Lluvia, compañera inseparable de un largo invierno

Llueve. Como siempre. Siempre llueve. Fuera es de día. Un día nublado. Hay más luz dentro de la habitación que fuera de ella y eso le permite ver su propio reflejo en la ventana. El suyo y el de ella, aunque sabe que no está ahí.

– ¿Has venido a hacerme preguntas que no puedo responder?

Ella le observa callada. Mejor, cuando habla siempre le confunde.

– No sé por qué entré en el bar.

Ya consigue confundirlo incluso cuando está callada. Incluso cuando no está con él. Es como si fuese un caballero jedi.

– Supongo que te estaba buscando… hasta que te encontré. Entonces supe que no debí haberte buscado.

En la habitación está él solo, mirando por la ventana. En el cristal, da explicaciones de algo que no consigue entender del todo. Ella se limita a mirarle, a confundirle.

– Tuve que irme.

Tiene los ojos clavados en él. Le mira directamente, atravesando el cristal, mientras las gotas de lluvia lo recorren de arriba a bajo.

– Quería estar lejos antes de ser plenamente consciente de la necesidad que tenía de abrazarte… De besarte.

Tanta intensidad en su mirada… es como si estuviese acusándole de algún crimen. Su propio reflejo no tarda en defenderse, en negar con la cabeza, impotente.

– No me pidas eso. No me pidas que mienta. Estoy cansado de mentir.

Antes de terminar las palabras sus ojos ya se han rendido. No puede sostener la mirada con la que ella sigue clavándole en el cristal, separando alma y mente racional con un esfuerzo mínimo.

– Tú no eres la persona a la que miento. No eres la persona con la que finjo que todo va bien.

Mientras está de pie, serio, con el rostro triste, mirando el interior del cristal de la ventana, su propio reflejo se desmorona. Empieza a llorar.

– Tú eras el lugar en el que podía escapar de las mentiras. Eras el refugio de todas las apariencias. No me hagas esto. No me obligues a quemarlo todo.

Parece tan entera, tan fría. Cómo no ponerse a su altura. Cómo no ser igual de frío. Cómo no hablar de cosas triviales, educadas. Siente desesperación y, por primera vez en años, suplica. Por primera vez en años le importa algo lo suficiente como para suplicar. No son gotas de lluvia resbalando por el cristal, son lágrimas saliendo a borbotones de sus ojos.

– ¿Es que no te das cuenta de lo que me estás quitando? Te quiero, déjame seguir soñando contigo hasta que empiece a soñar con otra cosa. Prometo olvidarte, de verdad. Sólo… déjame hacerlo.

Sus ojos. Todo el rato son sus ojos. Sabe que ella no lo entiende, que nunca lo entenderá. Le da miedo que le atrapen, perderse en ellos. Sabe que algún día será incapaz de encontrar la salida. Al final, consigue que las lágrimas dejen de cortarle la respiración, un segundo de tregua.

– Cuando ya no me importes seré tan formal y educado como quieras, pero ahora que te quiero… No me pidas que mienta. El mundo ya está lleno de gente que dice mentiras.

Por fin ella baja la mirada al suelo, como dudando. Por fin, un poco de humanidad en medio de un universo repleto de buenas maneras, de educación, de distancia. El hombre que está atrapado en el cristal aprovecha para secarse las lágrimas de la cara. Un relámpago rompe el equilibrio de luces y  el encantamiento. El hombre que está inmóvil delante de la ventana, sin derramar una sola lágrima, es capaz de ver más allá de sí mismo, de contemplar la calle. Frunce el ceño antes de empezar a conversar con la tormenta que se desata en el exterior.

– ¿Sabes? Hubo un tiempo en el que necesitaba oír su voz junto a mi oído. Ni siquiera  me valía el teléfono. Ahora… mírame, tengo que inventarme su reflejo en medio de un día de tormenta porque no puedo compartir cinco minutos de amable conversación.

El estampido del trueno contesta furioso a la feroz luz del rayo. Es imposible saber cuál de los dos tiene razón. Son las doce de la mañana de un jueves. Cientos de personas caminan por la calle sin mirarse a los ojos, refugiadas bajo sus capuchas y paraguas.

El último gramo de pureza que le roben a mi amor lo perderé cuando permita que me impogan la forma en la que debo dejar de amarte. No lo haré hasta que mi corazón lo ordene. Jamás permitiré que tú, el mundo o el miedo a la debilidad toméis esa decisión por él… Ya hay demasiada gente diciendo mentiras por ahí. Demasiada gente que no recuerda lo importante que fue sentir amor alguna vez. Demasiada gente a la que no le importa. ¿Acaso me habrías querido si no fuese uno de esos que luchan cada día por volver a casa, por no perderse entre la multitud?

4 comentarios to “Lluvia, compañera inseparable de un largo invierno”

  1. infinito Says:

    Van 8, al menos. Es la lluvia de los inviernos. Prefiero los reflejos en las propias gotas de agua, en las mismas lágrimas, pero desde el otro lado. También tienen revés.

    • silvio11 Says:

      A veces tú también me dejas sin palabras.

      Me gusta cuando la gente se anima a comentar un post echando mano de poesía literaria.

  2. PatriDubre Says:

    “Algún dia llegará una lluvia que limpiará las calles de esta porquería”

    • silvio11 Says:

      A lo mejor por eso me gusta la lluvia, porque siento que hay un montón de cosas que debería arrastrar el agua.

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