La reina de la ciudad

La ciudad tenía vocación de desierto y ella de fantasma. Recorría las calles envuelta en un aura de misterio y autoridad, como una reina prudente que espera pasar desapercibida entre el gentío, sólo que allí no había pueblo alguno que gobernar. La perfecta línea de los edificios, su construcción uniforme y el cuidado urbanismo le hicieron pensar en ruinas, pues aquello no era nada más que el resultado de su derrota; el triunfo del orden sobre el  alegre absurdo del caos. Añoraba  un mundo físico que reflejara su voluble corazón, con enormes edificios adosados a otros tímidos y pequeños. Rojos intensos en las ventanas junto al gris de las aceras. Verde en las puertas, marrón en los árboles y sombras en la distancia. Grotescas construcciones de ladrillo retorcidas sobre sí mismas amenazando amplios parques de fuentes decrépitas, jardines salvajes  y secretas rosaledas primorosamente cuidadas.

 

Su reino dormía, preparando la llegada de un nuevo amanecer, preso del tiempo y las obligaciones. Miró silenciosa las ventanas, todas ellas sumidas en las tinieblas, buscando una luz vigorosa dispuesta a rebelarse contra la rutina, pero nada había allí, salvo una reina sin trono con zapatos de suela lisa, silenciosos y flexibles; enlutada en un vestido de encaje que arrastraba su cola sobre el empedrado, melancólico; y escondida tras un fino velo de gasa negra, tan vaporoso como el movimiento de su cuerpo.

El escritor apartó la mirada de la pantalla enojado.

– Estoy hasta los mismísimos huevos de todo esto.

La musa esbozó una sonrisa al escuchar su maldición y estudió complacida las contradicciones que la vida había ido forjando en él. Era tan distinto por dentro y por fuera como abismal la diferencia que sugería su aspecto. Todavía con la ropa de deporte puesta, sudado, ya eran dos las cervezas que se había tomado mientras escribía.

– ¿Es que acaso no te gusta?

– No se trata de que me guste, si no de controlarlo. Esto… no soy yo. Eres tú.

Ella negó con la cabeza, provocadora.

– Vale, pues tampoco serás tú, pero seguro que no soy yo. Mis manos… -Las miro como quien descubre un desconocido dentro su cama-… son un lápiz con el que escribe otro, alguien que ni siquiera conozco.

– Somos los dos.

– Al diablo con eso. No quiero pensar en los dos así. No quiero este dos caprichoso e impulsivo. Acabará conmigo si no deja de arrastrarme de una emoción a otra. Ya… Ni siquiera sé qué es lo que siento de verdad.

– ¿Si me miras no lo sabes?

Los ojos de ella parecieron centellear en la oscuridad, como un relámpago que le alcanzara el fondo del pecho.

– No. Sólo sé lo que hago, no lo que siento. No es lógico que cuando quiera cortarme las venas escriba cosas como ésta- y señaló al texto que parpadeaba en la pantalla de su ordenador-. Si me estoy cagando por dentro quiero… – No pudo terminar la frase.

Ella ni siquiera hizo un amago de acercarse a él. Prefirió seguir lejos y endulzar su voz.

– Pero tú sabes que te amo.

– Y tú sabes que yo deseo dejar de amarte.- Y aunque sus palabras parecían un reproche, jamás un ruego sonó tan sincero.

Se derrumbó en la misma silla en la que estaba sentado, empezando por los hombros y terminando por la barbilla, que parecía empeñada en cavar una fosa sobre su pecho. Al fin se apiadó de él y acudió a acariciarle amorosa la mejilla.

– Es lo que eres.

– No me hables como si fuera un reloj.

– Aunque no te guste es cierto.

– Más me valdría que no lo fuera.

Notó la delicadeza con la que los labios de ella se posaban en su frente, grabándole un beso en la piel que bien podría haber sido una gota de rocío deslizándose sobre el pétalo de una rosa. Y eso encendió aún más su ira.

– ¡No, estoy agotado! ¡Agotado! – Se abalanzó sobre ella con el rostro desencajado.- Quiero que te marches, que desaparezcas y me dejes solo. ¡Solo, solo, solo! – Vio la duda en su rostro y trató de zanjar la discusión con una frase seca y contundente-. A tomar por culo ahora mismo de aquí.

– Si me voy, lo echarás de menos.

– ¿Es que acaso me has visto sonreír alguna vez mientras escribía? – Su voz era desprecio – Porque yo nunca me he sentido feliz al hacerlo – Desesperación-. Sólo hay un tremendo dolor desgarrándome el pecho para poder escapar de mí – Y amargura.

– Y lo consigue, ¿no te parece eso suficiente?

– Si un hambriento come mierda para saciar su apetito, ¿también debe dar gracias por ello?

Se mantuvo erguida, silenciosa y tan sugerente como una sábana de seda ligeramente desecha sobre la cama bajo la luz de la luna.

– No soy yo lo que te preocupa, eres tú. ¿Alguna vez has pensado qué pasaría contigo si no te regalara mis palabras? Serías vulgar. Una intuición más arrojada a la papelera de las malas ideas.

– Otro me pondría sobre su mesa.

– Otro sin mis palabras.

– Han sido muchos los que te han precedido y serán muchos los que te sucedan.

– Pero sin mis palabras.

– ¿Ahora son tuyas?

– Lo son porque es mi dolor, aunque no pueda controlarlo. Ellas son mi dolor. No mi risa ni mi felicidad ni mis sueños. ¡Son dolor! Amante y fiel dolor enamorado de mi alma, cojones. El dolor que tú provocas al corazón del más vulgar de los hombres.

– ¿Así de grande es el amor que sientes por mí?

– Así de grande –reconoció cansado- y de cruel, y de destructivo es el amor que yo siento por ti. Dime, ¿para qué puede servirnos algo tan odioso?

Ella se entristeció, como siempre que él se resistía a ver la realidad.

– Es grande porque es imposible, y pese a ello existe.

En pie, apestando a sudor, con su chándal puesto y una cerveza en la mano, lo único que pudo hacer fue darle un largo trago al tercio, primero, y eructar después.

– Fuera.

La imagen de ella se evaporó en el aire, como aquel velo negro de gasa fina. Siguió observando durante unos segundos más el espacio vacío que ocupaba su ausencia y terminó sentándose a escribir, otra vez.

Sólo los gatos permanecieron fieles a su señora, aunque no todos recorrían las calles junto a ella. Ese papel quedaba reservado para los de pelaje negro zaino, que llevaban adherido el terso espíritu de la noche a la suavidad de su color. Juntos recorrieron los rincones más abandonados de una ciudad en progresivo desuso, sin objetivo alguno más allá de la supervivencia inmediata. Habría llorado por ella, pero el regio ardor que alimentaba su ira le impedía tener sentimientos humanos.

 

La reina de la ciudad viajó hasta el punto más elevado de sus dominios, un lejano mirador que coqueteaba con las estrellas con el mismo descaro con el que el viento de la serranía corteja a la Aurora Boreal. Allí extendió la mano derecha hacia el firmamento y acarició con su dedo índice el único rayo de luna que le atravesaba el corazón. Los gatos, sentados alrededor de ella sobre sus cuartos traseros, agacharon la cabeza para no ver el exilio que imponía la tristeza a su amada  regente. Nadie vio cómo la reina unía su cuerpo a la media sonrisa de luna.

 

La ciudad lloró, pero no sus habitantes, incapaces de darse cuenta de que habían sido abandonados. Sólo uno miro al firmamento el día siguiente, cuando el sol brillaba en lo más alto, buscando respuestas que escondía la noche. Una idea descabellada deslumbró su mente. Algunos hablarían años más tarde de locura, otros de inspiración. Aquel día fue incapaz de dormir, esperando algo que semanas  más tarde saldría a buscar por los solitarios callejones de la ciudad, incapaz de contener su ansia de vida. En la oscuridad brillaba la luz de su ventana como un  desafío al mañana o un acto de amor desesperado.

El escritor volvió a dar un trago a la cerveza. Algo en su mirada recordaba a un animal enjaulado, consciente de su cautiverio.

4 comentarios to “La reina de la ciudad”

  1. Infinito Says:

    10.

  2. eiruceiram Says:

    Que bonito!.

  3. Con tus post me pasa como con la mayoría de las pelis/libros. Siempre me quedo con ganas de saber qué pasó despúes.

    • silvio11 Says:

      A mi me ocurre exactamente igual. Si alguna vez te enteras, no dudes en decírme qué ocurrió, porque en algunos casos me intriga de verdad.

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