ESPACIO (Ludovico II de…)

Miguel estaba a punto de cumplir los dos años y esperaba con ilusión el momento en el que todos dejasen de contar su edad en meses. Se había quedado sólo en el tejado de casa con su prima Ada, que contaba siete meses. Sus padres se habían tenido que ir a asaltar un barco pirata y le habían dejado a él al mando. Miguel había aceptado la misión de inmediato, aunque con una condición. De noche las casas dan miedo, pero la calle no. Es imposible tener miedo cuando sobre la cabeza de uno hay un montón de estrellas. Aquella noche era clara y las estrellas se reunían a cientos en el firmamento. Le costó convencerles de que, con tanta oscuridad, en cada rincón de la casa bien podía esconderse un monstruo con el que él no pudiera enfrentarse. Sin embargo, en un tejado no había rincones oscuros ni sombras amenazantes, sólo aire, cielo, estrellas y luna… Y algún que otro gato, pero los gatos no suponían un problema demasiado grave o, al menos, no tan grave como podía ser un monstruo. Al final sus padres le dieron la razón y les subieron a la azotea.

Después de ajustarse las espadas y ponerse las placas de policía, los papis de Ada y Miguel se marcharon. El deber era el deber. Ada parecía un gusano apunto de convertirse en una mariposa, allí, metidita en su capullo de ropa. Miguel, con su poco más de 90 centímetros de altura se estiró todo lo que pudo y cogió una gran bocanada de aire frío… Bueno, tampoco tan frío. El otoño había echo un par de amagos, pero las noches todavía eran agradables. No corría peligro de coger un constipado ni nada de eso. Además, era un incordio eso de las medicinas y los aerosoles… Lo pensó mejor y devolvió la bocanada de aire frío, no fuese a sentarle mal. Acto seguido se metió las manos en los bolsillos, no por miedo al resfriado, si no porque es lo que solían hacer los mayores cuando no sabían demasiado bien qué hacer. También daban pequeños paseos dando pequeñas zancadas con los pies rígidos, como si no tuviesen rodillas. Si más adelanta el tiempo empeoraba tenía planeado dar un par de palmadas, juntar las manos, ahuecar el interior y soplar dentro de ellas.

Aunque por fortuna el tiempo no empeoró, Miguel comenzaba a aburrirse y Ada tampoco le daba demasiada conversación. Ella era más de dormir y chuparle los pezones a su madre. De hecho, sus padres tenían menos de dos horas para derrotar a los piratas y volver con ellos. Pufff… No sabía que vigilar fuese tan… reflexivo, se comentó Miguel a sí mismo. Aquello prometía ser… arduo, aunque por lo menos ya habían pasado… Miguel le echó un vistazo al reloj de Mickey Mouse que llevaba en la muñeca: ¡Diez minutos! Dios Santo, me voy a morir de viejo de tanto esperar a que pase el tiempo. La situación era complicada. Si el tiempo mental continuaba pasando tan lentamente respecto al físico, estaba claro que su cuerpo y su mente acabarían sufriendo un desfase. Sus manos, sus pies, su pelo y todos los demás seguirían una evolución natural, acorde con la realidad física, pero su mente comenzaría a desarrollarse y razonar el ritmo del paso espiritual de los segundos. Vamos, que corría el riesgo de convertirse en un señor maduro de 30 años dentro del cuerpo de un niño pequeño que no llegaba a los dos años… Típico de los padres, pensó. Siempre alertando sobre los peligros reales de la vida, como los ladrones o los coches, y nunca prestando atención a los riesgos etéreos que le amenazan a uno. Vista la gravedad de la situación no le quedaba más remedio que despertar a Ada.

Ada dormía plácidamente. Ni ella misma sabía con qué soñaba, pero le gustaba poner caras mientras en su mente veía cosas para las que todavía no tenía ningún nombre. En algunos casos se arriesgaba a inventárselo con la esperanza de que, al despertar, coincidiese con el real. Por ejemplo, le encantaría que el sitio en el que dormía todas las noches se llamase nube, algodón o dafur… Los dos primeros los había escuchado en alguna parte, pero el tercero era completamente suyo. Sería genial que fuese un dafur. Cuando Miguel la despertó estaba poniendo cara de susto porque se veía en medio de una reunión familiar. No estaba segura, pero creía que era un miedo natural a los actos sociales que bien podía ser una herencia genética de sus padres, ambos buscadores de perlas en la inmensidad del océano… Es normal que los buscadores de perlas oceánicas no estén acostumbrados al ruido ni al bullicio. Después de tanto tiempo metidos en lo más profundo del agua, quién no le cogería manía a las grandes aglomeraciones de personas… y de aire.

Cuando Miguel despertó a Ada, ella decidió dejar puesta su cara de susto para que él se sintiera un poquito culpable. Después hizo un par de gemiditos de alegría para que supiese que se alegraba de verle. Miguel saludó con la mano y se le quedó mirando fijamente, como esperando que ella hiciera algo. Ada miró a la luna, llena como estaba, y le entraron ganas de aullar, pero todavía no dominaba demasiado bien todo aquellos de las cuerdas vocales. Lo que mejor se le daba era llorar y, teniendo en cuenta que no veía al surtidor viviente por ninguna parte, decidió que era poco práctico gastar energías. Estaba fascinada por la luna, así que estiró su pequeña manita y la señaló. Miguel siguió la dirección del dedo y, tras comprobar mentalmente con escuadra y cartabón la trayectoria marcada por el índice de su prima, asintió con la cabeza.

Los niños de apenas dos años cuentan con ventajas y desventajas en esta vida. Una de sus principales ventajas es no saber qué es imposible. Miguel se dirigió hacía una escalera que tenían sus padres en la azotea para cambiar la bombilla del sol cada vez que se fundía y ahí quedó patente una de sus desventajas, la coordinación. Como todavía no dominaba demasiado bien eso de correr –a él lo que realmente se le daba bien era dejarse caer hacia un punto concreto en el que esperaba sujetarse antes de darse de morros con el suelo- , se dio un trompazo antes de llegar a la escalera. Iba a echarse a llorar, pero al levantar un poco la cabeza vio el brazito de Ada y su dedo meñique, todavía extendidos hacia la luna, así que se sorbió las lágrimas y se puso de pié. Cogió la escalera, la puso en pie con ayuda de su amigo imaginario y buscó una estrella en la que apoyarla. Cuando la operación hubo concluido, miró a Ada y dijo “Ra elvo”. Miguel empezó a trepar.

Resultó que la luna estaba más lejos de lo que parecía en un primer momento, así que tardó unos dos minutos en llegar hasta ella. A punto estuvo de quedarse sin escalera, pero fue suficiente. Claro, papa llega bien al sol porque es alto. Miguel echó un vistazo por detrás de la luna para ver por dónde estaba colgada del cielo. Primero la separó un poco, después tiró para arriba y el enganche salió con suavidad de la alcayata a la que estaba sujeto. Se colocó la luna debajo del brazo, como si de una barra de pan se tratase y, haciendo auténticas malabares, sacó un trozo de tiza del bolsillo derecho del pantalón. Más de una vez le habían preguntado por qué llevaba una tiza en el bolsillo y el había respondido con un encogimiento de hombros. Para tomar algunas decisiones no siempre hace falta tener razones lógicas. Algunas veces es suficiente con tener pálpitos poderosos. Haciendo grandes esfuerzos, Miguel fue capaz de pintar una luna llena bastante parecida a la que acababa de robar. Sonrió satisfecho y volvió junto a su prima.

Miguel bajó por la escalera pacientemente y cuando se reunión con su Ada le entregó solemnemente la luna. Ella sonrió y la agarró con fuerza, como si se tratase de un osito de peluche, sólo que éste tenía la capacidad de reflejar la luz del sol y de otras estrellas, así que era como una linternita. Ada volvió a quedarse dormida y Miguel miró su reloj. Ya había pasado más de una hora y media. Había sido un buena idea despertar a la prima. Satisfecho por la ejecución de su turno de guardia, Miguel vigiló durante unos segundos el sueño de Ada, se metió las manos en los bolsillos y dio un par de pequeños pasos con las piernas completamente estiradas.

Por desgracia, había algo que fallaba en todo aquel plan, algo de lo que Miguel no se había dado cuenta debido al exceso de inocencia que caracteriza a los niños de su edad. La luna siempre cambia, gira sobre sí misma, se pliega y vuelve a desplegarse. Si nada lo remediaba, el engaño estaba destinado a fracasar. Sin embargo, las estrellas, testigo mudo de todo lo acontecido, y los gatos, que a diferencia de los perros no son soplones de la policía, como buenos seres nocturnos que son, se pusieron a favor de los dos niños. Si ellos querían la luna, que se la quedasen. Fueron los gatos, astutos y cabritos como ellos solos, los que planearon construir un satélite que sustituyese a la luna. Las estrellas, auténticas amas del universo más allá de la perezosa hegemonía del sol, se encargaron de construirlo. Que idiotas, pensaron los gatos al ver el entusiasmo del ser humano con su nuevo divertimento, sólo los seres racionales les piden a las mentiras que sean lógicas y a las verdades que sean maduras.

Una respuesta to “ESPACIO (Ludovico II de…)”

  1. Y es por cuentos como este por lo que soy superfan tuya.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: