Otra carrera

Nota: Mientras lo escribía he recordado que hace unos meses ya colgué uno similar. Me han gustado tanto las similitudes entre ambos, empezando por la lluvia, que he decidido subirlo de todas formas. Es curioso. Tienes la sensación de que el tiempo pasa a toda ostia, pero parece que la vida se resiste a cambiar. Por desgracia me temo que la canción se queda demasiado corta.

 

Sentado en la cama, con la camisa técnica puesta, en calzoncillos y con las mallas en la mano me pregunto si realmente quiero salir a correr. No tengo muchas ganas. Después he quedado. Voy con prisas… demasiadas. Hace frío y parece que está a punto de llover. Prefiero no darle más vueltas al asunto y termino de vestirme. Descubro que tengo rotas las zapatillas, como las de baloncesto y las de calle, que se han convertido en todo un icono entre mis amistades. He vuelto a cortarme el pelo demasiado, así que me calzo el gorro de lana que no me gusta, el que huele a sudor y tiene rayas horizontales marrones y blancas. Cuando salto a la calle guardo las llaves en el bolsillo trasero de las mallas nuevas, que tienen cremallera. Estoy a punto de volver a casa para coger el forro polar, pero no lo hago. La carrera siempre termina calentándome.

Empieza a chispear. Un amigo me previno contra la épica del corredor. Tiene razón. No siempre somos héroes. Tampoco llueve a cantaros y, aunque sigue haciendo frío, no siento que se me vaya a helar el alma. Voy ligeramente más rápido de lo normal, pero sin el cuchillo entre los dientes. Me recreo con el olor de la tierra mojada y en la oscuridad de la noche. Recuerdo a mi hermano, y a tantos otros, diciendo que prefieren correr con sol. Todavía no he encontrado a nadie que prefiera hacerlo de noche. Bueno, sí, hubo alguien, pero fue hace mucho. “¿Quedamos para una nocturna?” Sonrío al recordarlo y siento una punzada de melancolía. Supongo que ahora corre con otro, de día.

Entro en el Parque de San Roque. Paso entre dos árboles que están demasiado juntos. Lo más fácil sería bordearlos, pero cuando los atravieso me da la sensación de que estoy cruzando un portal mágico construido por la propia naturaleza. Pasar por ahí es una de esas manías que he ido desarrollando con la rutina. Como la de rodear las tumbas por fuera… yo me entiendo. A estas alturas ya sé que la carrera no va a tener nada épico. Podría ir paseando, pero lo mío es correr. Es una obligación, un premio, una rutina y, si no fuera porque he quedado con unos amigos para cenar, lo más excitante que haría en todo el día.

Sin darme cuenta me pongo a pensar en chicas. Supongo que tiene algo que ver con las “nocturnas”. Diferencio casi sin darme cuenta las relaciones carnales de las emocionales. Luego están las que se encuentran en una peligrosa tierra de nadie y una, solo una, a la que no me voy a perdonar hacer daño… Hay tanto que en el fondo no queda nada. No puedo permitirme el lujo de que alguna me importe. No ahora que estoy tan cerca del equilibrio. El Malaguita pega una patada dentro de mi memoria. “Yo no soy mucho de follans”, decía con su acento del sur. Entonces aquello sonaba como una locura. Ahora el sexo me parece poco más que una necesidad física que se satisface mejor en compañía. Descubro que he aprendido a verlo todo con cierta indiferencia. Tengo ganas de echar un polvo, pero me da pereza lo que implica conseguirlo de forma gratuita. Me pregunto cuánto tardaré en convencerme a mí mismo de que la prostitución es una opción aceptable. Puede que el romanticismo ya sea una batalla perdida.

Paso junto a las pistas de pádel y tenis. La gente empieza a recoger sus cosas, vencida por la lluvia. Creo que el gorro se me calará en cuanto salga a campo abierto. Por ahora me protegen los árboles, pero ya he notado algunas gotas en las manos y resbalando por la cara. Las recibo como si fueran caricias o un viejo amigo que vuelve a verte. Chicasssssssssssssss. ¿El uso del plural significa que he perdido una parte de mi alma que ya nunca volveré a recuperar? Además, ya tengo edad para pensar en mujeres, no en chicas, carajo. En el fondo, me alegra esta ausencia de emociones que siento. Es como si no existiera ningún dolor con el que no pudiera lidiar ahora mismo. A base de correr he descubierto que lo único que necesito para sentirme bien es avanzar hacia alguna parte, crecer. Escribir, hacer ejercicio, bromear con los amigos, leer un libro o mirar a la gente para intentar descubrir algo más sobre los seres humanos… Pensar, pasear y buscar un poco de magia en el mundo.  

El barro está a punto de hacerme perder el equilibrio. Se me va la pierna derecha y fuerzo un poco la pisada con la izquierda. Eso me pasa por liarme con pensamientos abstractos. Siento un trallazo de dolor en la parte externa del tobillo. La gente está aburrida de oírme hablar de este tobillo y yo debería estar aburrido de que me doliese, pero le he cogido un poco de cariño al sufrimiento. “Ya ni siquiera recuerdo lo que era salir a correr sin dolores”. Lo dijo uno de los veteranos del Club Maratón. Hace tiempo que no salgo con ellos, más de un año. Al final, correr es otra de esas cosas que por norma general prefiero hacer solo. Ya no pienso en las chicas ni en el pequeño caos en el que vivo. Me centro en los amigos, aunque no les dedico más que unos breves segundos.

Salgo al Paseo del Colesterol y una ráfaga de aire frío me azota los riñones. A lo lejos veo a un corredor. Salta a la vista que acabaré dándole caza. Alargo la zancada. Me viene bien para alegrar un poco el ritmo. Vuelven las chicas y me obligo a reemplazarlas por los amigos, por lo poco que todavía me une a muchos de ellos. De repente recuerdo a mis padres y se me encoge el corazón. Hoy he visto en la cara de mi padre esa mirada de señor mayor y mi madre ha vuelto a tratarme con miedo, como si temiera que fuera a darla una voz… Les debo tantos abrazos… o al menos decirles que les admiro.

Alcanzo al tipo, que aprieta el paso al sentir mi respiración. Durante unos segundos me olvido de todo y me concentro en la carrera, en encontrar el ritmo justo para pasarle, pero sin desgastar demasiado. Parece que se rinde. Sin embargo, a los poco metros decide tomarse la revancha. Vuelve a apretar y me pasa en un último sprint. Estamos cerca de la rotonda del ciclista, cambio de sentido obligatorio en este recorrido, aunque yo suelo hacerlo al revés para no forzar el tobillo. Imagino que parará ahí, por eso está dándolo todo en los metros finales. Mi mente quiere concederle la victoria, pero las piernas ya han tomado su decisión. Cada vez estoy más convencido de que la maldita competitividad es hereditaria y crónica, si no terminal. Cuanto más viejo soy, más la noto. Se impone, obligándome a luchar siempre, por todo… Bueno, por todo lo que  considero importante, que no son tantas cosas a fin de cuentas. Vuelvo a pasarle y cuando termino de dar la vuelta ha desaparecido. Imagino que no era nada más que un fantasma. Me pasa a menudo. Pienso que la gente con la que me cruzo no son nada más que almas errantes condenadas a hacer una y otra vez el mismo recorrido, como yo.

Ahora, con el viento en contra, siento mucho más el frío en el abdomen. Temo que pueda darme un retortijón. A veces me pasa con el frío. La subida de ritmo se me ha quedado en las piernas y sigo apretando, como si el fantasma fuera a regresar para ajustar cuentas. Con todo, me noto bien. Una vez soñé que corría por un bosque, sin cansarme nunca. Siempre he deseado tener esa sensación. Cuanto más fuerzo, más delirante se vuelven mis pensamientos. Es en momentos como éstos, o cuando estoy borracho, en los que se me ocurren las buenas ideas. No me vendría mal tener una. Llevo dos semanas atascado con una historia, pero en vez de encontrar un  desatasco, se me ocurren mil ideas para empezar otras. Eso tampoco es nuevo. Por eso hay tantos cuentos inconclusos en mi ordenador.

El parque que va de la Fuente de la Niña a Cuatro Caminos es mi preferido. Suele haber gente paseando, algún perrillo y parejas enigmáticas sentadas en los bancos más oscuros. También está mi animal herido, que se ha dejado el pelo largo justo ahora que a mí me ha dado por mantenerlo corto. Y cuando llueve, los charcos y el suelo reflejan mucho más el naranja de las farolas. Adoro ese naranja. La gente me dice que hablo mucho de la noche, la luna, los lobos, el amor, los inadaptados y un montón de cosas más, pero nadie me ha dicho que hablo mucho del naranja de las farolas. Me gusta cuando llueve y los cristales de las gafas se me llenan de gotas de agua. Los destellos naranjas me obligan a quitármelas y voy corriendo casi a ciegas. Es como si pudiera ver el aura del mundo, todo naranja él.

Cuando vuelvo a la Fuente de la Niña y empiezo a bajar de regreso a Santo Domingo, calibro el estado de mis fuerzas. Las piernas me piden un poco más de guerra, pero no siento que esté apretando el paso. Sigue siendo un paseo. He ido tan cómodo que ni siquiera forzar ahora podría estropear las buenas sensaciones. Me gusta bajar, sentir que la fuerza de la gravedad va conmigo. Ésta es la parte del camino en la que menos pienso. Voy más centrado en ver lo que hay a mi alrededor. A veces incluso me cruzo con algún conocido en el paseo de San Roque. Soy mucho más simpático cuando corro. La falta de oxigeno me hace olvidar que hay gente a la que no me apetece saludar. Eso es bueno, aunque nunca me paro para charlar con nadie, que esto del correr tiene sus reglas. Llego resoplando a casa y comienzo a estirar. Sigue lloviendo un poquito. El gorro no está demasiado calado. Tampoco me ha vuelto a doler el tobillo ni siento frío. En el estiramiento de cada músculo cuento mentalmente hasta 30 mientras me voy relajando. Las gotas tampoco dejan de caer con delicadeza sobre mi cuerpo.

Me gusta salir a pasear.

8 comentarios to “Otra carrera”

  1. las putas zapatillas…

  2. eiruceiram Says:

    Suena muy bien este párrafo” Escribir, hacer ejercicio, bromear con los amigos, leer un libro o mirar a la gente para intentar descubrir algo más sobre los seres humanos… Pensar, pasear y buscar un poco de magia en el mundo”. Y si añadimos comprarse unas zapatillas y lavar el gorro?.

    Siempre es interesante descubrir lo que le surge a un corredor por su cabeza…

    • silvio11 Says:

      Comprarme una zapatillas? Gaudy ya lo intentó y mírale como está, forrándome a ostias en cada entrenamiento para vengarse.

      • forrándote a ostias????
        pongo una foto de mi nuez o de mi antebrazo?
        mañana si que vas a saber lo que es eso…

        Pd: A ver si me libro de dolores y compartimos alguna carrera de esas.

      • Eiruceiram Says:

        Pero… ¿Cuántas carreras y años tienen esas zapatillas?… jubílalas!!!. Espero que sea porque se han convertido en un amuleto. A este paso te veo cualquier día corriendo descalzo.

  3. G. Laszlo Says:

    Competitividad? Reconócelo, eres un ‘picao’ jejeje

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