Debajo del agua

Mira sus manos, repletas de sangre. Está sentado en el suelo del salón, apoyado en la pared, con la mirada ausente. Desearía que el ruido de un televisor llenase el silencio, pero lo tiene apagado. Ya nunca ve la televisión. Se quedó en la era analógica. La sangre resbala por sus brazos, por sus muñecas, por sus dedos. Traga saliva y se entretiene mirando el hilo de sangre que conecta directamente la punta del dedo índice de su mano izquierda con el suelo. Él, sustancia material corpórea y definida, se está derramando sobre el suelo. Se derrama, formando un charco con su propia alma. Porque si es verdad que tiene alma, no puede vivir en otro lugar que no sea su sangre. La que se derrama por el suelo. La que viaja por sus brazos. La que le conecta con las baldosas, con las frías baldosas. Puede sentirlo a través de su sangre. Ella le dice que está sentado sobre un montón de hielo. Echa de menos el ruido de la televisión. Se sentiría menos solo. Sentiría que hay alguien más con él a parte del frío.

Una canción tampoco estaría mal. Una canción delicada, profunda. Una canción que fuera como una solitaria lágrima que te desciende por el rostro cuando te sientes profundamente conmovido. Sí, una canción lágrima en la que poder envolverse mientras se derrama por el suelo. Sería estupendo arroparse con ella. Que sus últimas notas coincidiesen con sus últimos momentos de conciencia. Poder escuchar dos segundos de silencio antes de perderse él mismo en la oscuridad. Que la belleza precediese a ese ruido vacío que generaría su cuerpo al resbalar lentamente por la pared, cayendo de lado sobre el charco de sí mismo que está creando con su alma.

El sol, cada vez más bajo, comienza a colarse por la ventana y le deslumbra. Las ventanas dividen su pequeño tanatorio en zonas de luz y sombra. Siente el calor de sol bañando sus piernas, su cuerpo, su cara. Sólo le falta la canción lágrima. La sangre, como si fuera más negra que la propia oscuridad, devora toda la luz que llega hasta ella. No refleja nada. El rojo intenso es sólo negro que no devuelve al mundo nada de ese sol que le da color. La perece que podría ser una bonita metáfora de algo, pero cada vez siente más pesada su propia cabeza. Y cada vez echa más de menos una canción. Una bonita canción. Una canción que le haga soltar una lágrima. Una canción que sea una lágrima. Una canción que le haga sentir importante. Si tuviera una canción, podría imaginar que su vida es una película. Si estuviera muriéndose en una película, alguien estaría mirando. A lo mejor alguien lloraba por él. Pero no es una película. Nadie mira y nadie llora. Vuelve a tragar saliva.

Casi se ha dormido cuando su móvil empieza a sonar. Primero se asusta. No se acordaba de que lo llevaba encima. Después le parece inapropiado contestar, poco elegante. Al final, se rinde a su propio miedo. No quiere estar solo mientras las luces se apagan. Descuelga y su voz suena como la de un borracho, demasiado cansada. “¿Sí?” Al sonreír gira un poco la cabeza y un rayo de sol le da de lleno en los ojos. En un gesto impulsivo cierra los párpados e intenta apartarse del sol, golpeando su nuca contra la pared. El móvil cae de sus manos, sobre el charco de sí mismo, que cada vez es más grande. Lo recoge y vuelve a ponérselo en el oído, manchando su pelo, su carne y su ropa de sangre. “¿Sigues ahí? Perdona, es que se me ha caído el móvil”. Arrastra las palabras y las sílabas. Los fonemas. Las ideas. Todo se arrastra en su voz. “Resaca…”

De repente recuerda algo. Algo importante.

“… Calla un momento… calla. ¿Recuerdas las vacaciones de Galicia?… Ya sé que no viniste, aún no te conocía, pero ¿las recuerdas? Te he hablado muchas veces de ellas… Todo era precioso y triste. Muy triste… Sí, sí, ya sé que tienes prisa y que estoy borracho, pero… sólo dame un segundo… No te preocupes por eso, ya he hablado con mi abogado. Sólo… sólo dame un segundo para que te hable de esas vacaciones… Gracias”. Traga saliva, otra vez. Le molesta la sangre que gotea del móvil. Se le mete por dentro de la camisa y corre sobre su piel. “Aquello era tan hermoso, que supongo que me ponía triste verlo solo”. De algún lugar salen las fuerzas necesaria para infundir vida a su voz, para darle pasión. “Pero cuando te conocí, mi memoria comenzó a jugarme malas pasadas. De repente creía que estaba triste porque nos habíamos peleado y decidiste no venir, o porque ya te conocía, aunque todavía no estuviésemos juntos, y deseaba que estuvieses a mi lado… Lo primero que recuerdo de esas vacaciones siempre, es que te eché de menos”. Las energías vuelven a desaparecer.

Las palabras que pronuncia la voz al otro lado del teléfono no tienen importancia. Ella nunca se imaginaría algo así. Ella no puede. Ella es demasiado normal. Es feliz. Él sólo sabe hacer infelices a las personas. Él ve el mundo de otra manera. Lo siente más. Le duele. Y eso no le hace mejor que nada ni nadie. Él desea poder olvidar cuánto le duele el mundo. Desea poder llorar. “Esto no es por ti… No, no te estaba escuchando. Lo siento”. Ese fue uno de sus problemas. No podía escucharla. La amaba, pero no podía escucharla. Siempre hablaba de cosas que flotaban por encima del agua. Vivía en un mundo en el que todo podía olvidarse. Cosas, siempre hablaba de cosas. Hasta los seres humanos eran cosas. Sobre todo los seres humanos eran cosas. Cosas de usar y tirar. Ese era el mundo en el que vivía ella. Ese era el mundo en el que vivía el mundo. Pero no era su mundo. “No es por ti…” Su corazón se desboca, la voz se encabrita. El tiempo se acaba. El tiempo se acaba y no conseguirá que ella lo comprenda. “ESCÚCHAME. ¿Sabes que estoy haciendo ahora mismo?” Una sonrisa irónica. “No, ya no estoy bebiendo. Estoy llorando… Porque necesitaba llorar”. Sus ojos permanecen completamente secos. “Estaba cansado de no poder llorar… No, ya te he dicho que no es por ti. Es… porque siempre he querido llorar, pero no puedo. Tu lo sabes, no tengo corazón, pero sí otra cosa que quiere llorar. Necesitaba hacerlo, así que me he puesto a buscar lágrimas. He mirado en todas partes… y nada. Al final he cogido un cuchillo para buscar más adentro, pero dentro tampoco hay lágrimas, sólo hay sangre, vísceras, tripas. Así que he dejado que mi cuerpo llorase por mí. Le he abierto todos los caminos que me ha pedido para poder llorar a gusto. Y ahora lloro. Por fin”. Sonríe victorioso. Su voz vuelve a apagarse. “Estoy echándolo todo fuera… No grites Silvia. Por favor, no grites. Silvia… Silvia es… Silvia”. Al otro lado de la línea sólo se escuchan un montón de gritos, de ruidos. La llamada se corta. Mantiene el móvil pegadito a su oído, esperando que regrese. Nada.

Su voz casi es un susurro. “Silvia, cántame una canción”.

Lus ojos se le cierran. Los labios esbozan una pequeña sonrisa. La mano, ya sin fuerzas, suelta el móvil y cae al suelo. Él se desliza lentamente por la pared hasta caer sobre las frías baldosas. Hasta desplomarse sobre el charco de sí mismo, de su alma. Las lágrimas siguen escapando por los más de 30 cortes que se ha hecho a lo largo de todo el cuerpo.

La única vida que se detiene es la suya. Silvia llora. A Silvia le da pena que él no fuese más fuerte. Silvia olvida. Silvia no comprende que algunas personas viven sumergidas, aunque debajo del agua no se pueda respirar… ni  derramar una sola lágrima.

Heraclit0, te he copiado la canción de  Beethoven. Seguro que sabras perdonarme. Y lo de la Niña Pastori… cojones, que me ha gustao el tema. ¿Pasa algo?

8 comentarios to “Debajo del agua”

  1. Eiruceiram Says:

    Impactante!!!! y más a estás horas de la noche, casi las 3 y media. No sé si podré conciliar el sueño.

    • silvio11 Says:

      Marie, tienes la suerte de ser una de las pocas personas que ha leido el original y el post que ha quedado después de 500.000 cambios. Creo que yo sí que he dormido. No he dejado de soñar con párrafos y frases que debían estar escritos de otra manera.

  2. Inmensamente triste, no me gusta sentir ese vacío que transmites, ni esa desesperacion, esa tristeza… Es un canto de huida, hacia atrás. Eres un cabronazo.

    • silvio11 Says:

      Pues te digo la verdad. La culpa es de Laszlo, que ayer me dio dos golpes en la mano durante el partido y me la dejó tonta. Me dio tanta bajona la posibilidad de no poder jugar contra Antero, que llegué a casa y me puse a escribir sobre el suicidio. Cómo te has quedao?

      Por fortuna hoy me duele mucho menos y creo que sí podré jugar. Así que ya estoy pensando en algo para huir hacia adelante.

      Ya estoy acostumbrado a que el mundo y mi vida sean una puta mierda, pero perderme el partido… eso sería mucha mala suerte. Joder, si pasa eso es que no hay Dios en este mundo… Aunque visto por otra parte, si no juego el domingo, puedo mamarme el sábado.

      La canción es preciosa… la de Niña Pastori, quiero decir, no la de Beethoven.😛

  3. Por cierto, a mí no me tienes que pedir permiso, seguro que Bethoven lo aprueba…😉

  4. Gaudy Says:

    bueno majos sólamente espero que nunca te rompas una rodilla,sino no se sobre que vas a escribir…
    Aparte de lo tétrico me ha gustado mucho, he de decir que llevas una racha muy buena

    • silvio11 Says:

      Romperme una pierna… eso me dejaría jodidísimo y con mucho tiempo para beber y escribir cosas aberrantes. A lo mejor incluso conseguía escribir un libro o algo así… un libro muy triste y deprimente, por otra parte.

      Gracias Gaudy.

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