El ayer de todos los ayeres: el embalse de Bolarque

¿A qué suenan los recuerdos?

Siempre emiten Bolarque en el canal Otoño. No recuerdo con claridad los árboles. Algunas cosas, de tanto verlas, se desdibujan. A veces mis hermanos están y otras no. Depende del punto del recorrido. A todo el mundo le gusta subir hasta arriba, a ver los dos lados del abismo. Mi mente prefiere pasear por el parque, escondido siempre bajo las hojas otoñales. Cada vez que empieza la visita es verano, a veces primavera, pero en ese parque siempre es otoño. Siempre es otoño. Es otoño. Otoño. Un maravilloso y amarillo otoño que no deja de repetirse a sí mismo. Huele a vetusto, a libro antiguo lleno de polvo. Polvo del bueno, del que recubre portadas de libros antiguos como si fuese una invisible capa protectora. El otoño huele a libro antiguo. Papa y mama caminan a mi lado, detrás de mí, delante de mí, juegan conmigo. Mis hermanos a veces y están y a veces no. Bolarque es una pieza de museo perdida en el tiempo. Arqueología moderna. Turbinas escondidas dentro de grandes edificios inhóspitos. Farolas de luz amarillenta, de las que consumen demasiada energía, que desafían la oscuridad cada vez que la noche nos obliga a regresar a casa. Al final del parque, justo al final, o puede que antes, a lo mejor en el medio del parque, el mundo está plasmado en el suelo. Puedes viajar a cualquier país sólo con desplazarte unos pasos. Saltas de nación en nación, de dibujo en dibujo. Me hace pensar en Momo, en como corría entre un montón de seres humanos congelados. El mundo se ha congelado.

Viajo entre punto y punto del parque a través de un túnel espacial que no me permite ver el recorrido con claridad. Es como si fuese a la velocidad de la luz y de repente pegase un frenazo al llegar a mi destino. El punto concreto. El otoño es el punto concreto. Bolarque es el país del otoño, aunque el viaje comience en verano o en primavera. Mis hermanos, que sí están, andan delante de mí, “firmes como pollas”, torcidos hacia la derecha. Mama lleva el jersey rosa que tantas veces se ha puesto para salir de excursión. Papa juega en casa, en terreno conocido. Bolarque es su secreto. Primos, tíos y amigos aparecen y desaparecen. Da pena abandonar el parque, pero hay que subir. Arriba esperan las dos caras del abismo. Me marcho sin saber muy bien si es sólo un día o todos los días.

La cuesta. La señal de prohibido. Realidad e imaginación. Recuerdos y mentiras siguen dándose la mano en el camino de ascenso. No se puede subir en coche. Hay que andar. Ya no es otoño. Hay vegetación a ambos lados de la carretera. Es verde, muy verde. ¿Primavera? ¿Verano? Quién sabe. A quién le importa. Los niños nos adelantamos corriendo, perdemos el tiempo, nos frenamos. Mis primos. El camino de ascenso son mis primos. Siempre que voy por allí estoy con ellos, jugando. Soy el malo. Soy el bueno. O, espera, estamos enfadados. No jugamos. No queríamos ir. Es cansando subir. ¿Por qué no queríamos ir? En un punto del recorrido vemos una serie de escaleras que parecen ir hasta el mismo cielo. Nunca he subido por ellas hasta el cielo. Mis hermanos sí. Miro a mi alrededor. No están. Ahora no están. Ahora no han venido. Antes, hoy, estaban. Ahora, hoy, no están.

El camino es verde, huele a verde. Me lleno los pulmones de verde. Mis primos buscan piñones. Espera. ¿Los buscan aquí o los buscan en la piscina de Albalate? Es tan difícil decirlo. Hay piñones en todas partes. Estamos llegando al final del recorrido. Mis primos desaparecen y se funden con mis amigos. Mis padres y yo caminamos solos. Mis hermanos vuelven del ahora al ayer y aparecen arriba, esperándonos. La primavera es fresca. El agua que espera arriba es inquietante. El embarcadero, siempre el embarcadero, como el otoño del parque. El embarcadero guardando un secreto. El embarcadero con una barca que espera ser arrancada en medio de un ataque de pánico. Soy pequeño, pero ya pienso en historias. La barca siempre está esperando que alguien asustado llegue hasta ella y la desate rápidamente. El miedo hace que sus manos resbalen por las cuerdas, que no acierte a deshacer los nudos. A veces lo consigue. Otras no. Alguien le dispara, le empuja, le muerde, le ataca. Cae al agua y tiene que permanecer debajo de ella, escondido, temiendo ser absorbido por el abismo.

Arriba está el punto más alto del embalse. En un lado hay una barandilla que protege a los visitantes del agua. En el otro, un muro que evita una caída de cientos de metros de altura. ¿Son cientos? Para un niño sí. Para mi sí. La barandilla es como una línea de meta. ¿Existe realmente el muro de piedra? Todo el mundo que sube hasta arriba se apoya en ella y se hace una foto, orgulloso, delante del agua, casi al nivel de la barandilla. Nadie se fotografía al otro lado, junto al abismo. La cima es piedra, es muro, es frío. Es la línea que separa la masa de agua, que amenaza con abrazarte hasta ahogar tu respiración, del conjunto vacío, de la nada en la que puedes precipitarte. Una eternidad de caída libre, sin control. Es imposible no mirar hacia abajo, no temer el vacío, la nada. Es imposible y atractivo. El agua no es tan peligrosa. El vacío invita a unirse a él. En la barandilla se suceden los rostros. Mis padres, mis hermanos, mis tíos, unos amigos. Sus caras flotan en el aire y se remplazan unas a otras. Sólo papa permanece orgulloso en medio de la amalgama, en medio de su descubrimiento, del pequeño tesoro escondido que muestra a sus seres queridos.

Todo lo que sube, baja. Escaleras empinadas. Más piedras. Más vértigo. Inmersión en el auténtico escenario de la industria olvidada. Casetas viejas, no vetustas. Aquí el paso de los años descolcha la pintura, hace crecer musgo. La naturaleza reclama su espacio. Mientras bajas es más fácil imaginar el agua cayendo desde arriba. El agua prisionera de la montaña. El agua encerrada arriba. Es como una nube de arena y piedra que espera descargar con violencia sobre nuestras cabezas. Son amigos. Ahora sólo hay amigos de mis padres y amiguitos míos. No se qué época del año es y tampoco me importa. Tengo ganas de llegar a casa. Cuando mis hermanos se quedan solos en casa siempre alquilan una película. Cuando llego, ellos no están, pero la película sí. Un día dejaron pizza. Hoy no. Hoy, que es ayer, hoy, que es tantos ayeres como ahoras es capaz de aglutinar mi mente en una sola imagen, sólo están la película y unas palomitas revenidas. Son bolsas de las de antes, de las que había cuando nadie tenía microondas. Palomitas chiclosas y Campo de Sueños, de Kevin Costner. No deja de ser paradójico. Kevin Costner luchando por traer a los muertos del pasado para que jueguen un partido de béisbol mientras yo, antes del ayer que ahora recuerdo, me despido de un parque con mágico olor otoñal y vetustos caballitos de madera.

6 comentarios to “El ayer de todos los ayeres: el embalse de Bolarque”

  1. PatriDubre Says:

    Si cuelgas el relato de ‘Raya’, quedaría inaugurada la “Semana Nostálgica” ja ja ja

    • silvio11 Says:

      Mucho se está haciendo esperar, pero es que antes tengo que colgar su primera aparición literaria. La duda que tengo es la canción. Tú me recordaste una perfecta, por cierto, pero no sé en cuál de los dos relatos poner.

      Lo acabo de decidir mientras escribía.

      Voy a sacar otro post de la nevera.

      Y no es una semana nostálgica.

  2. Infinito Says:

    Raya a punto de conocer la fama (por segunda vez).

    Desvarías mucho, es genial.

    • silvio11 Says:

      Lo más triste es que todo lo comentado en el post es cierto, por lo menos en mi memoria… y no, bien pensado, no es triste. Para nada es triste. De hecho, son recuerdos geniales. Tengo que volver a Bolarque.

  3. silvio11 Says:

    Patri, como lo sabes. Ahora tienes que recordarme una buena canción para el siguiente post.

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