Niblierro

“Si pudiera, le quitaría la letra a Segundo Premio. Dejaría sólo la melodía, como si fuera un mantra”. La niebla había caído sobre Guadalajara. Era espesa, demasiado, como una bruma mágica. Dos metros de visibilidad por delante y dos metros de visibilidad por detrás. Fui caminando al puente, a mi puente, sobre el parque fluvial del Alamín, atajo, igual de mágico que la bruma, desde la Guadalajara de toda la vida hasta aquella misteriosa novedad que representaba Aguas Vivas. Era distinto a la pasarela del Corte Inglés, que vibraba con el paso de los camiones. Allí, lo único que podía estremecer al hormigón eran las personas, que de vez en cuando lograban hacerlo. “Si pudiera, le quitaría la letra a Segundo Premio. Dejaría sólo la melodía, como si fuera un mantra”, pensaba sentado en uno de los escalones del puente, como siempre, pero sin cerveza esta vez, y mirando al infinito, como siempre, pero sin ver nada más que niebla esta vez. Era lo más parecido que había hecho nunca a mirar al futuro. Alguien pasó a mi lado. Escuché sus pasos antes de poder verle. Surgió como una aparición y como un fantasma desapareció, sin decir nada más que un lacónico adiós, más asustado que yo por el encuentro. Esperaba ver surgir un ser fantástico en cualquier momento… Y eso fue precisamente lo que ocurrió.

No sentí la presencia del perro de niebla hasta que comenzó a lamerme la mano, con suavidad. Se notaba que no era su intención asustarme. Con todo, me quede petrificado al verle allí sentado sobre sus cuartos traseros, sonriente y amistoso, moviendo el rabo como si estuviera deseando jugar conmigo. No sé cómo pude identificarle tan rápido, pero lo hice. No podía ser otra cosa que un perro de niebla. Algo así como un perro lazarillo para los videntes que no sabían navegar entre las brumas. Incluso tenía un collar y llevaba una correa arrastrando por el suelo. Le acaricié y se escabulló con agilidad para empezar a empujar mis piernas con su hocico. Quería llevarme a alguna parte a la que yo no podía llegar solo. La niebla es así, abre puertas que suelen estar cerradas a lugares que suelen estar ocultos. Para encontrarlos hay que ser muy hábil o tener un niblierro, que es como también se conoce a los perros de niebla.

Caminé tras él, confiado, con la correa en la mano. De vez en cuando se giraba para guiñarme un ojo, o eso me parecía. Cruzamos la ciudad y algunos parques. Estoy convencido que acortamos camino a través de atajos menos físicos que mi puente, aprovechando la niebla para violentar las leyes físicas. Como no veíamos más allá de nuestras narices, la imaginación nos hacía llegar de un lado a otro casi de manera instantánea. Claro, yo nunca habría podido hacerlo solo, pero el niblierro también era mágico, como la niebla y el puente. Se preocupaba mucho por evitar al resto de personas que caminaban por la niebla. Ellos confiaban en su memoria para llegar a casa, no en su imaginación. Ellos estaban seguros de saber qué había dos metros más allá de donde llegaba su vista. Podían matar la magia con sus certezas. Decir qué era posible y qué imposible, imponiéndose al destino a base de dejarse vencer por él. Por fortuna para ambos, para el niblierro y para mí, mis certezas siempre han estado del lado de mis dudas. Entonces no me había parado a pensarlo, pero lo que mejor se me da es quedarme callado y mirar, como esperando algo.

El niblierro seguía tirando de mi soledad con fuerza, saltando diez metros con cada paso que dábamos, adentrándonos en la niebla como quien cruza un agujero de gusano, y de repente me encontré delante de la Fuente de la Niña, tan brumosa la pista de atletismo como fantásticos eran los focos reflejados y refractados en la niebla. Y en la pista, un montón de personas caminaban, sujetas a sus propios perros de niebla. Miré al mío y le dije que no quería estar allí, que sólo quería seguir caminando hasta dar con una de esas puertas que daban a otro sitio. Él, preocupado, intentó llevarme con los otros, con los que tampoco sabían nada y eran tan torpes como yo, pero volví a negarme con toda la energía que pude. Estaba cansado de la gente y de mí. Quería perderme en la niebla, no encontrarme en ella. Nos alejamos mientras una lágrima se asomaba a mis ojos, pero sin atreverse a saltar. “Tengo vértigo”, me reconoció después.

Caminamos por otro parque, hacia Cuatro Caminos. Desde allí podríamos ir a cualquier sitio. Las dos mariposas que hay bajo la carretera, en la fuente, aletean en las noches de niebla generando un espacio dimensional capaz de transportarte a otros mundos. A cuatro, para ser exactos, de ahí su nombre. Los monstruos luminosos aprovecharon para correr por la Nacional II. Los coches no se atrevían a salir a la carretera, así que no había peligro de que chocaran con ninguno. Rugían exultantes al pasar a mi lado, con los ojos encendidos, volando sobre el asfalto. El césped se humedecía con la saliva de la niebla y aprovechaba para ocultar a las ninfas, duendes y hadas que salían a tumbarse en él en noches como aquella. ¿Acaso podría haberlos visto alguien? No. La gente tiene miedo de la niebla, sobre todo cuando se va el sol. Prefieren quedarse en casa. En el fondo saben que, si se olvidaran de la realidad durante el tiempo necesario, podrían aparecer en cualquier lugar del mundo. No lo creen, ni lo permiten, pero intuyen que la realidad no es tan real como les han dicho que es.

Llegamos a Cuatro Caminos y cruzamos con cuidado, no fuera a ser que algún caminante de la carretera nos llevara por delante. Las mariposas, de obsceno y grueso metal, aleteaban con desesperación, provocando un fuerte viento que me despeinó la melena. En el mismo centro de la fuente, el aire rompía los filamentos de la realidad, abriendo un agujero de luz hacia algún lugar. Deseaba adentrarme en él, en busca de un mundo en el que aún pudiera creer en algo y no limitarme a pasar las noches sentado en mi puente, mirando hacia el infinito sin ver nada más que todo. Al entrar en la fuente, me hundí en el agua casi hasta las rodillas. El musgo acumulado en el fondo resbalaba y apunto estuve de perder el equilibrio. El perro de niebla caminaba a mi lado, tiritando de frío de vez en cuando, pero dispuesto a no dejarme solo. Supe que quería estar a mi lado, sin pedir nada a camino. Únicamente quería seguir en el camino, conmigo. Quise abrazarle, pero aquello habría roto la determinación del momento. Entonces escuché la voz de mis propios pensamientos. “Si pudiera, le quitaría la letra a Segundo Premio. Dejaría sólo la melodía, como si fuera un mantra”. El niblierro me miró y pude escuchar la melodía de mi corazón, su nostalgia y melancolía. Sentí cómo se acompasaba con la niebla y, más allá de la letra que repetía mi pensamiento, aprecié la belleza del compás que seguía el alma al derramar sus lágrimas. Sentí paz en mi tristeza. En lo más profundo y sincero de mi tristeza, sólo paz. Toqué el túnel de luz con la punta de los dedos y un pequeño lamento me llegó desde el amigo más fiel que había conocido nunca, casi un amante llegados a ese punto, pues ya amaba al perro de niebla que permanecía a mi lado, sin pedir nada a cambio, nada más que permanecer en el camino, conmigo.

En la luz sólo había claridad y en la niebla que se extendía a mis espaldas, dudas, tristeza y una melodía a la que si le quitaba las palabras, era la del alma tratando de aprender a vivir. Casi no tuvo que tirar de mí el perro de niebla para que me alejara del túnel de luz. Nos impusimos al huracán que generaban las mariposas con el aleteo de sus alas y conseguimos salir de allí. Bajamos por la calle Toledo y luego por toda la calle Mayor, por el centro de la carretera, atravesando la niebla hasta dar con una puerta recia de madera situada en plena Plaza de Neptuno. Estaba en medio de la calle, cerrada, y tras ella no había nada más que calle. Supuse que al abrirla vería una habitación que físicamente no debería estar allí, pero no fue eso lo que ocurrió. Al otro lado de la puerta seguía la calle. Cruce el umbral y seguí mi camino, como si no hubiera pasado por puerta alguna, hasta llegar a mi puente, otra vez, dando un rodeo. Me senté en mi escalón y volví a mirar al infinito, como siempre, pero sin ver nada esta vez. No me importaba, como siempre. No tenía prisa, como siempre. El niblierro descansaba a mi lado. En algún lugar, las mariposas dejaron de aletear. “Si pudiera, le quitaría la letra a Segundo Premio. Dejaría sólo la melodía, como si fuera un mantra”

2 comentarios to “Niblierro”

  1. Eiruceiram Says:

    Fantástico!

  2. Uhm…mientras lo leía me ha parecido que se llenaba todo a mi alrededor de niebla…aunque…¿Niblierro?jajaja

    (Se puede obviar un poco la voz de Jota y escuchar solo la melodía…aunque la letra-escupitajo…es muy necesaria)

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