Una carrera

Nota: el post que sigue es muy largo, algo escatológico y esencialmente aburrido, pero lo he escrito porque el blog es mio y me apetecía.  No creo que aporte nada a nadie. Lo digo, sobre todo, para que por lo menos no me digáis que no os advertí.

Calle Mayor. Hace unos minutos caía la de Dios, pero la tormenta ha ido perdiendo intensidad. Son casi las ocho y media de la tarde. Una señora que pasa por delante de la librería Cobos se queda mirando con cara de boba a un tipo que sale del portal de su casa. Él, que soy yo, lleva mallas y una camiseta técnica para correr. Ella no tiene capucha ni paraguas y anda tranquilamente por la calle, mojándose, así que tampoco es quién para andar criticando a nadie.

Mi fe en los semáforos hace que me tome el trayecto entre casa y el parque de La Concordia como un pequeño calentamiento, el momento ideal para que cualquier conocido te vea con el traje de romano y se ría un poco de ti. Por fortuna, con la lluvia, no hay mucha gente en la calle. Cuando me paro en el semáforo -70 segundos para que vuelva a ponerse en marcha según la apocalíptica cuenta atrás del muñequito rojo- me preguntó por qué me gusta salir a correr con lluvia. Una vez más estoy jodido del estómago, lo que es lo mismo que decir que tengo diarrea, así que estaba planteándome no salir… pero claro, con lluvia… La cosa cambia. Mientras espero, veo, a lo lejos, cruzando el parque, otro par de capullos corriendo bajo la lluvia. Me los imagino con la misma cara de flipado que debo tener yo y llego a la conclusión de que lo hacemos para sentirnos mayores. Hay niños que fuman para conseguirlo, adolescente que se enfrían el corazón pensando que así son más maduros y payasos que nos sentimos importantes por salir a correr con lluvia.

Lo asumo como un hecho irrefutable.

Verde.

Vuelvo a correr.

Ya sí, ahora no se para hasta que volvamos al semáforo. Son algo más de nueve kilómetros según mis estimaciones. Probablemente menos de ocho si viene algún imbécil con GPS a medirlo o si me da por comprobarlo en el Pedometer ese de los huevos. Por fortuna, me la sudan las nuevas tecnologías.

Atravieso el parque. La fuente de la Concordia vuelve a estar encendida. Echo de menos ver el agua cambiar de colores. Cuando era pequeño me fascinaba. Ahora ya no sé si encienden los focos en alguna época del año. Ya no me fijo, aunque sigo refiriéndome a ella como la Fuente de Colores. Tampoco hay nadie tomándose una cañita en la terraza. En primavera y verano me siento culpable cuando paso por aquí. Tanta gente paseando y sentada me hacen sentir como si estuviera exhibiéndome. Por fortuna, en días como éste recuerdo que el parque es mío. Ellos están tres, quizás cuatro meses al año. Yo me lo pateo los doce, haga sol, llueva o nieve.

No recuerdo exactamente en qué pienso cuando bajo por la calle de San Roque y paso por delante de La Mafia. Casi seguro que en las terrazas, en lo tranquilo que esta todo cuando se vacían. En lo mucho que me gusta la calle cuando llueve o son las once de la noche. Sin embargo, reconozco que, cuando están abarrotadas, miro de soslayo a la gente, por si hay alguien conocido. Quizás por eso aumento un pelín el ritmo. Que te vea alguien conocido corriendo te sube el ego, aunque no deja de ser una estupidez. Si supieran lo fácil que es salir a correr, no vendrían a decirte “eh tío, ayer te vi”.

El paseo de San Roque también está bastante vacío. Hay gente que se hace esta parte del recorrido por la vía rápida, subiendo directamente hacia la ermita. Yo alargo por los parques. A veces hay grupos de chavales haciendo el gañán o jodiendo farolas, con lo que a su vez me joden a mí porque no me atrevo a meterme por las zonas oscuras, no sea que me clave un cristal en el pie o me trague un surco, que no sería la primera vez.

Escucho un ruido a mi derecha y al girar la cabeza veo un árbol levantarse del suelo. No me paro. Cuando corro, casi nada me hace parar. Si paras pierdes. Sigo corriendo hacia él, sin dejar de mirar. En un segundo comprendo que el árbol no es un árbol. Es una rama. Y no se está levantando, se esta cayendo delante de mis ojos. Me siento afortunado. Es cruel, pero cierto. Allí, en medio de la lluvia, en medio del parque, soy la única persona que ha visto caer esa gigantesca rama.

No es la primera vez que me siento así. Hace un año y medio madrugué para hacer series en las pistas de la Fuente de la Niña. Acababan de abrir y llovía. Estaba solo. Esa fue la primera vez que me di cuenta de lo especial que te podía hacer sentir una tontería. Me imaginé al resto del mundo en casa, en el trabajo o la escuela, durmiendo o andando, como otros millones de personas. Yo era el único que ocupaba ese espacio en ese momento determinado. Era un poco como si me estuvieses saltando las reglas del mundo y dando un pasito fuera de la sociedad.

La rama caída me hace pensar que podría estar bien escribir un post sobre esta salida. Es una lástima que haya ocurrido al principio, porque al final habría tenido mucha gracia. Aún así, intento concentrarme en recordar lo que he venido pensando y en prestar atención a lo que pienso a partir de ese momento.

Antes de salir del Parque de San Roque, pasando junto a las pistas de pádel, me acuerdo de una que chica me gusta y está de exámenes. En realidad, el pensamiento me vale para tres chicas distintas. A ese punto he llegado. Dedico un segundo a asombrarme por la superficialidad de mis propias emociones y luego trato de enfocar mis pensamientos hacia algo más elevado.

Al entrar en el Parque de San Roque tengo que hacer un giro cerrado a la izquierda para seguir aprovechando al máximo el recorrido. El tobillo izquierdo me recuerda la mala vida que le estoy dando. La lesión ya tiene meses, pero sigue ahí, sobre todo cuando giro a la izquierda o cojo impulso con ese pie. A veces hago el giro como a saltitos, pero por norma general prefiero que me duela a sentirme estúpido. Éste parque también suele estar lleno en primavera y verano… casi siempre. Como el resto, hoy lo reconquisto.

En este punto del recorrido ya suelo tener una idea bastante aproximada de cómo va a ser el resto de la carrera. Si he empezado suave, casi siempre voy bien de respiración y puedo subir un poco más el ritmo. Si, por lo que fuera, me he puesto el cuchillo entre los dientes al salir de casa, voy jodido y sé que las voy a pasar putas. La diferencia de tiempos entre un caso y otro suele ser mínima, dos minutos, puede que tres, pero las sensaciones se llevan un mundo de diferencia. Siempre es mejor empezar tranquilo e ir subiendo, pero a veces la vida manda.

En las últimas semanas, a todo esto había que sumarle el calor, el asesino silencioso. Puede que sea porque empecé a correr en otoño, siempre con la luna de copiloto, pero el sol me molesta y me desanima. Y si encima hace calor, pues apaga y vámonos. También he tenido que hacer frente a otro hecho que habría desanimado a cualquiera, el empeoramiento de mis tiempos. Desde finales del verano pasado he ido relajando los entrenamientos, afrontando cada una de mis salidas como un momento de ocio del que disfrutar. Antes, como mínimo, iba a cinco minutos el kilómetro. Ahora voy por encima… La verdad es que tampoco me importa demasiado. Supongo que soy un poco vago.

Al llegar a las pistas de la Fuente de la Niña giro a la izquierda, hacia la piscina cubierta y la rotonda del ciclista, a ver si las putas están trabajando. No sería la primera vez que nos encontramos hechos unas sopitas, ellas y yo, aunque también es cierto que desde hace un par de meses ya no me fijo en si están, así que ni siquiera sé si siguen allí. Como voy narrándome la carrera mientras corro, ando un poco más flojo de lo normal, así que me encuentro bastante bien. Me acuerdo de un día en el que llovía más que hoy. Me cruce con un energúmeno que al pasar junto a mí me lanzó una mirada de orgullo y un hola lleno de complicidad. Está bien ese frikismo del corredor. Me prometo saludar a todos los que me cruce hoy, pero mientras pienso en eso, me distraigo y al cruzarme con el primero no me da tiempo a reaccionar. El segundo, en la rotonda del Quijote,  ni siquiera me mira, así que no tengo pie para ser un tío enrollado. Los dos siguientes, un par de metros más adelante, son un par de quinceañeros que no tienen pinta de haber corrido más de cinco minutos en toda su vida. Globeros, que diría Ballestas. La verdad es que, desde que he salido, sólo me he cruzado con globeros.

Los globeros son esa insigne estirpe de corredores que no aguanta más de un mes saliendo. Les intuyes por la indumentaria, porque siempre van más rápido de lo que deberían y se les nota, y porque desprenden olor a mentira.

Hay un tipo con el que me encuentro a menudo. Calculo que tiene unos 40 años y problemas de sobrepeso. Por su respiración y fatiga, imagino que está dejando de fumar, más que nada porque me recuerda a mí. Se mueve como un elefante, bamboleándose de lado a lado. En invierno llevaba un gorro de lana en la cabeza. En verano ha apostado por una camisetilla y afeitarse. Lleva pantalones cortos siempre. La primera vez que le vi supe que no era un globero por su cara de sufrimiento. Estaba jodidísimo, pero no paraba. Casi iba andando, pero el movimiento de sus piernas… ellas estaban seguras de seguir corriendo y, mientras un corredor crea que está corriendo, todavía no anda. Está en la cabeza. Todos hemos pasado por esa etapa en la que tienes que decidir si andas o sigues corriendo, aunque la diferencia sólo esté en tu cabeza. Y aquel tipo corría. No hay nada que inspire más respeto que ese nivel de cansancio. Por eso admiro a todo el mundo que está empezando a correr. Lo pasan como el culo, pero no se rinden.

Un globero no se arrastraría así. Un globero esprintaría durante tres o cuatro kilómetros y luego empezaría a andar, incluso empezaría a estirar, como si el cansancio fuese quien realmente manda.

A mitad del Paseo del Colesterol veo una mancha naranja un poco más adelante. Es otro corredor que avanza en mi misma dirección. Calibro su velocidad y, como soy un sucio picado de mierda además de un amargao, decido tirarme a por él. Me marco una meta mental, cogerle antes de que terminemos el paseo. Acelero. Él ya esta bajando el tercer tramo y yo todavía voy subiendo por el segundo, pero le gano terreno. Ponerte en modo persecución tiene un punto de emoción, pero también exige ser coherente. Si pasas a alguien, le pasas como Dios manda. No vale eso de adelantarle y bajar el ritmo. Eso es una chulería y, desde mi punto de vista, una falta de respeto. Cuando vas a por alguien te estás poniendo una motivación externa para conseguir un objetivo propio que, en este caso, es elevar el ritmo. Si le pasas, tienes que dejarle atrás y no dejar la sensación de que sólo adelantas para sentirte mejor a costa de ganar una carrera en la que tu competidor ni siquiera sabe que está participando.

Hace poco una chica hizo algo parecido conmigo. Me pasó zumbando y luego bajó el ritmo de una forma espectacular, quedándose cinco metros por delante. En un primer momento pensé que estaba haciendo cambios de ritmo, pero no. Como ya he dicho, soy un picado, por eso intento no competir en casi nada. Aquel día me ofendí bastante, también soy un poco tonto, así que aceleré y empecé a pisarla los talones, como para comprobar que clase de persona era. Si estaba cansada e iba a su rollo, probablemente no cambiaría el ritmo y se dejaría adelantar. Si era tan tonta como yo… pues aceleraría. Escogió la opción B. En esas situaciones uno siempre se la juega, porque cabe la posibilidad de que ir de listo te cueste desfondarte. No fue el caso. Apreté detrás de ella y cuando noté que llegaba al tope, que empezaba a ganarla terreno, bajé el ritmo y me quedé ahí, detrás. Yo me notaba bien, tanto física como anímicamente, y es que siempre he dicho que he nacido para ser un gilipollas. Al final, supongo que cansada y asustada por tener a un desconocido pisándola los talones, se paró antes de terminar el Paseo del Colesterol.

También se me ha dado la situación opuesta. En otra ocasión coincidí con un tipo inmenso y mi orgullo se sintió picado porque alguien tan grande y fuerte, con tanta masa muscular, fuera capaz de mantenerse delante de mí. Metí un poco más de presión en las piernas para cogerle y lo conseguí, pero a un ritmo que era superior a mis fuerzas. En ese caso fue él quien se puso en modo persecución. Debo reconocer que me motivó muchísimo mantenerme delante de aquel armario empotrado que, estoy convencido, era Master del Universo o GEO. Al separarse nuestros caminos y ver su ruta, aunque todavía permanecía delante de él, estuve seguro de que aquel tipo tan grande iba a hacer más kilómetros que yo a un ritmo superior. Baño de humildad que te crió.

Por eso, cuando veo la mancha naranja a lo lejos, adopto un ritmo rápido, pero que no falsea mis posibilidades reales. Si al cogerle el tipo decide acelerar… bueno, yo también le estoy usando como motivación, así que no tengo derecho a quejarme. Al final le paso más rápido de lo esperado, cuando todavía quedan unos cientos de metros para llegar a la rotonda y tener que dar la vuelta. Lleva gafas de sol, mallas y chubasquero. Lo de las gafas de sol me parece una chorrada con el día nublado que hace. Lo del chubasquero… es una opción.

Con el tiempo he aprendido que prefiero salir a correr con frío, así se me motivan más las piernas. El calor me agobia, me hace sudar y sentirme incómodo. El frío me pide más madera para calentar el cuerpo. Por eso no me gusta llevar chubasquero, porque transpira poco y acaba sofocándome. De hecho, aunque hay lluvia, he escogido unas mallas cortas y una camiseta fina, aunque de manga larga para no mojarme los brazos. Cuando empiezo a correr, las gotas de agua se cuelan por la camisa y siento un poco de frío, pero pronto equilibro la temperatura corporal y, cuando llego a la altura del Quijote, noto que estoy sudando un poco, aunque sé que no empezaré a hacerlo de verdad hasta que pare.

No había contado con el efecto del agua. Supongo que debido a la lluvia, porque no me había pasado nunca antes con esta camiseta, me están empezando a escocer los pezones y el antebrazo derecho, que suelo llevar más pegado al cuerpo que el izquierdo. A todo eso hay que sumar los efectos colaterales de la diarrea, ya que también ando escocido de lo que viene siendo el ojete. Yujuuuuuuuuuuuuuuuu.

Vale, el dato del ojete era innecesario, pero tampoco es plan de falsear la crónica. Además, la escatología es una parte inseparable del mundo del corredor. Dani, un ilustre de este deporte, recuerda en más de una ocasión aquella carrera que paso junto a señor que no dejaba de tirarse pedos y eructar, lo que no le hizo perder comba en ningún momento, por cierto. También hay gente que, jugándose las primeras posiciones, no ha dudado en cagarse directamente encima para mantener sus opciones de victoria. Nosotros, los corredores populares, no llegamos a eso, pero más de uno ha tenido que buscar un descampado o pedir las llaves del cuarto de baño de una gasolinera. Incluso los hay que, durante sus primeras salidas o después de pasarse con el alcohol, eligen dar varias vueltas a un mismo circuito que no les pille demasiado lejos de casa por si les entra el apretón. Y otros aprenden a mear sin dejar de correr.

A mí, en ocasiones, me da por eructar. Eso no es grave, pero hay que ir con cuidado, porque el reflujo puede hacer que se te suba la bilis. Si te pilla bien, lo escupes y punto. Si te coge mal, el acto instintivo es el de tragar y, además del mal sabor, sueles provocarte ardor de estómago. En serio, comparado con un trago de bilis o el ardor de estómago, ir un poco escocido no es demasiado grave.

Todavía no he llegado a la mitad del recorrido y ya le he pedido a mi cuerpo que coja un ritmo un poco serio, tengo escozores varios y un nuevo giro cerrado a la izquierda me pega otro pinchazo en la parte exterior del tobillo. Nada es grave, pero todo es una puta molestia constante. Por fortuna, la lluvia me refresca y al darme la vuelta para deshacer el Paseo del Colesterol veo que el del chubasquero naranja también se ha girado y ya va andando. Al verme vuelve a arrancar. Globerooooooooooooo. Cuando voy a pasarle por segunda vez tuerce la cabeza para mirarme, no sé con qué cara porque lleva puestas las gafas de sol. Por si las mocas me pongo muy digno y resoplo más fuerte. Su respiración se pierde rápidamente tras de mí.

Antes de terminar el paseo y llegar a la piscina cubierta, veo a una chica, aunque casi sería más apropiado hablar de mujer. Una corredora de verdad. Va venada y el pelo mojado le cae sensualmente sobre la frente. Lleva una camiseta corta y unos pantalones igual de cortos. Su ritmo es un “cógeme si tienes huevos”. Es enjuta y escasamente atractiva, pero verla bajo la lluvia, con la determinación en la cara, me excita. No está el tema como para tener erecciones, pero me parece que es terriblemente sensual. Antes ya me había cruzado con dos chicas, pero lo suyo era más un “¿Con todos los días que hay para correr porque teníamos que elegir el único del mes en el que a los angelitos les ha dado por mear”. Sin embargo, a mi nueva musa poco le importaría que cayera lava del cielo en vez de agua. Ella seguiría igual de concentrada en su carrera. Por fortuna me la cruzo, porque si hubiésemos ido en la misma dirección, me habría despeinado el flequillo al pasarme.

Frente a la Sonia Reyes hay un aparcamiento y dos caminos por los que pasar. Uno de ellos es de asfalto y el otro de tierra. Suelo ir por el último para mimar la rodilla derecha, que también me da problemas de vez en cuando. Sin embargo, cuando llueve, todo eso se convierte en un barrizal. Este año me ha dado por hacer un juego y, cuando está impracticable, intento ir corriendo por un pequeño bordillo, como si fuera un agente de las fuerzas especiales o un equilibrista. Por desgracia, hoy no me atrevo a hacerlo a la ida ni a la vuelta por el tobillo.

Antes de bajar por el Parque de la Fuente de la Niña, enfilo por el último hacia Cuatro Caminos. Tengo las gafas empapadas, pero por lo menos no se me han empañado, algo común durante los meses de otoño e invierno. No sería la primera vez que me hago ese parque sin gafas… La verdad es que echo un poco de menos esas ocasiones en las que, ya con la noche encima y bajo la lluvia, lo recorría sin ver un pijo, confundiendo los brillos naranjas de las farolas con sus reflejos en los charcos, siempre formando extrañas formas lumínicas gracias a la unión de la miopía, el astigmatismo, la luz y el agua.

Ya de vuelta a la Fuente de la Niña, encaro la bajada. Como estoy mejor que de costumbre, no me cuesta acelerar un poco. Casi no me entero de la parte final y al bordear la rama caída tengo una revelación. Cuando yo pasaba por allí, no estaba mirando el árbol ni prestándole atención. Sin embargo, su ruido me ha hecho mirar. ¿Eso no pone solución a un dilema con siglos de antigüedad? Bueno, a lo mejor se refiere a la caída de todo el árbol o al hecho de que yo no estuviera físicamente allí… No sé, no sé.

Sí, cuando uno está cansado le da por pensar en muchas tonterías.

La subida por la calle de San Roque también me sale bastante alegre y cuando rodeo el Parque de la Concordia, una costumbre que tengo para el camino de vuelta, se me olvida mirar el reloj. Ni puta idea del tiempo que he hecho, pero las sensaciones son buenas. Aunque intento apretar un poco, la verdad es que últimamente no me sale eso de esprintar.

El semáforo que flanquea el retorno a la Plaza de Santo Domingo vuelve a estar en rojo. Paro, echo una ojeada a ambos lados y cruzo rápido. Ahora sí, hay que apretar a tope. Un señor con barba incluso se asusta cuando paso a su lado y un muchacho joven que va paseando con su novia y un perrito me lanza una mirada escrutadora, como evaluándome, creo que también es corredor.

Me paro frente a la puerta de casa y busco las llaves en el minibolsillo de las mallas.

Entro en el portal.

La lluvia se queda atrás.

PD: Crónica de una carrera de verdad, http://glawar.org/wordpress/?p=1066 

15 comentarios to “Una carrera”

  1. En ocasiones soy destino Says:

    Primer.

    Teniendo en cuenta las advertencias iniciales. El post no está mal.

    • silvio11 Says:

      Pero si ni siquiera te lo has leido entero.

      • En ocasiones soy destino Says:

        Lo comentamos ayer.

        Es excesivamente largo (tema del que ya hemos hablado muchas veces). Y por eso te pongo que “teniendo en cuenta las advertencias iniciales”, no está mal.

        Si no hubieses advertido que es largo de cojones y que lo escribes porque te sale de las narices, y pensando en tí como lector principal. Pues lo habría puesto a caldo. Teniéndolo en cuenta. Cumples lo que dices. Por lo tanto, misión cumplida.

        No está mal.

      • En ocasiones soy destino Says:

        Pd: ¿A que no sabe nadie que cuando pongo algo bonito me lo banea y me manda un correo que me dice “te he baneado el comentario porque no te pegaba”?.

        Me lo ha hecho ya en varias ocasiones.

        Sí. Soy crítico. Pero cuando me mola de verdad uno, no deja que lo sepáis.

        EN ESTE BLOG HAY CENSURA!!!

      • En ocasiones soy destino Says:

        De la mitad para el final mejora.

        Ok, Tienes un 7 sobre 10. No estaba nada mal.

        Pero que largo……………

      • Eiruceiram Says:

        Si nos damos cuenta de los trozos que Javi quita de tus comentarios Des. No de todos. El post muy largo, pero esta divertido. No es de los que te leerias varias veces pero si un par de veces.
        PD. No te pega comentarios bonitos DES…, tu te has creado esa imagen de malote

  2. G. Laszlo Says:

    Segun. (jejeje)

    Nada mal diría yo. Está tan bien descrito que al terminar el post casi parece que has hecho la carrera tambien.

  3. Gaudy Says:

    A mi me pilló con la bici, más de lo mismo pero sin el ojo escocido…

  4. A mi no se me ha hecho nada largo, lo malo es que por empatía mientras lo leía me he empapado, meado encima, cagado y eructado. Esto es así. Hubiera sido carrera de verdad, lo del Ocejón, si le hubieras echado huevos y hubieras venido a sufrir como un hombre y morir a 2000m de altura, mucho correr con lluvia y muchas ostias y luego te achantas. A ver si te volvemos a ver compitiendo de un avez, te hechamos de menos!!!

  5. silvio11 Says:

    Tienes toda la razón del mundo, pero viendo como os fue a vosotros, me alegré de no ir. En la bajada seguro que me hubiera fallado el tobillo y a tomar por culo la bicicleta. Además, estoy en una forma lamentable y creo que lo hubiera pasado muy mal. Lo de competir… bueno, poco a poco. La verdad es que yo no lo hecho de menos, o no mucho (lo del Ocejón si que me pica un poco, la verdad). Por lo pronto el domingo me vuelvo a calzar un dorsal, aunque sólo sea para ejercer de liebre.

  6. En ocasiones soy destino Says:

    Ulti.

  7. Atenea Says:

    Que conste que no es por hacerte la púa, pero me apetecía decir que el post ha estado bien. Correr produce una extraña sensación de libertad, curiosamente, para cuerpo y mente -si estás hecho polvo dejas de pensar en problemas para pensar, sólo, en llegar-. Lo del tema animal da para mucho, sí, pero es que hasta correr es como despertar nuestro lado salvaje, de conexión con la naturaleza, con el viento, la lluvia, la tierra…

  8. Destino Says:

    Ulti de nuevo. Que porque Atenea sea mi chica no significa, ni mucho menos, que piensa dejarla ganar.

    Amos, estaría bueno…

    REQUETEULTI!!!

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