El asesino y su mujer (Monstruos III de IV)

– ¿Alguna vez has sentido que deberías tener alguien a tu lado, pero que es como si le hubieran recortado del mundo y sólo existiera una silueta blanca junto a ti?

No era guapa ni fea. Amable ni antipática. Ingeniosa ni estúpida. Profunda ni superficial. Soñadora ni pragmática. Era un justo y aburrido término medio compatible con la vida aparentemente anodina que llevaba él. Permanecía callada, mirándole desde su sillón, a un escaso metro del que ocupaba él todas las noches, cuando veían juntos la tele.

Estas son nuestras vidas, separadas por un insalvable metro de distancia.

 Dormía, ella al menos. No había más que un palmo de distancia entre ellos… siempre la distancia. Acababa de despertarse, violento, aunque su respiración permanecía tranquila. Había soñado que estaban así, justo como ahora, frente a frente; que sus manos se acariciaban sin querer; que luego se entrelazaban y de repente comenzaban a besarse sin mediar palabra alguna entre ellos. La pasión le consumía. Al tercer o cuarto beso despertó. Marta dormía plácidamente. Él sentía su corazón agitado. Deseaba volver a dormir, recuperar el sueño y las emociones que, ahora, con los ojos abiertos, se diluían en la realidad.

Marta, caminando nerviosa de un lado a otro de la habitación, le gritaba. Estaba cansada de su frialdad, de la distancia.

Rozas mi piel sin tocarme. Besas mis labios sin estremecer mi alma. Tus lágrimas mojan mis manos sin conmover mi conciencia.

Escuchaba en silencio sus gemidos mientras hacían el amor… o follaban, o lo que quiera que fuese aquello. Ella nunca alcanzaba el orgasmo. Él simplemente se corría, sin hacer ruido alguno, limitándose a tensar los músculos cada vez que eyaculaba. Al principio no parecía importarla, pero un día, pasados los años, después de sacarle de su interior, se tumbo de espaldas a él, casi en posición fetal, como protegiéndose de una corriente de aire frío que acabara de colarse en la habitación. A los pocos segundos comenzó a escuchar sus sollozos. Continuó mirando al techo, consciente de que aquello era por él. Trató de abrazarla. Pidió disculpas. Ella las aceptó en silencio cuando se giró para devolverle el abrazo. No le besó. Se limitó a aceptar la mentira.

Cada mañana, durante uno o dos segundos, la miraba anhelando que pudiera salvarle de sí mismo, deseando descubrir algo dentro de él que fuera parecido al amor. Después, cerraba los ojos, triste, y repetía el papel que tan concienzudamente había aprendido.

– Ojala pudiéramos elegir a quien amar. – Susurró una noche, amargada, mientras veían la televisión.

Él no dijo nada. Se limitó a asentir en silencio. Nunca olvidaba comprarle un regalo el día de su aniversario. Sus amigos veían en ellos una pareja perfecta. Nada fuera de esos dos sillones imaginaba cuan largo era aquel metro que les separaba, únicamente superado por el triste palmo que les distanciaba en la cama. Esa era la verdad, cuanto más cerca estaban, más grande era el abismo.

Un día la encontró a punto de salir por la puerta, con dos maletas llenas de ropa.

– No vuelvas.- Le dijo.- No iré a buscarte. Si fuera capaz de amar a alguien, sería a ti. Podría describir cada una de tus formas de sonreír o mirar a la nada, pero ninguna de ellas me conmueve… Si tan solo pudiera amarte a ti… Contigo sería suficiente para calmarlo todo.

Ella dejó caer las maletas en el suelo, consciente de que no era nada más que un espacio en blanco junto a él. Estaba allí, pero no podía sentirla, no podía salvarle de aquello que le devoraba por dentro, de las largas noches fuera de casa ni de la extrema frialdad de sus ojos.

El día que la estranguló con las manos desnudas, deseó con todo su corazón sentir dolor, culpa o algo que le hiciera saber que la había amado, que estaba destruyendo lo único que tenía algún valor para él, pero sólo encontró el mismo vacío de siempre. Cerró sus párpados con delicadeza y maldijo al mundo. En el pálido rostro de Marta, en las marcas moradas del cuello, pudo ver su tristeza. Ni con la propia muerte había conseguido satisfacer una mínima parte del hambre que padecía su esposo.  Celebraban sus Bodas de Oro. Durante la mañana, antes de acabar con ella y la radiante felicidad que desprendía, sintió ganas de reír. Estaba convencido de que esta vez lo conseguiría, de que después de tantos años, por fin sentía algo parecido al amor. Pobre viejo estúpido y soñador, se acusó frente al espejo, tan impasible como siempre.

Una respuesta to “El asesino y su mujer (Monstruos III de IV)”

  1. Eiruceiram Says:

    Vaya regalito le hizo en las Bodas de Oro a su mujer. Guay, guay el post!!!.

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