Un vals bien vale una boda

Me daba igual ir a la boda de mi primo “El Perfecto”. He pasado toda una vida mirándole desde abajo. Los dos tenemos la misma edad y de pequeños éramos los mellizos. A nadie se le habría ocurrido llamarnos gemelos. Parecíamos nacidos de un mismo parto, pero no éramos iguales. Alto, fuerte, inteligente y con don de gentes creo que sólo le ganaba la partida en el tema de la imaginación. También aguanto mejor el alcohol que él, pero claro, es que mi primo “El Perfecto” no bebe alcohol, al menos que yo sepa. No me extrañaría que ahora, que ya se ha casado, se convierta en un experto catador de vinos.

Creí que ya me daba igual todo lo referente a su vida, hasta que le vi bailar un vals el día de su boda. No sé mucho de baile, pero me pareció que lo hacía bien. Momentos antes de empezar a dar vueltas conversaba en voz baja con su mujer, Ana. Todo el mundo les estaba mirando y ella parecía nerviosa. Tenía miedo de pisarse el vestido, creo. Él intentaba tranquilizarla. Justo antes de dar el primer paso, alargó su mano derecha y le sujetó la barbilla suavemente para besarla con dulzura. Después deslizó la mano por la espalda de ella, que se dejó caer delicadamente hacia atrás, sonriendo. Un segundo, puede que dos; una ovación, no recuerdo si mental o física; y volvió a erguir su cuerpo. Empezaron a bailar. Él lo hacía bien, tan perfecto como siempre, pero por ese mismo exceso de perfección parecía un poco antinatural. Ese es otro de sus pocos defectos. El exceso de perfección hace que uno pierda parte de su humanidad.

Recuerdo el último verano que compartimos. Yo mismo me extrañé de que todavía quisiese venir a Guadalajara a pasar unos días conmigo. De pequeños estábamos deseando que llegarán las vacaciones para vernos, al menos yo. Inventaba juegos y él los seguía. En alguna ocasión llegué a pensar que era mi imaginación la que le estaba convirtiendo en una especie de héroe de película, uno de esos que siempre intentaba hacer lo correcto. Por desgracia, al final nos hicimos mayores y tuvimos que dejar nuestros juegos a parte. Está mal visto jugar cuando uno es mayor. Supongo que por eso empecé a escribir. Por eso espero a estar solo en casa para fingir que soy un policía que va registrando las habitaciones. Y por eso me cuesta poco quedarme callado en los bares, pensando finales felices para historias tristes.

En aquel último viaje quedó patente que éramos dos polos opuestos. Yo había empezado mi camino nocturno, el de lo bares y el calimocho. Él no quería entrar en las discotecas para no dañarse los oídos. Estaba pensando hacerse piloto y no quería perder audición… la verdad, no me lo creí del todo. Un sábado que le propuse salir con mis amigos decidió quedarse en casa, con mis padres y hermanos. Fui incapaz de arrastrarle a la calle y en pleno berrinche me largue sin él. Supongo que empezaba a poner en práctica esa facilidad que tengo para ignorar a la gente que quiero, para aprender a vivir sin ella. Dos o tres días después se iba de casa sin despedirse. Ni si quiera me di cuenta de que ya se había marchado al autobús que le devolvería a Madrid.

El día de su boda realizó un discurso de agradecimiento a todas las personas que les habían acompañado a lo largo de su vida tanto a él como a Ana. Me fastidia decirlo, pero le quedó bien. Antinatural, pero bonito. Excesivamente ensayado, pero efectivo. Demasiado afectado, pero creo que hasta mi padre lloró. También se le da bien escribir. Recordó a sus amigos, a sus hermanos, a sus primos y al resto de la familia. Me noté muy alejado de él, de todos. Y no era sólo yo. También mis hermanos parecían pertenecer a otro mundo. Después de todo lo que habíamos vivido durante tantos años y simplemente el tiempo, en la mayor parte de los casos, nos había terminado separando. El tiempo, la gente que nos rodea, los mundos que habitamos y nuestra propia perfección. Quizás una noche de un lejano fin de semana y unos cuantos decibelios. O quizás la imposición de vivir, de terminar con los juegos… Quién sabe.

Le vi bailar el vals y me sentí orgulloso cuando depositó aquel beso tranquilizador en los labios de Ana. Apenas hablé con él durante la celebración. Fui casi de los primeros de abandonar la boda, pero puede imaginar cómo le decía a su esposa un “no te preocupes” justo antes de besarla. Sonreí. Sinceramente, sonreí. Mientras les veía deslizarse por la pista de baile seguí sonriendo y sentí un par de escalofríos en la espalda, en los brazos. Noté que me picaba la punta de los dedos, como cuando necesito escribir, que el corazón se me iba a una parte del pecho a la que sólo viaja cuando quiere ver la realidad con otros hijos. Noté que mi primo, “El Perfecto”, me estaba inspirado. En ese mismo instante juré que me tomaría unas cuantas copas a su salud esa noche y me alegré por mí mismo, porque todavía soy capaz de sentirme feliz por otras personas, aunque sienta que ya no tengo nada que ver con ellas, que habitamos mundos distintos, puedo alegrarme por su felicidad.

Felicidades primo. Espero que seas feliz, que todo te vaya bien, aunque la mayor parte del tiempo no me importe, espero que seas muy feliz… Creo que lo digo en serio.

3 comentarios to “Un vals bien vale una boda”

  1. Mantenido Says:

    Está claro que lo van a ser.
    Más les vale.

  2. Destino Says:

    Anda tontorrón, que en este solo tenías un comentario.

    A ver si esto lo revive y te leen las personas que… las chicas que paladean todo cuanto escribes.

    ¿Qué opináis de este?.

    ¿Hacemos que llegue a los 20 comentarios?.

  3. Destino Says:

    Joder. Este sí que ha sido bueno. Muy bueno. ¿Este es el primo Luismi que escribió con nosotros el Absolute Zero?. Madre mía, qué recuerdos. Y coma pasa el tiempo. Hoy he visto a un idiota del instituto. Estaba paseando a lado de una de las hermanas pequeñas de Ingrid. Era evidente que estaban casados y que el bebé que llevaban en el carrito era suyo.

    Es de nuestra edad. ¿Hay algo que esté haciendo mal?. Mierda, me has hecho pensar mucho en todo lo que he hecho y he dejado de hacer. Cabronem.

    Este tiene un 9,5 sobre 10. Claro que el hecho de conocer la historia y su desarrollo me hacen que me implique más en la misma.

    Quince años hace ya que nos conocemos… te cagas…

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