Epílogo

Apenas sonríe antes de decir adiós.

Simplemente se marcha. La tristeza del momento es solemne, pero da sentido a toda la belleza que precedió a la despedida.

En el momento de su nacimiento, el beso conoce el hecho indiscutible de su propia muerte. Los labios se apresuran a saborear el instante, conscientes de que un segundo más tarde, dos, puede que tres o incluso diez, todo habrá terminado.

Las hormigas corretean por su cuerpo. La emoción. El momento presente tiene sentido porque existe otro posterior en el que sólo hay oscuridad.

Apenas sonríe antes de decir adiós, pero lo hace con dulzura, con una candidez impropia del alma que se aleja.

En el interior del bar, los cuerpos se amontonan. La iluminación parece querer reproducir las condiciones del exterior, oscura, azul, imprecisa, confusa. Los cuerpos se entremezclan, se amontonan, y ella se aleja sin apenas sonreír, con el beso palpitando en algún lugar de su corazón, extraviado en el pensamiento y, al menos en los labios de él, sediento de dos segundos más de vida.

Podría ser un buen final. Un hermoso y poético epílogo en el que, como en las mejores películas, él no puede hacer nada más que observar como ella se marcha. Su cuerpo se diluye entre el resto de cuerpos que abarrotan un bar demasiado pequeño como para perder a nadie de vista. Ella se levanta del suelo, vuela, se aleja y se pierde entre las nubes. Él la ve flotar y el oleaje del pensamiento lame la playa al mismo ritmo al que se contonean sus caderas, llevando a las palmas de sus manos el tacto de la carne.

La belleza de cada uno de sus besos se ocultaba en esa misma despedida. Por fin cobra sentido aquel miedo a perderla que le obligaba a buscar su boca una y otra vez. Recuerda la frescura que tenían los labios entonces y revive el aspecto mortuorio que presentan justo ante de decir adiós, cuando ella apenas sonreía.

La vida está dejando de latir entre ellos.

Rememora el primer encuentro, ya con fecha de caducidad impuesta, y se pregunta qué puede haber más importante que cada uno de sus besos. Trabajo, casa, amigos, familia… Cada uno de sus momentos estaba vivo, porque tenía conciencia de su propia mortalidad. Todo lo demás… Todo lo demás es eterno hasta que se termina. Todo lo demás vive hasta que se marchita. Todo lo demás, sólo deja de importar.

Cada uno de sus besos explotaron hasta arder en el propio fuego del tiempo, hasta que ya no hubo más oxígeno para alimentar las llamas.

Antes de decir adiós, apenas sonriendo, mucho antes de decir adiós, ella dijo que se marcharía. Dijo el momento exacto en que lo haría. Él, tan ilógico como siempre, sonrió, agradecido porque le dieran la oportunidad de saborear cada uno de sus besos sabiendo de antemano cuál sería realmente el último de ellos, como el suicida que escoge su último latido y decide bañarse en su luz, eternamente, justo antes de saltar al vacío.

Cuando ella ha desaparecido, se gira y pide una cerveza, sintiendo un extraño cosquilleo en los labios, en las manos, en el corazón. Soñando con otro beso suicida que le anuncie la llegada de su propia muerte. Necesitado de finales que le permitan disfrutar la vida ahora, sabiendo que el mañana sólo guarda despedidas y no planes de futuro.

9 comentarios to “Epílogo”

  1. Eiruceiram Says:

    Que triste y romantico. Me ha entrado un escalofrio por el cuerpo. Es precioso!!!.

    PD. “Primera”-mente lo he leido antes de opinar.

  2. No soy Destino Says:

    ULTI!!!

    Las hormigas corretean por su cuerpo. La emoción. El momento presente tiene sentido porque existe otro posterior en el que sólo hay oscuridad. Especialmente cuando hormigas corretean por tu cuerpo y no te las puedes quitar de encima

    Apenas sonríe antes de decir adiós, pero lo hace con dulzura, con una candidez impropia del alma que se aleja (hormigas caníbales; tela marinera…)

    En el interior del bar, los cuerpos se amontonan (putas hormigas). La iluminación parece querer reproducir las condiciones del exterior, oscura, azul, imprecisa, confusa. Los cuerpos se entremezclan, se amontonan, y ella se aleja sin apenas sonreír (la matanza que queda atrás no la hace ni puta gracia),

    Podría ser un buen final. Un hermoso y poético epílogo en el que, como en las mejores películas, él no puede hacer nada más que observar como ella se marcha (mientras pide auxilio con el hilo de voz que le queda). Su cuerpo se diluye entre el resto de cuerpos que abarrotan un bar demasiado pequeño como para perder a nadie de vista (sabe que apenas le queda un instante de vida). Ella se levanta del suelo, vuela, se aleja y se pierde entre las nubes. Él la ve flotar
    La vida está dejando de latir entre ellos.

    Rememora el primer encuentro, ya con fecha de caducidad impuesta, y se pregunta qué puede haber más importante que cada uno de sus besos. Trabajo, casa, amigos, familia… Cada uno de sus momentos estaba vivo, porque tenía conciencia de su propia mortalidad. Todo lo demás… Todo lo demás es eterno hasta que se termina. Todo lo demás vive hasta que se marchita. Todo lo demás, sólo deja de importar (cuando uno se muere porque le están devorando unas hormigas caníbales, el resto de cosas de la vida se trivializan).

    Antes de decir adiós. Necesitado de finales que le permitan disfrutar la vida ahora, sabiendo que el mañana sólo guarda despedidas y no planes de futuro. Cerró los ojos. Casi sonriendo. Lo único que importaba era un beso. Su beso. Lo recordaba con todo lujo de detalles… lo recordó, rememorándolo. Antes de cerrar los ojos por última vez…

  3. Gaudy Says:

    Ya me sabe mal que la gente sea taaaan competitiva….

    • silvio11 Says:

      Estará contento, mira la que me has liado con la tontería de poner prime. Y te digo una cosa, a Destino las chorradas éstas le duran un rato.

  4. En ocasiones soy destino Says:

    No está mal este último, pero no está entre mis favoritos…

    Pd: Este final es muy tuyo “sabiendo que el mañana sólo guarda despedidas y no planes de futuro”. Derrochando optimimo ¿eh?…

    Último. Y seguiré escribiendo hasta ser el último. Aunque para conseguirlo tenga que llegar al infinito.

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