Siete días (domingo de amarga esperanza)

Una sombra que se cruza por la mente de la nada. Quizás un recuerdo ahogado por litros y litros de segundos o un sueño que se pierde entre los pliegues de la almohada. A veces es suficiente con intuirte, con pensar que camino hacia ti, aunque no sepa dónde me estoy dirigiendo. Las calles se convierten en un cúmulo de posibilidades, de imposibles posibilidades inciertas, de ilusas certezas en busca de sí mismas, de mí, de tu sombra perdida en la nada, de los sueños extraviados en mi almohada, de los recuerdos que lograron aprender a navegar.

La ausencia de una verdad que me sirva de guía me deja flotando en un universo de incertidubre; un universo de ojos verdes, azules, marrones; una rosaleda de labios entreabiertos; un océano de muslos sudorosos en el que las similitudes de las distancias cortas no empañan la ilusión de dar con un brillo único, con la emoción perdida de un sueño jamás recordado, con el secreto mejor guardado del fondo del mar. Con el color de tus ojos, los rasgos de tu cara, el sabor de tus labios.

Quedamos en el infinito, en ese punto indeterminado en el que la intuición se funde en un abrazo con el valor necesario para volver a llorar.

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