Reflejos (Lisboa Story IV de V)

Tenía cara de cansado, allí, plantado delante del espejo del cuarto de baño. Miraba su reflejo con detenimiento, preguntándose cómo pueden cambiar tanto las cosas en tan poquito tiempo. Lo de los ojos rojos y somnolientos no le extrañó demasiado. Eran más de las seis de la mañana. También se alegró de no poder oler su propio aliento y una sombra manchaba el mentón afeitado hacía poco más de un día. Casi sin darse cuenta, comenzó a pensar en todas las primeras veces que había vivido con ella, porque lo de aquella noche también había sido una primera vez, aunque nadie fuera a acordarse de ella en el futuro.

La primera vez que se vieron fue casi accidental… Bueno, fue trabajo. Apenas se fijó en ella… La verdad, no recordaba el momento exacto en el que se la presentaron. Tampoco la situación. Estaba casi seguro de que no le llamó especialmente la atención.

La primera vez que se vieron fuera del trabajo fue en una noche de verano. El calor tampoco apretaba demasiado. Iba con un amigo. Un saludo fugaz. El alcohol y el anhelo de poseer un cuerpo, no necesariamente el de ella, antes de que acabara el fin de semana le llevaron a ser más simpático de lo normal… Que mezquino es el deseo, le comentó a su reflejo.

Tampoco recordaba la primera vez que hablaron con fluidez. Esos momentos se habían hecho hueco en su memoria a base de risas. No se había reído tanto nunca… Mentira, hubo otra chica que… Por eso le dio miedo sentirse libre para reír, para hablar, para decir en voz alta todos los pensamientos que se le cruzaban por la cabeza, lo que ya era mucho decir. Las ideas circulaban demasiado rápido por su cerebro. No eran mejores que las del resto del mundo. Sólo eran más rápidas y, por lo tanto, algo más desquiciadas… Siempre se había sentido avergonzado de eso.

Instintivamente bajo la mirada hacia sus manos. Los dedos se restregaban unos contra otros, nerviosos. Tenían ganas de acariciar, pero sólo podía ofrecerles su propia piel. En cierta forma era como un acto de masturbación, aunque no había posibilidad alguna de alcanzar el orgasmo.

No le costó recordar la primera vez que intentó quedar con ella fuera del encorsetado ambiente laboral. Una cerveza al finalizar la jornada. Ella acepto. Él no se lo creía. Al final le pudo la cobardía y se marchó sin formalizar ni cumplir el compromiso. En aquella ocasión, al valor le faltaron el deseo y el alcohol. Quería estar con ella y ese era un sentimiento que no se sentía capaz de aceptar. Al menos no de entrada.

Su mirada no era la de una persona cansada, era la de un tipo triste. Decidió quitarse el gorro de lana que todavía llevaba puesto encima de la cabeza, pero no lo hizo.

Al final, la primera cita extra laboral llegó. Estuvo llena de deseo reprimido, al menos por su parte… Le costaba tan poco desear. También hubo conversaciones nerviosas. Fuera del trabajo no era tan fácil hablar. Quizás porque ya no lo hacían como una forma de escapar al tedio del día a día. Querían conocerse mejor. A él siempre le había dado miedo que le conocieran mejor y, por eso mismo, siempre le ponía nervioso conocer mejor a otras personas. Una cerveza, dos, puede que tres, y cada mochuelo a su olivo. Agradable. La emoción se intuía, pero estaba atada. No le gustaba llevar sus sentimientos con correa.

La primera vez que dejó de verla no le importó demasiado. Simplemente se alejaron. Cuando dos personas dejan de verse es porque ninguna tiene suficiente interés en seguir viendo a la otra. Todo aquello era inoportuno, inapropiado. Había hecho bien en protegerse. Tenía tendencia a la desconfianza. La gente no es consciente del daño que puede hacer a las personas que deciden ponerse en sus manos. Por eso prefería no dar esa responsabilidad a nadie. El problema es que a veces lo hacía sin darse cuenta, sin pretenderlo. De repente alguien externo a él se convertía en su patrón, en su razón para estar triste o feliz. Anhelaba sentir el vacío en su interior… No, eso era mentira. Mejor el dolor que la nada… Que injusto debe ser que un tipo con gorro de lana te nombre luz de su vida sin ni siquiera pedir tu opinión.

Tampoco se había quitado el abrigo. Seguía plantado de pie delante del espejo.

El primer día del reencuentro no fue nada especial. Otra vez trabajo. No había nada que perdonar porque no había existido nada más que amistad entre ellos. Las intuiciones son tan irrelevantes como los rumores, y entre ellos sólo habían existido intuiciones. Pese a todo, un estúpido nerviosismo infantil recorrió su cuerpo durante todo el día. Saber que ella estaría cerca de él a diario le permitía respirar mejor.

La historia se repitió. Hubo otros encuentros fuera del trabajo. Hubo más intuiciones brutalmente silenciadas y las correas se terminaron convirtiendo en cadenas. Hasta el primer día en el que decidieron romperlas todas. Sudor, alcohol y calor. Mucho calor. No quería recordar la primera vez que se quedó dormido abrazado a ella. A cambio, le asalto otra primera vez, aquella en la que fue consciente de que estaba en paz con el mundo. Era como si hubiese llenado el último espacio vacío. Se sentía tranquilo… No, ella le hacía sentir traquilo. Tenía la sensación de que estaba allí, junto a él, porque quería estar. Por eso mismo no tenía miedo de que se marchara… Quería que ella se sintiese igual que él.

Por fin se quitó el dichoso gorro. Sus ojos pasaron de observar su propio reflejo a estudiar con detenimiento la forma en que sus cuerpos se habían entrelazado bajo las sábanas durante aquella primera noche que no quería recordar. Los dedos se acariciaron con mayor intensidad, como si esperaran hacer saltar una chispa que prendiera fuego a su memoria.

La primera vez que ella dio un paso atrás fue como si alguien le degollara lentamente. Sus palabras le resultaron tan familiares. Otra vez la primera vez. Ya las había oído antes. Existía algo, la razón, que amordazaba, otra vez, los sentimientos. Las explicaciones estaban ahí, como las buenas intenciones. Y sin embargo él no se creía nada. Era la primera mentira, aunque todo fuese verdad. Formas de enmascarar la realidad con excusas. Palabras. Palabras. Palabras. Palabras. Todas las palabras tapando la verdad. Lo intuía. Eran rumores, sí, hipótesis, pero desde entonces no volvió a confiar en ella. Así de cabrón era. Empezó a decir adiós sin abrir la boca. Odiaba las palabras y más aún los anuncios de despedida. Desde aquel momento todo se volvió feo. Las cadenas querían regresar, pero cómo devolver un animal salvaje al cautiverio sin matarle en el intento. Para bien o para mal, él era un animal. También se avergonzaba de eso, pero gruñía, era egoista y le costaba pensar. Un animal.

Tenía demasiado calor. Se quitó el abrigo sin apartarse del espejo.

Aquella noche, en un bar, la vio de refilón. Hablaba con un chico. Sonreía, como si todo estuviese bien, en orden. Por primera vez le pareció que lo más apropiado era no hablar con ella, dejar que siguiera sonriendo. Por primera vez sintió que su presencia allí podía ser perjudicial para los dos. Y se marchó intentando no imaginar. Intentando ignorar el grito que había dado alguien dentro de su pecho. Intentando que por fin el dolor pusiera los dos pies dentro de su alma y que la verdad destrozase todas las mentiras que se había contado a sí mismo. Por desgracia, lo consiguió.

Se apoyó contra la pared del cuarto de baño y dejó que su cuerpo se deslizara lentamente por ella, hasta quedar sentado en el suelo. Todavía tenía el gorro de lana en la mano. Se lo puso, como si con ello pudiera conseguir que los pensamientos dejaran de circular por su cabeza tan rápido como siempre.

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