Caída libre

El tipo de la esquina ya no toca el acordeón. Al menos ya no se le escucha. A lo mejor ha encontrado un trabajo, por fin. A lo mejor le ha pasado algo. A lo mejor ha vuelto a su país o a lo peor está muerto. No hay acordeón y tampoco deja de llover. La lluvia convierte el suelo en barro y la gente se resbala. Toda la ciudad parece desgarrada, con las entrañas al aire. Se vuelve sucia y laberíntica. Y al mundo tampoco le va mucho mejor. Los abuelos mueren, los padres enferman y ya no hay nadie en quien buscar consuelo, cobijo o refugio. La esperanza, como la luz en un día nublado, se esconde y los caminantes tienen cada vez menos aire que repartirse entre ellos. Se vuelven egoístas y evitan mirarse a los ojos para no verse el alma. Sin ojos ni alma no hay piedad. Se esconden en sus casas y se gritan desde la distancia, haciendo acopio de aire y miedos; guardando sus terrores en una caja fuerte y planeando hacer daño antes de que se lo hagan a ellos. La gente deja de tocarse como se tocaba antes y comienza a tocarse de una forma distinta. El mundo ha girado y los viejos se quedan atrás, pensando en el mundo de antes, echándolo de menos en vez de acostumbrarse al mundo de ahora. Y en el barro que brota a borbotones de las entrañas de la tierra, en el que mancha sus botas, sólo ve las tripas de un mundo, su mundo, dejando paso a otro mundo. Y la lluvia sigue cayendo impertinente. Tan impertinente como el ruido de los coches y los gritos. El ruido de las risas y el de los perros corriendo de un ladrado para otro. Todo se mueve demasiado rápido, dejando estelas de esencia a su paso, como los cuerpos en una foto movida. Y sólo da tiempo a intuir a las personas, porque siempre están demasiado lejos o pasan demasiado rápido. Los cuadros, como las fotos y la memoria, salen todos movidos. El vértigo de la vida supera al vértigo de vivir y cae en el vacío, tratando de agarrarse a las paredes que le rodean, pero todo es barro. Y sus dedos se hunden en las entrañas de la tierra, incapaces de detener la caída. Sus uñas se quiebran y el dolor le atraviesa todo el cuerpo, de punta a punta. Ruido. Barro. Lluvia.  Distancia. Miedo. Dolor. Desconfianza. Soledad. Grita aterrorizado y comienza a llorar. Los mocos y las lágrimas se le escapan a borbotones. Mientras cae se hace un ovillo, intentando protegerse del impacto. No sabe que nunca chocará contra nada. Su caída es eterna.

En la calle, tres o cuatro personas se arremolinan alrededor del pobre diablo. Esta en posición fetal, echado en el suelo. Tirita, llora, gime. Se agarra a sí mismo incapaz de protegerse de lo que sea que le da miedo. “Hace un segundo estaba bien”, comenta una voz sin dueño. Alguien llama a la Policía. Otro a una ambulancia.

Cae, cae, cae.

3 comentarios to “Caída libre”

  1. Eiruceiram Says:

    Parece que hoy estamos casi todos algo tristes…, será la lluvia, la navidad…, o nosotros y nuestro mundo.

  2. Jo.Me gusta un montón.
    Creo que es un ‘incompleto’ de cabo a rabo.

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