Un refugio del mundo

Ada respira tranquilidad. Duerme plácidamente dentro de su carrito, con el dedo índice metido en la boca. Tiene los ojitos cerrados. La cabeza ladeada. Y su pecho se mueve muy despacio. Por fin calor. Un poco de calor. Suficiente calor. Cuando suban las temperaturas, ella ya no podrá pasear por esa acera. Pero ahora el tiempo es ideal y se rinde al sol, al calido abrazo del sol, respirando un susurro constante de sueños.

Él se despierta bañado en su propio sudor. Triste. Lo más duro, siempre es despertarse. Si uno quiere saber cómo está, sólo tiene que fijarse en la primera emoción que le asalta cada mañana, cuando tiene la guardia baja. Por lo menos no es la angustia de otros días. Busca una camiseta que ponerse. En la mesilla, junto a su cama, el hielo se ha derretido por completo en el vaso de Brugal. Anoche, cuando su compañero de piso lo dejó allí, se juró a sí mismo no bebérselo. Hoy agradece el sabor del ron aguado.

Nadie sabe qué sueña Adita. Ni siquiera Miguel lo sabe. Ningún bebe puede contar lo que sueña a alguien que sepa hablar. Es la Ley. Los adultos no pueden saber qué sueña un recién nacido porque acabaría con ellos. Por eso tienen que mantener el secreto. Ada sonríe a sus sueños. Les abraza y, sólo muy de vez en cuando, le dan miedo.

El sol pega duro en la calle y se arrepiente de haber cogido la chaqueta. Si lo hubiera pensado… probablemente se la habría pues igual. Es como una coraza más. No puede dormir a pecho descubierto, sin ni siquiera una manta, ni caminar por la calle con una simple camiseta. Se siente desprotegido. El sol recorta sombras definidas en la calle. Recortes de realidad hechos en el suelo. Fantasea con la posibilidad de que sean agujeros negros y siente la tentación de lanzarse de cabeza contra uno de ellos. En el peor de los casos se abriría la cabeza y la darían la baja.

Miguel estudia a Ada tratando de recordar los sueños que tenía él a su edad, pero… aunque hay algo, como una imagen que flota delante de sus ojos, como una sensación o una idea, no es capaz de concretarla. Y sólo ha pasado… cuánto, ¿un año y medio? En un año ha olvidado sus sueños de bebe. Le da miedo olvidar igual de rápido sus sueños de niño. Miguel se sienta en la calle, al lado del carrito de Ada.

El sol es como una fuente de energía, pero no de optimismo. Se siente capaz de seguir caminando, pero sin demasiadas esperanzas de nada. Le apetece sentarse en un escalón, un banco o un parque y mirar a su alrededor. Ver la gente pasar, abrazarse, hablar, pensar, correr. Ver la vida en pleno movimiento. Sería como ver una película a cámara lenta. Es probable que al final se le moviese una fibra en lo más profundo de sí mismo, sólo a base de mirar, de vampirizar la vida a través de otro.

Poco saben los recién nacidos sobre la vida. Para ellos, casi todo es instinto. El amor, el miedo, el hambre, todos los sentimientos son demasiado puros. Ningún adulto podría sentirlos dentro de su corazón sin volverse loco. Por eso han aprendido a relativizarlo todo y a ser prácticos. Si no fueran mezquinos, no podrían seguir respirando. Si un adulto tuviera un sueño de bebe, al despertar empezaría a llorar desconsoladamente, por miedo al desamparo presentido o por añoranza de la belleza perdida, pero no podría dejar de llorar. Lloraría hasta que su cuerpo se quedase sin lágrimas, hasta que su piel comenzase a arrugarse, deshidratada, y su mismo corazón perdiese volumen, consumido por la intensidad de las emociones.

Sentado en su banco del parque, mientras observa la vida pasar a cámara lenta, trata de recordar algo que le haga ilusión. Algo que le haga sonreír y no esbozar una mueca de fastidio, como si todo fuesen problemas. Algo que le devuelva la paz perdida. Y cae en la cuenta de que todo lo bueno que le ha ocurrido, al final resultó ser malo.

Se alegra de no tener más ilusiones que romper.

Los bebés saben muy poco sobre la vida real. Por eso los sueños no pueden hacerles daño.

Una paloma picotea pan del suelo. Considera que ya ha llegado el momento de marcharse  y volver a ser parte de esa vida que avanza a cámara lenta mientras devora segundos. Caminar a ninguna parte, porque ya no sabe de ningún lugar en el que pueda sentirse a salvo. Hace de las calles su hogar. Su eterna huída. Su forma de esquivar al resto del mundo.

El mismo Miguel añora aquellos sueños que ya casi son olvido. Recuerda pequeños fragmentos de ellos y, aunque no puede encontrar las palabras, siente destellos de vida corriéndole por las venas, naciendo de envites oníricos casi olvidados, empujándole hacia delante. Comprende que esos sueños de los que nadie sabe nada, los de los recién nacidos, son una fuente de energía para el resto de la vida.

Está cansado. Cansado y vacío. Convencido de que la edad le ha ganado la partida. Encerrado en su cárcel de rutina asfixiante. Con la mirada perdida y ganas de tomarse otra copa. Sin saber muy bien cuál será el próximo paso o si tendrá las fuerzas necesarias para darlo.

Miguel mira a su alrededor y ve un mundo de adultos repletos de certezas. Seguros de sí mismos. Conscientes de la realidad en la que viven. Capaces de hacer lo necesario para conseguir sus objetivos. Adultos a los que no les queda un solo chispazo de los sueños que tuvieron siendo niños. Adultos que triunfarán y serán admirados.

Cansado de vivir en el mundo, camina hasta que alguien le da una cerveza y le pone al lado de un carrito de bebé, con un niño de apenas dos años agarrado de la mano.

Miguel se pregunta si la vida en la que triunfan todos esos adultos es una vida que merece la pena y si la felicidad que les espera es la felicidad que a él le interesa. Miguel se pregunta si realmente la felicidad, el mundo y el triunfo son lo que los mayores dicen que son. A fin de cuentas, quién hay menos apropiado que un adulto para definir la felicidad. ¿Acaso no es mucho más feliz un niño feliz que un adulto feliz? ¿Por qué nadie le pide a ese niño feliz que defina la felicidad? Miguel sabe que existe una felicidad compartida y otra egoísta… Y prefiere dejar la respuesta en blanco cuando se pregunta cuál de las dos le será más propia a una sociedad construida por adultos prácticos, lógicos y razonables.

Miguel se agarra a su tío que, con cara de pánfilo y después de rascarse la barriga, se agacha para ponerse a su altura.

– ¿Has visto Miguelón? La prima está dormida.

Ada chupa su dedo índice. Duerme. Sonríe.

– ¿Qué estará pensando?

Miguel, en su interior, le lanza una mirada paternal. Por fuera, simplemente se acerca un poquito más a Ada. Cuando se gira para mirar a su tío, nota que hay un brillo especial en su cara. Los sueños de Ada saltan de su carrito y se mezclan con los rayos de sol que atraviesan el cuerpo de su tío, aportándole algo de vida. Miguel tiene ganas de reír.

– Mida tío, ¿haz vizto que zapaz maz chudaz tengo?

La vida sigue sin hacer daño unos minutitos más. Los suficientes para tener una idea.

– ¿Miguel, has pensado alguna vez en robar la luna para Ada?

Gracias Bea por la canción. La verdad es que venía al pelo.

12 comentarios to “Un refugio del mundo”

  1. Destino Says:

    ¿Te has parado a pensar que esstamos en la mejor etapa de la vida?. Somos jó… maduritos sexis. Tenemos salud, una casa, un tejado donde hacer fiestas, chicas guapas que te hacen caso, dinero, salud… joder, ¿como te pondrás cuando empiece el declive tronco?. La madre que te parió alma de cántaro. La próxima vez me bebo el puto cubata y así te robo el desayuno ese. Ya te vale alma de cántaro (tenemos que comprar algo con que mezclar el alcohol, por lo menos para mí). Por cierto, una pregunta, ¿Ada se chupa el índice o el pulgar?.

    Pd: Deja de buscar agujeros negros. Eh… bueno, tú ya me entiendes.

    • silvio11 Says:

      Culpa tuya por dejar el vaso.

      Venga, me dejas un copazo en la mesilla de noche y esperas que se quede ahí, solito, durante cuánto tiempo. Era de lógica que al final acabaría siendo ingerido por un tío al que le da pereza levantarse a por un baso de leche y unos cereales. Además, hablamos de alguien empeñado en aparentar que es un escritor maldito y todo eso.

      Pufff, que pereza me da empezar a irme de putas, pero todo sea por la imagen.

      • Destino Says:

        Ok, Ok, culpa mía.

        En ese caso, en cuanto llegue a casa vacío en la pila todo el alcohol que tengamos en casa ¿ok?.

        Hay veces que tienes una ostia… pero como eres más fuerte que yo, me tengo que limitar a putearte e formas ocurrentes.

        Menudo desayuno. Capullo.

  2. Destino Says:

    Pd2: Lo siento Atenea, solo tengo un instante y parecía más urgente comentar aqui. Pero tu blog mola, y cuando tenga un ratito te dedico todo el tiempo del mundo.

    Un besito (en exclusiva para Atenea ¿eh?).

    • Atenea Says:

      Te mordería un ojo, pero por Internet creo que aún no se puede. Nada, tú comenta mi blog el año que viene… si eso.😛

      • Destino Says:

        No se puede morder un ojo. Digas lo que digas. El otro día lo intentamos y quedo, científicamente demostrado, que no se puede, ni morder un ojo, ni chuparse el codo.

        Cosas de la ciencia muchacha.

      • silvio11 Says:

        Oye, hacer el favor de no tontear en mi blog.

  3. PatriDubre Says:

    pone los pelos de punta la voz de Miren…
    y con ese texto solo te mereces un insulto, asi que mejor me callo…:P

    • silvio11 Says:

      Insulta, insulta. No te cortes. Para eso estamos.

      Pues Miren cantó anoche en Guada… y yo dónde estaba, pues viendo al soplagaitas de Robin y sus hobbits del bosque.

  4. Mantenido Says:

    Lo que da de si un paseo!!. O me equivoco??

    • silvio11 Says:

      No te equivocas, no.

      Si es que tengo que pasar más tiempo con mis sobrinos.

      • Creo q sí q debes pasar más tiempo con tus sobrinos.
        Yo tb me perdí el concierto ayer, por lo visto estuvo bastante bien.

        Me ha encantado el final, porque recordé esa frase de Miguel interpretada por tí, y sobre todo porque “tus pequeños” consiguen dar un giro a tu vida.

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