Animales Heridos (Trilogía pirata: IV de III, un bonus track adelantado)

Hay un tipo. Hay un parque. Al final del parque, hay una pequeña plaza. En la pequeña plaza, hay un banco. En frente del banco, hay una rotonda. Sentado en el banco, está el tipo. Todas las mañanas, desde las ocho, mirando a los coches que pasan por la rotonda.

Algunos perros ladran excitados. Otros no. Se limitan a dejarse poner los arneses, obedientes. Están a las afueras de un pueblo. Los dueños llevan ropa deportiva. Se atan a sus mascotas y corren con ellas. A pocos metros del grupo, que está a punto de comenzar la carrera, un perro abandonado observa los preparativos. Es blanco, con manchas marrones. Está delgado. Ni siquiera se sabe su raza.

– Me alegro de que hayas recobrado tu independencia, pero siento que haya sido a mi costa. Supongo que tendrás razón, que para sentirte libre debes demostrarte a ti misma que puedes prescindir de mí… ¿Por qué es como si eso me convirtiese en tu enemigo?

El tipo siempre está callado. Tiene la mirada perdida entre los coches. Probablemente padece algún tipo de autismo, pero eso no explica la tristeza de sus ojos… ¿O sí? Siempre lleva unos pantalones de chándal y una camiseta de tirantes de baloncesto, incluso en otoño. ¿Habrá alguien que le obligue a cambiar de ropa cuando llegue el frío?

Todos los perros abandonados tienen cara triste. Por eso parecen más guapos. Éste no es ninguna excepción. Si acaso, es más guapo aún. Dan ganas de cogerlo y llevárselo a casa. Mira a los otros perros y a sus amos con envidia. No es una suposición, es un hecho. Siente envidia. Ha tenido un amo que le abandonó, lo que no se podría asegurar es el tipo de relación que mantuvo con él, si le llegó a acariciar. Por su mirada, por su docilidad, es probable que sí lo hiciera. Eso sólo lo hace todo más doloroso.

– Yo no quiero dejar de depender de ti, pero tampoco quiero que aproveches esa dependencia en tu beneficio. Te he dado mi libertad y sólo tú puedes hacer que no me sienta un esclavo. No necesito que estés conmigo todo el rato, ni llamándome, ni escribiéndome mensajes. Necesito saber que tienes ganas de estar a mi lado, que me echas de menos y que para ti es tan importante que te bese como para mí besarte, pero claro, quién querría besar a su enemigo.

Cuando camina lleva los hombros caídos y parece que va sacando barriga. A veces tiene una botella de Coca-Cola en la mano, de esas de plástico que se parecen tanto a las antiguas de vidrio. No arrastra los ojos por el suelo, va mirando al frente, pero se nota que no hay nada que llame su atención. Nunca se fija en lo que le rodea. Simplemente está allí, sentado, al margen del mundo.

Amos y perros empiezan a correr. Él les sigue, a distancia. Se ha acercado a algunos de los animales para olerles, pero los humanos le producen miedo… o respeto. No se integra en el grupo. Sólo lo sigue. Puede que no entienda qué están haciendo, pero le gustaría formar parte de ello. Bueno, uno nunca puede saber qué es exactamente lo que quiere un perro, pero da la impresión de que eso es lo que querría éste.

– ¿La única forma de que tú te sientas bien es causarme dolor a mí..? Y si acepto, en qué me convierte eso… Es culpa mía, tienes razón. Estaba tan centrado en abrigarte todas las noches que olvide tapar mis propios pies.

A veces, en el fondo de sus ojos, tan inexpresivos por norma general, se adivina un poso de amargura, de odio. Es como si supiese que las cosas no deberían ser así, como si fuera consciente de su propia situación y no se sintiese capaz de cambiarla. Entonces mira los coches con más intensidad. Le gustaría ser un lobo para poder lanzar un aullido de dolor. Quizás algún día un coche se salga de la carretera y se lo lleve por delante.

Sigue al grupo de corredores durante varios minutos, pero al final se queda rezagado. No está bien alimentado ni tiene dueño que le entrene. Él no es ellos. No forma parte de su grupo. No forma parte de nada. De vez en cuando, algún vecino del pueblo le lanza un cacho de pan y se lo come agradecido, pero no es lo mismo. Cuando perros y humanos le dejan atrás, lanza un pequeño gemido de tristeza que nadie escucha.

– ¿Cómo se consigue equilibrar tus ansias de libertad y mi necesidad de sentirme seguro? Simplemente no se puede, ¿no? Hay cosas que no pueden ser y ya está. Cuando empiezas a buscar el equilibro es porque ya has comenzado a caerte… ¿Tu crees que se pueden detener las caídas?

Lo normal es que se termine aburriendo de ir al mismo banco todos los días… Pero no. Más bien sucede lo contrario. El tipo también va a su banco cuando empieza a anochecer. Junto con el amanecer, es el momento en el que más tráfico hay. Hoy, en el cielo, las nubes han creado una forma curiosa, como si fueran la cabeza de un pez. Venus es el ojo, pero él ni siquiera levanta la mirada. Observa todos esos cientos de coches y se pregunta qué más debe hacer para que el resto del mundo se dé cuenta de lo solo que está.

Tiene suerte y la carrera acaba en el mismo lugar en el que ha comenzado. Los perros vuelven y puede jugar un rato con ellos mientras los amos hablan de sus cosas y hacen estiramientos. Sabe que se tendrán que ir y descubre que a veces las despedidas comienzan con un saludo. “Hola perrito”.

– Al final todo se reduce a que me siento triste, vacío y solo… Siento todo lo que haya podido hacer para arrancarte una sonrisa, para hacerte feliz. Siento haberte regalado mis palabras. Es más, quiero que me las devuelvas. Las quiero todas. Es injusto que te las quedes. Son parte de mí, de mi alma. Son el resultado de los experimentos que haces con mi corazón… Sí, es ñoño… Son las lágrimas que no se me escapan por los ojos y las sonrisas que no llegan a tocar mis labios. Eran mis palabras y tú te las has quedado todas sólo para sentirte más fuerte… Por lo menos podrías olvidar mi nombre.

ANIMALES HERIDOS.

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