Fantasma (Una noche, tres ideas: II de III)

Dos trazos, violentos, iracundos, reprimidos, en colores rojos y oscuros morados, casi negros. Una equis en medio de un lienzo, sobre una cama de cálidos y suaves colores que iban del amarillo a las tonalidades rosáceas propias de un amanecer.

El pintor bufó decepcionado. Retrocedió un poco para ver la obra en su conjunto y sintió deseos de ir a la cocina, coger un cuchillo, rasgar el lienzo y luego hacer lo mismo con sus propias venas. En vez de eso, se dejó caer sobre un sofá cercano. Tres pasos más a la izquierda estaba su cama, pero no la merecía, no después de aquello. Nadie se merecía descansar después de pervertir un lienzo en blanco tal y como él lo había hecho.

Buscó el paquete de tabaco y encontró el interruptor de la solitaria lámpara que apenas podía contener el avance de la oscuridad nocturna. Ordenó marcharse a la luz y se escondió en las sombras, avergonzado. Continuó palpando la mesa hasta que encontró los cigarrillos y un mechero.

El pitillo brillaba en la oscuridad como un minúsculo faro perdido en el mar. Lo miró y se preguntó qué le impedía plasmar la belleza de ese punto de luz anaranjada, de ese único referente nocturno, en un cuadro.

Entonces llegó el fantasma.

Se deslizó suavemente por debajo de la puerta, camuflado entre las sombras. Flotó hasta la cama y permitió que el anhelante deseo del pintor diera volumen a su cuerpo. Él sintió el familiar cosquilleo que le recorría cada vez que el fantasma acudía a visitarle. Algo se escapaba de su interior y viajaba hacia el oscuro y lascivo ser que tomaba forma sobre las sábanas de su cama.

Se levantó del sofá, respirando con tranquilidad, y estudió el proceso. Curvas. Una oscuridad de curvas bullía en la cama. Llegaron a sus oídos las risas traviesas, juguetonas, agudas e infantiles de un cuerpo que nada tenía de inmaduro.

Blanco sobre negro. Rosa sobre blanco. Revoltoso vello pelirrojo salpicando unos de los pocos rincones que las yemas de sus dedos conocían mejor que sus ojos. Y el rojo intenso de una cabellera que se volvía más oscura cuanto más se unía a la noche de la que había nacido.

Le dio una calada al cigarro y dejó que el humo se esparciera sobre el cuerpo de ella, que eligiera las laderas de su cuerpo que prefería recorrer. Cuando vio los caminos escogidos, alabó su buen gusto en silencio.

– De los dos, sólo yo soy eterna. ¿De verdad quieres perder el tiempo mirándome?

Le dio otra calada al cigarro, la última. Mientras aspiraba el sabor a nicotina permitió que sus ojos se recrearán unos minutos más con el cuerpo del fantasma, que trataran de memorizarlo, aunque sabía que era inútil. Siempre tenía matices distintos. Otro color de pelo, un nuevo lunar, la señal de otros dientes sobre la piel. Su visita era como el miedo, tenía que dejar que recorriera su alma, que se fusionara con él. Que cogiese lo que quería, si es que él podía dárselo, y tomar a cambio lo que le regalaba, que nunca era suficiente.

Dejó el cigarro sobre la mesa. Se quitó la camisa y se tumbo a su lado. Acarició la piel, tersa y suave, antes de deshacerse también de los pantalones. Después, simplemente la besó. Volvió a besarla y siguió besándola durante varias horas. Besarla era el único acto del que tenía plena conciencia. Lo que hiciera el resto de su cuerpo… A él sólo le interesaba saborear las sombras de las que había nacido y a las que regresaría su fantasma.

Minutos después, desnudo y libre de su propio ser, estudió una vez más el insulto al noble arte de la pintura que había perpetrado unas pocas horas antes. Era horrible. Tan horrible que tenía algo de hermoso. Permaneció de pies ante el lienzo, callado, hasta que ella rompió el silencio.

– ¿Por qué nunca me llamas? – Su voz se le metía en la cabeza. Sería capaz de hacer cualquier cosa que le pidiese esa voz. Sonrió sin mirarla. Ella supo que estaba sonriendo.

– Tú no te quedas y yo no te busco. Es un buen trato. – Parecía melancólico. Cogió un pincel. Eligió un color. Negro. Hizo un trazo horrible más sobre el lienzo. Cada vez era más hermoso. – Tengo que protegerme de alguna manera, aunque sea ilógica.

Tras él, Natalia se puso la ropa. Antes de marcharse pasó a su lado y le regaló un último beso en la mejilla.

– Algún día no volveré.- Le advirtió en un susurro.

– Supongo que ese día tendré que dejar de pintar. –Respondió mientras su pincel volvía a deslizarse sobre el corrupto lienzo. Más negro sobre el epicentro de su equis, de su amanecer.

El sonido de la puerta al cerrarse fue tan triste como siempre. Ya no le dolían aquellas visitas nocturnas, sólo dejaban tristeza, un estado de ánimo tan aceptable como la alegría y aún más inspirador. Deseó seguirla, recorrer con ella la noche, pero en vez de eso, continuó reinterpretando la realidad con sus pinceles. Era la única forma que conocía de seguir vivo. La única que le quedaba, al menos.

– Adiós fantasma. – Lloró a las sombras.

Siguió pintando durante toda la noche, por si ella no volvía nunca más, por si aquel horrible cuadro era último que pintaba en toda su vida.

2 comentarios to “Fantasma (Una noche, tres ideas: II de III)”

  1. silvio11 Says:

    Soy Destino (de nuevo).

    “El pitillo brillaba en la oscuridad como un minúsculo faro perdido en el mar”. Por favor, por favor, por favor… tiene que volver a ver Sakespeare in love. La parte que está tumbado en el divan al principio de la peli… me has recordado un montón a esa escena.

    Tela marinera el resto. Especialmente entre líneas. Especialmente cuando el entrelineado sale de su escondite y se pone a repartir tortazos a las líneas principales. Lo que no he terminado de entender… ¿al final te masturbaste salvajemente tu solo…?. Explico la pregunta “Siguió pintando durante toda la noche, por si ella no volvía nunca más, por si aquel horrible cuadro era último que pintaba en toda su vida”.

    Hazte un favor y di 1 de 7 (tú me entiendes). Dilo. Grítalo al cielo y que el cielo tenga que inclinarse ante ti para borrar la oscuridad y la noche de semejante forma de vida. 1 de 7. Grítalo. Házselo oir al mísmisimo Zeus. 1 de 7. Que el universo infinito tenga su fin.

  2. Infinito Says:

    A ella los mordiscos que más le duelen son los que él no le da. Volver, siempre vuelve.

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