A veces practico sexo con canciones

 Voy a hacer una lista de temas repetidos, para saber cuáles son los que más me motivan.

Al principio, los dedos se mueven con timidez. Su piel me acaricia insegura, retirándose rápidamente después de cada contacto. Uno, dos… tres… cuatro, cinco, seis, siete, ocho… Pierdo la cuenta. Son como los besos delicados de una mariposa. Después sonríe… Dulce. En silencio, bromea. Juega con mi deseo. Sabe que necesito volver a sentir su tacto. Por eso espera. Respira. El silencio es tan elocuente como el sonido. Ya no es timidez. Ahora, simplemente, ha encontrado el ritmo. Su ritmo. Y sus dedos siguen reconociendo cada palmo de mi piel mientras los rayos de luna alumbran nuestros cuerpos, desnudos sobre la cama. Va y viene, como la marea, como si sus manos fuesen las de la noche. Cierro los ojos para sentir con mayor intensidad cada una de sus visitas. Y además de su tacto, noto con claridad la pálida luz derramándose sobre mi cuerpo a través de los amplios ventanales. Y la imagino a ella, también con los ojos cerrados, pulsando cada uno de mis poros como si fuesen una tecla más de su melodía imaginaria. Hasta que comienza a crecer, atrapada en su propio y sutil deseo. No es fuego. Es como un río que se desborda lentamente bajo la lluvia, anegando las orillas. Ya no es sólo caricia. Ahora, a veces, es beso. No dura demasiado, pero se permite un segundo de intensidad, de leve intensidad. Y puedo escuchar la esencia de su risa contenida cuanto más segura se siente. Sus dedos caminan sobre mi piel. Primero el índice. Luego el anular. Silencio. Delicadeza. Intimidad. Nos unimos en su posible desaparición. En esos segundos en los que la siento alejarse, quizás planear, y temo que se desvanezca en el aire, como el humo, perdiéndola para siempre, despertando, quizás, del sueño. Tengo miedo y me consuela el sonido, lejano y cercano a la vez, de su respiración. No se ha ido. Sólo me está haciendo sufrir, poniendo a prueba la fe que tengo en su amor y en la pasión que encierra dentro de su fragilidad. Y vuelve, poco a poco, creciendo otra vez. Deslumbrándome. Regalando caricias, besos e incitando a la belleza a que le siga los pasos, si es que puede; refugiándose junto a mi boca. Y ahora la timidez es la de un largo beso compartido durante años. Puedo abrazarla, con miedo, pues temo quebrar su cuerpo si lo aprieto en exceso contra el mío, pero aún así lo hago y giramos sobre las sábanas de seda, fundidos con todo lo que nos rodea. Giramos y giramos, aún sin movernos, porque son sus labios los que enloquecen mis sentidos. Y cada vez que abro mis ojos son sus ojos los que veo. Y nuestras manos juegan con nuestros cuerpos, ocultando mensajes secretos en los rincones más públicos de nuestro misterio; perdidos en medio de una isla de nada, en una habitación que no está en ninguna parte y en una cama que jamás existirá. El sexo es onírico, casi espiritual. No es una descarga. Es un sentimiento de paz creciente. Es como adentrarse en el hogar y sentirse a salvo de todo. La intensidad. La maldita intensidad. La tensión y mis instintos me abandonan, por fin, y puedo sumergirme en la paz de sus ojos, de sus labios. Cerrar los párpados y coquetear con el cielo mientras sus dedos intentan llegar hasta mi alma a través de la piel. Es como si buscaran una clave oculta en mi cuerpo, como si interpretaran una partitura destinada a sacar algo de mi interior que ni siquiera yo sabía que estaba encerrado ahí dentro, en lo profundo. Y al final lo encuentra, porque me siento como un extraño de mí mismo. Me recreo en la sensación de ser un fugitivo entre sus brazos. Un proscrito en el paraíso, pero feliz a fin de cuentas, mientras sigue interpretando la melodía. Melancólico por mi próximo regreso al mundo real, pero en paz durante la mentirosa utopía que liga nuestros destinos. Creo que me convierto en ella y puedo ver el mundo a través de su delicadeza. Me siento superior gracias a su presencia. No más fuerte. No más listo. No inmortal y no todopoderoso. Sólo mejor. Por ella. Y habito durante breves segundos un plano de existencia en el que hace de guía a mi consciencia. La sigo, confiado, descubriendo un mundo de oscuridad que es atravesado por trazos de luz, como estrellas fugaces. Un mundo negro, mi mundo, roto por el color. Trazos intensos de rojo, azul, verde y amarillo de esplendorosa intensidad, su amor. La sigo sin miedo porque sé que no permitirá que me pierda dentro de mí. Noto el tacto de su mano sobre la mía, en la cama, en medio de la nada, bajo la luz de la luna y entre los destellos multicolores de sus caricias. Lo siento todo y puedo mirarme a mí mismo mientras sus besos me dan el valor necesario para no retirar la mirada. Y una vez más todo vuelve a diluirse. Volvemos del viaje compartido a través de mis entrañas y temo ver el miedo en sus pupilas. Temo que haya descubierto el vacío que hay en mi interior… y el frío. Temo que comprenda, al fin, la falsedad de la fachada y corra a esconderse del abismo. Temo volver a quedarme solo y no sentir más esa paz, no poder volver a escapar de mi mundo. Sonríe y me acuna entre sus brazos. Poco a poco me va venciendo el sueño. Aún fuera de ella me siento seguro. Despunta el sol en alguna parte de nuestro mundo imaginario y sé que debo esconderme de él, como todos los animales nocturnos, pero me retiene a su lado. Me arropa con una sábana y se pone en pie. Grabo su silueta recortada contra el amanecer mientras va cubriendo cada uno de los ventanales, hasta dejarnos sumergidos en nuestra oscuridad compartida. Cuando regresa a la cama, vuelve a ser noche entre la noche y apenas puedo mantener los ojos abiertos. Sus dedos comienzan a jugar con mi pelo. Hacen bucles con él. Lo estiran. Se sumergen en su densa intensidad hasta llegar a mi cuero cabelludo y sostiene mi cabeza en su regazo. Me abrazo a su cintura y van pasando lentamente los segundos. Sé que no llegaré a escuchar el último sonido de mi propio final. No estoy aquí para eso. Sólo he venido a descansar entre sus brazos. A amarla y dejar que me lleve a cualquier otro lugar. Lejos de aquí. Lo último que siento es una espiral en el centro justo de mi ser. Una espiral mientras todo mi cuerpo se deshace, consciente de que ya no tiene ningún sentido permanecer unido. ¿Acaso no ha logrado ya todo aquello que anhelaba? Y al final, quien se desvanece como el humo soy yo, entre mi propia carne, dejando solo una carcasa ajena tras de mí. Soy viento y sueño. Antes de diluirme en la nada, de perder el rastro de mi propio ser, disfruto de los últimos segundos de nuestro silencio. Soy paz surgida de la noche, por ella.

3 comentarios to “A veces practico sexo con canciones”

  1. Infinito Says:

    Lo conseguiste.

  2. Eiruceiram Says:

    10, sin palabras.

  3. LaMari Says:

    Simplemente BRUTAL.

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