La percepción del asesino (Monstruos IV de IV)

En invierno las mañanas son grises. Los árboles, desnudos de hojas, dan a las desiertas calles de la ciudad un aire de postal melancólica. Las pocas personas que se enfrentan al frío se defienden de él con gruesos abrigos, bufandas, gorros y en algunos casos con simpáticas orejeras. Es como si fueran montañas de ropa que se inflarán al nacer la mañana y se desinflaran al caer el sol. Imagina que no hay nada en su interior, que sólo están llenas de aire caliente, de ese vaho que se les escapa por la boca en forma de humo blanco, como si fuera su alma. Caminan rápido, sin tiempo para fijarse en sí mismos o en quienes les rodean, incapaces de apreciar la singularidad de su rutina, la estudiada coreografía que componen, tanto andando como detenidos en una parada de autobús o en un paso de peatones. Les observa, hipnotizado, desde la mesa en la que despacha su café con un par de churros.

Hace unos minutos que ha dejado de llover, pero las nubes siguen tapando el sol de media tarde. El mundo adquiere los tintes de un ocre metalizado. Rendido el cielo, las gotas de lluvia continúan cayendo con una rítmica cadencia que debería demostrar la existencia de una fuerza superior, capaz de ordenarlo todo. Un charco concreto atrapa su atención. Ahora que la tormenta ha parado, se nutre del agua que cae desde el toldo de un quiosco de periódicos. Cada gota tarda cuatro o cinco segundos en desprenderse de él. En cuanto una se precipita al vacío, comienza a crecer la siguiente. Se hincha poco a poco, hasta que pesa demasiado para continuar aferrada a la tela. Al impactar en el charco, crea pequeñas ondas que se deslizan sobre la superficie. No sabe si es una metáfora de la vida o de la muerte.

El pasillo mide unos siete metros. Hay puertas a ambos lados. Puertas que casi siempre están cerradas, que esconden secretos embarazosos como la cocina, un cuarto de baño y la habitación de sus padres, pero la del fondo, la de la abuela, siempre está entreabierta. La luz se escapa de su interior, bañando la pared y el suelo con su calidez amarilla. Es caliente, como calientes son el olor de la abuela, los pliegues de su piel, el brasero que tiene bajo la mesita y sus abrazos. Andar hacia la puerta es como avanzar hacia un lugar seguro. Ella siempre le sonríe. A veces la sorprende rezando y se queda callado, escuchando el susurro constante, como un siseo, que se interrumpe cada vez que el sueño le gana la mano a la devoción.

Ser capaz de identificar las matemáticas de la  belleza no significa sentir su esencia. ¿Acaso la observación me impide integrarme en la armonía del conjunto, ser una pieza más de él ?

 

Es capaz de ver imágenes, metáforas y pautas. Puede eliminar todo aquello que rodea a la esencia, destaparla… y no sentir nada. Anhela formar parte de ella, pero se encuentra en una dimensión diferente, incapaz de tocar el etéreo fantasma que  flota ante de él. Trata de dejarse mecer por la belleza, pero le esquivaba como una amante caprichosa que acaricia sin llegar a besar jamás. Y la soledad crece en su alma. Intenta amarla, pero necesita calor y no el gélido tacto de la distancia. Intenta crearla, pero nunca quiso el arte la mecánica precisión de una mente metódica. Y con más razón que alma se encierra en un mundo de lógica, buscando una forma de abrazar aquello que la mayoría ni siquiera puede ver.

Frío, mecánico, calculador, paciente. Sólo la destrucción se ajusta a los dones que le ha dado la naturaleza. Después del primer asesinato siente algo moverse en su interior. Tengo derecho vivir. Busca la belleza perfecta que le haga estremecer en el momento justo de acabar con ella, pues ya ha perdido la esperanza de ser feliz y el dolor se presenta como la única alternativa a la nada.

La gota de sangre se desliza como una lágrima por su pómulo, desde la pequeña herida que acaba de horadar con el destornillador de estrella junto a su ojo. Le mira con terror, esperando clemencia, indefensa, como una paloma herida sobre el asfalto de la carretera. Le tiembla el labio inferior y lo muerde, quizás para tratar de detenerlo, probablemente para aliviar la tensión. Es consciente del pavor que genera su figura recortada a contraluz. Desde la silla no puede verle la cara, sumergida en las sombras que proyecta la bombilla desnuda, recuerdo de un amanecer que ya nunca volverá a contemplar. Le enseña las fotos de sus hijas y amenaza con ir a visitarlas, con hacerles exactamente lo mismo que la está haciendo a ella, y la ve llorar como no lo hizo mientras le sacaba el ojo izquierdo de su cuenca, con el mismo destornillador que sujeta en alto, amenazante. Llora como sólo se puede llorar por aquello que más se ama, sin egoísmo. La pureza de su amor podría conmoverle, pero no lo hace. Le promete parar a cambio de la vida de una de ellas y acto seguido utiliza el mechero para quemar uno de sus pezones. Ella grita de dolor y de rabia. Repite la operación con el otro, y la oferta. Después acerca el destornillador a su pupila, deteniéndose a pocos centímetros. Ella le implora que no lo haga. Él comienza a introducir la punta, lentamente, dispuesto a hacer palanca. Ella vuelve a llorar. Ya sólo quiere que la mate. Las notas de su voz le recuerdan la desesperación que debe sentir el último rayo de luz del atardecer, consciente de la soledad con la que afrontará su propia desaparición, asustado frente al avance de la noche.  No le saca el ojo, no todavía. En su lugar, decide practicar un nuevo camino, a través de la piel y la carne, hasta las muelas de la mujer. Rasca, arrancando trozos de carne, repitiendo periódicamente la oferta y recibiendo siempre la misma contestación. Al final, incluso le pide que vaya aún más lejos, que apacigüe su sed de mal en la carne de ella. Una santa dispuesta al martirio por el bien sus seres queridos. Y desea que exista un paraíso, para que tenga un lugar al que huir una vez termine de torturarla. Y desea que haya un infierno, para poder escapar él mismo a un lugar en el que pueda sentir algo, aunque sea miedo. No puede ser peor que la nada.

Se sienta, orgulloso, cuando el corazón de ella al fin se rinde y deja de latir. Su espíritu, sin embargo, aguantó hasta el final. Le da un dulce beso a su cadáver antes de trocearlo, bendiciendo su pureza.

Yo también tengo derecho a amar.

3 comentarios to “La percepción del asesino (Monstruos IV de IV)”

  1. patridubre Says:

    ¿Monstruos IV de IV? seguro?se va ya el asesino?
    joé que llevo una semana acojonada leyendo el blog😛

  2. silvio11 Says:

    Volverá, si es que no sigue por aquí.

    Supongo que esta serie ha sido una dura prueba para los lectores del blog. A ver qué sale a continuación.

  3. Eiruceiram Says:

    El asesino no se puede ir!!!!. Tiene que encontrar las emociones. Ha valido la pena esperar a que escribieras los cuatro para leerlos seguidos, aunque me ha costado no hacerlo. Espero que el asesino nos inquiete más veces con su presencia.

    Genial!!! Gracias

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