Rabo de nube

Los esquíjaros se subieron al rabo de nube que colgaba de la filopandria. No tenía mucho sentido hacerlo, porque todo el mundo sabe que los rabos de nube de las filopandrias tienden a deshacerse cuando entran en contacto directo con un rayo de luna, pero los esquíjaros hicieron gala de un rasgo muy propio de los suyos, la estupidez. Pequeños, de apenas unos cinco centímetros, verdes y con tres pares de patas, lo más llamativo de su figura era el terrible cabezón que luchaban por mantener erguido todo el tiempo. Los pobres aun no sabían que un campo de conciencia infinitesimal impedía que chocara contra el suelo en caso de caerse, así que siempre estaban esforzándose inútilmente, desde el mismo instante de su nacimiento. Si uno sólo de los esquíjaros se hubiera dado por vencido, habría visto asombrado como su cabeza rebotaba levemente contra el suelo sin llegar nunca a golpear contra él. Sin embargo, cosas de la vida, como especie se sentían muy orgullosos de no haber cedido nunca a esa debilidad. El mundo es así, está lleno de esfuerzos inútiles y de capacidades maravillosas que nunca llegan a ser descubiertas porque estamos demasiado ocupados haciendo estupideces de las que sentirnos orgullosos.

El esquíjaro loco comenzó a saltar de manera insistente sobre la filopandria, una impresionante flor de medio metro de altura que tenía la particularidad de solidificar el aire mediante la expulsión caprichosa de esporas. Los estudiosos, no obstante, aseguraban que no sería tan caprichosa cuando sus, por llamarlos de alguna manera, pétalos, adquirían formas sinuosas que nacían del mismo capullo de la planta y se extendían a los largo de unos treinta centímetros. Aquellos pétalos eran los famosos rabos de nube de las filopandrias que, por algún motivo, se deshacían al ser iluminados por un rayo de luna. Sí, sí, muchos son los que creen que la luna ilumina de forma global y no a través de rayos lineales, pero, y eso sí que está demostrado científicamente, resulta que no es así. La luz de la luna avanza en línea recta y no se desplaza mediante un movimiento ondulatorio, como se cree vulgarmente. Lo que ocurre es que el aire, al soplar, arrastra residuos lumínicos del rayo espolvoreando con ellos el resto del mundo. De ahí que algunos lugares sólo se iluminen de forma parcial. En los rincones más oscuros del planeta, como en los del alma, simplemente no corre suficiente aire como para que lleguen esos polvillos de luz.

Bueno, pues a lo que íbamos. El dichoso esquíjaro saltaba sobre la filopandria sin prestar atención al resto del universo y avanzando hacia uno de los rabos de nube que, por azares de la vida, se encontraba situado sobre un mar de ascamunas… Vale, vale. Las ascamunas son una especie de musgo líquido. Para tener una imagen concreta de ellas hay que pensar en esas playas que esconden un lecho de algas en sus profundidades… O mejor, es suficiente con pensar sólo en esas algas, aunque pasadas por la licuadora y vueltas a filamentar. Ya, es asqueroso, por eso a nadie le gusta caer sobre ellas. Da… repelús.

Pues bien, el dichoso esquíjaro estaba en aquel rabo de nube de filopandria situado sobre el mar de ascamunas cuando un rayo de luna salió corriendo del satélite. Aquel rayo de luna en concreto corría porque llegaba tarde a la tierra. Resulta que se había distraído a la hora de brillar, centellar o lo que quiera que hagan los rayos de luna al nacer, que uno no puede saberlo todo, jolines… Por dónde íbamos… Resulta que se había distraído y cuando le avisaron de que debía rayear en dirección a la tierra, decidió superar la velocidad de la luz y dejarse atrás a sí mismo, o al menos a su parte más lenta, para recuperar el tiempo perdido. Lo que el rayo no sabía es que, al dejarse atrás, también se alejaba de lo mejor de sí, su yo contemplativo y, por pura lógica, comprensivo, porque la comprensión es una cualidad íntimamente ligada a la reflexión que, a su vez, se opone fieramente a la rapidez. ¿Alguien se imagina a Aristóteles nadando a croll y diciendo aquello de “eureka” cuando sacaba la cabeza para respirar? Seguro que no. De haber sido así, se le habría metido agua en la boca. Habría dicho “eughjfgag”, que, por otro lado, es una palabra bastante más complicada de pronunciar que “eureka”. También habría comenzado a toser insistentemente, como si se ahogara o, quién sabe, quizás ahogándose de verdad. Así que no, Aristóteles, panzón por naturaleza, chapoteaba tranquilamente en el agua, reflexionando, cuando se le iluminó la bombilla y comprendió aquello de la densidad de los cuerpos.

A lo que íbamos. El rayo, su parte rápida, no tuvo ningún problema en iluminar de forma directa el rabo de nube de filopandria y hacerlo explotar hacia la nada, sin molestar a nadie, que es como explotan los rabos de nube de filopandria. Tampoco se volvió para ver caer al esquíjaro sobre el mar de ascamunas.

El rayo lento trató de coger al esquíjaro antes de que chocase contra las ascamunas, pero aún así fue demasiado rápido y se pasó de frenada, dejandole a su espalda… y es que a veces, los rápidos, aunque vayan lento, son demasiado rápidos para los lentos, aunque vayan rápido. Además, la luz es inconsistente, así que, por muy buenas intenciones que tuviese el rayo lento, que no pensaba demasiado rápido, jamás abría podido sujetar al esquíjaro con sus brazos etéreos.

Ya, ya, el mundo es una mierda.

El esquíjaro se precipitó entre las ascamunas, que se pusieron tan contentas al tener algo nuevo que guarrear, y perdió el equilibrio craneal del que tan orgulloso se sentía su especie. Cerro los ojos de manera instintiva al ser consciente de lo que iba a ocurrir. Cómo miraría a su madre y sus 137.567,8 hermanos a partir de ese momento. Tan centrado estaba en eso, que ni siquiera se dio percató del campo infinitesimal que recubría su cabeza. De inmediato estaba otra vez erguido. Empezó a echar cálculos. Sólo tenía que aguantar la mentira durante un día más porque, en el caso de los esquíjaros en general, el dicho ese de que la vida son tres días resulta de lo más acertado y, en el de éste esquíjaro en particular, lo de que vamos por el segundo también.

Un día soportando una terrible mentira.

Se preguntó si sería capaz de aguantar los remordimientos.

Sí, que podía.

El 30 por ciento de los esquíjaros pierden el equilibrio y caen de cabeza al suelo durante el primer tercio de su vida. El 70 por ciento ya se ha tropezado antes de que termine el segundo y el 95 antes de morir. A algunos, lo que más aguantan, encima se les come la rabia.

Todos mienten como cabrones para evitar que se descubra su deshonra.

Si los esquíjaros fueran conscientes del campo de conciencia infinitesimal que recubre su cabeza y, con ella, sus órganos vitales, podrían dominar el mundo.

Por fortuna son mentirosos, estúpido y demasiado egocéntricos como para darse cuenta de los pequeños milagros que habitan dentro de ellos.

Como la vida misma.

3 comentarios to “Rabo de nube”

  1. Eiruceiram Says:

    Por fin has vuelto!!!!!. Que biennnnn!!!, jejej

  2. G. Laszlo Says:

    Así empezó Tolkien…

  3. jajajaja me ha pasado una cosa muy rara al leerlo; era como si te estuviese escuchando contarlo…y al final has bailado la cancioncilla esa!
    no, en serio, es una metáfora con bastante mala ostia🙂

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