La chica sin magia

A los 20 años descubrió que no tenía poderes mágicos…  Bueno, más bien descubrió que todos los demás sí los tenían. Por eso sabían qué hacer siempre y se entendían tan bien entre ellos.

Cuando caminaba por la calle, sentía sus miradas clavándose en ella. Veía sus reflejos en los escaparates, observándola. Pobre niña, parecían pensar. En las fiestas, hablaban de lo mismo. A la hora de hacer la compra, estaban de acuerdo en la ropa que debían ponerse e incluso sabían qué canal sintonizar todas las noches. Eran telépatas, claro, y ella tenía demasiadas cosas en la cabeza como para escuchar sus pensamientos.

Sus padres intentaron enseñarla, pero no lo consiguieron. Como carecía de un don natural para la telepatía, le dieron pautas de conducta. Aprendió qué hacer, cómo comportarse y qué ponerse. Si cumplía con todos los rituales, los pensamientos llegarían con más facilidad hasta ella. A base de ver siempre el programa que echaban la noche de los viernes, incluso aprendería a ser precognitiva, lo que sería útil para saber qué otros programas tendrían éxito. Desde un punto de vista racional, no parecía demasiado complicado.

Por desgracia, seguía distrayéndose con facilidad. Prefería tararear sus propias canciones antes que escuchar los mismos discos una y otra vez; los libros se le desordenaban en la memoria como sopas de letras;  y nunca supo qué cita interesante escribir en una felicitación, así que no tenía más remedio que inventarlas. Le costaba tanto hacerlo, que al escribir  se le escapaba la puntita de la lengua por la comisura izquierda de la boca.

Era muy difícil caminar por la vida sin ser telépata, precognitiva ni tener memoria fotográfica. Supuso que a alguien con sus carencias nunca le darían un puesto de responsabilidad en ninguna empresa, así que se dedicó a cosas de esas que hacen a los padres torcer el gesto. Tenía un piso pequeño, muy para imperfectos como ella, en la calle con más musgo de la ciudad. Había tanta humedad en el ambiente que era como si el aire estuviese llorando constantemente.

En el barrio también vivían algunos subperfectos, grupos alternativos a los mayoritarios que tenían la capacidad de discernir con claridad las injusticias. Sabían qué estaba mal en cualquier lugar del universo y cómo arreglarlo. Le daban miedo. Con sólo mirarla podían saber que ella era defectuosa.  

Con la cabeza llena de sus pensamientos, las letras desordenadas de otros y las imágenes de algunos más, era casi imposible adivinar nada o tener certezas. Lo único que aprendió fue a distinguir a otros imperfectos como ella. En sus ojos podía verse que ocultaban un montón de dudas y muchas imprecisiones. Eran los desubicados en medio de un mundo mágico que podía catalogar a todos sus habitantes.

2 comentarios to “La chica sin magia”

  1. Eiruceiram Says:

    Siempre me han llamado la atención los grupos alternativos. Todavía busco respuesta en ellos.

    Interesante el post.

  2. Creo que esa chica podría dilatar el tiempo, pero quizás esté desvelando demasiadas cosas.

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