Caos (Trilogía pirata: II de III)

Quería correr hacia ninguna parte. Correr. Correr mucho. Dejarlo todo atrás. Quería correr tanto que nunca le importó qué o quién dejaba a su paso. Sin cadenas. Correr. Libre. Siempre libre. Sin depender de nadie. Sólo. Todo el mundo cree que los solitarios eligen su condición. Es mentira. La soledad es una consecuencia. Correr. Es la demostración empírica de que el ser humano no está hecho para correr, no en libertad. Para la mayoría la carrera es sinónimo de confusión, de caos. El respiraba el orden en cada una de sus profunda aspiraciones. Correr no era una forma temporal de vivir la vida, era la única forma de no permitir que la muerte le atrapara. El caos era su refugio y su condena.

Sabe que el caos quema. Quema cada uno de sus pensamientos, de sus emociones. No quiere morir abrasado por el caos. Por eso necesita rutinas a las que aferrarse, reglas, clavos ardiendo que le impidan perderse entre tanto caos, aunque sus marcas queden grabadas a fuego en la piel. Sabe que el caos es estar demasiado ligado al mundo como para poder prescindir de él, como para no sentirlo… Está cansado de disimular que nada puede tocarle, pero es lo única forma que tiene de seguir viviendo. La oscuridad le sigue los pasos.

Es como los niños que ponen la mano encima de la llama hasta que el calor les abrasa. Pero en su caso no es un juego, sólo pretende darle esquinazo a la oscuridad. Dejarse llevar por las corrientes del caos es flotar en medio de la contradicción, dejarse arrastrar. Agarrarse al clavo ardiendo es luchar contra la corriente. Sólo quiere respirar, en paz, detenerse un momento, conseguir que todo deje dar vueltas, tanto dentro como fuera de su cabeza. Intenta hacer pie en medio de la nada, en medio de la corriente de caos. No hay nada en lo que apoyarse, sólo el maldito clavo que a veces le coge la mano y otras arde con más fuerza que nunca, deseando que le suelte y se aleje flotando.

La confusión es todo lo que queda allí donde no hay equilibrio. El miedo, el maldito miedo. Estar en medio del caos ofrece orden, equilibrio. Intentar ponerse en pie es caer. Intentar recuperar la estabilidad que ofrece la corriente de caos mientras se aferra al clavo es peor aún. Patalea, se deja llevar, vuelve con brusquedad, gesticula obscenamente. Es ridículo, patético. Mira el clavo desesperado y desea que arda un poco menos, que le dé un respiro. No hay respiro allí donde no hay equilibrio. Sólo hay confusión y miedo.

El caos le pide que vuelva con él y quema casi tanto como el clavo. Son demasiadas llamas, pero no hay lágrimas allí donde sólo hay calor. El calor es ira. El calor es venganza. El calor es pasión. El calor es necesidad. El calor es desesperación. El calor una mirada completamente helada que mantiene bajo control el fuego dentro de un recipiente humano. Todo arde tanto como el mismo odio. Soltar el clavo es la única forma de no acabar odiándolo. Olvidar el clavo es la única forma de no volver su ira contra él. Quizás deberías odiar su incapacidad para encontrar la paz en su propio interior, pero eso es imposible. Él vive en medio del caos, en una perpetua carrera. Nunca llegará orden del caos, sólo más caos. Tiene lágrimas en los ojos, o las tendría si no hiciera tanto calor, si no estuviera tan centrado en odiarlo todo, pero es la única forma que conoce de seguir corriendo, de seguir disimulando que nada puede tocarle. Es la única forma que conoce de vivir.

Cuando suelta el clavo comienza a girar con violencia. Da tumbos de un lado a otro. Se golpea contra paredes y piedras invisibles, imaginarias. Apenas tiene tiempo de echarle una última mirada melancólica a su adorado clavo. ¿Sabrá alguna vez cuánto dolor ha sido capaz de soportar por él? ¿Cuánto se ha opuesto a sí mismo antes de que su propia naturaleza se impusiera sobre todo? La corriente gira su cuerpo tan rápido que no hay tiempo. El caos le abraza como un antiguo amante. La soledad le baja los pantalones. El odio le besa dulcemente los labios. Se deja llevar por el caos. Tarde o temprano volverá a encontrar el equilibrio dentro del caos. Hasta que eso ocurra es caos dentro del caos. Las contradicciones se regocijan en sí mismas y ya que no es capaz de derramar ningún tipo de líquido por sus ojos, se dedica a ingerirlo salvajemente. El caos ríe a su alrededor. Claro, que a lo mejor no es una risa. A lo mejor es el soplido desatado de un huracán. A lo mejor es la estridencia incontenida de una riada. Se siente en casa. Por desgracia, vuelve a estar libre y sólo, soñando con el equilibrio.

Ella quería compartir parte de una falsa libertad. La libertad nunca es real. Allí donde no hay reglas es la propia conciencia quien debe separar lo correcto de lo incorrecto. Dogmas de fe que están en permanente conflicto, luchando entre sí, buscando el lugar perfecto en el que mantener el equilibrio. Son muchos los que piensan que vivir en el caos, en ese estado de conflicto constante, implica libertad, indiferencia, capacidad para desligarse del mundo. Son muchos los que piensan que vivir libre es poder prescindir del resto del mundo.

Habrá un día en el que él consiga llorar. Será cuando comprenda y acepte que todos esos clavos a los que fue incapaz de aferrarse eran otros seres humanos sumidos en su propio caos. Lo único que le diferencia de ellos es la incapacidad que tiene para amar, para comprender, para perdonar. La corriente le da un nuevo empujan y golpea su cabeza contra una piedra imaginaria que le deja sin sentido. Sigue corriendo, flotando, pero ya no tiene conciencia de sí mismo. La oscuridad aprieta el paso y recorta la distancia que le separa de su presa.

Una respuesta to “Caos (Trilogía pirata: II de III)”

  1. ¿Moraleja?

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