Fuego (Elementos: IV de ?)

La mira y siente el frío en sus ojos. Desea hablar, pero todo le resulta tan tópico. Odia referirse a ellos mediante tópicos. Le gustaría encontrar nuevas palabras con las que definir lo que les está pasando. Cree que las merecen. Ha sido demasiado especial como para no tener una palabra propia que les defina. Quiere que ella lo sepa, que lo entienda, pero no puede ir más allá del frío que les rodea.

El dolor le consume por dentro mientras busca las palabras correctas, allí, de pies, en medio de la habitación, con el crepitar de la chimenea como banda sonora. Con los pies desnudos sobre la alfombra y el pantalón del pijama como única prenda de vestir. Con la mirada baja, escondida en la penumbra de la habitación que sólo iluminan las llamas de fuego del hogar, por llamarlo de alguna manera.

Siente el frío de su mirada. Le llega con total claridad desde el sofá en el que está sentada, con una copa en la mano y la pierna izquierda cruzada sobre la derecha. Digna, estirada, tensa. Adivina sus muslos bajo los pliegues del camisón, pero no se siente atraído por ellos. Sabe que, si se acercara más, el frío le congelaría. Esos dos metros están bien, son seguros.

– ¿Y dónde irás?

Él  se encoge de hombros, mostrándole las palmas vacías de sus manos. Ella frunce el ceño.

– No lo sé… – Levanta la mirada, soñando con que pueda ayudarle- ¿A dónde puedo ir?

Ella bebe despacito y puede escuchar el tintineo de los hielos dentro de la copa cuando golpean unos contra otros. Él siente deseos de escapar del frío. Instintivamente, se acerca más al fuego.

– Estás siendo tan… ilógico, lo sabes ¿verdad?

Sigue esquivando sus ojos, pero esta vez se oculta en el fuego, en las llamas y en cómo devoran el tronco. Ella sigue hablando y él sólo puede ver el fuego, ardiendo, hasta que comienza a arder con él. Siente como atraviesa su piel y como va incinerando la carne. Siente como le abrasa de arriba abajo. Se siente libre para arder. Está en llamas. Las paredes, las barreras, el miedo, nada puede detenerle, aunque el desee ser detenido. Arde tanto que convertiría el agua en vapor si osara aproximarse a él.

Indiferencia.

La voz le llega lejana, desde el pasado y los meses de verano. Ahora, en pleno invierno, busca un fuego que le caliente. Los tópicos le hacen polvo. Todo es tan… común. Sigue ardiendo. Mientras su cuerpo se consume, no hay nada más que importe. No grita.

El calor eran las manos de ella recorriendo su cuerpo. La suave fricción de la piel. Era la intensidad de su mirada prendiendo algo dentro de él. La confianza, el deseo, la necesidad. Sobre todo la necesidad. Nunca soñó que alguien pudiera necesitarle tanto. Aquello sí que le hacía arder. Era la sonrisa, cuando estallaba como una bomba incendiaria, prendiéndolo todo. Era una palabra susurrada en el oído o escrita en la piel. Era un beso perdido en cualquier parte del cuerpo. Un beso a traición.

Fuego.

Entonces ardía con violencia, con pasión. Ahora lo hace con indiferencia. Dos metros y puro hielo. Ella se congela, muerta de lógica y determinismos, de cosas que son porque tenían que ser. Él arde. Su incertidumbre, su miedo, sus sueños, sus deseos… Todo es combustible para el fuego que le consume con parsimonia. Es una sosegada  necesidad de continuar enfrentándose a todo, de intentar quemar el mundo. Un fuego indiferente… tan distinto del que habían compartido… Arde en soledad, incapaz de prender a nadie con su tacto. Arde perdido en medio de la noche, sin desprender luz alguna. A dos metros del frío. Pidiendo a gritos agua con la que sofocar las llamas y seguro de que nada podría detenerlas.

Desea dejar de arder.

La mira, envuelto en llamas, en medio del cuarto de estar. Detenido sobre la alfombra en la que hicieron el amor cientos de veces. Junto a la chimenea que calentó sus cuerpos desnudos. Con el pantalón del pijama que ella le regaló como única prenda de vestir. Mira el hielo de su mirada y desea derretirlo. No puede dejar de arder y no puede combatir el frío.

Llora, de alguna manera, el hombre de fuego comienza a llorar.

– No puedo dejar de arder. – Confiesa desesperado.

Ella esboza una mueca de fastidio.

– ¿No se te podía haber ocurrido algo un poco menos previsible?

La lágrima continua descendiendo entre las llamas que lamen su piel, como si fuera parte de ellas. En vez de desaparecer o consumirse, también comienza a arder, porque hasta sus lágrimas son combustible para el fuego.

– No… y lo he intentado, pero no sé qué hacer para que me comprendas… Te quiero tanto… Pero no puedo dejar de arder y tú no puedes amar a un hombre envuelto en llamas. No puedes abrazarle y no puedes respirar cerca de él.

Ella estudia su copa. Los hielos se han derretido casi por completo. Le mira y sólo ve a un hombre triste y medio desnudo, encorvado sobre sí mismo, indefenso, llorando. Se levanta, cruza junto a él sin apenas mirarle a la cara y sale de la habitación.

Él sigue ardiendo, solo, sin desprender resplandor alguno. Tan  irracional, injusto, noble e imprevisible como un incendio condenado a arder eternamente.

5 comentarios to “Fuego (Elementos: IV de ?)”

  1. Primer!
    Creo que es el que más me ha gustado de todos los elementos, aunque reconozco que no he leído los otros con mucho detenimiento.
    Si haces caso a Destino, no paras de escribir en una buena temporada.
    Ah, espero que vaya mejor tu mano, dedo o lo que sea.

    • silvio11 Says:

      Espero que la crónica del concierto de Sabina sirva para recompensarte por la de Fito.

      • Una crónica no recompensa a otra, pero bueno. Ahora la leeré. Nosotros íbamos a ir pero finalmente por tema de horarios decidimos que no. Al menos me quedará tu crónica.

  2. El silicio, elemento 14 de ¿?

    Ella se atusó el pelo. Aparte de coqueta de por sí, pertenecía a la familia de los carbonoideos, la segunda más importante de la ciudad. Jimmy la había mirado el escote al entrar en el coche. La hacía gracia que intentase tan desesperadamente fingir que no lo hacía, o que no estaba enamorado de ella. ¿Pero a qué podía aspirar el chofer de su padre?. Había días en que se ponía un generoso escote solo para él. Pero nunca lo sabría. La gustaba ver cómo la miraba. Como la desnudaba por completo en una sola décima de segundo. Justo antes de mirarla por el retrovisor y decirla con voz firme.

    -¿Adónde señorita?.

    Sus ojos, azúl grisáceo y brillo metálico, se clavaron en los de él. Dejando pasar los segundos hasta conseguir un silencio incómodo. No tenía nada que hacer esa tarde. Lentamente se apoyó contra el respaldo, y sin dejar de mirarle a los ojos, comenzó a abrir muy lentamente las piernas. Dejando ver, lentamente, centímetro a centímetro, la cara interna de sus muslos por entre el vestido. Los ojos de él, que no se atrevían a apartarse de los de ella, confirmaban que era muy consciente de lo estaba pasando. Con cara maliciosa, ella se incorporó para comprobar que él estaba profundamente excitado, acariciando la parte superior de su pantalón. Antes de volver a apoyarse contra el asiento de atrás, se paró un instante en su oído para susurrar.

    -A un lugar apartado.

    Estaba claro que ella era polvo parduzco, más activa que la variante cristalina…

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