Amanecer (Trilogía pirata: I de III)

Ella se acurruca. El amanecer filtra unos pequeños rayos de luz por la ventana. La oscuridad se va aclarando y adquiere una tonalidad azul que coquetea con el gris metalizado. Ha llegado el momento de salir de la cama. Le abraza más fuerte, pero sin violencia.

Él apenas se despierta. Una leve presión en su pecho ha sido suficiente para sacarle del sueño profundo, pero se resiste a abrir los ojos. No es nada más que rutina, se dice, pero le duele que se siga cumpliendo fin de semana tras fin de semana.

Ella relaja los brazos. Cierra fuerte los ojos, como si así fuera a conseguir que regresara la noche, pero no lo logra. Llega el sol y con él, otro tipo de oscuridad. Emite un leve gemido. No quiere girarse. No quiere coger el móvil de la mesilla. No quiere mirar la hora. No quiere ver el amanecer. No quiere abrir las sábanas. No quiere enfrentarse al frío de un nuevo día. No quiere vestirse. No quiere darle un beso de despedida… Se gira.

Él nota como le abandona la presión que el brazo de ella hacía sobre su pecho. Nota como le abandona la presión que el cuerpo de ella ejercía sobre su costado derecho. Se obliga a abrir los ojos, pero todavía no se incorpora. Gira la cabeza y ve la espalda desnuda de ella. Está intentando alcanzar su teléfono móvil. Tiene sueño. Alarga el brazo y le pasa el dedo índice suavemente por la columna vertebral. Sus ojos se desvían hacia el amanecer. Es gris, azul, frío. Más tarde el sol calentará las vidas de millones de personas, pero ahora es demasiado frío… gélido.

Ella no dice nada. Tiene sueño y le da pereza vestirse, marcharse. Se sienta en la cama y vuelve la cabeza para mirarle. Sus ojos se encuentran en un breve segundo que muere de inmediato. Nadie se acuerda de mirarse fijamente a las siete de la mañana. Bueno, sí se acuerdan, pero eso hace que las despedidas sean más despedidas y aumenta el dolor que provocan. Es mejor ser breve, distante, irónico, fingir que no pasa nada, que no ha transcurrido otra noche, otro momento, otro buen momento. Cuantos más buenos momentos pasan, más probable es que el siguiente sea malo. Ella busca su ropa interior.

Él siente un extraño vacío en su cama. Es extraño porque no sólo es físico… Su cama también lamenta que ella deba marcharse. Sabe que en cuanto se gire podrá percibir el olor de su pelo en la almohada. Maldice en voz baja. Sombras grises, azules, sobre sombras negras. La soledad está esperando junto a la puerta para entrar en cuanto ella salga. Mira cómo se pone el sujetador y siente la tentación de impedírselo. Lo hizo las primeras veces, pero la broma terminó volviéndose repetitiva. Ella le pide que vuelva a dormirse con suavidad, con dulzura, con amor. Él no responde y sigue mirando.

Ella siente cómo esos momentos han terminado convirtiéndose en el sabor amargo que impregna cada uno de sus encuentros. Se pregunta por qué no pueden separarse entre sonrisas. Quizás por eso siente que están destinados a no estar juntos. No se puede vivir siempre con una persona que te hace estar triste cada vez que se ausenta de tu vida. ¿O sí? No lo sabe. Son demasiadas preguntas para la resaca de una noche llena de alcohol, besos, un poco de sexo y mucha desesperación. Siempre desesperación.

Él quiere pedirla que no se vaya, pero sabe que tiene demasiados motivos para hacerlo. Ya se ha puesto los vaqueros y las botas. Siempre deja la camiseta para el final. Juega con la idea de que no es el amanecer, es el atardecer. Juega con la idea de que no se está vistiendo, se está desnudando. Ya ni siquiera le importa estar triste. Está acostumbrado. Es la rutina. ¿Se puede querer a alguien en medio de la rutina? Quiere que ella se quede, pero no sabe si es porque la quiere o porque necesita sentir su calor para poder seguir durmiendo. No puede dormir cuanto siente frío en su costado derecho.

Ella saca la cabeza por el cuello de la camiseta y la agita para liberar el pelo que se había quedado atrapado. Es un error, se marea un poquito. Promete ser un día demasiado largo. Vuelve a mirarle y a pedirle que se duerma. Sabe que no lo hará, que seguirá mirándola. Se echa sobre él y le besa. Le sonríe. Es una sonrisa sin sonrisa alguna en su interior. Él le devuelve otra sonrisa igual de mentirosa.

Él la sigue con la mirada mientras ella se incorpora y se pone el abrigo. Nunca le dice que le quiere. Ya no. Eso es significativo. No sabe si es porque ya no le quiere o porque ya se ha autoconvencido de que no debería quererle. No puede resistirlo y le pide que se quede unos segundos más.

– No puedo, tengo que llevar a los niños a catequesis.

Él se queda callado y se aborrece por su propia debilidad. Sin embargo, sigue hablando.

– Que lo haga tu marido.

Ella sonríe con cinismo, con una sonrisa que hace juego con la frialdad del azul grisáceo del amanecer. Se da la vuelta, abre la puerta de la habitación y se marcha. Él continúa sintiéndose débil, repulsivo, triste. Siempre triste, como todos los finales, triste.

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