Caminantes

Habían perdido un mucho de cuánto, un poco de dónde y un algo de qué… Era un incordio no poder ponerle nombre a las cosas. Pensó en mirar por la ventana, pero la ventana siempre estaba ahí y María siempre estaba mirando por ella, a través de ella, desde ella, a ella. Tantas formas de decirlo y todas con un sentido tan diferente. El mundo se plegaba sobre sí mismo, así que bien podía terminar mirando el interior de la habitación desde el otro lado de la ventana. Sin pensarlo mucho más, salió fuera y comenzó a caminar por la calle. Caminó un rato y fue dejando a un lado y a otro a las personas que permanecían detenidas mirando un escaparate, tomando un café en una terraza o conversando con alguien. También se cruzó con otros caminantes. Al final fue ella la que se paró. Decidió sentarse en un banco. Otros empezaron a dejarla a un lado sólo con pasar por el otro. Lógica del movimiento, pensó, si andas es normal que dejes atrás a quien está detenido. Y si permaneces quieto, es inevitable que sean otros los que te superen. Durante el tiempo que permaneció sentada, tampoco llegó a cruzarse con nadie que estuviera detenido. Claro, si no te quedas quieto junto a alguien o alguien no decide quedarse quieto junto a ti, resulta que permaneces sólo, inmóvil. Era una lata. No tenía ganas de seguir andando, pero tampoco le apetecía quedarse allí, sola. Observó que las personas andaban a distintas velocidades. Se cruzaba con gente detenida, pero era muy difícil alcanzar a otro caminante… o que la alcanzasen. Tenía que variar el ritmo, ir más rápido o más despacio. Alguien pasó corriendo junto a ella. Segundito de deseo… pero no, demasiado rápido. Seguro que llegaría pronto a su destino, o estaría mucho tiempo corriendo, o simplemente tenía más aguante y fuerza que ella. No se sentía fuerte y andaba mal de fondo físico.

Miró hacia arriba, hacia el cielo, despejado después de un intenso día de lluvia, y metió el pie en un charco profundo. Ni siquiera soltó una maldición. Ni siquiera se sintió enfadada o triste. Simplemente pensó que era algo inevitable. Mirar hacia el cielo… Aunque mires hacia el cielo, siempre debes tener un ojo puesto en el camino. Sólo puedes mirar hacia el cielo constantemente si hay alguien que mire al suelo por ti. Ahora sí, ahora se sintió triste. Con las ganas que tenía ella de mirar hacia el cielo. Sacó el pie del charco. El agua se había colado dentro de sus zapatillas. Se quedó detenida en medio de la calle y la gente por fin se dio cuenta de que estaba ahí. Tenían que esquivarla. Molestaba. Sonó su móvil. Miró el número. Estuvo tentada de no cogerlo. Era una pusilánime.

– Te has marchado. – Le dijo una voz al otro lado de la línea.

– Y no debería volver. – Contestó sin pensar.

– ¿Dónde estás?

– Consiguiendo que el mundo me vea.

– ¿Cómo estás?

– Preguntándome si tengo ganas de andar o quedarme quieta, si quiero correr o andar despacio. ¿Dónde estás tú?

– Junto a la ventana.

– Ahí solía estar yo.

– Esperaba encontrarte sentada al otro lado de la puerta.

– No, estoy cansada de quedarme al otro lado de todo.

– ¿Qué vas a hacer?

– Creo que perderme entre la multitud. Colgarme un cartelito en el que ponga exactamente qué es lo que necesito.

– ¿Qué necesitas?

– ¿Ahora…? Necesito saber qué necesito… Necesito caminar.

– ¿Vas a volver?

– Ni siquiera sé si me estoy marchando.

– Te quiero.

– ¿Qué es eso?

– ¿Qué?

– Quererme.

– Tengo ganas de abrazarte.

– Yo también tengo ganas de que me abracen.

– Ven y lo haré yo.

Levantó la mirada del charco, del suelo y miró al cielo. Sí, cuando estás quieto, también puedes mirar hacia el cielo. Al otro lado de la línea, la voz continuaba diciendo cosas. Y si estás solo, no hay nadie que te distraiga. Colgó el teléfono. Siguió mirando el cielo.

De repente, alguien chocó con ella y los dos se fueron al suelo. Otra chica, joven, rubia, descuidada, se disculpó apresuradamente.

– Lo siento, estaba pensando en mis cosas y no te he visto.

Sonrió. No le importaba en absoluto que alguien hubiese chocado con ella.

– ¿Estás bien? – Le preguntó.

Siguió sonriendo. Debía parecer un poco loca.

– ¿Te importa abrazarme?

Un momento de reflexión.

– Por ahora creo que puedo ayudarte a ponerte de pies.

– Algo es algo.

Dos caminantes acababan de encontrarse en medio de la calle. Una estaba detenido. La otra andaba mirando hacia el cielo. Volvieron a ponerse en movimiento, juntas.

Ilustración: Patricia Dubreuil

2 comentarios to “Caminantes”

  1. Destino Says:

    Joe, ¿pero es que a nadie le ha gustado este post?.

    ¿Y a nadie le ha disgustado?.

    ¿Os ha sido completamente indiferente?.

    No fu ni fa ¿eh?.

    ¿Por qué?.

    ¿Alguien podría argumentar el porqué?.

    ¿Nadie?.

    Pues no estaba tan mal.

    Es más; a mí me ha gustado.

    A fin de cuentas el mensaje que transmite es que quiere un abrazo. Ni menos, ni más. Quiere un abrazo. El resto puede llegar, o no. E incluso podría sobrar. El caso es que quiere un abrazo.

    ¿Cuantos estamos dispuéstos a dárselo?.

    A ver. Que se vean esas manos!!!!

  2. (yo había firmado pero no aparece el comentario😦 )
    ¿abrazo en plan piña? moooola!

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