Los límites de la curiosidad

– Estooooo, verás Covadonga, te llamo a ti porque preferiría no tener que llamar a la familia.

– Ya, porque además están un poco saturados. Creo que el otro día se coló un periodista en su casa.

Joder, a qué clase de gremio pertenezco.

Recuerdo la primera vez que alguien me miró mal por ser periodista. Fue un sábado por la noche y andaba yo medio borracho, aunque menos de lo habitual. Ni siquiera era aún plumilla y la sirena de un coche de policía o una ambulancia tenían la virtud de ponerme cachondo. En aquella ocasión fue la de una ambulancia la que llamó mi atención. Iba a por un marroquí que había recibido una paliza, o un mal y único golpe, en la puerta de nuestro mítico y clausurado Pi. Allí casi nunca había ‘puerta’, pero aquella lo noche lo tenía. El resultado fue un marroquí trasladado en ambulancia al hospital. Quizás arengado por el alcohol, me acerqué a preguntar al local. En vez del musculoso agresor, que lo era, me encontré con el dueño, un tipo simpático y entrañable por norma general, aunque aquella noche no era una noche normal. Le pregunté y, desconfiado, el me preguntó a su vez. “¿Eres periodista?”. “Sí”, respondí. “Vaya, pues menuda mierda de profesión”. Mi primer pensamiento fue de autoprotección. Tío, que no soy yo el que le acaba de abrir la cabeza a un borracho. También fue la primera y última vez que no corroboré con un sí rotundo tal afirmación.

El 11-M pasó por mi vida profesional con más pena que gloria, por fortuna. No me tocaba trabajar, pero algo en mi interior me llevó al periódico. Nos trajeron bocadillos a la redacción para que nos quedáramos a comer allí. A mí me sacaron de Agencias (corta y pega de teletipos) para ponerme a picar notas de prensa de Local, Provincia o lo que fuera pertinente. Los redactores de verdad andaban frenéticos de un lado para otro. Cuando el día acabó, saturado y por ironías de la vida, me refugié en el Pi para tomar una cerveza mientras intentaba, a través de los carteles que salían en televisión, enterarme de algo de lo que había pasado. Después supe que la mayor parte de mis compañeros se habían dedicado, sobre todo, a identificar muertos y recomponer historias personales. Aún hoy recuerda más de uno el viaje que tuvo que hacer a tal o cual sitio para recoger la fotografía de un fallecido. La gente no se imagina lo que supone pedirle una fotografía de su hermano, padre, tío, madre, tía, lo que sea, de una persona que acaba de morir de la forma más injusta posible. Aquel día yo bebí cerveza. Me preguntó que habría bebido y cuánto de haberme tocado hacer aquello. “Vaya, pues menuda una mierda de profesión”.

No tardaron en arder los pinares del Ducado. Por la noche me llamó un amigo preguntándome por un conocido al que estaba íntimamente ligado. Quiso la ironía, siempre tan apegada a mi vida, que aquel fin de semana yo estuviese acampado en el Alto Tajo. Vi el fuego de lejos. Llamé al periódico. Me ofrecí a hacer lo que fuera. Me dijeron que no hacía falta. El domingo volví a casa, recibí la llamada de preocupación. Le quité hierro al asunto. Al día siguiente descubrí que no tenía que haberlo hecho. Cometí el error de decir que le conocía. Me asignaron su historia. Alguien dijo aquello de “tienes que demostrar que vales para esto”. Fui estúpido. Llamé a los amigos que teníamos en común. Accedí a su círculo íntimo. Pedí un dibujo de su vida. Un dibujo que sabía que era falso. Escribí mentiras. Describí una persona que no conocía, pero que hacía bonito en la página del periódico. Lo siento tío, te he fallado. Se me ocurrió preguntar por qué hacíamos aquello si esa información no era pertinente y además era falsa. “Es lo que le interesa a la gente”. Me entraron ganas de matar a alguien, pero no sé si era a la gente o a mis jefes. Al día siguiente, o quizás un par de días después, me pidieron que acudiera al entierro. Me negué. Creo que es una de las dos o tres cosas de mi vida profesional de las que me siento orgulloso.

El tiempo da la razón a mis jefes. Las personas se convierten en iconos. Los políticos los convierten en sus proyectiles de guerra. Los familiares piden justicia. No te jode, yo pediría la cabeza del mismísimo Jesucristo si le pasase algo a alguien de los míos. Sigo preguntándome dónde están los límites de todo y no los encuentro en ninguna parte. Todavía no sé quién tiene razón. Me da envidia la gente que sabe distinguir con total claridad el bien del mal.

Pasan los años y en Piszolla (Illana) mueren cuatro o cinco personas, he olvidado la cifra exacta, en una fosa séptica. Todos eran familia. Quitando al primero, el resto perdieron la vida intentando entrar a rescatar a los demás. No hay nada más triste que una tragedia que ocurre por culpa de los sentimientos más nobles. En el lugar de los hechos nos ceñimos, la mayoría, a la información pura y dura. Las televisiones nacionales buscan carnaza. Los medios provinciales, la mayoría, lo sentimos como algo más propio. Llaman de la ETB vasca pidiendo hablar con el periodista que lleva el tema. Entro en directo en televisión por conexión telefónica intentando relatar con la mayor exactitud posible lo que creo que ha pasado. “Oye, ¿y no parece increíble que a estas alturas de la vida sigan ocurriendo cosas como ésta?”. Me quedo callado. Y qué le digo yo ahora a este gilipollas. No sé que opinar ni que tontería decir. Soy prensa escrita, para opinar necesito tiempo y un corrector ortográfico, y ni aún así garantizo resultados. La jefa de Provincia es amiga, sabe que odio personalizar estas cosas. Al tanatorio manda a otro compañero. Se lo agradezco en el alma. “Yo también lo odio, pero es lo que quiere leer la gente”. Lo que me jode es que tiene razón. Imagino al capullo de la ETB haciendo alguna reflexión profunda en su programa de televisión.

Hay más sucesos incómodos, pero los que interesan lo suficiente a la gente como para que tengamos que molestar a las familias les tocan a otros. Me voy librando. La mayor parte de mis muertos, ahogados y fallecidos en accidentes de tráfico no son producto de un hecho lo suficientemente espectacular como para que la opinión pública quiera conocer nada más que las siglas de los nombres. Sus muertes valen menos, así que supongo que sus vidas también. La opinión pública es sabia. Mejor para mí y para los que vivimos de esta mierda de profesión y estamos dispuestos a hacer cualquier cosa con tal de vender dos o tres periódicos más.

Tenemos suerte, hasta hace tres días. En Haití hay un terremoto. Mueren tres españoles. Una de ellos nació en Albalate de Zorita. Me enteró al llegar el lunes a la redacción. Al decírmelo, mis compañeras dan por sentado que me toca a mí. “Es tu pueblo”. “Ya, pero vivía en Torrejón de Ardoz, que es el Corredor del Henares, y esa en vuestra zona”. Todos nos miramos cabizbajos. Estamos incómodos y dispuestos a discutir con tal de no hacernos cargo del tema. Me cago en la puta madre de los lectores. Ellos piensan que todos nosotros somos unos hijos de puta sin escrúpulos y nuestros actos refrendan su opinión. Yo pienso que todos ellos son unos cabrones desalmados y morbosos y sus lecturas refrendan la mía. “Pero no todos somos así”. Ya, pero sí la mayoría, y los juicios fáciles van en las dos direcciones. Cuando descuelgo el teléfono y llamo a la alcaldesa de Albalate, Covadonga, me dice que me avisará si se entera de algo nuevo, que agradece que no moleste a la familia. Yo sé que ella no me llamará y supongo que ella sabe que yo llamaré a la familia. Ya ni siquiera me importa tanto como antes. Supongo que he perdido algo por el camino. Creo que al final hablo con la cuñada de la fallecida. Es muy amable. Intento serlo también, no hurgar demasiado en la herida, preguntar sólo lo imprescindible, aunque no sé de qué cojones puede servirle al vecino del quinto saber qué día llegan los cadáveres de los dos fallecidos y cuándo regresan las dos hijas que ahora son huérfanas. Me tomo un cubata. No puedo dejar de pensar cuántos me habría enchufado de haber tenido que pedirle a una de las niñas la foto de sus padres. Por fortuna, el caso no tiene mucho interés para la opinión pública. Hacía mucho tiempo que no iba por Albalate. En el Ayuntamiento ni siquiera están seguros de si van a hacerles un funeral en su memoria.

3 comentarios to “Los límites de la curiosidad”

  1. Mantenido Says:

    En fin…
    Lo cierto es que como nos paremos a pensar como somos va a ser peor.

  2. A los de arriba (ya sea en un periódico, en una asociación, en una empresa..) les importa muy poco las personas, lo importante es cumplir objetivos. Eso me quedó claro hace 4 años.

  3. Los medios de comunicación son una empresa; objetivo: ganar más dinero, producir beneficios. Para ello, todo vale, los periodistas sóis bazofia, podredumbre corruptora. Desde el cariño, como profesión apesta!!

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