MAGIA (I de III, por ahora)

Dejó que sus manos recorrieran el aire con total libertad. Sus dedos, muñecas, brazos y hombros fluían como si no hubiera ningún tipo de conexión entre ellos. Pronunció las palabras mágicas lentamente, con solemnidad y los ojos cerrados, y cuando hubo ejecutado todos los movimientos que venían estipulados en el manual de instrucciones, se detuvo. Esperó que el aire empezase a chisporrotear, como ocurría cada vez que un universo mágicamente invocado pretendía adentrarse en otro previamente establecido que, incauto, no era consciente de que sus sagradas reglas estaban a punto de ser salvajemente ultrajadas. Sin embargo, en este caso, ningún universo tuvo derecho a sentir su orgullo herido. No ocurrió nada. Transcurridos unos segundos, el mago comprobó que la electricidad estática no erizaba ninguno de sus cabellos.

Era taaaaaaaaaaaaaan complicado ejercer la magia en pleno siglo XXI.

Se giró, con cierto aire de culpabilidad en la mirada, y sus ojos imploraron perdón al aprendiz que esperaba ilusionado ver cómo se materializaba un elefante de la nada. Al comprender que habían fracasadoo en el intento, otra vez, la ilusión que torcía hacia arriba los extremos de sus labios y abría sus ojos más de lo normal, cambió. Los párpado se cerraron un poco y las cejas corrieron a refugiarse una en brazos de la otra. Los extremos de los labios fueron conscientes de la inquebrantable persistencia de la fuerza de la gravedad y se dejaron caer llamativamente. El mago, que nunca había sido un avezado lector facial, sintió cómo alguien le pateaba sin compasión los higadillos.

– Sin duda, con un falso cajón y un montón de espejos tardaríamos menos en conseguirlo. – Reconoció apesadumbrado.

El aprendiz cruzó sus brazos en un gesto que conjugaba fastidio, enfado infantil y una incuantificable cantidad de tierna decepción.

– Es que la magia se ha vuelto esquiva. Está cansada de que la engañemos constantemente con trucos de manos. Imagina que eres magia y que, cada vez que te ilusionas porque crees que alguien te va a llamar, resulta que hace trampas y te quedas otro fin de semana sin salir. Tú también serías reacio a confiar en las personas que acudieran a buscarte a casa.

Silencio. Brazos cruzados. Cejas cada vez más juntas. Labios apretados. Demasiado apretados. Tan apretados que la cara empieza a temblar. Tan apretados que aparecen rayitas en la barbilla, como cuando un niño se decepciona mucho y va a romper a….

– No, no, no, no, no, no, no, no, no – el mago salió corriendo hacia su aprendiz con los brazos estirados, levantando mucho las rodillas en cada zancada para evitar pisarse los faldones de su túnica, toda ella roja. Debido a la fuerza del impulso, se le cayó su sombrero, azul y decorada con estampados de estrellas y lunas blancas.

Quiso el azar que la madre del mago diera a luz un ratón con más velocidad en las piernas que magia en las venas, así que llegó rápidamente hasta donde se encontraba su aprendiz, que apenas había derramado un par de lágrimas antes de que él consiguiera abrazarle.

– Seguro que a la próxima nos sale bien, ya verás. Traeremos un elefante de Antares. No puede ser tan difícil. Según mi manual, en realidad, es algo bastante simple. Supongo que me pierdo en algún quiebro del codo derecho, no sé. La verdad es que nunca se me ha dado demasiado bien esto de la magia.

Secó con su manga los tres lagrimones del aprendiz, que caminaban tranquilamente por sus carrillos, como si acabasen de conquistar aquel pedazo de tierra y a todas las gentes que habitaban en él. Y estaban bastante cerca de la verdad, si no se tiene en cuenta que era carne y no tierra donde estaban y que en los mofletes de un niño no vive nadie. Si acaso, los seres que el propio niño quiera imaginarse que viven a allí. Miguel miró cansado al mago.

– Eo lefante.

– Y yo, pero está difícil.

Miguel había elaborado un concienzudo plan dentro de su mente. Primero aprendería a invocar un elefante, que era todo del mismo color, uniforme y, sobre todo, fácil de manejar. Sabía por experiencia, con los alfileres, que las cosas pequeñas eran escurridizas. Además, gracias a una tacita, comprendió que también se rompían con facilidad. Sin embargo, el coche de papa se agarraba con facilidad y no tendía a romper. Sí, costaba moverlo a empujones, pero Miguel tenía la sagrada norma de no mover a empujones nada que permaneciera pacíficamente inmóvil. Ya estaba el mundo lleno de listillos que obligaban a moverse a las cosas que preferían estarse quietas sin hacer daño a nadie. La cuestión es que, una vez hubiese conseguido invocar un elefante, se emplearía a fondo en la invocación de una mariposa para su prima Ada. Aquello sí que iba a ser complicado, tan pequeñita y frágil como sería, con todos sus colores. Se desanimó sólo de pensarlo.

El mago seguía rodeándole de forma protectora los hombros con su brazo mientras los dos salían de la terraza y volvían al cuarto de Miguel.

– Además, ten en cuenta que hoy en día se tienen tantísimas explicaciones de cómo ocurren las cosas, que el propio universo ha descubierto cosas de sí mismo que ni siquiera sabía… y que tampoco le importaban, la verdad. Pero claro, al descubrirlas, se ha vuelto más quisquilloso con esto de la magia. Si la gente no estuviera siempre persiguiendo la causa última de las cosas…

Miguel asintió con resignación. Entendía perfectamente lo que quería decir aquel ratón de metro y medio, negro y de grandes orejas

– Cuando uno no sabe que algo es imposible, simplemente lo hace. Pero claro, si llega alguien y te dice “chico, eso que intentas es imposible”. Entonces, amigo, ya puedes darte por fastidiado, porque es el propio universo quien se da cuenta de que es imposible… Tú no sabes la cantidad de gente que volaba libremente por el cielo hasta que al dichoso Newton le dio por descubrir la ley de la gravedad. Aquel día, más de uno se dio un batacazo de órdago. Pero qué se le va a hacer, es el mundo.

Hacía tiempo que Miguel había dejado de hacerle caso. Estaba pensando en sus cosas. El mago se dio cuenta de ello y decidió volver a su tamaño normal para que Miguel pudiese guardarle en su bolsillo. Ya en el silencio del salón, pensativo, se dejo caer en el sillón. Necesitaba algo más poderoso que un mago y, por desgracia, no se le ocurría nada. Para colmo de males, no podía recurrir a Ada, porque eso habría contribuido a que albergara esperanzas que corrían el riesgo de ser infundadas. Cada vez se sentía peor. Las lágrimas amenazaban con volver a campar por sus mejillas con total impunidad. Sorbió los mocos muy fuerte, para ver si su cuerpo se confundía y eran sus ojos quienes sorbían, pero no hubo error alguno.

Tuvo suerte Miguel. La solitaria lágrima que se le escapó no era como el resto. Hay lágrimas de todo tipo. Las hay buenas y malas. Las hay estúpidas e inteligentes. Incluso hay lágrimas valientes y otras que son pura cobardía. La que a él se le cayó era compasiva. Muy compasiva. Tanto, que decidió aguantar en la rechoncha mejilla de Miguel, en precario equilibrio, aguardando una oportunidad. Él, encerrado en sus pensamientos, se puso en pie y se dirigió a su habitación. La lágrima se concentró muy fuerte para meterse en la cabeza de Miguel, porque las lágrimas tienen esa capacidad. Si se esfuerzan, pueden meterse en la cabeza de las personas y hacerlas pensar en cosas concretas. Cuando hubo llegado al fondo de la mente de Miguel le hizo girar a la derecha en vez de a la izquierda al final del pasillo. Seguir caminando hasta la mesilla de su madre y abrir un pequeño cajón que Miguel sólo había visto abierto una vez. La lágrima, exhausta, abrió los ojos y respiró hondo, preparándose para la parte final de su misión.

Al abrir el cajón, todavía no tenía muy claro por qué, Miguel se encontró de cara con un extraño colgante. La cuerda, marrón y maltratada por el tiempo, sostenía la vieja y oxidada figura de un hada metálica.

La lágrima se despidió del mundo y saltó al vacío.

Miguel vio sorprendido como su lágrima flotaba por el aire, como si descendiese en paracaídas en busca de un objetivo concreto.

La pequeña lágrima impactó contra la cabeza del colgante con ternura.

El aire chisporroteo.

Un universo estaba a punto de sentirse ultrajado.

FIN DE LA PRIMERA PARTE.

Una respuesta to “MAGIA (I de III, por ahora)”

  1. Precioso, sólo imaginarme a Miguelón y Adita comunicándose en un universo paralelo e infantil, ya me enternece…

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