Trueno Azul

El sol entra por la ventana. Es media tarde. Comparte la habitación del Hospital con otras dos mujeres, mayores, como ella. La mira, sentada en la silla, y sabe que no conseguirá que se tome la merienda. Se plantea la posibilidad de llamar a alguien y pedir ayuda, pero no lo hace.  

Estudia sus manos, arrugadas, y su mirada ausente. Habla, intentando que le reconozca, pero sus ojos… Una cosa es que no pueda hablar. Otra muy distinta, lo que dicen sus ojos.

Abuela, soy yo… Vale que no me entiendas, pero no me mires así… como si me tuvieras miedo.

Trata de imaginar lo que siente… Nada. ¿Es desconcierto o miedo? ¿Son las dos cosas lo mismo? Le recuerda a una de sus sobrinas. Cuenda eran pequeñas y no sabían hablar, también le miraban así. Él llegaba, decía tonterías, hacía ruiditos y ellas le miraban con esa misma expresión en los ojos justo antes de sonreír… o empezar a llorar.

Ella no termina de decidirse.

A él la impotencia le está jodiendo el alma, allí, como un gilipollas, echando trocitos de galleta en un tazón de leche para ver si así consigue convencerla de que coma un poco.

Recuerda la infancia, los días en los que ella les visitaba y él buscaba una película que pudiera gustarles a los dos. Recuerda El Trueno Azul. Era sobre un helicóptero de la policía. En una de las escenas, reventaba una tienda de pollos, haciendo que lloviesen por toda la calle. Cómo se habían reído. Tenía la risa de ella, ya rota por la edad, grabada en la memoria.

Acerca la cuchara a su boca y ella aprieta los labios. Es casi imperceptible, pero los aprieta. Mira a su alrededor, él, buscando alguien que le diga lo que debe hacer a continuación. Una de las señoras mayores, tumbada y sola en su cama, se tira un sonoro pedo. La otra está rodeada por algunos de sus hijos e hijas. Para animarla, la insultan a voces.

– Pellejo, que eres un pellejo.- Después se ríen y le dan un golpe en la barbilla.

Él vuelve a su tazón de leche y a su propia señora mayor.

Tiene la mirada ausente y no quiere abrir la boca. Eso sólo hace que el recuerdo de la lluvia de pollos le parezca aún más triste. Insiste. Ella por fin reacciona, golpeando la cuchara. No tenía demasiada leche, pero de todas formas se mancha. Él deja la cuchara dentro del tazón y comienza a limpiarla los dedos. Ella observa la operación, como si no fuera consciente de que se ha manchado y tienen que limpiarla. Entonces intenta levantarse, quizás para escapar de él. Se lo impide. Está convencido de que no podría mantenerse en pie. Además, tiene demasiadas bolsas y tubos unidos a su cuerpo.

Trata de explicarle por qué no puede dejar que se levante. Ella le mira, desconcertada, y vuelve a intentarlo.

No puede dejar de pensar en su risa, en cómo se ríe mientras llueven pollos asados del cielo. Él la mira a ella, mira al televisor y también ríe, pero sólo porque se ríe ella, no porque la escena le haga gracia. Ríe porque se siente orgulloso de haber acertado con la película.

La sujeta por los hombros y ella cede. Se queda sentada.

Él vuelve a mirarla.

Los tubos.

Las manos arrugadas.

La mirada ausente. Como sus sobrinas justo antes de empezar a llorar… o a reírse.

Inconsciente, pone su dedo índice en la palma de la mano de ella, como hacía con las niñas cuando eran pequeñas.

Ella cierra la mano entorno al dedo y le saca de su ensoñación. Él, esperanzado, vuelve a buscar en sus ojos un rastro de sí mismo; algo que le diga que ha conseguido hacer saltar una chispa dentro de su cabeza.

Nada.

Pero por lo menos se relaja. Ya no quiere huir de él, como las niñas, parece que le acepta.

Con la mano libre, empieza a acariciar la piel arrugada de sus manos. Ella se recuesta en la silla y vuelve a su propio mundo.

El sol prosigue su lenta caída, tiñendo de un suave naranja el cielo. 

Los pollos, las risas, el Trueno Azul… La tristeza devora los recuerdos de la felicidad, haciéndose más fuerte gracias a ellos.

– Pellejo, que eres un pellejo.

Se quedan allí, sentados, uno frente al otro. A veces, ella parece querer jugar con sus manos, como las niñas, y él la deja, como a las niñas.

Mientras huye del Hospital, pasa por delante de decenas de habitaciones, cada una con su propio drama. Algunas incluso con el mismo. En todas hay una historia. Se pregunta cómo hace toda esa gente para ser más fuerte que él. Huye, consciente de que más dolorosa que la ausencia, es la despedida.

La impotencia y su propia debilidad le dejan en manos de la frustración. Siente deseos de matar, o de llorar hasta que le pasen las ganas de matar, o de beber hasta que se le pasen las ganas de llorar o de… ver El Trueno Azul.

10 comentarios to “Trueno Azul”

  1. Eiruceiram Says:

    Tierno y triste… uuuff

  2. Eiru lo peor de todo es que es bastante real, me he identificado en muchas escenas.
    Supongo que no hay que huir, hay que estar ahí a su lado, ellos lo saben , a veces les basta una mirada, un gesto, una caricia…

    Joder, cada vez odio más los hospitales…

    • Eiruceiram Says:

      Yo no soporto el olor de los hospitales, tantos malos recuerdos. La palabra odio se queda pequeña…

      Nunca he sido capaz de escribir sobre estos tema, me superan.

      • Creo que en casos como éste, la escritura puede ser una buena forma de intentar comprender el mundo, lo bueno y lo malo.

    • Así es imposible ponerse triste, tío. Por cierto, te dejo un nombre, Teddy Thompson. Estoy intentando encontrar el video de Where to go from here, pero no doy con él. Me parece un temazo. De hecho, recuerda un pelín al bueno de Billie Withers.

  3. Pues yo creo que todo esto es cuestión de educación. Seguimos viviendo en una sociedad católica, apostólica y romana (mal que me pese), en la que el tema del envejecimiento y/o muerte sigue siendo tabú, y se asocia a algo negativo. No hay más que ir a algún funeral o tanatorio; parece que cuanto más se sufre o se llora, más se quiere o se va a echar de menos al fallecido. Creo que no debería ser así. La enfermedad o muerte de un ser querido es algo triste y doloroso, está claro. Pero también es algo natural. Supongo que hay dos formas de verlo: desde la lástima (por ejemplo: “ay qué penita me da ver a mi abuel@ así, con lo que ha sido!”), o desde la naturalidad, siendo conscientes de la situación que estamos viviendo, y aprovechando para transformarlo en un aprendizaje de vida.

    Supongo que soy demasiado racional o, simplemente, tengo otra visión de las cosas. Sufrimos porque no asumimos los cambios que, por otro lado, antes o después van a suceder.

    Sea como fuere, los hospitales son lo menos acogedor y buenrrollista del mundo. Sólo nos queda hacernos con un boloncio para demolerlos, y empezar de nuevo…

    PD: ufffffff!!! Intuyo que me van a llover hostias…

    • G. Laszlo Says:

      Estoy de acuerdo en que la reacción de cada persona ante estas situaciones depende de la educación recibida, pero depende más aún de la forma de ser y creo que eso va más allá de religiones e ideologías. En lo que sí tengo mis dudas es en que para los católicos el tema de la muerte sea tabú, más aún cuando creen en la vida eterna, pero bueno eso es desviarse de la cuestión.
      Como bien dices “La enfermedad o muerte de un ser querido es algo triste y doloroso”, así pues a mí no me parece extraño que en un funeral encontremos gente “triste y dolida” ¿no? Lo que también comparto contigo es que la cantidad de lágrimas no es siempre directamente proporcional al cariño, muchas veces la procesión va por dentro y como he dicho antes no todo el mundo se expresa de la misma manera.
      De todos modos creo que racionalizar la muerte hasta el punto que tú indicas es muy complicado, al menos para mí, y no tiene nada que ver con no considerarlo algo natural o inevitable, tiene que ver con que los humanos tenemos sentimientos y por lo tanto sentimos.
      El último párrafo me ha hecho gracia, incluso me he imaginado a Angus Young subido en el Ballbreaker. Supongo que lo dices en broma no?

  4. Eiruceiram Says:

    Más que educación, religión… todo depende de como es uno mismo y como ve la vida y de la manera de expresar sus sentimientos. Por supuesto que envejecer no es malo, es maravilloso y la ternura que inspira los abuelos es inmensa. Los recuerdos que se guardan son tiernos y es lo que nos queda cuando esas personas van desapareciendo. No podemos evitar sentir tristeza, porque ya no podemos compartir cosas como antes. La vida es así y todo llega y se acepta, es ley de vida. Algunas leyes me hacen llorar…

    No derrumbaría los hospitales. El área de maternidad es mágica y da gusto ir para ver en sus cunitas a esos pequeñajos recién nacidos. Digamos que es un sitio, donde hay una cara y una cruz. También una de esas caras me hace llorar…

    Pd. Gracias Javi por el post. Trae recuerdos buenos y no tan buenos.

  5. Pues yo estoy un poco en desacuerdo y deacuerdo con vosotros. Dentro del modo en que cada uno ha sido educado o socializado, que resulta determinante, existen maneras personales de ver las cosas. Para mí está claro que el sufrimiento que le produce a un ser querido una enfermedad o su desaparición son circunstancias tristes, si no qué lo es? Por muy natural que sea, supone que todo lo que compartiste con ella sólo podrás revivirlo en tu memoria. Si en algún momento tenemos derecho a mostrar resistencia al cambio es en estos casos. Ese ‘cambio’ es un ser valioso al que nunca volverás a tocar… aunque supongo que también es cierto que lo importante es quedarse con todo lo que se aprendió de él…

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