Ada y Miguel contra la ardiente oscuridad (parte II de II)

Mientras avanzaba, Miguel no sabía dónde mirar. Allí donde se le ocurría plantar los ojos había alguna sombra esperándole, sonriendo amenazante con sus largos dientes negros. El oso verde se acercó un poco más a ellos y  rezó porque ese ruido que escuchaba no fuera el castañeo de sus dientes. Buen socio se había buscado, pero claro, qué otra cosa se podía esperar de un oso verde que se pasaba la mayor parte del tiempo dando vueltas sobre sí mismo. Ada seguía callada. Para ella todo era mucho más fácil porque sólo tenía dos opciones. O abría los ojos y miraba hacia el techo o los cerraba. Hiciese lo que hiciese, todo estaba negro. Decidió seguir mirando con cara de sorpresa las sombras que desfilaban sobre ella. Como el oso era un amigo imaginario de Miguel, no podía escuchar sus dientes. Únicamente oía el ruido que producía la manta sobre la que viajaba al arrastrarse por el suelo… Salía perdiendo con el cambio.

 

Miguel esperaba que el pomo de la puerta situada al final del pasillo fuese los largos y estrechos, no de los redondos, que eran mucho más difíciles de abrir. Además, estaba seguro de que no hacían falta muchos obstáculos más para hacerle desistir de la operación… claro, que eso también implicaría una segunda derrota, algo totalmente inaceptable para un niño que todavía no tenía dos años y contaba con una imaginación con la fuerza necesaria para plegar la realidad a su gusto. Estiró la mano despacito, aliviado al ver que el pomo era de los fáciles, con miedo de despertar a alguien si hacía mucho ruido, y abrió la puerta. Casi no tuvo que empujar para que se deslizara suavemente. Era como sí la misma oscuridad les estuviese franqueando el paso. Si antes aún podían distinguirse formas, aquí se acababa la tregua. Miguel se giró sólo para comprobar lo lejos que quedaba la escasa luz que todavía iluminaba el mundo al final del pasillo. Después miro a Ada y ella le señaló el bolsillo del pantalón. Había llegado el momento de recurrir a su socio el motorista.

 

Mientras Miguel le arrastraba por el suelo para que pudiese coger carrerilla, el motorista le fue regalando palabras de aliento. “No te preocupes”, le comentaba, “será algo rápido. Entrar y salir. Antes de que te des cuenta ya estaré de vuelta”. A Miguel le costaba creerle. Sabía por experiencia que el motorista, en eso, se parecía a muchos de los adultos que conocía. Después de coger carrerilla para intentar llegar lejos, le costaba muchísimo dar la vuelta y regresar al punto de partido. Cuando el motorista ya hubo cogido toda la fuerza posible, Miguel dudó un instante antes de abrir la mano y dejarle marchar… ¿Y si no volvía? “Venga Miguelón, dame vía libre, tengo una misión que cumplir”. Miguel abrió los dedos y le dejo marchar. “Ta huego”.

 

La moto salió disparada hacia la oscuridad de la habitación. Todavía no había recorrido un metro cuando su figura se perdió entre las sombras. Tres segundos más tardes ni siquiera se escuchaba el sonido de los engranajes de su moto. Ada y Miguel permanecieron en silencio, mirando al quicio de la puerta que, ahora sí, ninguno de los dos se atrevía a cruzar. “¿Torista?” Preguntó Miguel asustado a la nada… No hubo respuesta. “¿Torista?”, volvió a inquirir con un hilillo de voz… Nada.

 

Algo le había pasado al motorista. Miguel notó la presión del miedo en su pecho.

 

La oscuridad permanecía erguida ante él.

 

Algo había atrapado al motorista. Miguel se giró para mirar a Ada, para saber si ella también sentía algo más fuerte que el miedo en su interior.

 

Ada devolvió la mirada a Miguel y estuvo seguro de que los dos estaban en la misma onda.

 

 

Algo tenía al motorista… y eso era completamente inaceptable. Hasta el oso verde puso cara de poco amigos. Aquello había dejado de ser un juego.

 

Miguel agarró los extremos de la manta de Ada. El oso verde dio un paso adelante mientras se multiplicaba el número de mariposas que surgía de sus orejas.

 

Al entrar en la habitación, la oscuridad se abalanzó sobre Miguel. Sin embargo, pudo esquivarla con una finta de cabeza. Las sombras saltaban de la pared. Tenían la forma de manos con largos dedos y afiladas uñas. Ada era incapaz de ver un palmo más allá de su propia nariz. Miguel seguía avanzando, como iluminado por una extraña luz. El oso verde aguantó la respiración y mandó todo el aire de su cuerpo hacia la orejas. Las mariposas salían cada vez más rápido y se lanzaban contra las garras de la oscuridad.

 

¿Torista? –Preguntó Miguel.

 

Una de las garras le cogió del tobillo, haciéndole perder el equilibrio. Al caer no pudo evitar soltar los extremos de la manta. Cuando consiguió recuperar el equilibrio y girar la cabeza descubrió que un muro de color negro se interponía entre él y Ada. Era incapaz de verla. Decenas de manos oscuras empezaron a rodearle. Ya no podía ver sus propias rodillas y la oscuridad iba subiéndolo por los muslos. Si no podía ver sus piernas, tampoco podía moverlas. Las garras afiladas también se hicieron con sus brazos. Y con el pecho. La tristeza comenzó a invadirle. Todo estaba perdido.

 

O no.

 

-Lalalarííííííííííííííííííííí.

 

Un ejército de mariposas azules, rojas y amarillas comenzó a revolotear alrededor de Miguel combatiendo la oscuridad con sus propias alas de colores.

 

-Lalalarííííííííííííííííííííí

 

El oso verde no sabía rugir. Por eso empleaba sonidos ridículos como gritos de guerra. Y cuanto más los pronunciaba, más fosforescente se volvía su color verde. Miguel consiguió ponerse en pie. Tenían que encontrar a Ada.

 

Al quedarse sola en la en medio de la oscuridad Ada supo que estaba en franca inferioridad. Maldición, pensó, un par de meses más y sabría gatear con soltura, pero ahora… la huida física estaba muy complicada. Vista la situación decidió apostar por el recogimiento interior. Ada cerró fuerte los ojos e interpuso su tranquila oscuridad personal entre ella y la violenta oscuridad exterior que la rodeaba. Sentía como las garras la aferraban, como se colaban por debajo de su ropa, pero no podían pasar de ahí. Ada apretó más fuerte los ojos. Pensó en cosas luminosas, en cosas coloridas, hasta que consiguió que del negro oscuro de su propia mente brotasen todo tipo de seres imaginarios y divertidos. Antes de darse cuenta, dos pequeñas manitas volvían a aferrar los extremos de su manta. Al abrir los ojos incluso ella era capaz de ver el verde fosforescente del oso de Miguel. Entonces fue cuando encontró el arma secreta que les iba a permitir ganar aquella batalla: un interruptor de la luz. Un grito sirvió para llamar la atención de Miguel y un simple gesto fue suficiente para que supiese lo que debía hacer.

 

Click.

 

Cuando luz inundó la habitación escucharon una especie de rugido cavernario, un grito lastimoso y lastimero. Era el tío.

 

Miguel frunció el ceño un poco enfadado. Debía haberlo imaginado antes. Otra vez los malos pensamientos de su tío habían vuelto a hacer de las suyas. No era la primera vez que ocurría, pero ahora casi les había costado un disgusto.

 

– Miguelón, Ada, ¿qué hacéis aquí?- Les preguntó con la voz rota, ronca, como si se hubiese pasado toda la noche gritando.

 

Miguel negó reprobadoramente con la cabeza. También Ada parecía molesta ahora que habían desvelado el misterio.

 

– ¿Qué hora es?

 

No hubo tiempo para mucho más. Localizaron al motorista bajo la cama de su tío y se marcharon convencidos de que los únicos demonios que existen son los que habitan dentro de los seres humanos, en esos rincones oscuros en los que no hay nada más que noche. Por fortuna, allí estaban ellos para plantarles cara. “Te juro que no sé lo que me ha pasado Miguelón. Yo quería dar la vuelta, pero es que la moto no giraba”, se iba disculpando el motorista durante el camino de vuelta  al salón.

Una respuesta to “Ada y Miguel contra la ardiente oscuridad (parte II de II)”

  1. Mantenido Says:

    Ya no te salva nadie. En reyes ya sabes…

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