Pistolero

La canción se queda cortísima, lo siento.

 

Con cada paso que daba notaba la funda de la pistola golpeando contra su cadera. La luz del sol dibujaba sombras sin compasión. Sombras de límites definidos. Oscuridad rodeada de la luz amarillenta del desierto. La cadencia de los pasos doblaba a la de los golpes de la pistolera. Los rayos se colaron por encima de sus gafas de sol, deslumbrándole. Paró en seco y se ajustó la montura de forma instintiva mientras se mordía un poquito el lado derecho de su labio inferior, como en un gesto de fastidio. Aprovechó para echar otra mirada alrededor, buscando alguna amenaza, pero sólo encontró la molesta y polvorienta arena del desierto. La mano derecha se posó con tranquilidad sobre la pistola. No era un gesto de precaución, si no de familiaridad con ella. La palma de la mano descansaba en la empuñadura sin tensión alguna, como si no esperara asirla jamás.

A lo lejos, distorsionada por el calor, vislumbró una silueta avanzando hacia él y recordó las lágrimas que había derramado Maria al verle partir.

Sus labios, ahora apretados el uno contra el otro, abrieron una pequeña hendidura en el lado derecho de la boca, otra vez, permitiéndole hacer una profunda y sonora inspiración de aire. Aquellos labios eran su mayor fuente de expresividad y ese gesto lo más parecido al miedo que se podría leer nunca en su cara.

La mano izquierda agarro el ala de su sombrero y lo caló aún más profundo, asumiendo la terrible fatalidad del encuentro que se cernía sobre él. Volvió a caminar. Pierna izquierda. Pierna derecha. Golpe en la cadera. Pierna izquierda. Pierna derecha. Golpe en la cadera. La figura no era una figura, eran dos. Pierna izquierda. Pierna derecha. Golpe en la cadera. Pierna izquierda. Pierna derecha. Golpe en la cadera. Tres. Definitivamente, tres. Pierna izquierda. Uno iba por delante de los otros dos, por eso había tardado más en verles. Pierna derecha. Golpe en la cadera. Miró a su alrededor, otra vez, y una sombra más se dibujo en lo alto de una loma demasiado pequeña para ser considerada montaña. Pierna izquierda. Pierna derecha. Golpe en la cadera. Pierna izquierda. Entre él y ellos sólo había arena. Pierna derecha. Y una piedra de unos cincuenta centímetros. Golpe en la cadera. Según sus cálculos, pierna izquierda, cuando llegase hasta ella, pierna derecha, apenas le separarían unos diez metros de ellos, golpe en la cadera. Necesitaba más espacio. Pierna izquierda.

Aceleró el paso.

El desierto estaba especialmente vacío. Era uno de esos desiertos rocosos, con arena  pétrea que apenas se dejaba arrastrar por el viento. Polvo sucio sobre rocas. Algunos matojos daban pinceladas de color verde al paisaje, pero era un verde deprimente, tirando a marrón, seco y a punto de morir… A Toni le encantaba jugar en aquel sitio. Quizás por eso lo había elegido como lugar de la cita. No se había despedido de él, para qué. Confió en que, dentro de unos años, su madre fuera capaz de explicarle todo aquello.

La mano derecha, que tan tranquila viajaba sobre la pistola, comenzó a tamborilear en la empuñadura. Era un gesto paciente y lento. Los dedos se estiraban en abanico, como si quisieran separarse del cuerpo, y luego caían con serenidad.

Ya podía verles con absoluta claridad. El primero era aquel muchacho, el de los ojos de loco y el cuchillo en las botas. A su derecha avanzaba el que más odiaba de todos. Le sacaba unos diez años y estaba seguro que él le había hecho aquello a la hija de Jezabel. Quería asegurarse de que no saliera vivo de ese desierto, pero también era consciente de que no era el más peligroso de los tres. La edad comenzaba hacer mella en él y le faltaba velocidad. No, no sería el primero en desenfundar. Sin embargo, el de la izquierda… Aquel chico taciturno y educado apenas había cruzado dos palabras en el pueblo con él. Se mostraba siempre reservado, hasta la noche en la que le sorprendió con la antorcha en la mano. Alain todavía gritaba y aquel chico taciturno y educado le miraba con los ojos llenos de deseo, como si estuviera teniendo un orgasmo mientras le veía arder. Su velocidad podía ser similar a la de Ojos de Loco, pero sabría controlar el disparo mucho mejor que él, apuntaría con más precisión y después, cuando le hubiese alcanzado, follaría con él mientras le veía morir.

El de la loma… Llevaba un rifle, pero ya estaba demasiado cerca como para que eso supusiera una diferencia real. Un tipo con un rifle puede ser muy peligroso, pero no en aquel caso. Ese era el más cobarde de todos, por eso siempre evitaba el cara a cara. Allí, en la loma, en lo único en lo que estaba pensando era en que lo tenía más fácil que el resto para huir en caso de que fuera necesario hacerlo.

La piedra estaba a un par de metros de él. Se detuvo.

Los tres tipos frenaron también.

Uno doce metros, no estaba mal.

María seguía llorando y Toni corrió a abrazar a su madre.

Las cuentan no salían. En el pueblo eran cinco. Buscó a su ardedor, pero no se atrevió a mirar a su espalda. Aquello… habría acabado con su confianza y con la imagen que les estaba mostrando. Ellos le respetaban. Desde lo de Lester, le respetaban. Puede que no tanto como para enviar a alguien a dispararle por la espalda, pero sí lo suficiente como para estar nerviosos.

Ojos de Loco se movía de un lado a otro, balanceándose sobre sus pies. No acertaría con el primer disparo, seguro. El Viejo tenía un pose agresiva, pero apenas se movía. Estaba deseando desenfundar. Taciturno y Educado… bueno, el viento plegaba la solapa de su chaqueta marrón dejando al descubierto la sobaquera en la que llevaba el colt. Tenía las manos en los bolsillos y le miraba con frialdad. En la loma, dos manos sujetaban el rifle a la altura de la cintura.

María observó a su hijo y trató de secarse las lágrimas. La luz del sol entraba por la ventana del salón pintando ráfagas amarillas sobre el suelo de madera.

Ojos de Loco se adelantó un par de pasos más.

María abrazó a Toni.

Los dedos dejaron de tamborilear sobre la empuñadura de la pistola.

Taciturno y Educado sacó la mano derecha del bolsillo.

El sol volvió a colarse sobre las gafas de sol.

Ojos de Loco tomo aire y se dispuso a hablar.

– Mira pistolero…

En una décima de segundo el pistolero desenfundó su pistola y disparó a Taciturno y Educado desde la cadera. La bala le dio de lleno en el hombro derecho, haciéndole girar sobre sí mismo antes de caer. El polvo del suelo se mezcló con el marrón de su chaqueta. Ojos de Loco se volvió sorprendido hacia su compañero. El pistolero avanzó mientras levantaba el arma hasta ponerla a la altura de su cabeza y la agarraba con las dos manos. Pierna izquierda. El Viejo ya había desenfundado, pero no le dio tiempo a disparar. La bala le mordió el pecho como si fuera una culebra, haciéndole soltar la mágnum. Pierna derecha. Le vio caer de rodillas en el suelo, completamente desconcertado. La funda no golpeó contra la cadera, ya no tenía suficiente peso en su interior como para oscilar. Pierna izquierda. Volvió su atención a Ojos de Loco, que ya le estaba encañonando. Un disparo pasó rozando el lóbulo de su oreja. Un chasquido en el suelo, junto a sus pies, le recordó al chico de la loma. Pierna derecha. El arma del pistolero saltó en su mano. Ojos de Loco también cayó al suelo, con un agujero de bala en la frente. Pierna izquierda. Se giró para buscar al de la loma y un dolor intenso le atravesó el lado derecho del tórax.

Taciturno y Educado sabía disparar con las dos manos.

El pistolero perdió el pie apoyo durante un segundo, pero no llegó a caer. Su arma ladró dos veces más, imprecisa, casi más por asustar que por infligir un daño real. Desde la loma un nuevo disparo se perdió en la nada. El Viejo buscaba su arma a tientas en el suelo, sin atreverse a apartar los ojos del pistolero.

Ninguna de las dos balas alcanzó a Taciturno y Educado, que luchaba por mantener la concentración. La suya, sin embargo, si que dio al pistolero, esta vez en el brazo que utilizaba para disparar.

Apretó los dientes con fuerza. Otra bala  del rifle levantó polvo al impactar en el suelo. Se dejó caer de rodillas. Consiguió mantener agarrada la pistola. El movimiento hizo perder el blanco a sus enemigos. Aprovechó toda la adrenalina que le quedaba para enderezar el brazo apuntar y destrozarle la mandíbula a Taciturno y Educado, que le miraba con los ojos desencajados y la lengua colgando hasta el cuello, ahogándose en su propia sangre.

El Viejo levantó la pistola y apretó el gatillo. La bala apenas recorrió dos metros. El pistolero volvió a incorporarse y se cambió la pistola de mano. El dolor era insoportable y se concentraba todo en el lado derecho. Una bala le alcanzó en el tobillo. El rifle, por fin, había acertado. Cayo sobre el costado derecho, donde se daban cita todos sus males. Se clavó la pistola en la cadera al caer, pero ni siquiera sabía si llegaría a ver el moratón algún día. Echado sobre tres heridas de bala, con el sombrero a medio caer, las gafas colgando de una de sus orejas y cubriendo sólo un ojo, trató de apuntar a la loma. Sería imposible acertar en aquellas condiciones, lo sabía.

Apostó por la intimidación.

El Viejo se esforzó por detener las leves oscilaciones de su cuerpo y, todavía de rodillas,  volvió a apretar el gatillo. Está vez, la nube de polvo se levantó un poco más lejos de él y un poco más cerca del pistolero.

El chico de la loma escuchó hasta cinco disparos consecutivos antes de que comprobar como estallaban los impactos a su alrededor. Se sobresaltó y buscó con la mirada cada uno de ellos, como juzgando lo cerca que habían estado de darle.

El pistolero luchó consigo mismo, reuniendo las fuerzas necesarias que le permitieran cambiar de cargador. El Viejo disparo y consiguió preocupar al pistolero, que rodó sobre el suelo para encararse con él. Encontró la munición. Saco el cargador vacío y metió el nueva. Otra bala de El Viejo le dio en la cadera. Al diablo el cardenal del golpe, ahora tenía una herida de verdad, aunque parecía superficial. El pistolero decidió no darle más oportunidades.

Dos disparos más taladraron el pecho de El Viejo.

El tipo de la loma volvió a echarse el rifle al hombro, pero esta vez escuchó al menos seis estampidos saliendo del arma del pistolero. Notó el silbido de uno de ellos junto a su cabeza y, mientras el pistolero recargaba, echó a correr por el otro lado de la loma.

El pistolero se giró hasta quedar boca arriba. Volvió a cambiar de mano la pistola y la enfundó. La intensidad del sol le hizo guiñar los ojos. Respiró con profundidad, cansado, y tanteó con la mano izquierda el suelo hasta encontrar las gafas. Se las puso y una sonrisa asomó a su cara.

María lloraba. Un hombre, feo y malcarado, se acercaba lentamente hacia la casa. Toni  había empezado a llorar con ella.

El pistolero sobrevivió.

6 comentarios to “Pistolero”

  1. Eiruceiram Says:

    Has regresado con más fuerza!!!!!. Me gusta, me gusta…

    • silvio11 Says:

      Yo de pequeño sólo escribía y pensaba cosas sobre muertes. De hecho, mis padres me apuntaron a judo a ver si con un par de ostias de verdad se me quitaba la tontería de imaginarlas… Supongo que funcionó.

      Esto ha sido, un poco, como regresar a mis orígenes.

  2. guión de peli totalmente!
    qué temazo eh? molaría que hubiera coincidido la parte final de la canción con el tiroteo😛

    (la semana de la muerte te ha hecho pillar el blog con más ganas eh? vivaaaaaaaaaaaa :D)

    • silvio11 Says:

      Estoy en la redacción, otra vez, bebiendo cerveza, otra vez… La semana de la muerte no ha hecho nada más que empezar. De hecho, aún le quedan siete días por delante… A saber cómo termina esto, Patri.

      • Terminará así, ya te lo digo yo:

        HAY CERVEZA EN LA REDACCIÓN? voy pa’llá!

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