Ada y Miguel contra la ardiente oscuridad (parte I de II)

Miguel caminaba por los pasillos de su casa con la sensación de que todo le quedaba grande… y tenía razón. Lo bueno de ser un niño, pensaba a menudo, es que el mundo todavía es demasiado grande. Cada paso le parecía emocionante y el mero hecho de caminar solo por la calle, con papa a un par de metros de él, semiencogido, con los brazos completamente estirados y listo para esprintar en caso de que fuera necesario hacerlo, le hacía sentir como un explorador. Le entristecía pensar que algún día el mundo se le podía quedar pequeño o, peor aún, que el mismo podía llegar a creer que sabía el lugar exacto al que conducían todos los caminos.

Aquella tarde había aprovechado un descuido paterno para salir a recorrer los gigantescos pasillos del palacio en el que vivía toda su familia, tíos, abuelos y prima incluida. Durante los últimos días había notado que las sombras se extendían cada vez más por las paredes. Era como si le estuviesen ganando una partida de damas a la luz; y quería saber dónde se estaba jugando esa partida.

Era fácil seguir el rastro de la oscuridad. Cuanto más se acercaba a la fuente, más densa se volvía, más pared acaparaba y, seamos sinceros, más miedito daba. Para colmo de males, Miguel notaba como con cada paso que daba se le metía un poco más dentro del cuerpo. Sentía como la tristeza y otras cosas malas se volvían más fuertes. Al final, antes de llegar al punto de no retorno que, imaginó, representaba una puerta cerrada al final de un largo pasillo, justo como en las películas, decidió ir a buscar refuerzos.

El regreso al salón estuvo teñido de un poquito de amargura, pero los ronquidos acompasados de mama, papa y los abuelos consiguieron tranquilizarle. Miguel diseñó mentalmente la composición de su fuerza de asalto. En primer lugar necesitaría velocidad, eso estaba claro, así que reclutó al motorista, que era una de esas figuras pequeñas, de apenas 20 centímetros, a las que se les da cuerda arrastrándolas hacia atrás. Era cierto que necesitaría espacio para retroceder antes de avanzar y de que cabía la posibilidad que no pudiese llevarles a todos, porque la moto era pequeña, pero también podía funcionar como explorador. Era un tipo duro y, si caía prisionero, seguro que sería capaz de aguantar hasta que le rescatasen.

En cuanto al músculo, lo pondría su amigo imaginario, un oso verde de dos metros al que le salían mariposas de las orejas. No era muy espabilado, todo hay que decirlo, porque lo que más le gustaba era dar vueltas al rededor de la habitación y que le rascasen detrás de las orejas, pero si se enfadaba, si es que existía la posibilidad de que llegase a enfadarse, seguro que podía hacer algo temible, como gruñir… un poquito y en voz no demasiado alta, que tampoco era cuestión de que el propio Miguel empezara a cogerle miedo.

Por último, necesitaría a alguien capaz de ver el problema desde todos los ángulos posibles y encontrar soluciones rápidas y efectivas: la prima Ada. Sin duda, la necesitaba. No sabía hablar y todavía chupaba directamente del pezón de su mama, pero tenía un vivo ingenio militar que expresaba con fluidez a través de pucheros y ruiditos tiernos y muy graciosos. Lo malo era que tampoco sabía andar, así que sería necesario construirle algún tipo de transporte.

Cuando fue a buscar a Ada, su prima estaba en la cuna, con la misma cara de sorpresa de siempre, los ojos muy abiertos y la boca en forma de “O”, aunque estaba mirando el gotelé del techo. Aquella era la última prueba que Miguel necesitaba para saber que había acertado al recurrir a ella. Hay que ser muy listo para conseguir que hasta las cosas más insignificantes de este mundo te parezcan sorprendentes. Aprovechando que tampoco estaba cerca ninguno de sus padres, Miguel le explicó detenidamente la situación a su prima y cuáles eran los planes que tenía para solucionarla. Básicamente pasaban por entrar en la habitación de la que salía la no luz y apagar la no lámpara que estaba generando tanta oscuridad. Como su prima no se puso a llorar de inmediato, si no que se quedó mirándole con cara de sorpresa y emitió un pequeño gorjeo, Miguel supuso que se estaba inscribiendo voluntariamente en el equipo antes incluso de que él se lo pidiese.

Miguel colocó una manta en el suelo y puso sobre ella a su prima que, al estar siempre tumbada, tenía el centro de gravedad muy bajo, así que era fácilmente arrastrable. Después le pidió a su amigo imaginario que le echase una mano a la hora de tirar de la manta, pero él le recordó que era incorpóreo y, por lo tanto, no podía agarrar cosas reales… La verdad es que era una excusa bastante buena para no ayudar. Pese a ello, le miró con reprobación y empezó a tirar él mismo de la manta para ir arrastrándola lentamente por el suelo. Con el primer tirón, Ada emitió una risita de placer.

Los dos niños comenzaron a avanzar lentamente por los pasillos del gigantesco edificio en dirección a las sombras. Miguel abría la expedición, con el motorista metido en una de los bolsillos de su pantalón. Con sus manos tiraba de la manta en la que llevaba a Ada. En último lugar, un oso verde de dos metros con mariposas en la orejas cerraba la marcha. Conforme iban avanzando, aumentaba la densidad de sombras que se extendían por el suelo y las paredes. Miguel apenas escuchaba ya los ronquidos de sus padres y abuelos. La oscuridad comenzaba a ser demasiado envolvente. Al final, tras girar una esquina, encaró el pasillo de seis metros que conducía directamente a la puerta tras la que se escondía el origen de la tristeza que estaba invadiendo la casa. Miguel tragó saliva antes de que, con un nuevo gorjeo, Ada le ordenase seguir adelante.

Continuará.

Una respuesta to “Ada y Miguel contra la ardiente oscuridad (parte I de II)”

  1. Dale! Estoy en ascuas!!!

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