El violinista

Nadie se fijaba en el violinista. Cada mañana, de diez a tres, tocaba en la misma esquina de la Plaza Mayor, entre la panadería de doña Eulalia y cerca del bar de don Herminio, a la sombra del ciprés centenario que el Ayuntamiento había querido talar en primavera alegando una enfermedad contagiosa, pero que Basilio defendió con uñas y dientes. Botánico retirado con más 50 años de experiencia, le sacó los colores al mismo alcalde el día que por fin se lo echó a la cara.   

Con su sombrero pajizo de ala ancha, el violinista desgranaba cada día las obras de Boccherini, parando de vez en cuando para pedir una cerveza o un vasito de agua al bueno de don Herminio, que seguía ilusionado cada uno de sus pases.

Siempre tenía una sonrisa para todo el mundo e incluso en los días más fríos de invierno o los más lluviosos de otoño estaba en su puesto, igual que un coloso, desafiando a los elementos. La gente del pueblo le daba por sentado, como un banco más de la calle o la gramola de un bar que siempre está funcionando, aunque nadie la dé cuerda.

El violinista bailaba contento al compás de sus propios acordes y saludaba a doña Jacinta y la señorita Vanesa, cada día más coqueta y dispuesta a hacer ojitos a los mozos del lugar mientras su madre, dama de clase alta y costumbres firmes, reprendía a la muchacha. Pobre mujer, cómo lloró el día que la chica escogió entregarse a un  honrado labrador que trabajaba la tierra de sol a sol. En vez de aceptar la dote que le ofrecieron los Martínez Escudero, decidió quedarse en su casa del campo, a veinte minutos andando del pueblo. Vanesita se mudó con él y el olor del pan que cocinaba cada mañana en su horno de piedra no tardó en hacerla famosa, siempre viajando kilómetros y kilómetros para hacer gruñir los estómagos de la gente del pueblo. Sus hijos apenas tardaban diez minutos en ir corriendo de la casa al colegio y a la una del medio día le dejaban un cuscurro de pan al ya viejo violinista.

El farmacéutico acostumbraba a andar con la mirada perdida entre el empedrado de la Plaza Mayor. Decía él que seguía los surcos entre las piedras por si fueran el camino de salida del triste laberinto en el que se estaba convirtiendo el mundo. Hombre filosófico y torturado por naturaleza, pronto empezó a recetarse sus propias medicinas y la mirada pensativa terminó durmiéndose, hasta que La Juana, para desgracia del maestro, decidió despertársela a base de besos. El día de la boda, el abandonado profesor heredó la costumbre de seguir las líneas que separaban las piedras con las que estaba adoquinada la Plaza Mayor. Tres o cuatro años después, el farmacéutico volvió a su laberinto y trabó buenas migas con el otro ilustrado de Valdeavellanos, con el que todas las tardes buscaba una salida, cada uno de su propio laberinto.

El travieso Mario solía escabullirse de alguna clase para aprender el oficio de violinista, que a él siempre le pareció soleado por la alegría que inspiraba a la gente. Habiendo perdido de niño a su padre, incluso en los días más tristes aquellas melodías conseguían hacerle soñar con algo mejor, que es lo único que necesitan los niños y las personas en general. Por las noches, sobre todo en verano, cuando le acosaban las pesadillas, saltaba por la ventana de su cuarto y cruzaba corriendo las estrechas calles del pueblito hasta llegar a la casa del violinista, apartada tres metros del resto de la barriada, como si fuera de otro mundo. Entonces se apoyaba contra la pared y escuchaba los ensayos hasta quedarse dormido. El día más feliz de la vida de Mario fue cuando el violinista le hizo entrega de su preciado instrumento, del viejo sombrero de paja y de la extraña habilidad que tenía para ser capaz de vivir siempre con lo mínimo. Mario se convirtió en un objeto invisible, pero fundamental para sus vecinos. Era algo así como los rayos de sol, que sólo se añoran cuando el día está nublado.

Y también estaba Huraño, un viejo perro que ladraba a todo el mundo. Un labrador con malas pulgas al que daban de comer más por rutina que por simpatía. Maltratado por su antiguo dueño, acostumbraba a mostrar los dientes sólo porque no concebía que alguien quisiera acariciarle. El chucho solía gruñir al violinista  , deseoso de ocupar su lugar bajo la sombra del ciprés centenario. Al final terminó renunciando a la conquista y una mañana el maestro se quedó perplejo al ver cómo el violento animal descansaba plácidamente a los pies del violinista, que empezó a compartir con él los cuscurros de pan que le traían los hijos de Vanesita y el labriego. El día que le dio violín y sombrero a Mario, el violinista se marchó andando del pueblo por un polvoriento camino de arena que parecía subir hasta el cielo de puro recto que era. El perro caminaba a su lado, como despotricando contra la vida y el viaje, pero acompañándole a fin de cuentas. El violinista silbaba un viejo tema de su querido Boccherini. Ni siquiera Mario pudo ir a despedirle. Se marchó a las doce y media, justo después de asistir al primer pase de su joven sustituto, que no se atrevió a moverse del sitio hasta las exactas tres de la tarde.

2 comentarios to “El violinista”

  1. PatriDubre Says:

    Evocador…uhm…dan ganas de dibujarlo todo!
    Me gusta lo de “por un polvoriento camino de arena que parecía subir hasta el cielo de puro recto que era.”😉

  2. silvio11 Says:

    Pues venga, ponte a dibujar. Yo esto lo veo muy de acuarelas, por cierto.

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