Tren

Casi siempre andaba con la mirada perdida en el suelo, buscando algún obstáculo insalvable que pudiera obligarle a detener su camino. Subió al tren y no miró al frente hasta que estuvo perfectamente acomodado en su sitio. Fue entonces cuando la descubrió, porque algunas cosas se descubren, como los tesoros.

La ventanilla del tren desperdigaba el frío sol de media tarde por todo el vagón. Justo después de iluminar su cara, llegaban las sombras. La rodeaban, la amenazaban, pero no se atrevían a tocarla. Aún así, tenía el ojo derecho medio cerrado, como si le molestase la luz. Cuando se echó hacia atrás para acomodarse en su sitio, las sombras se retiraron para hacerla sitio.

Buscó sus ojos en el limbo formado por la ausencia de luz y oscuridad en el que se había refugiado. Los encontró y tuvo la sensación de que le invitaban a quedarse. Su mente trató de encontrar alguna palabra que pudiera ser pertinente u oportuna. No había nada. Siguió mirándola.

Ella hizo una aspiración rápida y amago de incorporarse, como si fuera a decir algo. Le entró el pánico. Cállate, cállate, cállate, pensó con todas sus fuerzas. Ella se detuvo y volvió a recostarse en su asiento. ¿Acaso no había sido nada más que su imaginación la que había visto un intento de comunicarse en un simple gesto?

Te quiero. No sé si lo sabes o simplemente te lo imaginas. A lo mejor ni siquiera te importa. No sé cómo puedo quererte si no te conozco. Supongo que sólo te deseo.

 

Volvió a mirar sus ojos, a sentir la intensidad de su mirada.

No, te quiero. Una persona capaz de mirarme así tiene que ser la persona a la que yo quiera. Tus ojos saben algo que no me han contado todavía.

 

El tren seguía detenido en la estación, esperando el momento de la salida.

Tengo ganas de sentarme a tu lado, rodearte con el brazo y que te recuestes sobre mi pecho. Quiero que te quedes dormida mientras te acaricio el pelo.

 

Los pensamientos evolucionaban libremente.

 

Quiero que acariciarte sea algo tan natural como respirar. Ser capaz de acariciarte mientras pienso en cualquier otra cosa, como si hacerlo fuera una terapia relajante. Quiero ser capaz de adivinar el susurro de tus inspiraciones antes de que se produzcan. Quiero ser el guardián de tus sueños.

 

Fue consciente de lo estúpido que habría sonado todo aquello dicho en voz alta. Consciente de que el mundo es un lugar demasiado complejo como para que toda aquella simplicidad fuese efectiva. Incluso las probabilidades jugaban en su contra.

Desvió la mirada hacia el suelo. Hacia la calle. Hacia las nubes que volvían a tapar el sol. En breve volvería a llover. Le lanzó una última mirada desesperada y vio una mezcla de curiosidad y sorpresa en la cara de ella. Le faltaba el aire. No podía respirar. Se levanto de su sitio sin pensarlo demasiado y se dirigió a la calle, fuera del vagón, fuera de ella. Justo antes de cruzar la puerta se detuvo. Dudando, como si estuviera a punto de perder algo.

Una mano cogió la suya con delicadeza.

Ella le sonreía.

Te quiero.

 

La leve aspiración de aire infló su pecho. Se irguió antes de hablar, pero ella se le adelantó

– Ya has dicho suficiente.

Comenzó a llover.

Caminaron juntos bajo la lluvia, dejando que les calara, aunque los dos llevaban paraguas, conscientes de que cualquier gesto pragmático habría ensuciado el momento.

A veces las cosas no llegan a ocurrir jamás, simplemente porque no dejamos que ocurran. A veces la magia existe, pero nos da demasiado miedo ver cómo terminará el hechizo.

7 comentarios to “Tren”

  1. Supongo que, en muchas ocasiones, la razón no nos deja ver la magia, e incluso, ni siquiera la posibilidad de su existencia.

  2. silvio11 Says:

    La razón, el miedo, los nervios. Creo que también es una cuestión de autoestima, y de fe… Imagina que ridículo si te dejas llevar y la otra persona te manda a la mierda. Ahora que lo pienso, la mayoría de las situaciones “mágicas” que he tenido, de dejarme llevar y ser yo mismo, han tenido lugar en la barra de un bar y con otro borracho como contertulio. Supongo que a ninguno de los dos nos importaba que el otro le mandara a la mierda. ¿Nunca te has sentido incómoda sólo porque alguien hablaba contigo como si no tuviese ninguna regla social que respetar? El tema da para mucho, porque al final, lo que aquí se ha llamado “magia” no es nada más que una relación entre dos personas que simplemente ocurre, sin normas. Y eso es aplicable tanto a las relaciones de pareja como a las de amistad, creo.

  3. Totalmente de acuerdo. Nos condiciona mucho lo que puedan opinar los demás de uno mismo, o el tener que hacer lo que se supone que “toca”. Es algo difícil de cambiar (al menos en mi caso).
    El alcohol como bien dices hace que te dejes llevar, pero… no sería mucho mejor que esto ocurriese siempre que uno quisiese?, sin la necesidad de “estar colocado”.
    Supongo que nos falta un poco de espontaneidad y nos sobra timidez y cobardía.
    En fin…, que sí, que el tema da para mucho.
    Nos quedaremos con lo positivo del relato , por una vez gana esa “magia”.

  4. infinito Says:

    Nos olvidamos de que el momento más importante es el que viene rodeado de magia. Lo prolonguemos o no, la magia vivida en el instante preciso es lo que nos marca y, a veces, cambia. El final del hechizo, casi siempre, es lo de menos.

  5. silvio11 Says:

    Un secreto: la magia no está en el mundo, está dentro de nosotros. El mundo sólo facilita un contexto. No es el momento el que nos cambia con su magia, es nuestra magia la que cambia el momento e incluso el mundo. Es verdad, el final no importa, pero eso no quiere decir que todo valga. Otro día hablamos sobre los ladrones de magia. Como dice Bea, en este caso es mejor quedarnos con el final feliz.

    Gracias por dejar un comentario Infinito.

  6. Mantenido Says:

    “A veces las cosas no llegan a ocurrir jamás, simplemente porque no dejamos que ocurran”.
    Aaaaaaagggggghhh!!! Ahí me has dao…

  7. Me ha encantado.

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