La ilustradora

Las líneas que componían cada uno de sus cuadros reflejaban el mundo hasta que… comenzaban a inventarlo.

Se acercó a ella con sigilo, para no desconcentrarla. No era necesario. Nunca le habría escuchado llegar. No mientras dibujaba.  Inclinada sobre el papel, armada con un lápiz, rescataba de la nada los trazos que veía con claridad en su cabeza.

Recordaba el mundo, lo inventaba.

– Ojalá yo pudiera hacer algo así.

Si sus palabras la cogieron por sorpresa, no se dio cuenta. Ella ni siquiera se inmutó.

– No sabes qué dices. Esto tiene un precio.

Su mano voló a la caja de lápices y agarró uno, el rojo. Él se preguntó si realmente era el que estaba buscando. Cuando comenzó a colorear el dibujo supo que sí, que era exactamente el que quería. Tenía todo ordenado sobre la mesa. Conocía cada milímetro de aquel espacio. Fuera de allí era torpe… fuera.

– Supongo que aprender a imaginar no es fácil.- Aventuró él sintiéndose un poco estúpido.

Devolvió el lápiz rojo a su sitio y recuperó el de grafito antes de emborronar una parte del dibujo con la yema de su dedo índice.

– Aprender a ordenar la imaginación no es fácil. Es casi tan difícil como aprender a dejar de mirar el mundo… Supongo que yo jugaba con ventaja. – Su sonrisa melancólica fue dulce. – ¿Qué te parece? – Levantó el dibujo para que lo viera.

– Violento.

– ¿Cómo de violento?

– No sé, violento, confuso.

– ¿Crees que es una confusión convulsa o contenida?

– Hay más gris que rojo… contenida, supongo… ¿Cómo haces para seguir viéndolo todo en tu cabeza?

Ella volvió a sonreír, pero esta vez sin melancolía.

– Yo… ya no lo veo. Ahora sólo puedo mostrarlo. Eres tú quien lo ve.

Imaginó como sería vivir en un mundo de sombras que ansiaba estallar en una explosión de colores.

Siguió mirando el dibujo.

– ¿Sabes? – Dijo ella – A veces me pregunto si no aprendí a imaginar el mundo sólo porque deje de verlo. Si esto no es nada más que una defensa contra mi ceguera.

– ¿Qué prefieres? ¿Te gustaría más que fuera un don o… una defensa?

Dudó, sin mirar a nada más que hacia dentro. Ella lo tenía más fácil para ver dentro de sí misma.

– No lo sé. ¿Qué tiene más mérito?

Él estudió la mesa, la posición que ocupaba cada uno de los lápices sobre ella, con la goma en la esquina superior izquierda, el sacapuntas en la superior derecha y un buen montón de utensilios distribuidos por toda la superficie de madera.

– ¿Para mí? Conseguir ordenar la imaginación. – La sonrisilla de sus labios quebró la última palabra de su frase. – Es poético, ¿no? Aprender a imaginar el mundo a raíz de cuatro cosas que sabes de él.

– Te cambio mis dibujos por tus ojos.

Era imposible saber si estaba bromeando.

– ¿Lo harías?

Volvió a dudar.

– Ahora… esto es lo único que sé hacer. A lo mejor, si hubiera tenido vista habría sido otra cosa, pero soy dibujante de realidades inventadas.

Él volvió a coger el dibujo. Lo sujetó entre los dedos mientras la observaba.

– No vives de esto.

– Ni tú de la locura, pero tampoco renunciarías a ella. Es lo que somos, no de lo que vivimos.

Él sintió la estocada en el lado derecho de su estómago.

– Puede que para soñar con algo mejor debamos estar mal.

– Mucha gente que sabe que el mundo está jodido sin necesidad de quedarse ciega.

– Ellos creen en arreglar el mundo real. Para reinventarlo como queremos nosotros, hace falta estar ciego, loco, sordo… A lo mejor los imperfectos lo tenemos más fácil para soñar con otras perfecciones.

– ¿Y eso?

– Los sueños del mundo son los sueños de la mayoría, de los normales. Los imperfectos somos… ¿una élite?

Ella soltó una carcajada.

– Sí, una élite.

Él sonrió por última vez. Siguió mirándola cuando se giró y, después de hacer un rápido cálculo de espacio con la palma de la mano para saber en qué punto de la mesa se encontraba, ordenó el dibujo que él había dejado alegremente sobre la mesa.

– Déjame crear lo que no veo, acariciar lo que no tengo y soñar todo lo que ni siquiera soy capaz de concebir.

Cuando abandonó la habitación, no podía dejar de pensar en la filosofía que respiraban todos aquellos dibujos que ella había creado y que no podría ver jamás.

6 comentarios to “La ilustradora”

  1. Mi futuro…qué bien. (sarcástica)
    Me quedo con eso de que los imperfectos somos una élite…
    (Por cierto, que igual debería cambiar los ‘incompletos’ por los ‘imperfectos’, no?)

    P.d: Me ha ofendido un poco lo del ‘lápiz normal’ jajaja…con lo importante que es, llámale por lo menos…’lápiz de grafito’

    • silvio11 Says:

      Corregido.

      Ñiñiñiñiñiñi, tu futuro, tu futuro.

      Un imperfecto es un incompleto y viceversa, no? Espera, ahora que lo pienso, puede haber imperfectos que sean demasiado completos.

      Joe, desde que dejé las drogas no consigo aclarar mis pensamientos.

  2. Qué buena defensa, la de dibujar digo. Y qué casualidad la de los colores. Hoy justo venía en un tren sintiéndome azul.

  3. Muy bueno.
    Supongo que todos nos buscamos una defensa para poder sobrellevar esto, y la imaginación es una de las mejores maneras.

  4. Eiruceiram Says:

    Genial!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

    La vida yo la veo de blanco y negro. De verde esperanza me huele hoy la vida.

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