Lágrimas en cuatro actos

Ilustraciones: Patricia Dubreuil.

I

María caminaba por la sección de lácteos, en la planta baja del supermercado, bajo tierra. La única luz que había era la de los fluorescentes. No eran tan mala como la de otros supermercados, pero resultaba imposible no sentirse preso de un mundo triste. Los compradores caminaban con prisas entre la leche, el queso y los yogures. Recordaba los gritos de madres que pedían a sus hijos que se estuviesen quietos, pero no risas. Entonces le vio. Marcos estaba de pies, frente a las latas de conserva, con la cabeza un poco ladeada, mirando fijamente uno de los estantes, con una cesta en la mano en la que sólo llevaba atún, pan bimbo y cervezas. Se dejó caer en el suelo y comenzó a llorar con mansedumbre. Ni siquiera habían pasado dos meses desde su ruptura. Llevaban uno sin verse. Ella había parado el coche para comprar allí de camino a casa, aún siendo consciente de que tenía alguna probabilidad de dar con él. Era como si la idea no le desagradase del todo. Pero aquello… le superaba. Retrocedió lentamente, sin hacer ruido. Se fue. Los empleados del supermercado miraban a Marcos completamente desorientados. Si por lo menos le hubiesen cogido robando, habrían sabido qué hacer.

II

Le miró. No parecía él. En realidad, ya no parecía nada. Sentía un tremendo vacío en su interior. Incapacidad para llorar. Cuanto más escuchaba los lamentos de su madre, sentada unos metros tras él, más le enfurecía no ser capaz de mostrar emoción alguna. El cristal estaba asombrosamente limpio. Era como si no estuviese allí. Al otro lado, el cuerpo sin vida de su hermano descansaba plácidamente. Se preguntó si acaso no sería humano. Su madre volvió a gritar. Parecía que alguien la estuviera sacando el corazón del pecho. María se acercó a él y le abrazó amorosamente.

III

– ¿Te gustan las aceitunas en la ensalada? – María sujetaba en la mano una lata, aún sin abrir.

Marcos estiró los segundos de duda, dejando que combatiesen las ganas de darle gusto a ella con la verdad. Esa duda le hizo ser consciente de la falta de confianza que todavía existía entre ellos.

– A mí no me gustan. Soy más de maíz, pero échalas si quieres. Con apartarlas ya está.

Durante la cena, movió la jarra de agua entre cinco y seis veces para no ver los huesos que ella iba dejando sobre la mesa. Le daban arcadas.

IV

Marcos caminaba por el supermercado. Entrar allí le hacía sentirse encerrado en el interior de un bunker. Al menos, los fluorescentes no parpadeaban. Eso sí que habría sido deprimente. Había oído que en el Día, incluso afeaban la tienda para que los compradores tuviesen la sensación de que no podía haber nada más cutre ni barato. Tenía pensado hacerse una ensalada para cenar. Cogió el atún y lo metió en la cesta. Vio las aceituna y se acordó de María. Algo dio un salto en su pecho. No conseguía sacársela de la cabeza. Se sentía sólo. Abandonado. Sin pensarlo, alargó la mano para acariciar la lata de aceitunas, como si fuera a comprarla. Antes de tener tiempo para sentirse ridículo, vio la de maíz que estaba justo al lado. Arturo, su hermano, siempre le echaba maíz a las ensaladas. Él habría sabido cómo animarle. Por su mente desfilaron una docena de anécdotas en poco menos de un segundo. Sonrió y, sin darse cuenta, ladeo un poco la cabeza para ver mejor los recuerdos. Arturo había muerto en un accidente de tráfico. La puñalada atravesó el corazón de Marcos. Sus labios se apretaron. La humedad inundó sus ojos. Olió el sudor de su hermano y le recordó en medio de la cancha de baloncesto, con la camiseta de Jordan que su madre, harta ya de lavarla una y otra vez, había hecho jirones con los que limpiar las ventanas. Echó de menos su voz y, cansado, cayó al suelo de rodillas. Un año después, por fin pudo comenzar a llorar.

No tengo miedo de afrontar el pasado, pero sí de los recuerdos que atacan a traición. Son los únicos que pueden acabar conmigo.

9 comentarios to “Lágrimas en cuatro actos”

  1. infinito Says:

    De algún modo siempre estamos atrapados en un mundo triste, el que nosotros mismos creamos. Los recuerdos son los culpables. Por mucho que me empeño en defenderlos, nunca dejan de traicionarme y dejarme triste, acuosa y hecha pedazitos de cristal que reflejan sonrisas de melancolía. Pero es que sin ellos tampoco seríamos nada.
    Y no importa el tiempo que pase.

  2. silvio11 Says:

    Teniendo en cuenta que el mismo presente, cuando sucede, ya es pasado, podríamos decir que vivir es recordar. Lo que pone triste no son los recuerdos, sino la sensación de perdida que va asociada a algunos de ellos. Recordar cosas pasadas sólo entristece si crees que hay algo en ellas que no podrás volver a tener/experimentar nunca más.

    Los recuerdos son vida, siempre. Algunos nos ponen tristes porque recordamos cosas que hemos perdido y otros nos hacen cuestionarnos nuestros propios actos (no siempre perdemos cosas, a veces las abandonamos y otras las dejamos marchar). Y todo este rollo es complementario con las aproximadamente chorrocientas mil teorías que tendrán el resto de seres humanos.

    Y nosotros no estamos atrapados en un mundo triste. Aunque estemos tristes, el mundo en el que vivimos suele ser maravilloso (al menos en Europa). Sólo hay que saber mirar aquellos lugares en los que está pasando algo bonito, o ver la belleza que se esconde en la tristeza. Todo es vida.

    Sonreir está bien, aunque sea con melancolia. De hecho, las sonrisas mas bonitas que recuerdo haber visto son, casi todas, melancólicas.

    Joder, podía haber hecho otro post con toda esta parrafada.

    Un beso Infinito.

  3. PatriDubre Says:

    los dibujos le han dado aún más personalidad al blog, no?🙂

    El mundo no es triste, los que estamos tristes lo decidimos por voluntad propia, y como forma de rebeldía contra lo que está impuesto jajaja.
    Malditos felices😛

    • silvio11 Says:

      Por lo menos, a mí me encanta cómo quedan. Ya es seguro que tienes que ponerte a hacer los de los cuentos.

      Tú lo has dicho… Que le den por culo a la felicidad. No sé a qué viene eso de decir que unos sentimientos son mejores que otros. Es que acaso no son todos sentimientos? Es que si los pinchas no sangran…..? Bueno… tú ya me entiendes.

  4. Destino Says:

    ¿Pero qué coño?

  5. No existe ni el pasado ni el futuro, sólo una sucesión superpuesta de fugaces momentos presentes que vivimos, casi sin darnos cuenta. El pasado y los recuerdos son sólo fallos del cerebro, malas jugadas de nuestra mente que asustada siempre intenta buscar una explicación mirando atrás, en la experiencia, en los recuerdos. El futuro es incierto y nuestra mente no está preparada para asumir esa inmensidad, ese desconcierto que supone el porvenir, el qué pasará…
    Delicioso el relato de verdad y los dibujos muy apropiados, enhorabuena…

    • silvio11 Says:

      Tío, eres lo más parecido que conozco a Punset. Me encanta eso de que la mente siempre intenta encontrar buscar una explicación mirando atrás. Explica múchísimas cosas.

      Y ya tengo convencida a Patricia para que me deje seguir usando sus dibujos. Creo que aportan mucho a los textos.

  6. Mantenido Says:

    Dios!!! Has matado a Lemon!!! Como se entere…. (por lo de la camiseta de Jordan. Sabes, no?).

    Enhorabuena, me gusta mucho como queda con los dibujos.

  7. A mi me pasa lo de las aceitunas y, parecerá una tontería, pero también me dan arcadas los huesos.
    Como siempre, me en canta el post, siguiendo la línea melancólica de mezclar presente y pasado con los sentimientos de la gente.
    Y los dibujos a la altura del blog. Estoy completamente de acuerdo, confieren todavía más personalidad a lo que escribes.
    Enhorabuena a ambos!

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