Sin pecado concebido

Los feligreses del padre Damián apenas podían creerlo cuando le vieron salir del confesionario hecho una mala bestia. Un hombre tan reflexivo como él… Se salía de toda lógica.

– Don José, salga ahora mismo de ahí.- Gritó completamente rojo por la ira.- Que salga le he dicho.

A don José le costaba un poco arrancarse y seguía encerrado en el pequeño confesionario, mudo.

– No me haga entrar a buscarle don José.- Amenazó el padre Damián entre dientes.- Mire que no se lo repito más.

Del cubículo brotó una tímida voz: Noooo.

– Como no salga de inmediato le excomulgo, le juro que le excomulgo.

Los feligreses no estaban muy seguros de cómo debían reaccionar ante todo aquello. La mayor parte de ellos esperaba para confesarse, pero claro, con aquel panorama… Los menos habituales comenzaron a retirarse sigilosamente. Los de toda la vida, por curiosidad más que por cualquier otra cosa, se resistían a abandonar el lugar.

– Pero padre, no se ponga así.- Pidió don José desde el interior del confesionario.

Los ojos del padre Damián se abrieron como plato.

– ¿Que no me ponga así? –Preguntó apunto de comenzar a gritar- ¿Que no me ponga así? Pero si será… – Realizó una profunda inspiración de aire que le infló el pecho hasta límites insospechados. – Vamos a ver, cuántas veces le he perdonado por llamar gorda a su mujer. ¿Cuántas?

Silencio.

– ¿Cuántas?

Más silencio.

– Muchas, han sido muchas. Y usted sigue erre que erre… Es que no se me arrepiente de corazón don José, no se me arrepiente de corazón. –Le regañaba el padre Damián indignado.

Alguien no lo pudo evitar y, ante el ridículo de la situación, soltó una pequeña risita. Fue en uno de esos momentos en los que, por algún extraño motivo, el habitual ruido de fondo que acompaña al mundo decide guardar unos segundos de silencio. La ‘risita’ resonó por todo la iglesia. El labio superior del padre Damián, su lado izquierdo concretamente, empezó a temblar visiblemente. Era como si estuviese a punto de darle un ataque. Se giró lentamente hasta encarar a todos los fieles que se mantenían firmes al pie del cañón… Bueno, quien dice fieles dice feligresas. Casi todas eran mujeres de uno 50 años y tres cuartas partes llevaban el rosario preparado para empezar a deshojar cuentas.

– ¿Nos hace gracia? – Preguntó con voz hueca, grave, a punto de estallar. – ¿Es que pensáis que sois mejores..? – Nadie se atrevió a contestar. – Claaaaro… – Más silencio culpable. Como pille a la humorista lo desmigajo, pensó doña Rosita, una beata de 100 kilos, 55 años, buen corazón y propensa a dar pescozones a su hijo de 30.- Porque no lo sois. Resulta que todos somos igual de cínicos señoras mías.- Tuvo que aflojarse el alzacuellos porque sentía que se le estaba hinchando demasiado el gaznate y le faltaba el aire.- Estamos tan acostumbrados a que nos perdonen…- Intentaba decir mientras seguía dándole tirones a la dichosa cinta blanca-… que ha dejado de preocuparnos ser unos pecadores. –Por fin consiguió soltárselo.- La madre que les parió.- Explotó en un auténtico grito de liberación.- Estoy cansado de oír siempre las mismas disculpas por los mismo errores.- Volvió a inspirar aire con todas sus fuerzas, como si quisiese robarles el aire a todas las personas que le rodeaban. Por fin pareció calmarse un poco y les miró a todos a los ojos, uno a uno.- Díganme la verdad, ¿alguna vez hacen propósito de enmienda?

Seguían allí callados, mirándole fijamente. Los segundos pasaban tranquilamente, echándose un pitillo algunos de ellos y balanceando ligeramente los pies al andar otros.

– Yo sí que me arrepiento e intento hacer propósito de mejora y enmienda padre.- Aventuró doña Encarnación. Si es que estamos abocados al cinismo desde que nos bautizan, se lamentó el padre Damián en un fugaz momento de iluminación nominal… Y no le faltaba razón, su mismo progenitor pensó en lo bien que sonaba “padre Damián” en el mismo momento de poner nombre a su vástago. Claro, que entonces no se dio cuenta de dónde la venía la inspiración: El Exorcista, la película. Menudas risas se habían corrido en el Seminario a la salud del pobre Damián.

– Sí, doña Encarnación, sí, me consta que usted hace propósito de enmienda.

El padre miró hacia la puerta de la iglesia y su mirada se atrevió a escapar del recinto, a recorrer las calles de la ciudad, a mezclarse con otros seres humanos. Se preguntó dónde estaban las buenas personas ¿En la maldad calculada de quienes dirigen el mundo? ¿En la inocente y peligrosa devoción de sus parroquianos? Dispuestos a seguirle siempre y cuando les pidiera una compasión fácil de demostrar, de tres monedas en el cestillo de la colecta. ¿O en las buenas intenciones de una legión de hippies egoístas que lavan sus conciencias luchando por conceptos etéreos e ideales inalcanzables mientras temen dar un cambio radical y real a sus vidas? Una pandilla de hedonistas con mil argumentos válidos para justificar su propio libertinaje, para vaciarse de valores complejos y apostar por la simplicidad de la belleza. Soy yo, o la espiritualidad del ser humano se va por el retrete. Bajó la mirada de la calle al suelo, de donde nunca debió levantarla. ¿Y qué hay de las personas?

– Si en el fondo la culpa es mía, que no sé quién carajo me creo que soy… – Su boca, la misma que antes temblaba de ira, ahora hizo una mueca de fastidio.- Doña Encarnación, la absuelvo de todos sus pecados por ayudarme a ver la luz, pero hágame un favor querida -le pidió mientras volvía al interior del confesionario-. ¿Le importa ir a la sacristía y traerme el vino de consagrar? 

Como doña Encarnación se quedase francamente asombrada ante la petición del pater, fue doña Rosita la que finalmente se arrancó a cumplir con su encargo, quizás porque era la única realmente consciente de lo mucho que necesitaba aquel buen hombre el trago que le iba a pegar a la botella en cuanto la tuviese en sus manos. Hay que tener coraje para soportar día tras día a un puñado de personas empeñadas en ganarse la salvación eterna con palabras en vez de actos… y encima con mentiras.

El padre Damián se acomodó en el interior del confesionario. Apenas veía la cara de don José, que no se había movido del interior durante toda la pataleta. Mientras volvía a ponerse el alzacuellos, empezó a hablarle de tú a tú.

– ¿Sabes José? Este sitio, todo este ceremonial, debería ayudarnos a ser mejores personas, no hacernos perder el tiempo. – Dos golpecitos en la puerta llamaron la atención del sacerdote, que la abrió levemente y cogió la botella que se le ofrecía sin apenas darle importancia al hecho en sí mismo.- Gracias Rosita, eres una santa. – Quitó el tapón y le pegó una trago de unos siete segundos, de esos en los que uno tiene que tragar mientras bebe para poder ir haciendo sitio al líquido.- Y tu mujer está como una puta vaca, pero claro, eso tú ya lo sabes ¿no?- Le comentó sonriendo.

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