Goomers (Trilogía mortuoria I de III)

Las habitaciones de geriatría están en la segunda planta del Hospital. Al menos parte de ellas. Para llegar hasta allí un domingo tienes que atravesar un montón de oscuridad. La mayoría de los pasillos tienen las luces apagadas. Es un viaje tétrico, como un acto de fe. En algún momento creo haberme perdido. “Es una lástima ver cómo se apagan”. Como velas. No puede evitar decirlo. Se apagan como velas. Pasear por el área de geriatría es darse una vuelta por el miedo a la vida. Son pocas las risas que se escuchan. Casi todos los rostros están apagados. Se contrata a jovencitas o inmigrantes para que echen un ojo al abuelo o la abuela de turno. Es lo mejor. Cuidar de un mayor enfermo lleva a más de una familia al límite. Sobre todo cuando son pocos hermanos. Una señora mayor no deja de gritar. No sé lo que dice, no la entiendo. Tiene 107 años. Hay un señor junto a su cama. Primero pienso que es su marido. Me abofeteo mentalmente. Es su hijo, aunque tenga edad para ser mi abuelo. Es su hijo. La pide que se esté quieta. Grita para que ella se calle. Es su hijo y algo en la desesperación de su mirada me hace pensar que está deseando que se muera. No le puedo culpar. ¿Qué estamos haciendo con la vida? “Está un poco sorda, así que no dejaban de gritarla. Les hemos dicho que a la abuela le dolía la cabeza, que haber si podían hablar un poco más bajo y han salido a pedirle un calmante al enfermero… Creo que les ha respondido que esto es un hospital. Si hay que gritar, se grita”.

Me acuerdo de la Casa de Dios. Es un libro. Sus protagonistas son los goomers. Bueno, ellos no son los protagonistas. Los protagonistas son los médicos que no les dejan morir. Cumplen con su deber. La vida es sagrada. Los goomer son unos adorables viejitos que ya deberían haber abandonado este mundo, pero la medicina ha sabido robarle sus cuerpos a la muerte. Por desgracia no ha podido hacer lo mismo con sus almas. Esas se marcharon. Por eso los goomer se quedan en tierra de nadie. Les dan la vida a cambio de robarles todo lo demás.

Tienes que pagar un alto precio para que te dejen seguir sufriendo. Por ejemplo, tienes que someterte a una humillación progresiva de la que probablemente no serás consciente porque una de las primeras cosas que vas a perder es la cabeza. Es mejor perder la cabeza. Nadie quiere ver cómo sus hijos pasan día tras día en el hospital, vigilando, esperando. Les quitamos el amor que sus seres queridos sienten por ellos. Según se van transformando en velas apagadas, en muñecos rotos, dejan de ser humanos. Recuerdo la imagen de mi abuelo durante sus últimos días de vida. En el ataúd ya no era él, pero en la residencia tampoco. Murió una vez. En un momento indeterminado dejó de ser mi abuelo y se convirtió en otra cosa. Tiempo después, su cuerpo fue consciente del hecho y el corazón le dejó de latir. No lloré ni me sentí excesivamente triste. Años después escuché a alguien cantar la Virgen camina a Egipto, uno de sus villancicos preferidos, y me entraron ganas de llorar. Un escalofrío me recorrió la espalda. Le recordé como era. Durante un par de segundos resucitó y esperé escuchar su voz sumarse a la de quienes coreaban el estribillo. Creo que la medicina me lo había robado. Necesité años para poder volver a verlo como realmente había sido.

¿Hasta que punto es decente desear que alguien deje de sufrir? ¿Hasta que punto es moral alargar el sufrimiento de quien ya no puede disfrutar la vida, sólo padecerla y amargársela a otros? Una planta de geriatría es una ostia con la mano abierta en toda la cara del optimismo. Las fronteras son demasiado delgadas y cuesta diferenciar la gente que está allí sólo de paso de la que vive esas habitaciones de calor sofocante durante la mayor parte del año. Me aterra pensar en personas que sólo pasan de vez en cuando por sus hogares, como para recordar a todo el mundo que se siguen muriendo poco a poco.

Fuera nieva. Un manto blanco se vuelve naranja cuando todas las farolas de Guadalajara comienzan a iluminar las calles. Son demasiadas preguntas. Demasiadas emociones. No quiero que sufra nadie. No quiero sufrir. Sobre todo, no quiero que me roben a mis seres queridos. Puedo soportar la vejez, creo, pero lo que viene después, lo que hemos creado… Eso lo odio. “No te preocupes, nosotros somos la generación que bebe Coca-Cola, no creo que ninguno pasemos de los 60”. Ya, pero tampoco deseo morir joven, ni que se me vaya nadie antes de tiempo. Necesito que alguien me explique cuál es el punto exacto en el que lo mejor es dejarse llevar al otro lado.

11 comentarios to “Goomers (Trilogía mortuoria I de III)”

  1. PatriDubre Says:

    “Murió una vez. En un momento indeterminado dejó de ser mi abuelo y se convirtió en otra cosa.”

    Qué frase más representativa. Llevo un tiempo sintiendo eso mismo…supongo que siempre nos quedarán los recuerdos,no?

    Maldita nieve! Estuvimos a punto de llamar a los Geos para que nos sacasen del periódico😛 jaja

    • silvio11 Says:

      Al final voy a cambiar el nombre de este blog por el de Mientras tengamos memoria de pura obsesión que tengo con los redcuerdos y los reflejos.

      Ayer tuvo que ser un día magnífico, no te diré más que me alegro de que no me tocase currar… Me alegro mucho.

      • PatriDubre Says:

        jajaja, no , no que el titulo del blog mola…suena como a: http://www.youtube.com/watch?v=11UYdGWqfUU😛

        no sería denunciable la situación que se vive en el periódico? no creo que sea muy normal currar con abrigo… xD

      • silvio11 Says:

        Joder, te juro que era una de las canciones que tena en mente cuando le puse el nombre al blog. Otra Patri me la paso en un momento delicado y desde entonces le tengo mucho cario a la cancin. De hecho, an no he encontrado el post apropiado para ponerla, pero siempre anda por ah.

  2. Mantenido Says:

    Visto de esa manera podríamos decir que la naturaleza es sabia: los goomers no sufren porque han perdido la cabeza, y a sus familiares se les hace más llevadera la pérdida porque también es un descanso para todos. Qué feo suena, no?.
    Yo me quiero morir como la abuela de mi suegro Pepe: “mi abuela se murió porque no se dio cuenta. Con noventa y muchos, un par de días antes había dado cal a una pared de su casa. Está claro que se despistó y a esas edades…”.

    PD: Solo te ha faltado poner la música de Drácula. Aún así, me ha gustado.

    • silvio11 Says:

      Pues habría sido una buena elección. Me he tirado un rato pensando en que música ponerle, pero no me salía nada lo suficientemente oscuro. Yo creo que ha sido una de las pocas veces en las que me he puesto a escribir sin música.

  3. “¿Hasta que punto es moral alargar el sufrimiento de quien ya no puede disfrutar la vida, sólo padecerla y amargársela a otros? “No lo sé, es algo complicado. Los familiares a veces somos egoístas, no queremos afrontar la pérdida, preferímos que se encuentren con nosotros, creemos que nuestro cuidado y atención ofrece calidad de vida a nuestros enfermos. (¿podrían estar mejor?, no lo se´)
    ¿cómo afronta una madre la pérdida de su hijo al que ha estado cuidando media vida? ¿cómo lo afronta cuando su vida ha sido la plena dedicación a él? ¿quién puede decir a esa madre que su hijo sufre cuando ella se deja la piel en todo lo contrario?

    En fin…, a mi me cuesta posicionarme,

    • silvio11 Says:

      Supongo que ese es el dilema. Hay demasiadas variables. No existe un caso concreto. Tampoco se me había ocurrido mirarlo desde el punto de vista del familiar que necesita cuidar a su ser amado, al menos no al escribir este post. Creo que estaba demasiado encerrado en mi propia experiencia. De todas formas, me parece que existe un punto en el que sí nos damos cuenta de que ese enfermo ha perdido su humanidad, aunque sólo sea por razones egoistas, porque ya no le podemos seguir mirando igual. También me alegro de que te cueste posicionarte. En algunos casos es mejor estar prisionero en la zona gris, aunque sea incómodo.

  4. Destino Says:

    Absolútamente genial. Muy duro, pero increiblemente representativo de lo que se siente. Increíble.

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