A los que sueñan (En ocasiones escribo borracho, II)

Busco, entre las brumas, un pedazo de mí mismo. En el silencio. Sigo un arcoíris de emociones que me llevan del lado diáfano de la vida a otro repleto de grises. La puerta de las emociones se abre como un abanico lleno de opciones. El próximo estado emocional sólo depende del siguiente segundo. La perdida de la conciencia es una promesa abandonada en mil delirios desiertos de sueños.

Cierro los ojos.

Soy periodista. Mis dedos conocen cada una de las teclas que presionan de memoria. Invierto cinco, seis, siete horas diarias en escribir, en presionar esas teclas. Son lo más parecido que tengo a las lágrimas. Lloro a través de ellas. Son mis emociones, mis fibras nerviosas. Si yo fuese cielo, podría llover. Si fuese tierra, podría mover las placas tectónicas al ritmo de mis pulsaciones. Pero sólo puedo presionar teclas, con los ojos cerrados, sintiéndome como un pianista que toca un instrumento sin cuerdas. Intentando crear un mundo triste, hermoso y desprovisto de maldad. El mundo que habito cuando consigo evadirme de nuestra cotidiana falsedad.

Mi cuerpo se mueve. Siente la melodía de las palabras y noto que algo se me agarra a la boca del estómago pidiéndome que suba las pulsaciones. Mis manos, domesticadas, mantienen la calma. Ya están acostumbradas a tener un corazón que trabaja un par de latidos por debajo de sus deseos.

La oscuridad me sobrepasa conforme llega la tristeza. No me invade. Sólo me sobrepasa. Es como un fuerte viento que sopla a favor, haciendo que el pelo te tape la cara y que la chaqueta se te agarre a los riñones. Como una aurora boreal de eternos matices cromáticos que desprende un universo de futuros extraviados, de tristezas, de sentimientos de pérdida. Como una dulce nostalgia que te mece en sus brazos antes de llevarte a la cama.

Me arropa la seguridad de saber que ya sobrevivo en el lado oscuro. No necesito la luz. Quizás pertenezca a la cara oculta de la luna. Quizás sea ese cuarto menguante que se esconde a los ojos de quienes son normales. Quizás sea el reverso de la moneda, pero he encontrado las fuerzas necesarias para sobrevivir un día más.

¿Has experimentado alguna vez el placer que provoca cerrar los ojos y escribir compulsivamente?

Da igual, yo tampoco sé lo que se siente al cerrar los ojos y tocar un blues con la guitarra. Al cerrar los ojos y besar unos labios repletos de amor. Al cerrar los ojos y escuchar las risas de mi recién nacido. Al cerrar los ojos y dejar que un par de brazos me permitan sentirme a salvo de todo. Yo siempre tengo miedo. Yo siempre me siento solo. Y lo único que puedo hacer es cerrar los ojos y pulsar teclas.

Yo tampoco sé.

Sólo tengo los distintos matices de la tristeza soplando a mi alrededor. Los grises bucólicos de una tarde invernal que te sorprende en medio del casco antiguo de la ciudad. Los rojos de un atardecer solitario visto desde el recodo del camino que baja de Iriepal a Guadalajara, pasando por en medio de los campos de trigo. El violeta de la ropa interior de un cuerpo que está demasiado pegado al mío como para poder ser examinado. ¿Acaso es otra cosa el sexo? Cercanía, tacto, intuición. Nunca vista. Nunca seguridad.  El negro de mi alma. El azul oscuro de esas mentiras tan trabajadas que coquetean con el cian de la verdad.

La sonrisa de los que vivimos en lado oscuro de la luna, esperando el próximo golpe. ¿Acaso no somos nosotros quienes construimos los sueños? ¿Acaso no somos nosotros quienes inventamos? Sí, lo hacemos, porque somos los que necesitan la belleza para seguir respirando.

Los demás sólo la tienen. Por eso no saben distinguirla. Por eso son incapaces de saber cuándo la han perdido. Por eso se aseguran a sí mismos que está ahí, en el bolsillo derecho de su pantalón, donde siempre ha estado, junto a la seguridad y las tradiciones. Tan prisioneros del mundo como rebeldes se sienten en su triste día a día.

Nosotros construimos la belleza cuando cerramos los ojos y dejamos que nuestros dedos masturben el teclado, exciten el pincel, acaricien la arcilla e invoquen las mentiras que nos arropan cada noche, convirtiéndose en la sábana más calurosa de todas.

Soñamos la luz en la oscuridad y ella brota, entre un mar de penumbras, dispuesta a iluminar incluso a los ciegos. Dispuesta a ser belleza allí donde la mediocridad sólo ve otra noche de viernes.

Respirabas sensualidad envuelta en sonrisa de mujer. Un abrazo. Una sonrisa. Las promesas se quebraron en la inmediatez del momento. Sin más labios que unos labios empapados en carmín y olvido, aún antes de regalarme un suspiro de voluptuosidad, acaricié el atardecer otoñal que coloreaba tu pelo. El olor a fruta fresca se perdió entre las fabulaciones de un futuro inmediato aún por descubrir y caí de rodillas, rendido ante la tentación de unos brazos repletos de nada que lo regalaban todo. La vida brotaba a borbotones de tu boca. Mi corazón latía al compás de tus caderas y la luna escondida entre las nubes no se atrevía a posar la vista en nuestros cuerpos. Las caricias, que hoy ya se han perdido, eran como hormigas desfilando por mi piel, en línea recta, camino de la nada de tus brazos y del ayer que aguardaba en el mañana, embozadas en una capa de olvido.

 

El chasquido de la carne desnuda sólo era el testigo del hambre de piel de unos poros sedientos de sudor. Tu sudor. Saciados de sudor. Mi sudor. Anhelantes de gemidos. Tus gemidos. Cansado del silencio nocturno que acompaña al vacío inquietante del amor onírico. Perdido en la realidad de los puntos muertos que se ocultaban en tus rincones más prohibidos. Saciado de agua, como el caminante hambriento que aguarda paciente la muerte por inanición a orillas de un oasis, deje mi cuerpo navegar a la deriva entre tu sosegada respiración.

¿Qué somos, si no, los que vivimos en el lado oscuro de la luna? Los habitantes de un mundo que cierra los ojos y arranca la vida del sol. La memoria de la luz y la belleza. Los mentirosos que se cuentan fábulas para seguir vivos y, de paso, tratar de recordar al resto del mundo que aún respira.

¿Qué son los que viven sobre la tierra si no el hoy y el ahora de un mundo al que cada vez le cuesta más distinguir un sueño de una mentira?

Cesa la música. Me despido de mi mundo real. Abro los ojos. Vuelvo a la mentira.

10 comentarios to “A los que sueñan (En ocasiones escribo borracho, II)”

  1. laMari Says:

    O-JI-PLÁ-TI-CA.

  2. Patri Says:

    Impresionante.

  3. silvio11 Says:

    Gracias.

    A las dos.

  4. Gaudy Says:

    si es cierto que esto lo has escrito borracho deberías beber más a menudo…
    Me ha encantado.
    Un abrazo amigo

    • Eiruceiram Says:

      Espero que no sea cierto que escribes borracho. ¿Y por qué? ( no contestes, mejor).

      Tu talento es innato, y tienes una mente brillante, y no lo digo por pelotearte, ya que no eres mi jefe y no busco un ascenso…, ni que me hagas un post, jejeje. Además sigo siendo desconocida, hasta que no nos presenten en persona, seguiré siendo desconocida. Con respecto a (Marie) no esperaba menos de ti, sabia que te darías cuenta de mi seudónimo. En cuestión de opinar sobre tus post, déjame que coja confianza que luego te voy a aburrir y soy peor que Destino, demasiado incisiva diría yo. Es verdad que unos me gustan más que otros, pero lo importante es que hay variedad y calidad en todos ellos.

      PD. Estás que te sales escribiendo

      • silvio11 Says:

        Gaudy, como bien sabes, no me hace falta aumentar las dosis de alcohol. Ya podría batir algún que otro record.

        Y borracho, a las seis de la mañana, con la luz apagada y los ojos cerrados sólo de vez en cuando, jeje. Eso sí, en word, que la fiesta de palabras subrayadas en rojo era de las importantes. Lo realmente grave no fue escribirlo, fue colgarlo. Cualquiera que escriba de vez en cuando sabe que borracho se te ocurren buenas ideas, pero que la ejecución suele ser horrorosa. Por fortuna el sábado madrugué más que vosotros y me puse a corregir como un animal.

        Ya está, a la mierda el mito.

        Marie, que de lo de tu nombre no fui yo el que se dio cuenta, fue G Lazslo, otro visitante de este blog que es el pequeño buda de internet. Eso sí, te concedo el desconocimiento hasta que nos conozcamos. Y muchas gracias por los comentarios. Cuando te te vuelvas incisiva ya me pensaré si me sigues cayendo bien.

        Es broma.

        Gracias a los dos.

  5. Sólo puedo catalogar esto, Javi, como MAGISTRAL y el tempo de la música perfecto. Eres un poeta maldito, pero escribes endemoniadamente bien, creo incluso que eres un gran escritor. Dá igual que tú no te lo creas, te aseguro que lo descubrirás y ese día no está lejos. PALABRA!

    • silvio11 Says:

      Eso quiere decir que voy a ser rico y famoso o que voy a morir porque se me va a reventar el higado en un bar?

      GRacias tío. Por cierto, me he tomado la libertad de tomar prestada una canción de tu blog, la de Beethoven. Espero que no te moleste, pero es que me encanta y hoy me venía al pelo.

  6. Atenea Says:

    Vas camino de ser uno de esos escritores con talento a los que nadie hace ni puto casi y que luego, cuando mueren, se convierten en un mito. Lo que me extraña es que un tío que se sienta a tres metros de mí y que escribe de la Diputación provincial sea capaz de mutar en otro ser que escribe historias sobrecogedoras borracho y de madrugada. A mí, en las mismas circunstancias, sólo me salga un “hip, hip, quiero dormir”…

    • silvio11 Says:

      Si tuviera alguien con quien meterme en la cama seguro que no me daría por ponerme a hacer el capullo delante del ordenador a las tantas de la madrugada.

      Con vosotros tengo más que suficiente. No necesito que nadie más me haga caso… Creo que con encontrar a una sola persona a la que le hubiera interesado algo de todo esto, ya habría sido suficiente. Así que todos juntos, imagina, sois un auténtico subidón.

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