Jovencitas violentas y monstruitos

Dos formas de escapar del mundo y de entender la ira interior: Sucker Punch y Donde viven los monstruos.

Zack Snyder vuelve a la pantalla grande con Sucker Punch, un delirio visual en el que la forma destroza cualquier atisbo de fondo. No hay más trama que la estética y ni siquiera en ella se encuentra un sentido interno a esta historia destinada a fascinar con sus imágenes, como ya lo hiciera 300, pero sin rastro alguno de la épica que rodeo aquella producción.

Muchos conocieron a Snyder gracias a la sangrienta resistencia espartana. Otros ya le intuyeron en el remake de Amanecer de los muertos, electrizante actualización de la obra de George A. Romero en la que el director no necesitaba recurrir a cuadros pictóricos para transmitir una energía brutal. Con 300 fusionó dos mundos, el del cómic y el cine, dejando que fueron las imágenes quienes guiaran la historia. Tenía una excusa mínima para narrar larguísimas escenas de batalla que, por novedosas, atraparon a millones de espectadores. Después intentó repetir con Watchmen, largometraje adulto, ejemplar e injustamente maltratado por la taquilla. Respaldado por un impecable guión en el que el director no tuvo nada que ver, volvía a ofrecer escenas de acción espectaculares, tan efectistas como inofensivas (no hay nada menos visceral que la sangre hecha por ordenador). A Snyder le debieron quedar ganas de rodar más luchas sin víctimas, porque eso es lo que se dedica a hacer en Sucker Punch, esta vez también como guionista. Alemanes zombies, robots, orcos y dragones se enfrentan a cinco jovencitas. Explicar cómo llegan hasta esos escenarios resulta tan agotador como desquiciante la propuesta. Dejémoslo en que, mientras los pobladores creen ver bailar a la protagonista en un mundo imaginario, ella recrea espectaculares batallas en su mente. Vamos, imaginación dentro de la imaginación y resentimiento reflejado en violencia.

Este viaje hacia el delirio, en el que una muchacha recluida en un manicomio cree estar encerrada en un club de alterne, ni siquiera se preocupa por utilizar diferentes normas estéticas en cada mundo. Los colores ocres de 300 están siempre presentes, haciendo irreal incluso lo que se supone que no lo es. Snyder patina como creador de su propio universo, perdiéndose en el aspecto más superficial del trabajo que había venido realizando hasta la fecha.

Y si Snyder convierte la violencia imaginaria de sus protagonistas en estupendos vídeos musicales (lo mejor de su película es la unión entre música e imagen), cabe recuperar otra historia en la que la violencia emocional resulta más inquietante, Donde viven los monstruos. Spike Jonze llegaba a este largometraje con el crédito ganado gracias a Cómo ser John Malkovich y El ladrón de orquídeas. Si bien fue el guionista, Charlie Kaufman, el auténtico motor de estos largometrajes, Jonze se apuntó el tanto de saber representar unos libretos con un pie puesto en la realidad y otro en el surrealismo.

En el cuento de Maurice Sendak, escueto relato en el que tienen más peso las ilustraciones que el texto, se encuentran las imágenes e ideas que sirven de base a una película dirigida al público adulto. Max busca cariño y compañía, pero su mundo sólo le devuelve preocupaciones y soledad. La frustración genera resentimiento y los estallidos violentos del chico son tan naturales como su facilidad para crear historias de triste desenlace. Max lleva la melancolía en la imaginación y algo salvaje en el alma.

Una lástima la traducción del título. El “Donde viven las cosas salvajes” original era mucho más apropiado para una película en la que no hay monstruos, pero sí unos seres tiernos que conviven constantemente con la crueldad desmedida de sus corazones; tan despiadados e irracionales como sólo un alma infantil puede serlo. Carol, el “monstruo” protagonista funciona como alter ego de Max. Desea una compañera que más podría ser una hermana que una pareja. La quiere cerca, pero la incapacidad para entenderse la aleja de él, llevándole a padecer incontenibles ataques de ira. Fiel reflejo de ello es el momento en el que le arranca el brazo a su mejor amigo, o cuando empieza a planear un crimen en sueños.

Max escapa del mundo real para encontrar seres tan volubles como él, convertirse en su rey y descubrir lo implacable que puede ser una vida sin equilibrio, por mucha imaginación que exista en ella. Jonze recrea un mundo imaginario gracias a sus pobladores y a una escenografía que tiene en la austeridad su mejor valor. También consigue convertir a esos monstruos del título en seres tan reales como el propio Max, llenos de energía y sentimientos. Tan adorables como terroríficos y tan frágiles como despiadados.

Mucho más adulta que Sucker Punch pese a su apariencia infantil, Donde viven los monstruos propone al espectador un viaje por el mundo ambiguo que pueblas las cosas salvajes. Se echa en falta una trama un poco más convencional, pero el sueño de Max ofrece un inquietante acercamiento a las trampas que esconden la infancia y el amor.

7 comentarios to “Jovencitas violentas y monstruitos”

  1. Vaya joyita de análisis, se echaba de menos. Por cierto y tras haber usado esta última expresión, mira el tercer párrafo por el final, ejem, ejem.

    Brillante, aunque no estoy de acuerdo con tu visión de ‘Donde viven los monstruos’. En la edad de Max todavía es demasiado pronto para coquetear con el amor, al menos al que haces referencia. Y con ‘Sucker Punch’, pues todavía sigo descolocado. Vaya amigos que te llevan a ver ese tipo de pelis a cuatro horas de volar en avión. Eso sí, no me quito de la cabeza ni la canción del inicio ni la de Bjork. ¡Qué bien se lo pasarían escribiendo el guión!

    • silvio11 Says:

      ¿Y si te digo que no consigo localizar la falta de ortografía, cómo te quedas?

      A ver, que a lo mejor no me he explicado. Cuando hablo de amor y de Max no me refiero para nada a un amor romántico, si no a un amor familiar. A mí, la relación entre Carol y MW me hizo pensar en la relación que tiene él con su hermana y con su madre. Recuerda cuando destroza el cuarto de la primera y el bocado que le da a la segunda. Son expresiones de amor, pero convertidas en violencia por la frustración. Todos los monstruos tienen algo de Max, pero es Carol quien refleja la incapacidad que tiene el niño para controlar la ira que le provoca su soledad.

      Toda la razón con la música. Yo la de Bjork no me la puedo sacar tampoco, aunque el de Whitte Rabbit también es un temazo.

  2. Normal que no la encuentres, donde pone ‘párrafo’ debería poner ‘frase’. Está en la tercera frase por el final, la antepenúltima. Nadie está a salvo de los errores. Respecto a ‘Donde viven los monstruos’ (por cierto, brillante tu mención al título original en inglés, vaya conocimientos de la lengua de Shakespeare), creo que lo de Max tampoco es amor, jopé. Simplemente ve que su terreno está siendo invadido y se defiende. Lo hacen los animales y lo hacen los seres humanos. Es la idea que defiendo. Todavía no sabe ni qué es el amor ni qué es la amistad, en toda su extensión.

    • silvio11 Says:

      Echo (ups).

      Tienes razón en que a esa edad es difícil que un niño pueda entender lo que siginifican el amor o la amistad, pero vamos, que hay gente que no lo aprende en toda su vida. Que no sepas definir algo, entenderlo o valorarlo no implica que no lo sientas. El mundo del cine esta lleno de grandes personajes que no saben amar, pero aun así sus dramas giran en torno a ese concepto. En el caso de Max, se siente abandonado por sus seres cercanos (incluida la figura del padre ausente, de la que puede provenir esa idea de destruir al Rey). Quiere su cariño y su atención, pero como no lo recibe y no sabe cómo dominar su frustración, responde con violencia. Últimamente lo he visto en algún niño pequeño y en más de un adulto.

      A qué se nota que practico más inglés últimamente?

  3. G. Laszlo Says:

    Referencias a 300? Pero si esta película es sólo estética…

    • silvio11 Says:

      Sólo estética? Quién ha dicho esa tontería? 300 es al mundo del cine lo que El Quijote al de la literatura, un relato complejo lleno de matices y múltiples lecturas en el que la fantasia se fusiona con la realidad creando un mundo multidimensional tan voluble en sus significados como sudoroso en los pectorales de Gerald Buttler… no te jode.

  4. G. Laszlo Says:

    Pues yo sigo pensando que no ha tenido ningún impacto más allá de esos fondos generados por ordenador.

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