudiese entorpecer las carreteras y las reparaban. Entonces no eran como las de ahora. Había un elemento esencial que las diferenciaba: no estaban asfaltadas, si no que estaban hechas con piedra machacada, lo que les deba un color blanquecino. “Eran competencia del Ministerio de Obras Públicas y había uno cada 4 o 5 kilómetros”.

Francisco Catalina relata que fue aquel tío que le dio el trabajo el mismo que le enseñó a hacerlo. “En teoría teníamos un tramo de carretera de unos 6 u 8 kilómetros”. Sin embargo, eso no siempre era así. Cuando algún compañero, por enfermedad o cualquier otro motivo, no podía hacerse cargo de su tramo, le tocaba controlarlo a alguno de los trabajadores que lindaban con él. “Yo he llegado a tener hasta 17 kilómetros a mi cargo”.

Catalina recuerda la rutina de cada día. Se levantaba y recorría el tramo que tenía asignado en busca de posibles desperfectos. “Cuando los encontraba daba aviso a mi capataz, que estaba en Durón”, y terminaba arreglándolo. La mayor parte de las veces, el “desperfecto” era un hoyo originado cuando, al paso de una carreta o un coche, saltaban las piedra del camino, dejando así el socavón. “Buscábamos cantos rodados para llenarlo y después lo completábamos con arena”, explica. “Lo que pasa es que en cuento pasaba otro coche por allí volvía a saltar”. El jefe del Servicio de Conservación de Carreteras de la Diputación especifica que entonces no disponían de ninguna máquina para hacer estos trabajos. “Básicamente tenían un pico, una azada y un cesto de mimbre para hacer las tareas de mantenimiento”.

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