Finisterre

Hace viento. Llueve. Gotas pequeñitas, pero salvajes, de las que pican. Decidieron buscar el fin del mundo. Lo más parecido que encontraron fue Finisterre. El coche les llevó hasta su destino, a duras penas. Con esa mentalidad tan propia de los poetas, se quedaron en la metáfora. Nadie les dijo que en Finisterre hay algo más que un triste puerto, así que tampoco lo buscaron. La climatología les echó un cable y mandó a todo el mundo a casa. Uno, chupa de cuero, vaqueros, pelo largo recogido en una coleta y fría determinación en la mirada. Otro, gafas, pelo largo y también sucio, vaqueros, abrigo de padre y cansancio.

– No puedo creer que no tengas ningún objetivo en la vida.

– Eso que te saco de ventaja. Soy mucho más difícil de decepcionar que tú.

Buscan el punto más alejado del puerto. El mirador se asoma a un mar empecinado en golpearse contra sí mismo. Primero uno, después de hacer una profunda aspiración, se sube con energía encima del muro de piedra que hace las veces de barandilla. El viento le da un par de pequeños empujones y no puede evitar mirar con un poquito de miedo los riscos que se agolpan unos metros más abajo.

– ¿Tienes miedo de perder?

– No… eso sé hacerlo. Tengo miedo de ganar. No tendría ni puta idea de cómo tomármelo.

Mira hacia el horizonte y lanza un reto a los dioses. Desafía al destino a que intente detener su avance. Como todas las amenazas dignas de ser recordadas, el nombre de una mujer está en el epicentro del torbellino que forman sus palabras. Se recrea escuchando el ruido del mar unos segundos, sin apartar los ojos del horizonte, del lugar en el que mar y nubes se abrazan. Una sola mirada le sirve para retar a Zeus y Neptuno a la vez.

– No te creo, seguro que hay algo por lo que estás dispuesto a luchar. Todo el mundo necesita tener un sueño.

Baja del muro, orgulloso, y mira a su compañero. Hacer aquello en un día soleado habría sido mucho menos épico. El otro se sube con cansancio al muro. Abre la boca para empezar a hablar, pero una racha de viento se la llena de pelos. Los aparta con un gesto desganado de la mano. Piensa. Suspira. Piensa. Abre y cierra la boca. Vvuelve los ojos hacia su compañero. Por fin habla.

– Que le jodan a los sueños.

Cambia de posición para ajustarse a las exigencias del viento. Baja lentamente la cremallera de su pantalón con la mano derecha, disfrutando el momento. A los pocos segundos ya está miccionando sobre el mar desde unos cuatro metros de altura. Tiene los ojos cerrados. Sonríe. Tres sacudidas. Vuelta al hogar. Cierre de cremallera y regreso al suelo. Su compañero niega con la cabeza, como si no hubiese salvación posible para aquel desdichado. El Otro hace un encogimiento resignado de hombros.

– Es que soy más de delirios etílicos que de sueños. Ya sabes, negación, cerveza, mala ostia… cositas de esas.

2 comentarios to “Finisterre”

  1. Destino Says:

    Es curioso. No has comentado que cuando measte a los dioses lo hiciste con el vientro en contra. A lo que bajaste con dignidad, después de desafiar de semejante manera a los dioses. Pero también bajaste habiéndote meado, en gran medida, encima.

    Eso no consta. Y me llama la atención…

    Venga… censúrame de nuevo Bernardo Gui, Diego de Deza, Gian Pietro Caraffa…

  2. silvio11 Says:

    No, comparado con lo que has escrito en las dos ocasiones en que me he visto obligado a intervenir, esto no es nada. Además, ya sabes que no puedo negarte el pequeño placer que te procura ridiculizarme.

    cuanta más lo pienso, más convencido estoy de que el tuyo es mucho mejor final que el mío.

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